
Gomer Ceballos: doblemente rebelde
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Gomer es artista y firmante de paz. Es un artista que sigue construyendo su lugar en el mundo. Un hombre que atravesó la guerra, decidió apostarle a la paz y hoy canta para que otros puedan imaginarla.
Conocí de primera mano la fantástica historia de Los Rebeldes del Sur, una agrupación de música popular creada en las filas del Bloque Sur de las extintas FARC-EP.
Cuentan que, en medio de una huida provocada por los bombardeos y el sobrevuelo del llamado avión fantasma, sus integrantes corrieron durante días con tambores, acordeones, guitarras y trompetas al hombro. En algún momento, para protegerlos, decidieron esconderlos y enterrarlos entre los troncos y las ramas.
Cuando finalmente pudieron regresar, ya no lograron ubicarlos.
Desde entonces, en algún lugar de las selvas del sur de Colombia permanece enterrado un pequeño grupo de instrumentos que lleva más de veinte años en silencio. Quiero imaginar que algún día serán encontrados y desenterrados no como piezas de guerra ni como objetos perdidos, sino como un gesto simbólico: para volver a sonar, para cantarle a la vida y para recordarnos que también la música tiene derecho a regresar de la guerra, como esperamos que puedan hacerlo muchos otros artistas que hoy, seguramente, prestan guardia en las filas de cualquier bando.
Y como lo hizo Gomer Ceballos.
Gomer es artista y firmante de paz. Es decir, puedo afirmar con certeza que es doblemente rebelde.
Nació en Arauca e ingresó a la guerrilla cuando tenía apenas quince años. Su vida ha transcurrido entre la rudeza de la guerra y la potencia transformadora de su talento artístico, entre los caminos de la confrontación y la búsqueda permanente de una canción capaz de nombrar la esperanza.
Tuve el privilegio de conocerlo el 27 de junio de 2017, en Mesetas, departamento del Meta. Más exactamente en la zona veredal Mariana Páez, durante el acto de dejación de armas de las antiguas FARC-EP.
Aquel día se cerraron varios contenedores que guardaban miles de fusiles entregados como parte del Acuerdo de Paz. Armas que después serían fundidas para convertirse en obras de arte y en símbolos del final de uno de los capítulos más dolorosos de nuestro conflicto.
Gomer me recibió en una de las caletas levantadas con polisombra y palos clavados entre el barro. Esas construcciones precarias se habían convertido en hogares de tránsito, pero también en lugares donde comenzaban a forjarse verdaderos sueños de paz.
Allí pudimos intercambiar ideas sobre la música, las canciones y el oficio de crear. Yo había llevado desde Bogotá algunos instrumentos para dotar mínimamente a un pequeño colectivo de artistas que apenas comenzaba su proceso de reincorporación.
En aquel encuentro nació una amistad muy sincera: la amistad real entre dos personas que aman el oficio de la música y que, por razones y recorridos muy distintos, se hacen preguntas semejantes: cómo crear, para quién cantar y para qué hacer música en un país como el nuestro y en el tiempo que nos ha correspondido vivir.
Hoy, a pocos meses de conmemorar diez años del acuerdo de paz, puedo decir que conozco la finura de su arte, la fuerza de su canto llanero y la profundidad de sus composiciones. Canciones que hablan del día en que se firmó la paz y fue posible regresar a casa, reencontrarse con la familia y volver a imaginar una vida por fuera de la guerra.
También conozco la música que ha compuesto para las niñas y los niños que nacieron después del Acuerdo: hijos e hijas de la paz que llegaron al mundo en los antiguos espacios territoriales y que representan, quizá mejor que cualquier discurso, la posibilidad de un país diferente.
Es emocionante verlo con su cuatro llanero y su sombrero, cantando desde lo más profundo del alma. Su voz no interpreta una esperanza aprendida ni repite una consigna. La esperanza de Gomer es verdadera, honesta y está cargada de una vitalidad que solo pueden comprender quienes han caminado muy cerca de la muerte y, precisamente por eso, han descubierto un amor único por la vida.
Actualmente, Gomer trabaja en la Unidad Nacional de Protección, prestándole seguridad a otro firmante de paz que enfrenta altos niveles de riesgo.
Confieso que cuando lo veo cantando, cuando escucho la ternura con la que habla de su hijo o contemplo la sonrisa con la que presenta sus canciones, me cuesta imaginarlo en sus años de guerra. También me resulta doloroso pensar que algún día pueda verse obligado a arriesgar nuevamente su vida.
Porque una firmante o un firmante de paz no debería estar eternamente destinado a huir de la muerte. Debería poder dedicarse plenamente, como Gomer, a crear, componer, cantar y recorrer el país con su música.
Gomer tiene mucho que entregarles a la música y a la cultura de nuestra nación. Su historia no puede reducirse a la de un hombre que dejó las armas. Es también la historia de alguien que eligió levantar un instrumento, recuperar su voz y convertir su memoria en una posibilidad de encuentro.
Su canto demuestra que la paz no consiste únicamente en silenciar los fusiles. La paz también necesita escenarios, escuelas, instrumentos, oportunidades y comunidades dispuestas a escuchar.
Gomer es un artista que sigue construyendo su lugar en el mundo. Un hombre que atravesó la guerra, decidió apostarle a la paz y hoy canta para que otros puedan imaginarla.
Y un artista en rebelión es, inevitablemente, doblemente rebelde.
Acerca del autor
César López
Músico y artista constructor de paz
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