Golpe de Estado en Egipto: reconciliación herida de muerte - Razón Pública
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Golpe de Estado en Egipto: reconciliación herida de muerte

Escrito por Mauricio Jaramillo-Jassir
Mauricio Jaramillo Jassir 1

Mauricio Jaramillo Jassir 1Un gran país al borde de la guerra civil. La islamización de la sociedad no necesariamente es peor que su militarización. Casos como el de Irán y Turquía demuestran que existe un cierto margen para que el Islam conviva con la democracia.

Mauricio Jaramillo Jassir*

Mauricio Jaramillo Situación en Egipto disolución parlamento

Foto: Maggie Osama

Un golpe puro y simple

Egipto ha sido el escenario de un golpe de Estado. Las intenciones de sus promotores no están claras.

Existen por lo menos dos razones para dudar de la legitimidad de la acción emprendida por las fuerzas armadas en cabeza de Abdel Fatah Al-Sisi:

-En primer lugar, el ultimátum militar al presidente jamás le dio la oportunidad de buscar un consenso que pudiera conjurar la crisis; dicho de otro modo, el golpe se había decidido desde antes del ultimátum.

-En segundo lugar, quienes fraguaron el golpe contra Mohammed Morsi desconocieron los intentos del depuesto mandatario por establecer un diálogo con la oposición.

Ante semejante panorama, el futuro de Egipto luce incierto y es muy probable que aumente su inestabilidad. 

¿Por qué cayó el gobierno?

 

 

Mauricio Jaramillo Situación en Egipto protestas 30 junio contra hermandad musulmana

Foto: Zeinab Mohamed 
 

Un análisis cuidadoso exige recordar las tres causas básicas que condujeron a la caída de Morsi: la situación económica, el Islam radical y una oposición que no supo manejar la llegada de la Hermandad Musulmana.

· Para la mayoría de egipcios, lo más importante sigue siendo la situación económica, por encima del carácter religioso o laico del Estado. Para el ciudadano común, la caída de Hosni Mubarak en 2011 debía haberse traducido en un mejor nivel de vida. 

Normalmente la mayoría de la población espera que, luego de un período de cambios políticos drásticos, las condiciones materiales se transformen en forma paralela. Con frecuencia esto no sucede, pues las revoluciones quedan atrapadas en el éxito de los primeros cambios y en la dificultad para articular planes de gobierno a largo plazo. 

Vaclav Havel calificó  como a este período como la desilusión postrevolucionaria. En resumidas cuentas, Morsi cayó porque Egipto jamás salió de la aludida decepción, tras la caída de Mubarak.

· En segundo lugar, la aprobación expedita de la Constitución — sin un conocimiento pleno por parte de los votantes — dejó la imagen de un Morsi que apelaba al autoritarismo para lograr los cambios preconizados durante la campaña electoral. 

Buena parte de los egipcios y de la comunidad internacional consideró que la nueva  Constitución era un intento por islamizar a Egipto, sin que mediara un debate abierto para definir la participación de los sectores laicos, de los cristianos coptos — que representan un 10 por ciento de la población — o de otros segmentos de la oposición. 

Dado su carácter dictatorial, para Hosni Mubarak había sido más fácil hallar un equilibrio entre esos distintos sectores. Desde la década de los ochenta, el mandatario había logrado algunos acercamientos con la Hermandad Musulmana, sin alterar del todo la estructura del Estado egipcio. 

Para la muestra, el famoso artículo 2 de la Constitución anterior, que sacralizaba al lslam como fuente de derecho. Pero esta concesión no impidió que — en pleno auge de la guerra global contra el terrorismo — Mubarak combatiera y proscribiera a la Hermandad, negándole cualquier posibilidad de participación directa y formal.  Ese frágil equilibrio se quebró con la caída de Mubarak, y difícilmente será reestablecido en las circunstancias actuales.

· En tercer lugar, la oposición jamás reconoció a Morsi como mandatario legítimo e intentó obstaculizar su gobierno por todos los medios. No se trató de la primera crisis política que debió enfrentar el ahora expresidente.  La diferencia estribó en la posición de los militares.

Antes, éstos se habían limitado a prevenir la violencia para evitar una guerra civil. Ahora han sido más proactivos, y han demostrado que no están dispuestos a defender a un gobernante por encima de lo que entienden como los intereses supremos del Estado.

Dada la nueva correlación de fuerzas, podría pensarse en una oposición revigorizada, pero en realidad se trata de sectores con intereses muy diversos. Por el momento se ha decidido que la vocería sea asumida por Mohammed El Baradei —  premio Nobel de Paz y exdirector de la Agencia Internacional de Energía Atómica — pero ello no implica unidad en una oposición amorfa.

La comunidad regional e internacional

 

 

Mauricio Jaramillo Situación en Egipto manifestantes parlamento Egipto bandera

Foto:  Jano Charbel 
 

Entretanto, el papel de la comunidad internacional y de los líderes regionales va a resultar vital, aunque converjan intereses y motivaciones de todo tipo. Un principio que algunos tratan de desconocer es que no debería haber consideración alguna con un régimen que ha depuesto de forma abrupta a un líder elegido democráticamente.

Es decir, no deben confundirse democracia y Estado de derecho con el estado de opinión al que suele aludirse para legitimar el quiebre del equilibrio entre las ramas del poder, condición necesaria para que un régimen sea democrático. Aunque las imágenes de los medios muestren a una multitud que celebra la caída de Morsi, no puede desconocerse que ésta ocurrió por fuera de la democracia.

En el pasado reciente, el mundo ha sido inflexible con los golpes de Estado: Honduras en las Américas, Malí, Mauritania, y Madagascar en el llamado continente negro, son  muestras de la forma como la presión internacional ha frustrado los intentos por romper el orden constitucional y quebrantar el Estado de derecho.     

Es probable que con respecto a Egipto exista algún grado de condescendencia hacia los militares por parte de la región y de Occidente. Algunos Estados de la zona —  especialmente Arabia Saudí — veían con preocupación el avance político del Islam.  

Argelia y su guerra civil representan el antecedente más traumático y aleccionador al respecto: iniciada a comienzos de los noventa, fue precipitada por el ascenso de los musulmanes en el partido Frente Islámico de Salvación. Para impedir la islamización de la sociedad, los militares tomaron el poder con el argumento de salvaguardar la democracia, lo cual produjo un enfrentamiento con un saldo terrible desde el punto de vista humanitario: alrededor de medio millón de víctimas fatales.

De allí la urgencia de evitar la guerra civil que ya se avizora en Egipto, con consecuencias nefastas para su población y para toda la región.

Lecciones árabes y musulmanas

El futuro de la democracia en Egipto depende en mucho de la vocación de apertura de los actores: sociedad civil, partidos políticos, militares, aparato judicial, todos deben confirmar con actos su convicción democrática mediante cesiones de consideración.

Para saber si ello puede funcionar resulta oportuno traer a colación el debate entre universalismo culturalismo que grosso modo enfrenta a quienes defienden la democracia como un sistema universal de valores con aquellos que, en contraposición, reivindican sistemas políticos acordes con la idiosincrasia de cada nación.

¿Existen culturas con una disposición natural a la democracia, en contraste con otras con una tendencia al autoritarismo?  Los ejemplos del mundo musulmán y del árabe arrojan conclusiones ambiguas –pero, por eso mismo, no pesimistas – respecto del futuro de la democracia en el Medio Oriente.

Dos casos del mundo musulmán y uno del árabe demuestran que la instalación y la consolidación de un régimen democrático sí son posibles:

· En cuanto al ámbito árabe, el ejemplo del Líbano invita a meditar sobre la forma como varias comunidades pueden convivir en el seno de un sistema político que ha logrado una representatividad proporcional, sin aniquilar a las minorías. El equilibrio libanés, logrado tras una dura guerra civil, permitió consolidar la democracia  y le ha dado estabilidad al régimen. 

· Irán y Turquía, por su parte, representan dos versiones antagónicas de democracias adaptadas a su contexto cultural. 

– Es innegable que el denominado régimen de los Mullah aún tiene rasgos no  democráticos, pero la llegada a la presidencia de Mohammad Khatami, en 1997, y recientemente de Hassan Rouhani dan testimonio de una flexibilidad política que pocos advierten, por las acusaciones fundadas de autoritarismo. Empero, es real la posibilidad de cambio desde adentro

– El caso turco es paradigmático en tanto implica la convivencia de un partido abiertamente musulmán como el Partido de la Justicia y del Desarrollo (AKP) en cabeza de Recep Tayyip Erdoğan y Abdullah Gül, con los principios constitutivos de la Turquía moderna, señalados por Mustafá Kemal Atatürk desde hace casi un siglo.

Pero al margen de los casos de fracaso y de éxito en la región, queda claro que el golpe militar contra Morsi no contribuye en nada a la democratización de Egipto. Por el contrario, profundiza la radicalización que acompaña a quienes fustigan o defienden al depuesto presidente.

Por más errores que haya cometido, el gobierno de la Hermandad Musulmana había buscado una auténtica reconciliación, hoy herida de muerte con el golpe de Estado ejecutado por el aparato militar.    

*   Profesor de la Universidad del Rosario. 

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