
Héroes y villanos: cuando la muerte es un reality show
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Lejos de llamar a la reflexión, los medios de comunicación apoyados en el rating que da la estética católica, utilizaron las exequias de Miguel Uribe, como una plataforma para atizar el odio y lanzar campañas políticas.
Eterno retorno
El vil asesinato del senador Miguel Uribe Turbay nos devuelve a la Colombia de hace 40 años, donde la violencia se encargó de silenciar a los candidatos presidenciales de todas las orillas ideológicas.
De manera curiosa, en esa época se veía con desconfianza que candidatos de izquierda o que habían hecho parte de grupos armados ilegales, hubieran cambiado las balas por los votos. En ese momento la respuesta fue tan triste, como contundente: asesinarlos hasta que el establecimiento pusiera un presidente moldeable a los intereses de políticos, criminales y empresarios.
Y así pasaron 32 años de una aparente calma: el renovado frente nacional había funcionado, hasta que llegó el primer gobierno de izquierda y con ello, la incomodidad de lo que se llama eufemísticamente “fuerzas oscuras”. Y en este caso, la víctima fue un precandidato presidencial y la justificación del regreso de una narrativa de desconfianza y de acusaciones mutuas que servirán para capitalizar votos y prolongar el revanchismo social, independiente de cuál sea la orilla sectarista que gane la contienda de 2026.
No obstante, hay una gran diferencia de lo que sucedía hace cuatro décadas. Y es que hoy tenemos más medios de comunicación, y con ellos más dinero, más inversión de corporaciones internacionales y más cámaras para un cubrimiento técnicamente impecable. Pero a su vez, tenemos más desinformación, más banalidad, más espectáculo y más obsesión por controlar la narrativa que permita un rápido retorno de inversión.
Y es en ese momento, donde un asesinato que nos debería llevar al debate argumentado, termina cooptado en un espectáculo condimentado de las más básicas y arraigadas costumbres del país medieval que de la noche a la mañana saltó a la posmodernidad.
10 horas de transmisión ininterrumpida
El 13 de agosto se llevaron las exequias, y desde las 6:00 a.m. todos los medios de comunicación (en especial, los dedicados al negocio de la televisión), desplegaron un cubrimiento sin atenuantes en la historia contemporánea.
Se sabe que la historia del periodismo televisivo lleva como marca el afán del sensacionalismo, la ambición por la exclusiva y la pregunta inoportuna en momentos de dolor. Sin embargo, parece que esa historia truculenta tiene como objetivos superarse día a día y en este caso sí que se logró. Sin temor alguno a los principios éticos de la comunicación y excusados en que brindan un servicio público de información con intereses privados que los financian, el espectro mediático no escatimó en recursos para poner cámaras, personal técnico y periodístico, e incluso analistas “de honras fúnebres”.
En el caso de Colombia, los emporios periodísticos están desesperados porque han perdido su agenda mediática. Su platillo favorito era cubrir la violencia guerrillera, los secuestros y las extorsiones. Aunque estos fenómenos continúan en el país, ya no tienen el impacto que tenían hace una década cuando se firmó el acuerdo el paz, y con ello, las noticias han perdido interés. Por esa razón, en los últimos tiempos se han dedicado a narrar la violencia urbana, a presentar reality shows y más recientemente, a seguir las incoherencias de los sujetos que asumen el ejercicio presidencial.
Y cuando se presenta un suceso tan grave, como inesperado, es obvio que se tiene que capitalizar el relato y sobresaturar los impactos.
El resultado es tan cómico como trágico. Cubrir diez horas un rito como las exequias lleva a la creatividad hiperbolizada. Cada acto comenzó a tener variedad de planos, análisis discursivo y meta lingüístico de las palabras, gestos o ritos de los asistentes -algunos conectados con las nuevas tendencias de tomarse fotos al lado de un ataúd y con ello buscar algún tipo de visibilidad en las redes sociales-.
Un momento que catapultó la degradación del reality show queda demostrado en el arduo trabajo del camarógrafo que cubrió el traslado de la Catedral Primada al Cementerio Central, como si se tratara de un evento de ciclismo. Por supuesto, en medio del traslado, se dieron paso a unos cortes comerciales de marcas que patrocinaron el evento, y con ello, la sostenibilidad financiera de la empresa informativa.
A las 4:00 p.m. cerró la transmisión porque no había nada más que grabar ni espacio a donde entrometerse. Al cierre de esta edición, y como lo profetizó Héctor Lavoe, la familia y los directamente afectados, serán periódico de ayer, y útiles siempre y cuando estén dispuestos a mantener el mensaje de odio y división.
Si algún familiar intenta una voz de reconciliación será borrado sin atenuantes del espectro electromagnético. Y por esa razón es posible que los familiares solicitaran que el gobierno no asistiera al funeral. Eso significaba exposición, y con ello minutos valiosos por la ambición del poder. Pero todo hay que decirlo, el presidente, tampoco insistió porque está embelesado en sus barrocos discursos y prefiere dar su batalla personal con sus medios y sus empresas informativas -ah y su tribuna de diatribas en X-.
Ritos, gestos y símbolos de la cohesión -forzosa- de la religión
En un mundo que aparenta ser cada vez más hiperconectado, con apertura a diversos discursos culturales, económicos y políticos, con cambios generacionales en los estilos de vida y con la sensación de tener otras motivaciones de desarrollo social, sorprende que los medios de comunicación sigan utilizando el performance de la religión católica como narrativa de enganche para asegurar la emotividad de un hecho como la muerte de un líder político.
Razón tiene la profesora Laura Camila Ramírez, en su libro “La pantalla y la cruz. Moral y catolicismo al arribo de la televisión, Bogotá y Ciudad de México (1950-1965)”, cuando nos recuerda la habilidad del clero para adaptarse de manera ágil a la dinámica mediática, y lejos de rechazarla, exigir espacios para tener la administración cautelosa de las almas susceptibles de creencia y esperanza.
No es gratuito, que de manera constante los medios entrevistaran al cardenal de Bogotá, Luis José Rueda, como un guía espiritual para encauzar una narrativa de indignación. Incluso, el Cardenal Rueda intentó oficiar hace un par de meses como mediador entre el presidente Petro y el senador Efraín Cepeda.
Estos hechos corroboran que la Constitución laica y secular de 1991 se mantiene en un memorial de buenas intenciones. La Constitución de 1886 -confesional y católica- mantiene el poder político, social y mediático -por eso la transmisión de la misa todos los domingos y los sermones de sacerdotes en programas de variedades-.
Con ello, queda una moraleja preocupante y excluyente. Quien se atreva a cuestionar el performance de lo sucedido en la Catedral Primada será visto como un apátrida, ateo y libertino. Y de ahí renace el tristemente célebre León María Lozano de “Cóndores no entierran todos días”: para neutralizar y atacar a quien se oponga a esta narrativa, apoyado en esta nueva era, por rastreo y perfilamientos a quienes se opongan a pensar diferente.
Porque la muerte se venga con muerte, jamás se cura con reconciliación y con reflexión.
Asimetrías de la memoria y el olvido
La irresponsabilidad de los medios de comunicación en el cubrimiento desbordado de la muerte de Miguel, abre las puertas para que se exacerbe otro lado de la narrativa: igual de oscura, peligrosa y extremista: aquellos que se burlan del dolor, relativizan la magnitud de los hechos y crean absurdas teorías de la conspiración – o aun peor- de manera esquizofrénica lo reclaman como un botín de guerra y compensación a sus muertos.
Los mass media administran la narrativa de la élite, que, a modo de analogía, hace parte de un servicio premium o VIP, mientras que los sectores excluidos, que reclaman de manera confrontativa a los medios, exigen visibilidad también para víctimas que no tienen apellido ni espectro político (líderes sociales comunitarios, campesinos, mujeres, jóvenes, niños). Por eso, los sectores excluidos han fundado sus propios medios, y en algunos casos se han radicalizado ante la falta de respuestas institucionales. Se educa con el ejemplo, y por eso la interacción en redes sociales demuestra que los ciudadanos, con menos formación e información, se enlistan en una batalla de improperios e insultos.
Las elecciones de 2026 refrendarán esta condición. Héroes y villanos construidos e inflados con la persuasión de la imagen y la pobreza del argumento. Tiempos tristes nos esperan. No hemos aprendido nada de la violencia, el crimen y la muerte. Los muertos siguen siendo utilizados y estratificados, de acuerdo a la conciencia de la época.
“Esta locura tiene que parar”, dicen algunas voces moderadas. De manera lamentable, no va a suceder, y el odio se seguirá prolongando durante más décadas, pues todavía somos una país, sin nación, sin Estado, sin historia, sin memoria sin sentido de lo público. Y aún peor, tenemos medios corporativos de comunicación con infraestructura posmoderna y pensamiento medieval.
Acerca del autor

Jaime Wilches
Doctor Cum Laude en Comunicación de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona), magíster en Estudios Políticos, especialista en Gestión de Ciudad y Territorio, comunicador social y politólogo.
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Gran reflexión