¿Es posible provocar la madurez del conflicto? - Razón Pública
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¿Es posible provocar la madurez del conflicto?

Escrito por Adolfo León Atehortúa
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Adolfo AtehortuaA propósito de las cartas entre Medófilo Medina y Timoleón Jiménez, una lectura sugerente y propositiva acerca del conflicto colombiano: ¿Será posible una salida negociada que preserve la dignidad de los combatientes? ¿Más aún, será posible inducir esa salida desde la sociedad?

Adolfo León Atehortúa Cruz*

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El profesor sí tiene quien le escriba

En julio del año pasado, el profesor Medófilo Medina dirigió a Alfonso Cano, entonces máximo dirigente de las FARC, una exigente y reflexiva misiva que publicó esta revista, donde cuestionaba la continuación del conflicto armado en Colombia y lo invitaba a tomar un camino distinto del trasegado por su organización durante más de cuarenta años.

Alfonso Cano no tuvo la oportunidad de responder. Tal como dijo el arzobispo de Cali, Monseñor Darío de Jesús Monsalve, “sin agotar el marco ético de la captura como objetivo legal”, fue muerto “en condiciones de desproporción absoluta, herido, ciego y solo”.

Le correspondió entonces a Timoleón Jiménez, Timochenko, proseguir el intercambio epistolar con una carta que, a diferencia de aquella de Medófilo, no fue suficientemente reproducida por los medios o tan solo dio pie a la interpretación parcial bajo el fantasma de El Caguán.

Revolución demorada

Probablemente, el punto más importante en el debate entre el historiador y el Comandante de las FARC es la continuación y la vigencia de la lucha armada.

El documento del profesor Medina sustenta cada uno de sus criterios y no puedo ocuparme en detalle de su argumentación. Valga sin embargo una constatación histórica: en América Latina las revoluciones han sido obra de jóvenes; creación, desarrollo y conclusión de una sola generación. Lo fueron los movimientos de independencia y las revoluciones cubana y sandinista. Bolívar cumplía 27 años en 1810; Fidel Castro 32 y Ernesto Guevara 30 al arribar triunfantes a La Habana; Daniel Ortega 33 en el momento de derrocar a Somoza.

Los movimientos sociales se concatenan, se unen, se relacionan, pero no se heredan, no se trasladan. Menos aún si se trata de la lucha armada. Si la generación que se levanta en armas no logra el triunfo antes de envejecer, la revolución fracasa o se degrada.

Las guerras de independencia coparon entre 9 y 16 años, según se cuente como final la Batalla de Boyacá o la de Ayacucho. El Frente Sandinista tardó 19 años en alcanzar la victoria desde su fundación por Carlos Fonseca; el Movimiento 26 de julio no alcanzó 6 años a partir del asalto al Cuartel Moncada en Cuba.

La lucha armada revolucionaria no puede ser indefinida, no puede perpetuarse en el tiempo: triunfa, cae derrotada, negocia transformándose o se transforma degradándose.

Madurez del conflicto

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Según Christopher Mitchell, la negociación de un conflicto resulta de circunstancias diversas, pero también por la actitud de las partes y el importante papel de la influencia externa.

Con todo, más allá de los debates históricos, en este escrito retomo algunas anotaciones que ha hecho Christopher Mitchell — un emérito analista de la Universidad de Londres — en torno a la madurez de los conflictos. Según Mitchell, la negociación de un conflicto resulta de circunstancias diversas, condicionadas por los procesos, el contexto y el tiempo, pero también por la actitud de las partes y el importante papel de la influencia externa.

Se considera que los conflictos "están a punto" o que han alcanzado la madurez suficiente para someterse a un proceso de mediación o negociación cuando se encuentran en una de las siguientes situaciones:

  1. Cuando son extremadamente complejos y prolongados en el tiempo; ninguna de las partes logra una victoria definitiva y aumentan los costos de todo tipo, sin lograr una escalada decisiva o una salida airosa.
  2. Cuando los esfuerzos por “administrar” el conflicto no son suficientes y por ende se vislumbra la amenaza de un desastre o de graves lesiones para las partes.
  3. Cuando ninguno de los contradictores está en disposición o capacidad de soportar los costos crecientes de una escalada del conflicto.
  4. Cuando las partes están dispuestas a romper el costoso estancamiento, acogiendo un objetivo secundario que preserve la dignidad e implicándose en alguna comunicación o contacto [1].

Mitchell ha recopilado y analizado ejemplos de estas cuatro situaciones o “modelos”, destacando cómo aprenden los líderes: por medio del sufrimiento, por medio del pensamiento racional y de la previsión, o mediante el estudio de otros procesos. De esta manera acaban por renunciar a las acciones armadas, “salvando todo lo salvable” y tratando de salir, lo más rápidamente posible, de una estrategia evidentemente fallida.

Para Mitchell, en la etapa de madurez del conflicto es posible conseguir un cambio en la mentalidad de las partes; entonces es factible renunciar a la idea de la victoria absoluta y optar por el camino de la conciliación asumiendo pérdidas razonables.

Realidad versus percepción

En este último espejo se ubica la carta de Medina. Ella puso a pensar a los actores, a la élite, al mundo académico y a muchos ciudadanos. El intercambio epistolar entre él y Timoleón Jiménez nos permite examinar, también, la madurez del conflicto colombiano: ¿Cuál es su estado actual? ¿Es posible una negociación?

¡Falta todavía! Todo parece indicar que hay un desfase entre la madurez “objetiva” del conflicto – su cercanía real a los escenarios que describe Mitchell – y las valoraciones subjetivas de los actores.

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La sociedad no puede permanecer atada indefinidamente a una guerra que, en el fondo, no busca hoy cosa distinta de mejorar la posición negociadora de una de las partes.

En estas percepciones parecería operar un fenómeno que analistas como Zartman han llamado el “efecto trampa”: los hombres aman hasta la muerte aquello por lo que han sufrido. Y en esa lógica, las partes en conflicto encuentran absurdo o ven como traición cualquier intento de solución negociada. Se enredan por orgullo en los callejones sin salida que ofrece la violencia. Persisten hasta el último minuto en sus estrategias al borde del suicidio. Cuanto mayor haya sido el sufrimiento acumulado, mayor es la necesidad de avanzar a la victoria y menor la posibilidad de rendirse.

En el Palacio de Justicia, precisamente, este efecto impidió un acuerdo posible en el segundo día de la confrontación, cuando ya todo estaba decidido. Ni Andrés Almarales cedió a la liberación de los últimos rehenes, ni las Fuerzas Militares permitieron el ingreso de la Cruz Roja. Cayeron en la trampa de la destrucción armada sin tomar en cuenta a los civiles que estaban de por medio.

Tres opciones

No es fácil corregir las percepciones, y no pocas retóricas caen en la misma trampa sin alcanzar la madurez que se precisa. José Félix Lafaurie, actual presidente de FEDEGAN, lo ejemplifica con una sola frase: "No se puede volver a la disyuntiva entre derrotar la criminalidad o abrir la puerta de la negociación”. Se enreda en el efecto, desconoce la evolución de los conflictos, las condiciones variantes en que se desarrollan y, sobre todo, sus costos, el balance de los ahorros en economía y sangre.

En este sentido, tres ofertas se presentan hoy en forma clara ante el país:

  • una, la supuesta disyuntiva entre escalar la guerra para lograr la victoria o negociar con una guerrilla derrotada militar y políticamente;
  • otra, sobrevivir y resistir en una guerra que aborrece la inmensa mayoría de los colombianos y que traspasa las fronteras del crimen sin lógica revolucionaria;
  • la tercera, buscar alternativas inmediatas a la guerra para disminuir sus costos con un acuerdo mínimo.

Desde la sociedad

La sociedad no puede permanecer atada indefinidamente a una guerra que, en el fondo, no busca hoy cosa distinta de mejorar la posición negociadora de una de las partes y la derrota o rendición de otra, propiciando el desangre de la Nación.

El saldo del Palacio de Justicia es la mejor muestra de lo que puede resultar del “efecto trampa” del cual nos hablan los expertos en resolución de conflictos. Por lo tanto, la sociedad debe salir al paso y construir sus propias exigencias, fabricar sus propuestas y salidas.  

La etapa de madurez en los conflictos puede ser inducida y propuesta con la participación de terceros. Más aún, por exigencia de la sociedad. Allí es donde se ubica nuestro papel: provocar la madurez del conflicto para que los actores asuman la negociación como tarea.

En lugar de seguir como simple observadora o víctima del conflicto, la sociedad debe convertirse en actor de una salida negociada. Su papel, incluso, puede llevar a salvar la dignidad de los protagonistas y a propiciar su encuentro.

La paz no es solo asunto del gobierno y en eso se equivoca el presidente Santos: es asunto de todos los colombianos. Medófilo Medina ha dado un paso importante. Hay que seguir la búsqueda.

* Decano de la Facultad de Humanidades, de la Universidad Pedagógica Nacional. Historiador, Doctor en Sociología. Autor de diversas obras en torno a los conflictos en Colombia, entre las cuales sobresale “El poder y la sangre. Las historias de Trujillo, Valle”.

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