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Hacer historia en primera persona

Escrito por Diana Montaño
Diana-Montano

Crónica de una estudiante apasionada que decidió participar activamente de las manifestaciones pacíficas.

Diana Montaño*

Una cadena de manifestaciones

Este año, dos movilizaciones sociales me han llevado a repensarme como sujeto político: el Día Internacional de la Mujer (8M) y el Paro Nacional (28A – presente).

Como una mujer que sueña con un país más justo, debo decir que admiro el activismo vibrante que hemos presenciado durante las últimas tres semanas. Como politóloga y estudiante de Sociología, me gustaría decir que siempre he participado de las manifestaciones, pero lo cierto es que hace apenas dos años, en el 21N de 2019, empecé a reflexionar más activamente sobre mi papel político en la sociedad.

Este 19 de mayo, después de apoyar el paro a través de mis redes sociales durante varios días, sentí la necesidad y la obligación de participar presencialmente del momento histórico que vive Colombia. Ese día decidí que era hora de vivir las manifestaciones en carne propia y no a través de la pantalla de mi celular.

Antes de salir de casa, vi una foto del 8M, el día que corroboré la importancia del feminismo en mi vida y tuve la certeza de que quiero impulsar y participar de los cambios que experimentan Colombia y el mundo en materia de género.

Ese día tuvo un significado especial para mí porque pude manifestar de forma colectiva el deseo de que el espacio público sea un espacio seguro para las mujeres. Ese día marché con la convicción de que la calle debería inspirarnos confianza y tranquilidad a todas.

Foto: Cortesía Diana Montaño - Monumento Héroes en numerosa marcha en Bogotá.

Después de apoyar el paro a través de mis redes sociales durante varios días, sentí la necesidad y la obligación de participar presencialmente del momento histórico que vive Colombia

Y es que para nadie es un secreto que participar de las manifestaciones –y el simple hecho de caminar por las calles– es mucho más riesgoso para las mujeres que para los hombres. Mientras escribo esta crónica, me entero de que una patrullera fue abusada sexualmente el segundo día del paro. Duele el alma.

Justamente por atrocidades como esa, el 8M fue tan especial: a pesar de los peligros, el temor y la zozobra, miles de mujeres decidimos tomarnos las calles, apropiarnos de ellas y marchar por todas las que, por una u otra razón, no pueden hacerlo.

Hace unos días, cuando decidí participar en el paro, me di cuenta de que marchar es recordar las marchas del pasado en las que participamos. Cada movilización se encadena a la siguiente en una bella serie que constituye parte fundamental de nuestra vida política y personal. Recordar una marcha implica recordar las personas con quienes marchamos y los momentos que vivimos a su lado.

El 19 de mayo descubrí que las marchas del pasado me motivan a marchar nuevamente. Me motivan a prestar atención a quienes sufren y me exigen que el dolor no me sea indiferente. Mi cadena de manifestaciones me incita a seguir luchando por un país mejor.

Un acto político colectivo

Más allá de lo que dice la literatura sobre las movilizaciones sociales, creo que marchar implica participar de un acto político directo y colectivo con gente sumamente diversa. Cada vez que asistimos a una movilización social, participamos del cambio político en primera persona. Vivimos la política en carne propia.

Eso fue lo que sentí el miércoles pasado cuando me escapé al monumento de los Héroes. Era una persona más haciendo política. Me sentí acompañada y liberada de la pesadez del día a día que me agota todas las semanas.

Allí, rodeada por miles de personas que, como yo, sueñan con un cambio político, me dejé envolver por el ambiente cálido, tranquilo y esperanzador. Lo que viví dista mucho de lo que los medios tradicionales muestran todos los días: vandalismo, disidencias y “anarquía”. Yo solo vi jóvenes que creen en la justicia y en el derecho a la protesta. Como escribió Carolina Olarte, “una protesta que no incomoda no es protesta”. Siempre y cuando no pongamos en peligro la vida de los demás, es legítimo tomarse las calles y hacer ruido para que el gobierno deje de ignorar nuestros reclamos.

Mi activismo se alimenta de lo que veo y leo en Twitter. Cuando salí a marchar no estaba tranquila: había visto cientos de vídeos y publicaciones que denuncian violaciones de Derechos Humanos, detenciones arbitrarias, violencia sexual y desapariciones. Sentía rabia, desesperanza y culpa por no haber participado en el paro de forma presencial.

Aunque creo en el activismo digital es una forma importante de protesta, sentí que debía salir a las calles por mi país, por mis ideales y, sobre todo, por los colombianos que sufren las injusticias perpetradas por el gobierno.

Cada vez que asistimos a una movilización social, participamos del cambio político en primera persona. Vivimos la política en carne propia.

Quiero invitar a quienes leen estas palabras a que se involucren en el momento histórico que atraviesa Colombia. El detonante pueden ser los recuerdos de marchas anteriores, los atropellos de los que han sido testigos o los sueños que los impulsan a levantarse cada mañana. Es hora de salir a las calles de forma pacífica a exigir un mejor futuro. Es hora de exigir que haya justicia y reparación. Es hora de construir un mejor país.

Adenda

Me gustaría dedicar esta crónica a las causas en las que creo, y a todas las personas que luchan por ellas a pesar del miedo y la represión. Hoy tengo certeza de que no soy la única que sueña con un país antirracista, ecofeminista, ambientalista y plenamente democrático. Esta crónica es un homenaje al espíritu rebelde del Paro Nacional.

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