Hambre y sequía en La Guajira - Razón Pública
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Hambre y sequía en La Guajira

Escrito por Wilder Guerra

Población wayuu en San Antonio, La Guajira.

Weildler GuerraEn esta tierra de sequías proverbiales la situación se agrava por los errores en las políticas administrativas asistenciales, por la pérdida de tradiciones wayuu, el cierre de la frontera con Venezuela y la expropiación de los recursos pesqueros. Pero existen remedios. 

Weildler Guerra Curvelo*

Siguen muriendo

Las noticias incesantes sobre la muerte de niños indígenas en la Guajira por causas asociadas con la desnutrición han volcado la atención de los medios hacia esta parte de nuestro territorio. La presión mediática y social ha sido tal que el gobierno convocó  una  cumbre  de urgencia sobre el tema con varios ministros y anunció un paquete de medidas para enfrentar la crisis.

Antes de esto, en diciembre del año pasado, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) consideró que la vida e integridad personal de los miembros de los indígenas wayuu de Riohacha, Manaure, Uribia y Maicao estaban en grave riesgo. Por ende solicitó asegurar la disponibilidad, calidad y acceso de esta población a los servicios de salud, agua potable y alimentos de manera sostenible y suficiente.

Y sin embargo los niños siguen muriendo y la situación parece desbordar a las entidades gubernamentales.

Verdad que la atención pública se ha dedicado sobre todo a los programas del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y a la falta de transparencia en el manejo de los recursos destinados a alimentar niños indígenas. Pero el hambre y la desnutrición en  territorio guajiro tienen varias causas que ameritan su análisis integral.

De vieja data

El registro de sequías desastrosas que ocurrieron hace más de un siglo, así como de inviernos copiosos, pervive en la memoria de los ancianos wayuu. El hambre tiene un  arraigo hondo en la mitología de este pueblo, y es representado como un ser (Jamu) que persigue a los seres humanos arrojando flechas sobre sus huellas para atormentarles.

Cronistas, viajeros, etnógrafos y novelistas han plasmado en sus obras la sequedad de la semidesértica Guajira y han dejado una profunda marca en sus lectores, que vinculan este territorio con seres humanos condenados a la esterilidad de la tierra, a la aspereza de su vegetación y a las saetas de periódicas hambrunas.

El coronel de ingenieros Antonio de Arébalo afirmó en 1776 que “los guajiros siempre están necesitados de alimentos”, y niños desnutridos en la Alta Guajira fueron filmados por el investigador sueco Gustaf Bolinder en 1920. El hambre también está presente en la novela Cuatro años a bordo de mí mismo, que Eduardo Zalamea Borda escribió en 1934, donde el autor muestra cómo los guardas de aduana casi enloquecen en el puerto de Bahía Honda por la carencia de vituallas. Y por supuesto los cuentos y novelas de García Márquez evocan una y otra vez ese paisaje.

Fenómeno estacional

Comunidad pesquera en La Guajira.
Comunidad pesquera en La Guajira.
Foto: Cheveux de Feu

El hambre en la Guajira se exacerba durante el estiaje: enero, febrero, marzo, julio, agosto y septiembre. Por eso este flagelo ha tenido un carácter estacional marcado.

Durante las estaciones lluviosas abundan los frutos silvestres como la cereza, la iguaraya, el agraz y la aceituna; las huertas familiares producen generosas cosechas de melones, patilla, maíz, frijoles y ahuyama, cuyos excedentes son llevados a los mercados de Colombia y Venezuela. También en la época de lluvias se obtienen de los rebaños quesos, carne y leches ácidas.

Esa vez sin embargo la sequía prolongada que angustia al país entero lleva ya tres largos años en la península.

La realidad wayuu

Esta sequia ha afectado sobre todo a la población indígena y a sus rebaños. El hambre ronda a buena parte de la población indígena, pero golpea con mayor rigor a los  grupos familiares con menos recursos materiales y cognitivos.

Muchos wayuu son pobres y viven al borde de la subsistencia, mientras que otros, comparativamente ricos, tienen ganado, participan de actividades comerciales y disponen de diversas conexiones con la sociedad nacional. Estas variaciones en la riqueza están ligadas con las maneras de ser y actuar entre los wayuu y pueden incidir tanto sobre los hábitos alimentarios como sobre el tipo de cuidado que se brinda a los niños.

Muchas comunidades de pescadores situadas en el litoral de más de 400 kilómetros de extensión poseen poco o ningún ganado. Además, el espacio marino que los wayuu perciben como su territorio tiene presencia creciente de embarcaciones industriales que ejercen una presión intensa sobre diversas especies. Por tanto los pescadores indígenas tienen que prolongar sus jornadas y recorrer más distancia para obtener menos capturas. Esta forma no tan sutil de expropiación territorial compromete seriamente la continuidad e integridad de su sistema alimentario.

Además, los procesos de urbanización de la población indígena, la progresiva dependencia de los productos del mercado y de los programas de ayuda gubernamental, así como el influjo de los medios de comunicación, han llevado a cambios importantes en sus hábitos alimentarios.

Los wayuu han sustituido proteínas vegetales provenientes de árboles como el trupillo y otras plantas silvestres por carbohidratos y bebidas azucaradas; y han caído en desuso los procesos de conservación y aprovechamiento de semillas que serán consumidas en las épocas de sequía. Estas son señales de lo que parece ser una gradual separación entre el sistema alimentario y el territorio.

La frontera

Los wayuu son el pueblo indígena más numeroso tanto en Colombia como en Venezuela, con cerca de 600 mil individuos, de los cuales unos 270 mil se encuentran en el lado colombiano de la península.

Los niños siguen muriendo y la situación parece desbordar a las entidades gubernamentales.

Durante gran parte del siglo pasado y comienzos del actual la Alta Guajira se abasteció de alimentos venezolanos. De hecho, una porción considerable del territorio guajiro fue considerada como área marginal, rural y suburbana de Maracaibo. Venezuela era el destino habitual de parte de la producción artesanal, agrícola y pecuaria wayuu.

Numerosos trabajadores indígenas del lado colombiano laboraban en granjas y haciendas venezolanas. Pero la devaluación del bolívar recortó estos ingresos y la situación actual de la economía de ese país ha llevado al retorno de trabajadores wayuu y sus familias al lado colombiano.

El desabastecimiento alimentario de Venezuela redujo drásticamente el flujo de víveres hacia el extremo norte de La Guajira colombiana, lo que hizo evidente nuestra dependencia  en esta materia. Hoy la frontera está cerrada y Colombia no ha podido asumir plenamente su papel de abastecedor de alimentos de La Guajira.

 Acción estatal integral

Gran parte de las críticas y señalamientos por esta situación han caído sobre el ICBF, como entidad del Estado que debe proteger a la primera infancia y la niñez.

Las cifras sobre mortalidad infantil wayuu difieren según las fuentes, sean ellas agentes comunitarios o entidades de gobierno. Con todo y eso la muerte de un solo niño es injustificable y, aun tomando las cifras más bajas, estas deberían provocar una verdadera emergencia nacional.

Hasta ahora el modelo asistencialista del Estado ha estimulado la captura de recursos del gobierno por parte de una cadena llena de intermediarios voraces, al tiempo que desestimula la recuperación de la autonomía alimentaria de los wayuu.

La magnitud y complejidad del problema en La Guajira no pueden recaer sobre una sola entidad. Se necesita una acción estatal integral que comprometa a varias entidades territoriales en la solución de los problemas más apremiantes: 

  • Carencia de fuentes de agua,
  • Falta de vías de acceso,
  • Ausencia del sistema de salud en las áreas indígenas,
  • Crisis de la economía tradicional wayuu,
  • Pérdida de conocimientos de los indígenas sobre su sistema alimentario, y
  • Expropiación de áreas territoriales indígenas.

También se esperan los aportes de la comunidad académica colombiana, hasta hoy silenciosa, y la valoración del conocimiento tradicional del pueblo wayuu para incorporarlo a las soluciones.

En efecto, aunque las organizaciones comunitarias y la dirigencia wayuu se encuentran seriamente fragmentadas, las voces de sus miembros más modestos pueden ser iluminantes. Por ejemplo los pescadores, recolectores, pastores y cazadores indígenas son conscientes de las fluctuaciones ambientales, especialmente de los cambios en la población de las especies marinas y terrestres. Ellos perciben que cada especie vive en continuos cambios en su comportamiento y en su interacción con otras especies y con el ambiente. Muchos de los rituales indígenas se basan sobre el entendimiento de que las dinámicas de las poblaciones de animales y plantas no son inmutables, lo cual les ayuda a predecir mejor y a conseguir un mejor suministro de alimentos.

Llamado urgente

Ante la situación actual urge fortalecer los medios de vida de los habitantes de La Guajira, para aumentar su autonomía alimentaria y reducir su dependencia tanto del mercado como de la asistencia estatal, al tiempo que se diversifican las fuentes de ingresos para satisfacer sus necesidades de alimentos.

También se está en mora de crear Zonas Exclusivas de Pesca Artesanal en una península con más de 400 km de costa y miles de familias que dependen de los recursos del medio costero.

Finalmente es de suma importancia promover el reconocimiento y la preservación de los conocimientos indígenas sobre sus sistemas alimentarios y sobre las fluctuaciones ambientales, pues ello puede aportar soluciones a la crisis. Esta crisis ha puesto en evidencia la muy débil articulación espacial, cultural e institucional entre La Guajira y el resto de Colombia, pese a más de dos siglos de vida republicana.

Esta articulación debería regirse por el respeto, pues como dijera el sociólogo Richard Sennet: “la falta de respeto, aunque menos agresiva que un insulto directo, puede adoptar una forma igualmente hiriente. Con la falta de respeto no se insulta a otra persona, pero tampoco se le concede reconocimiento, simplemente no se la ve como un ser humano integral cuya presencia importa”.

 

* Antropólogo, exsecretario de Asuntos Indígenas del departamento de La Guajira, exdirector del Observatorio del Caribe Colombiano. wilderguerra@gmail.com

 

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