
Hungría se desborda: el ocaso del modelo Orbán
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Los primeros pasos del nuevo primer ministro son esperanzadores. Con la restauración del Estado de Derecho se vislumbran medidas concretas de verdad, justicia y reparación, las mismas que deben acompañar cualquier transición democrática digna.
A las 9 de la noche del 12 de abril, Viktor Orbán, primer ministro de Hungría desde 2010, llamó a Péter Magyar, candidato del Partido Tisza, para felicitarlo por su victoria en las elecciones parlamentarias. La noticia de la felicitación sorprendió, pues los húngaros se habían preparado para cualquier maniobra de sabotaje por parte de Orbán –caballo de Troya de Vladímir Putin dentro de la Unión Europea y respaldado por los servicios rusos– con el fin de no tener que entregar el poder. En caso de una ventaja mínima, existía el riesgo de una transición muy difícil, pero el triunfo fue realmente contundente. La oposición –que prometió destruir el régimen autoritario y reconstruir la democracia y las instituciones– obtuvo 141 escaños de los 199 posibles (70,8%), una mayoría que supera con creces los dos tercios del Parlamento necesarios para legislar con total comodidad e incluso para convocar una Asamblea Constituyente.
Nunca en la historia de la democracia húngara un partido había ganado con semejante ventaja, y menos aún como resultado de un movimiento político consolidado en apenas dos años. “¡El Tisza se desborda, el Tisza se desborda!”, gritaba la gente en las calles de Budapest –jugando con el nombre del partido y el del segundo río más caudaloso del país– durante la espontánea fiesta que estalló tras el triunfo, en la que desconocidos se abrazaban y se invitaban cervezas por las avenidas de una ciudad considerada una de las capitales más hermosas de Europa. La juventud protagonizó la fiesta y el triunfo también se debió principalmente a su movilización. La Generación Z demostró su fuerza en un país más.
Medián, la encuestadora que predijo con precisión el resultado electoral y cuyo director fue objeto de burlas de Orbán, simbolizó el triunfo de la verdad frente a la manipulación oficialista. Mientras los think tanks financiados por el Estado auguraban la victoria del Fidesz, el partido de Orbán, y la red de medios afines intentaba imponer miedo y desprestigio, el 12 de abril la propaganda se desplomó. Ese día, la mayoría de la sociedad reafirmó su apuesta por medios independientes y transparentes y expresó el deseo de reconstruir la información libre en Hungría.
Las campañas
Viktor Orbán, ante la falta de logros internos, enfocó su campaña en dos pilares propagandísticos: presentarse como un referente internacional de la derecha populista y sembrar miedo en la población húngara mediante la amenaza ficticia de un ataque desde Ucrania. A pesar de los esfuerzos y la maquinaria mediática, el temor no logró ocultar la realidad que vivía Hungría bajo su mandato: el país, el más pobre y corrupto de la Unión Europea según informes independientes, sufría el deterioro visible de los servicios públicos, la inflación desbordada y la emigración masiva de profesionales, incluidos los de la salud, que el país no podía permitirse perder. Frente a los problemas reales de la ciudadanía, las campañas de miedo y manipulación ya no funcionaron y el Partido Tisza logró canalizar el descontento planteando los comicios como una elección crucial entre Europa y la putinización, la recuperación del país y la perpetuación de la decadencia.
Péter Magyar, sin experiencia política previa y conocido solo por ser ex marido de una exministra del gobierno, saltó a la escena tras una filtración que comprometió al círculo de Orbán. Rápidamente pasó de ser un desconocido a movilizar multitudes en Budapest, articulando una campaña directa y cercana a los problemas cotidianos, lo que le permitió construir una organización territorial sólida en tiempo récord. Recorrió el país varias veces, llegando a pueblos donde la “antigua oposición” llevaba muchos años sin aparecer. El Partido Tisza se presentó como una fuerza de regeneración democrática, lo que evitó la polarización y sumó apoyos de todos los espectros, incluidos los desencantados del Fidesz. La Generación Z se volcó masivamente a su favor, motivada por la precariedad educativa y la falta de futuro, lo que Magyar convirtió en un argumento político central: abandonar Hungría debía ser una elección libre, no una necesidad impuesta por el mal gobierno. La apuesta estratégica de participar en las elecciones europeas de 2024 consolidó la credibilidad del movimiento, lo que fortaleció su base y financiación de cara a la victoria histórica de 2026.
Un espejo para el mundo: el régimen que la derecha global quiso imitar
Viktor Orbán no arribó al poder en 2010 como un desconocido, sino como un político experimentado que en los años 90 había transformado el movimiento Fidesz, de raíces liberales anticomunistas, en un partido nacionalista conservador y populista. Aprovechando el desgaste del gobierno socialista tras escándalos de corrupción, reformas neoliberales impopulares y la crisis financiera de 2008, Orbán regresó al Gobierno con una mayoría parlamentaria suficiente para reescribir las reglas del sistema político húngaro.
Con esa supermayoría, Orbán impulsó una captura sistemática del Estado: modificó el sistema electoral; controló la Fiscalía General, las cortes y el Tribunal de Cuentas, y desmanteló la independencia mediática mediante la concentración de los medios de comunicación en manos de empresarios afines. Paralelamente, creó una red de instituciones paraestatales financiadas con fondos públicos, orientadas a formar élites ideológicas y proyectar internacionalmente el modelo húngaro, consolidando un régimen sin precedentes en la democracia europea contemporánea.
Orbán no solo capturó el Estado: lo convirtió en un negocio familiar. Durante dieciséis años, los contratos públicos –financiados en gran medida con fondos europeos– fluyeron sistemáticamente hacia empresas vinculadas a su yerno, a sus amigos de infancia y a su círculo más íntimo. Su amigo Lőrinc Mészáros, considerado su principal testaferro, hoy es el hombre más rico de Hungría. La corrupción no era la excepción sino el principio organizador del régimen, tan estructural que Transparencia Internacional ubicó a Hungría como el país más corrupto de toda la Unión Europea. El país perdió, por fondos europeos desviados, el equivalente a varios planes Marshall. Uno de sus símbolos es el estadio de fútbol construido justo al lado de la casa de Orbán en su pueblito natal.
La fragmentación de la oposición fue un factor decisivo en la longevidad del régimen. Cuando Orbán asumió el poder, la fuerza política relevante de la izquierda húngara era el Partido Socialista. Con el correr de los años, los socialistas no lograron recuperarse del legado tóxico de su último gobierno, mientras que sucesivos intentos de construir nuevas fuerzas políticas (iniciativas liberales, verdes, de centroderecha, etc.) solo contribuyeron a pulverizar el voto opositor. El sistema electoral húngaro, diseñado para favorecer a los grandes bloques, convirtió esa fragmentación en una trampa: las coaliciones de circunstancia que intentaron desafiar a Orbán resultaron incoherentes para los votantes de todos los sectores y sufrieron derrotas sucesivas, con lo que se consolidó la hegemonía del Fidesz.
Más allá de gobernar Hungría, Orbán convirtió su régimen en un referente internacional y motor financiero de la derecha radical. Durante sus dieciséis años en el poder, apoyó campañas de figuras como Marine Le Pen, del partido Vox y ofreció respaldo a aliados como Bolsonaro, uniendo a líderes globales mediante una cruzada cultural antiwoke, antifeminista y defensora de la “familia tradicional”, más allá de sus diferencias económicas.
La creciente influencia de Orbán como obstáculo a los valores de la integración europea generó choques con la Unión Europea, que respondió congelando fondos y activando mecanismos ante violaciones al Estado de Derecho. Entre los fondos bloqueados estaban recursos destinados a universidades que habían sido transferidas a fundaciones controladas por el régimen, como parte de su estrategia de captura del sistema educativo. Orbán, en represalia, obstaculizó decisiones clave en la Unión Europea, especialmente sobre Ucrania. Su postura, presentada como pacifista pero que en realidad legitimaba la ocupación rusa, lo aisló de aliados regionales del Grupo de Visegrado, aunque reforzó su imagen ante Moscú y sectores de la derecha radical europea.

La nueva transición democrática: una segunda oportunidad sobre la tierra
La victoria de Péter Magyar generó de inmediato una tentación interpretativa equivocada, especialmente en América Latina: ver en él una suerte de Orbán 2.0, un nuevo hombre fuerte que simplemente reemplaza a otro. Es una lectura equivocada. Magyar proviene del universo de Fidesz, es cierto, y es un conservador en el terreno cultural, aunque eso no significa lo que un lector colombiano podría imaginar: no es un uribista húngaro, ni un defensor del statu quo, ni un enemigo de los derechos sociales.
El conservadurismo clásico, ya no como posición ideológica falsa puesta al servicio del saqueo, sino como tradición húngara genuina, remite a estadistas que Magyar admira: el primer rey húngaro, San Esteban (997-1038), que abogaba por un reino hospitalario con el extranjero y étnicamente diverso, y Lajos Kossuth e István Széchenyi, dos estadistas de ideas liberales del siglo XIX que soñaron con una Hungría moderna, abierta y europea. La misma que Orbán pasó dieciséis años traicionando con su nacionalismo de trinchera.
La mayor parte de sus votantes provienen de antiguos electorados socialistas, liberales y verdes, ciudadanos que no votaron por él para construir un nuevo régimen iliberal sino precisamente para desmantelar el anterior. Esa base electoral es, en sí misma, la principal garantía contra una deriva autoritaria.
El programa del Partido Tisza se distingue por su amplio compromiso, enfocado en reconstruir los servicios públicos afectados por años de corrupción y desinversión, apoyar a las Pymes, recuperar la innovación nacional, introducir un impuesto a la riqueza y restaurar la función pública del Estado. Su prioridad económica es liberar los 18.000 millones de euros en fondos europeos congelados por Bruselas, vitales para superar el estancamiento reciente, y ya se están negociando con la Unión Europea para su pronta recuperación.
En política exterior, el giro es evidente. Magyar representa una reintegración sin ambigüedades de Hungría en el espacio occidental: la Unión Europea y la OTAN como marcos irrenunciables, y el fin de la subordinación a Moscú que caracterizó al orbánismo. La noche electoral, los jóvenes que festejaban en las calles de Budapest gritaban “Rusia, fuera de aquí”, y esa frase captura bien el espíritu generacional que impulsó el cambio. Con respecto a Rusia, el nuevo gobierno mantendrá una relación pragmática, pero sin la complicidad que llevó al canciller húngaro a filtrar documentos confidenciales europeos a su homólogo ruso Lavrov, o a Orbán a declararse a disposición de Putin en todo momento.
Los primeros pasos del nuevo primer ministro son esperanzadores. Ha venido nombrando ministros con amplia trayectoria profesional y reconocimiento en sus campos y ha anunciado la creación de carteras que Orbán había suprimido: Salud, Educación y Medio Ambiente. Justo después de su victoria exigió la renuncia del presidente de la República y de los demás “títeres” del antiguo régimen, instalados por Orbán en cada supuesto organismo de contrapeso. Fiel a su programa, se comprometió a unirse a la Fiscalía Europea, que Orbán siempre rechazó, con lo que abrió la puerta a que investigadores independientes de la Unión Europea participen en los esfuerzos anticorrupción húngaros. Anunció además la creación de una oficina de recuperación de activos con el mandato de auditar retroactivamente las licitaciones públicas, revisar transacciones inmobiliarias sospechosas y recuperar parte de los fondos desviados durante dieciséis años. Con la restauración del Estado de Derecho se vislumbran medidas concretas de verdad, justicia y reparación –las mismas que deben acompañar cualquier transición democrática digna.
El Parlamento inaugura sesiones el 9 de mayo. Hungría, por fin, respira.
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Acerca del autor

Attila Lenti
*Magíster en Relaciones Internacionales de la Universidad Corvinus de Budapest. Magíster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes, Bogotá. Doctor en Economía de la Universidad de Sopron Investigador y asesor en entidades de Hungría y Colombia
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