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Guerra y sociedad civil

Escrito por Mauricio García

Mauricio Garcia VillegasLos actores armados ilegales – guerrillas y paramilitares –  han logrado asfixiar casi todo el espectro político democrático y por eso es tan difícil civilizar el debate político en Colombia. Una explicación aguda del profesor de la Universidad Nacional y la Universidad de Wisconsin.  

Mauricio García Villegas *

Los dos proyectos

¿Cómo superar los complejos problemas de violencia e ilegitimidad política que vive Colombia desde hace por lo menos veinte años? Esta difícil pregunta suele tener dos respuestas, cada una de las cuales tiene en mente un proyecto político de sociedad y de Estado. Lo pondré en términos un tanto simplistas. El primero es un proyecto conservador y el segundo es un proyecto transformador.

El proyecto conservador aboga por mantener las estructuras sociales y la repartición tradicional de deberes y derechos, de cargas y beneficios. Ese proyecto puede tener varias versiones, unas legales y otras ilegales. Una de ellas es la versión clientelista, representada por la clase política tradicional, que supone cierto intercambio de favores por beneficios entre el Estado y grupos subordinados. Otra es la versión derechista clásica, representada por sectores ligados a la propiedad agraria o industrial. En ocasiones, esta versión se desdobla en otra, apoyada por grupos armados de narcotraficantes finqueros, que pretende mantener el sistema de privilegios y prerrogativas que vienen de tiempo atrás y por eso considera cualquier intento de afectación de ese sistema como un motivo de rebelión y de guerra justa.

El proyecto transformador, por su parte, busca una sociedad más justa, más equitativa y regida por un sistema político más democrático. Aquí también puede haber varias versiones, unas legales y otras ilegales. La más elaborada de ellas es el proyecto modernizador diseñado por la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Pero hay otras más radicales y menos incluyentes, que van desde las visiones autonomistas de los indígenas o de las comunidades de paz, hasta lo que queda del proyecto revolucionario de la guerrilla, pasando por diversos grupos y movimientos sociales que invocan la resistencia política o cultural al modelo dominante.

La polarización

Con la promulgación de la Constitución de 1991 el país parecía orientarse por el camino trazado en el proyecto moderno de sociedad. Sin embargo, unos pocos años después, algunas de las fuerzas más recalcitrantes del proyecto conservador, alimentadas localmente por una reacción contra los abusos de la guerrilla y apoyadas por la tradicional extrema derecha urbana y militarista colombiana, se opusieron con toda su fuerza.

Así, con la radicalización explícita de la derecha, la tensión entre ambos modelos de sociedad se hizo más fuerte que nunca y eso afectó gravemente la firmeza del proyecto moderno ideado al interior de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC). Se puso entonces en evidencia que los grandes consensos logrados en la ANC no eran más que el producto de una coalición política entre liberales y el M-19 y que detrás de ella no había un gran movimiento social que la apoyara. En estas circunstancias, cuando dicha coalición se desarticuló, en medio de las disputas electorales que vinieron luego del 91, la versión democrática del proyecto modernizador se debilitó y esa debilidad fue el caldo de cultivo para el avance de las versiones extremas o radicales de los dos proyectos.

La radicalización

A esto se sumó el hecho de que electo presidente, Álvaro Uribe, hizo muy poco por oponerse de manera equidistante a las dos fuerzas ilegales – guerrillas y paramilitares – que amenazaban al Estado. En lugar de ello, se opuso frontalmente a una, y con la otra fue complaciente, cuando no francamente tolerante. Esta actitud acabó de politizar la relación de la ciudadanía con los grupos armados.

El resultado de todo esto fue que las expresiones ilegales y radicales de estos dos proyectos le quitaron el oxigeno que las expresiones moderadas y legales necesitaban para sobrevivir. Se  asfixió el centro del espectro democrático. El enfrentamiento armado entre guerrilla y paras permeó así todo el debate político (y la sociedad entera) de tal manera que las posiciones moderadas de derecha e izquierda quedaron sin voz, o peor aún, sin audiencia.

El peso de las armas

¿Por qué sucedió eso? A mi juicio la explicación es esta: cuando se agudiza el enfrentamiento entre guerrilla y paramilitares, las posiciones políticas legales y democráticas de izquierda y de derecha tienen dificultades para tomar distancia de las acciones del grupo ilegal que se ubica al extremo de su campo ideológico: la izquierda respecto de las guerrillas, de un lado, y la derecha respecto de los paramilitares, del otro. Y estas dificultades se originan en las preferencias naturales que cada partido o grupo político tienen por un tipo de víctimas del conflicto. Cada cual posee una sensibilidad particular para captar el sufrimiento de un tipo particular de víctima: la derecha se inclina por defender a los ganaderos y a los propietarios que son acosados por la guerrilla, mientras que la izquierda tiene una preferencia natural por los campesinos y los líderes populares asesinados o desplazados por los paramilitares.

Lógica de vengadores

En su manifestación más extrema, esa manera de ver el debate político se presenta como una confrontación entre vengadores. Por eso, pedirle a la gente de derecha que se sensibilice con quienes padecen a causa de las acciones de los paramilitares, o pedirles a quienes son de izquierda que tengan en cuenta el dolor de quienes sufren las acciones de la guerrilla, es algo casi tan difícil como pedirle a quienes han sido víctima de los paramilitares que se opongan a las acciones de la guerrilla o a quienes han sido víctimas de la guerrilla que se opongan a los paras.

Debido a esta lógica cercana a la lógica de los vengadores, el terrorismo de la guerrilla y de los paramilitares, que son los victimarios, no suscita un rechazo profundo de todos los partidos, como debería suceder. La derecha democrática se siente más cerca de los paramilitares que de la izquierda democrática y la izquierda democrática se siente más cerca de la guerrilla que de la derecha democrática. (Creo, sin embargo, que esta es una tendencia dispar: en los últimos años la izquierda ha aprendido más a separarse de la guerrilla, que la derecha de los paramilitares. En todo caso no es que ambos grupos políticos compartan las acciones de estos grupos ilegales. Es más bien que prefieren quedarse callados para no darle argumentos a su contendor político.)

Las consecuencias

Esta percepción sesgada del conflicto tiene al menos tres consecuencias: (1) el conflicto armado permea todo el debate político nacional; (2) Las acciones terroristas de los grupos armados se politizan, lo cual es igual a decir que logran cierta legitimidad, y (3) el espectro político democrático y equidistante de los actores armados es casi invisible.  

Al operar como imanes centrífugos que capturan el centro político, los actores armados debilitan no sólo el debate político y lo convierten en un enfrentamiento entre enemigos, sino también a la sociedad civil, la cual debería, pero no lo hace, oponerse a todas las manifestaciones atroces de la violencia, sin importar el actor armado que sea responsable de ellas.

La moraleja

Quizás una lección que se puede sacar de todo esto es que el futuro de la democracia colombiana pasa por la recuperación del oxigeno que requiere un espectro político democrático, no contaminado por la valoración diferenciada de los actores del conflicto armado – o de sus víctimas – es decir, ajeno a toda posible justificación de la violencia y del terrorismo.

* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia e investigador del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (Dejusticia). Actualmente es profesor visitante en el Institute For Legal Studies de la Universidad de Wisconsin. Autor de varios libros y de artículos en revistas internacionales. Sus últimos libros son: Jueces sin Estado (2008) y Normas de papel (2009) los cuales serán lanzados en la próxima Feria del Libro de Bogotá, en Agosto próximo.

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