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Toni Morrison, la fuente de amor propio

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Toni Morrison.

El 5 de agosto murió la primera mujer afroestadounidense en ganar el Nobel de Literatura. Sus novelas son fuente de inspiración y amor propio para millones de personas.

Anthony J. Perry*

Nuestro encuentro

Como hombre afroestadounidense, Toni Morrison me enseñó a amarme a mí mismo. Me enseñó a enorgullecerme de mis raíces, de mis antepasados y de los antepasados de mis antepasados, de las mujeres que me criaron y de las que las criaron a ellas, y, sobre todo, del resplandor de mi negrura y la de mis compatriotas. Es decir, me vio. Me aceptó. Me valoró. Me liberó. Y, por fin, me pidió que liberase a otros.

La vi por primera y última vez un miércoles por la tarde, el 2 de marzo de 2016. La vi en el histórico teatro Sanders de la Universidad de Harvard. Recuerdo que aquella tarde hacía frío. Fui solo porque mi amiga no quiso acompañarme. Ella prefería no faltar al trabajo mientras yo prefería no faltar al sermón de aquella escritora premiada, la primera mujer afroestadounidense en ganar el Premio Nobel de Literatura.

Al entrar en el teatro me asombré. Me quedé atónito. La iba a ver. La iba a ver con mis propios ojos. La iba a escuchar en vivo y en directo. Para inspirarme, solía (y aún suelo) hacer un maratón de sus entrevistas en YouTube. Como sus libros, sus entrevistas son una entrada en el mundo morrisoniano, un mundo libre de la “mirada blanca” (white gaze).

Morrison nunca se sintió obligada a incluir a los blancos en sus novelas.

En una de aquellas entrevistas, después de tomar agua a sorbos y sonriendo, Morrison reta a la entrevistadora blanca que ha criticado la “marginalización de los blancos” en su literatura. Morrison, de forma característica, se centra en su identidad como afroestadounidense y le dice a la entrevistadora:

“Ser un escritor afroamericano es (…) como ser un escritor ruso que escribe sobre Rusia, en ruso, para los rusos. Y el hecho de que su literatura sea traducida y leída por otros es un beneficio. Es una ventaja. Pero el escritor ruso nunca está obligado a escribir sobre los franceses. O sobre los estadounidenses. O sobre nadie.”

Pese a esta y otras críticas, Morrison nunca se sintió obligada a incluir a los blancos en sus novelas. Para ella, permitir que el white gaze entrara y dominara sus novelas hubiera sido como decir que nuestra vida, la de los afroestadounidenses, no tiene importancia ni profundidad sin el white gaze.

Como Morrison le comentó a Charlie Rose en una entrevista en 1998, ella “pasó toda [su] vida como escritora intentando asegurarse de que el white gaze no fuera la mirada dominante en ninguno de [sus] libros”. Por eso, dentro de sus novelas, yo me sentía libre de ser complicado y contradictorio. Dentro de ellas, me sentía libre de quitarme la máscara que llevaba día a día y probarme varias y múltiples identidades.

Y así me di cuenta de que yo no había llegado al evento solo. Me había acompañado Bride. Me había acompañado Frank Money. Me habían acompañado Sethe, Denver, Paul D y Beloved. Me habían acompañado Milkman y Pilate. Me habían acompañado Sula Peace y Nel Wright. Y me había acompañado la primera, y quizás la más joven, de los personajes inventados por Morrison, Pecola Breedlove.

Nos sentamos en la primera fila de la galería a “la diestra del poder” de esta diosa de la literatura. Según el folleto, esta charla, “Romancing Slavery,” sería la primera de sus conferencias Norton, “The Origin of Others: The Literature of Belonging.”

Toni Morrison.

Foto: Wikipedia
Morrison exigió con sus texto a valorar la identidad negra, afroestadounidense y de descendientes africanos.

Antes de que Homi K. Bhabha nos la presentara, alguien la llevó al escenario. Mientras la llevaba, solo se oía el chirrido de su silla de ruedas. Cuando la octogenaria se había situado detrás de una mesa con un mantel rojo, todos estallamos en un aplauso cerrado. Eché un vistazo por el auditorio. Allí vi a otra Pecola, a otra Sula, a otra Pilate, a otra Beloved, a otra Sethe, y, también, a otra Toni.

Bhabha, profesor de literatura en Harvard, nos contó que Toni Morrison había nacido el 18 de febrero de 1931 como Chloe Ardelia Wofford, en Lorain, una pequeña ciudad en el estado de Ohio, Estados Unidos. Que era la autora de Ojos azules (1970), Sula (1973), La canción de Salomón (1977), Beloved (1987), Volver (2012) y La noche de los niños (2015), entre otras obras.

Bhabha también dijo que la presencia de Morrison haría que Cambridge “sintiera los efectos sublimes del cambio climático.” Es decir, Morrison era “una fuerza de la naturaleza”.

Puede leer: Lo horrible y lo bello en las novelas de Toni Morrison.

En un inglés propio

Mi primer encuentro con el poder del white gaze fue en la escuela primaria.

Yo era uno de los pocos estudiantes afroestadounidenses en clase. Allí aprendí que la manera en que las mujeres de mi familia expresaban su amor, su indignación, su alegría, su tristeza, su temor, y su sorpresa no era válida. Su lengua vernácula no era aceptada. Había un inglés estándar y así debía expresarme yo.

Yo debía evitar cualquier tipo de variación, fonológica, gramatical, o de vocabulario. En clase, yo evitaba hablar de mi vida familiar para no tener que traducir estas variaciones de mi abuela, de mi madre, o de mis tías, y para que nadie insinuase que mi familia era inferior por ser negra.

La marginalización de la variación lingüística y literaria es parte de la historia de Estados Unidos. La denigración y la prohibición de los idiomas de los africanos bajo la esclavitud, y, después del inglés afroestadounidense vernáculo (IAV) era, y es, una manera sistemática de inculcar un sentimiento de inferioridad en los africanos y sus descendientes.

Morrison elevó nuestro dialecto a niveles shakesperianos.

Pero como ya dije, Morrison me liberó. Me liberó de este sentimiento de inferioridad porque ella sabía cómo funcionaba el white gaze. En 1998, cuando me perdí en la primera novela de Morrison que leía, Ojos azules, ella ya había entrado en el canon literario. Leerla era culto.

Con Ojos azules, y después, con La canción de Salomón, Morrison me enseñó que lo que me faltaba en mis clases de literatura (e historia) era mi propio reflejo y una voz familiar. Con sus textos, ella me exigió valorar mi propia identidad como persona negra, mi identidad como afroestadounidense, mi identidad como descendiente de africanos que llegaron a Jamestown, Virginia en el siglo diecisiete, y mi identidad como descendiente de africanos que existían antes del white gaze.

Me enseñó a valorar el dialecto en el cual mi abuela me comparte su vida, en el cual mi madre me comparte su amor, en el cual mi hermana me comparte sus sueños. El dialecto del que yo me avergonzaba.

Por su uso del inglés afroestadounidense vernáculo, Morrison mostró que las personas negras somos bellas, complejas, encantadoras, graciosas, sardónicas, etc. Morrison elevó nuestro dialecto a niveles shakesperianos.

No nos tradujeron a Morrison. Ella les exigió a las personas de habla inglesa aprender nuestro dialecto, que nos vieran y nos valoraran: “Love is or it ain’t. Thin love ain’t love at all” (Sethe, Beloved); “I wish I’d a knowed more people. I would I’d loved ‘em all. If I’d a knowed more, I would a loved more” (Pilate, La canción de Salomón).

Morrison hablar por las personas negras para la personas blancas por medio de su escritura, quería hablar con las personas negras.

Foto: Flickr
Morrison hablar por las personas negras para la personas blancas por medio de su escritura, quería hablar con las personas negras.

Lea en Razón Pública: Los mejores libros del año.

Una conversación con las mujeres negras

Aun más, Morrison le pidió al mundo que conociera y que apreciara las experiencias de mujeres afroestadounidenses.

Sin embargo, Morrison también comentó que con su escritura no quería hablar por las personas negras. Es decir, no quería hablar sobre las personas negras a las personas blancas, sino que quería hablar con las personas negras.

Por eso, para mí, como hombre, leer a Morrison ha sido entrar en una conversación esencial sobre el papel que he jugado y juego en la subyugación y opresión de la mujer negra. De una forma, me veo a mí mismo en Macon “Milkman” Dead III, el protagonista egocéntrico de La canción de Salomón, que, al aprender más sobre su historia familiar, se hace más compasivo y caritativo.

En la novela, su tía, Pilate (“pilot”/“piloto”), sirve como guía moral de la novela. En mi familia, las mujeres, mi abuela, mi madre, y mis tías han jugado ese papel. A diferencia de Milkman, Pilate no permite que sus experiencias con el racismo la definan. Demuestra que para tener la libertad personal no es necesario ceder el amor.

Al terminar su charla, Morrison nos contó que cuando necesitaba dirección, la buscaba en la literatura. Hace un par de días, mi sobrina cumplió dieciséis años. Le compré las once novelas de Morrison para que en ellas encontrase dirección, para que allí encontrase amor propio.

 

*Doctor en Literatura y Estudios Culturales de la Universidad de Georgetown. Es maestro en The Branson School en Ross, California.

 

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Comentarios  

Ana Ferreira
0 # ExcelenteAna Ferreira 19-08-2019 08:46
Un texto personal y fascinante.
Gracias por compartir
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