Cuando los deportistas entran en la escena política

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Futbolista, Gerad Piqué, haciendo uso del voto.

Jorge RuizLos deportistas representan a su país y por eso no deben tomar partido en política. ¿De dónde viene esta idea, y por qué son más frecuentes las violaciones de la neutralidad, como muestran Piqué en Barcelona o los futbolistas en Estados Unidos?

Jorge Humberto Ruiz Patiño*

Sorpresas recientes

Por estos días en el mundo han ocurrido dos cosas extrañas para los aficionados al deporte:

  • Varios jugadores de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL) de Estados Unidos se unieron en protesta por los recientes incidentes de violencia o de intolerancia por motivos racistas en ese país. Estos deportistas expresaron su inconformidad con su silencio y arrodillados durante los actos protocolarios en los que se entona el himno nacional. Así los deportistas reprodujeron la protesta simbólica que un año atrás había realizado Colin Kaepernick, mariscal de los San Francisco 49ers, por la violencia policial contra personas afroamericanas.
  • También llamaron la atención las declaraciones de Gerard Piqué, jugador de la selección española de fútbol, rechazando los actos de violencia de la policía española durante el referendo independentista en Cataluña.

¿Qué significan estas acciones en relación con la idea general de que el deportista debe ser apolítico? ¿Por qué es polémico que los deportistas asuman posiciones políticas?

El cuerpo del atleta en Grecia y Roma

El cuerpo humano es depositario y productor de significados.

Las prácticas físicas competitivas, como modalidad destacada de exposición corporal, expresan los valores predominantes de una sociedad en una época determinada.

Uno de los conceptos centrales en las competencias deportivas de la antigua Grecia era el de areté, que indicaba la excelencia, la fuerza y habilidad necesarias para que el atleta lograra una victoria, es decir, significaba la perfección física. La areté traía fama al atleta, a su familia y a su ciudad, lo cual se traducía en la posibilidad de acceder a posiciones de mayor estatus social y político. Esto era así porque en la cultura griega la buena imagen corporal era un requisito para formar parte de la élite gobernante.

A diferencia de Grecia, las competencias en Roma se llevaban a cabo en el Coliseo y no tuvieron como objetivo principal la excelencia, tal vez porque para los romanos el éxito consistía en el equilibrio entre la maniobra política y la capacidad militar, no en la exaltación del cuerpo.  

Las competencias en la Roma clásica respondían sobre todo al interés de los gobernantes en mantener contentas a las masas (“pan y circo”). Pero el sentido de estos espectáculos no era tan solo lúdico o deportivo, sino que se refería a la actitud de los gladiadores derrotados ante la inminencia de la muerte: a los espectadores no les fascinaba la lucha entre gladiadores sino la actitud del derrotado en el momento de su muerte, y su capacidad de afrontar con estoicismo la decisión del emperador de que el contrincante acabara con su vida.

El deportista y los valores nacionales modernos

Ruinas del estadio de Olimpia.
Ruinas del estadio de Olimpia. 
Foto: Wikimedia Commons 

La competencia física en los deportes modernos permite poner en circulación valores relacionados con las culturas nacionales.

Las prácticas físicas competitivas, expresan los valores predominantes de una sociedad en una época determinada. 

Para nadie es un secreto que los Juegos Olímpicos de nuestro tiempo son un correlato de la formación de las naciones europeas durante el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. El hecho de que los encuentros olímpicos fueran concebidos como períodos de pacificación y fraternidad entre los pueblos muestra la estrecha relación que tienen con el convulsionado proceso histórico de definición de límites entre las naciones.

Así por ejemplo se puede decir que los primeros juegos olímpicos modernos –realizados en Grecia en 1896– permitieron expresar las reivindicaciones nacionalistas de aquella joven nación. Los juegos siguientes –que tuvieron lugar en París en 1900– se desarrollaron dentro del marco de la Exposición Universal de ese año que, como las exposiciones de los años anteriores –Londres 1851, Chicago 1893, País 1889–, era una ventana de exhibición y ostentación de los adelantos industriales y de las virtudes culturales de los Estados nacionales.

También son ejemplares los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín y la disputa entre  Estados Unidos y la Unión Soviética por mostrar mejores resultados deportivos como evidencia de la superioridad derivada de sus modelos de desarrollo respectivos. Desde entonces las competencias deportivas internacionales son un espacio de recreación de la identidad nacional inscrita en el cuerpo del deportista y confirmada por su capacidad de triunfar sobre los demás.

La politización de los deportes y de los deportistas

Acto de los Jugadores de fútbol americano en contra del racismo.
Acto de los Jugadores de fútbol americano en contra del racismo.  
Foto: Facebook Buffalo Bills

El ideal de neutralidad política buscó despolitizar las competencias deportivas y a los deportistas mismos, ya que desde la visión aristocrática de Pierre de Coubertin –forjador del olimpismo moderno– el deporte debería estar aislado de las necesidades económicas y los afanes de poder.

Sin embargo el proceso de organizar y financiar los juegos olímpicos implicó que ellos se adelantaran en medio de intereses nacionales, e impidió que el sueño de Coubertin se hiciera realidad. Estos juegos en efecto trasladaron los conflictos entre los Estados nacionales a los estadios deportivos, como una metáfora de las luchas entre ellos.

Cuando la idea de nación entra en crisis puede producirse mayor politización entre los deportistas

Pero la politización de los juegos olímpicos no necesariamente implicó la de los deportistas quienes- por el contrario- se reafirmaran en la idea de que sus acciones debían carecer de relación con la vida política.  Podría pensarse que esta despolitización correspondía al ideal de la filosofía olímpica. Pero en realidad no fue así.  

La idea – incluso hoy- tan arraigada de que el deportista no debe intervenir en asuntos políticos deriva del hecho de que él o ella actúan como representantes de su país y, por tanto, es la nación quien habla a través de su deportista. De este modo queda restringida la  posibilidad de acción política autónoma del deportista como ciudadano con opiniones contrarias a las de otros ciudadanos de su propio país.  

Pero a pesar de la aceptación general de dicha idea, no siempre se observa una actitud pasiva de los deportistas con respecto a los que sucede en el mundo. Algunos ejemplos  son los de:

  • Mohamed Ali y su posición política contra el racismo y la guerra de Vietnam en Estados Unidos;
  • Los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos, quienes hicieron la señal del Black Power –alzar el puño- en la premiación de los 200 metros planos de los Juegos Olímpicos de México en 1968, en defesa de los derechos civiles de los afroamericanos;
  • El futbolista chileno Carlos Caszely, quien no quiso estrechar la mano de Augusto Pinochet en la despedida que el dictador hizo a la selección de ese país antes de partir al Mundial de Alemania en 1974.

Los tres ejemplos mencionados tienen un elemento en común: las acciones políticas que realizan los deportistas ocurren en sociedades convulsionadas y fragmentadas. En los dos primeros casos por el racismo, en el tercero por la dictadura. Esto permite decir, a modo de conjetura, que cuando la idea de nación –como unidad política de una sociedad– entra en crisis puede producirse mayor politización entre los deportistas que cuando los Estados o gobiernos respectivos logran representar los valores e intereses de todos los sectores de la población.

Esto podría explicar las protestas de los jugadores de la NFL contra la opresión de los  afroamericanos en Estados Unidos y las duras declaraciones de Gerard Piqué contra la represión policial durante el referendo en Cataluña.

Estos eventos muestran que cuando las divisiones en una sociedad son profundas es probable que los deportistas pasen de ser depositarios de los valores nacionales a ser creadores de símbolos relacionados con las reivindicaciones políticas de los grupos en conflicto.

Pero el desvanecimiento de la imagen apolítica del deportista tiene un efecto secundario negativo para él. Se trata de las fuertes críticas, a menudo acompañadas de insultos y desplantes, que reciben aquellos deportistas que osan abandonar la neutralidad política bajo la cual fueron formados durante toda su carrera.

Así, Donald Trump y un porcentaje considerable de los estadounidense han acusado a los jugadores de la NFL de traición a la patria, mientras que Gerard Piqué fue objeto de insultos del público asistente a un entrenamiento de la selección española. Esto sucede porque el deportista politizado expresa algo diferente de los valores patrióticos con los que muchas personas han construido su identidad, razón por la cual el público puede percibirlo como un enemigo o un peligro para la nación más que como la expresión de una profunda crisis social.

* Doctor en Investigación en Ciencias Sociales con mención en Sociología de la FLACSO, México. Autor del libro La política del sport: deporte y élites en la construcción de la nación colombiana, 1903-1925.

 

 

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