El fracaso del centro y el futuro de la democracia colombiana
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El fracaso del centro y el futuro de la democracia colombiana

Escrito por Luis Javier Orjuela Escobar
Democracia colombiana en estas elecciones

El “centro” fracasó porque no fue capaz de captar la crisis ni de representar la exigencia de cambio de los ciudadanos, cosa que sí hicieron Petro y Hernández.

Luis Javier Orjuela Escobar*

El fracaso del centro

El 29 de mayo, durante su discurso posterior a la victoria electoral, Gustavo Petro hizo dos afirmaciones que llamaron mi atención: la primera, que con estas elecciones empezó una nueva era de cambio para Colombia; y, la segunda, que proponía a los empresarios un acuerdo de justicia social con estabilidad económica o, dicho en otras palabras, una economía social de mercado.

Estas expresiones me sorprendieron porque era lo que yo siempre había esperado —en vano— que dijera la coalición de centro. En su discurso, Petro propuso justamente lo que debió proponer el centro desde el principio: una opción de cambio socialdemócrata.

La Coalición Centro Esperanza se describió a sí misma como “una opción de centro” a secas y como una coalición alejada de los extremos. Pero nunca se hizo un esfuerzo serio por adjetivarla como lo que debería haber sido: un movimiento de centroizquierda o socialdemócrata.

Así que “el centro” fracasó no solo por sus rencillas internas, sino ante todo por su falta de definición ideológica y por no haber captado la coyuntura electoral como un momento crucial de agotamiento de un régimen político y de cambio necesario.

El centro y la ideología

Algunos dirán que, en la época de la sociedad cibernética y comunicacional, las ideologías han muerto o que hablar de ideología en una coyuntura electoral aleja a los potenciales votantes. Pero yo contestaría que nada es más ideológico que negar el papel de la ideología en la contienda política.

Durante los últimos veinte años Colombia ha experimentado una intensa confrontación ideológica sobre lo que ella misma debe ser y sobre quién debe gobernarla. Todos los regímenes políticos del mundo están oscilando entre la izquierda y la derecha, con una tendencia hacia esta última.

Por lo tanto, el fracaso del “centro” no se debe a la incapacidad de su candidato presidencial para emocionar al grueso del electorado, sino a un déficit de proyecto ideológico o, más claramente, a su incapacidad para captar el momento de crisis y recoger el anhelo de redistribución de gran parte de la ciudadanía.

De la ideología se pueden hacer dos usos: puede ser una herramienta para deformar la realidad y manipular la conciencia individual y colectiva, que es lo que han hecho los gobiernos de Donald Trump o de Iván Duque; pero también puede ser una concepción del mundo, de la sociedad y sus instituciones. En política, se debería combatir el primer uso y afirmar el segundo.

Además, hay que tener en cuenta que se puede ser ideológico sin hablar en términos ideológicos. Eso es lo que ha hecho Petro al poner en el centro de su discurso la justicia social, como la idea-valor que debe guiar la reforma de la sociedad colombiana. Ese tipo de afirmaciones son claramente ideológicas y son las que despiertan emociones políticas.

Por lo tanto, el fracaso del “centro” no se debe a la incapacidad de su candidato presidencial para emocionar al grueso del electorado, sino a un déficit de proyecto ideológico o, más claramente, a su incapacidad para captar el momento de crisis y recoger el anhelo de redistribución de gran parte de la ciudadanía.

Esto es paradójico, pues casi todos los análisis coinciden en afirmar que el de Sergio Fajardo era el programa más estructurado y viable. En él también se contemplaba la justica social, pues lo primero que uno encuentra al entrar en la sección económica de sus propuestas es la afirmación de que “el país está profundamente afectado por la pobreza, las desigualdades, el desempleo, los altos precios de la canasta familiar”.

La falla estuvo en que Fajardo quiso mostrarse “conciliador” y nada ideológico. Si la política se ha hecho sobre la base de los partidos es porque ella exige, precisamente, una “toma de partido”, pues la política es confrontacional (lo que no significa que sea necesariamente violenta). La arena política sirve, justamente, para confrontar proyectos de sociedad.

La crisis del viejo orden

El triunfo de Gustavo Petro y Rodolfo Hernández en la primera vuelta se ha interpretado como un voto de castigo al establecimiento y los partidos políticos tradicionales.

Y, en efecto, el régimen político colombiano se ha venido agotando lentamente: la representación política se ha quedado rezagada y no ha podido mantener el ritmo de los nuevos actores y realidades de la sociedad colombiana. En otras palabras, los políticos ya no reflejan los cambios de la sociedad.

Las reglas de la política ya no son funcionales, frenan la inclusión de la nueva diversidad social y sus exigencias, y son desconocidas por los de arriba. Por eso, la convivencia en el espacio social se ha vuelto anómica, incierta, excluyente, inequitativa y violenta. Por todo ello, el país necesita llegar a un consenso para retornar al Estado de Derecho.

Para el desarrollo democrático de Colombia, es deseable un triunfo electoral de la izquierda. La victoria de Petro les daría representación a sectores que han sido históricamente marginados y subrrepresentados, y mandaría un mensaje positivo a los grupos armados: que se puede llegar al poder por vías institucionales.

La Constitución de 1991 abrió una etapa de transición que, al articularse con el Acuerdo de Paz de 2016, hizo insostenible el viejo orden, especialmente en la Colombia rural, donde dominaban los terratenientes. Esto también hizo visible la sobrerrepresentación de los poderosos en el Congreso y la subrrepresentación de los pequeños y medianos campesinos.

Tanto en el ámbito urbano como en el rural, el monopolio de los dos partidos tradicionales acabó desdibujándolos y exacerbando el clientelismo. En la Colombia marginal, las instituciones y la formalidad se han visto reemplazadas por este sistema clientelista, que es el legado premoderno de una sociedad agraria y tradicional y que ha servido como factor de identidad e integración para amplios sectores de la población, especialmente en las áreas rurales.

La falta de una amplia y efectiva política social, así como la falta de presencia estatal en gran parte del territorio nacional, es la razón de ser del clientelismo. Solo en este contexto, los jefes regionales y locales pueden actuar como sustituto del Estado, mediante la satisfacción de las necesidades individuales de su clientela a cambio del compromiso electoral.

El peligro de Hernández

Pero el clientelismo exacerbado, en un contexto como el actual, se ha convertido en mera “robadera”. La corrupción es el síntoma y no la enfermedad, por lo que debe enfrentarse con un gran programa de desarrollo socioeconómico e integración territorial de largo plazo. Rodolfo Hernández no ha comprendido esto y ha reducido y simplificado en exceso el problema de la corrupción.

Para tener eficacia, la acción política requiere de una expresión orgánica, a través de un partido o un movimiento político, que represente a un grupo de ciudadanos. Pero, ¿a quién representa Rodolfo Hernández? ¿Es conveniente reducir la política a la mera administración de una “chequera”, lo cual conduciría no a una democracia sino a una tecnocracia simplona o ramplona?

La ambigua comunicación a través de las redes sociales facilita la movilización temporal de masas, pero conduce a conseguir simpatizantes y no ciudadanos informados. Una cosa es el me gusta de las redes sociales y otra bien distinta es la decisión de votar, soportada en un programa político representativo. Hasta hace unos días, Hernández no tenía casi ninguna propuesta y ha tenido que salir a improvisar apresuradamente, al conocer la victoria sobre Federico Gutiérrez.

Los votantes de derecha tienen que tener claro que, si bien las redes sociales son útiles para movilizar opiniones, también han sido la puerta de acceso al poder de pseudopolíticos indeseables como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Nayib Bukele y un largo etcétera.

Democracia colombiana en estas elecciones
Foto: Facebook: Fajardo - La falla estuvo en que Fajardo quiso mostrarse “conciliador” y nada ideológico.

Un camino esperanzador

Para el desarrollo democrático de Colombia, es deseable un triunfo electoral de la izquierda. La victoria de Petro les daría representación a sectores que han sido históricamente marginados y subrrepresentados, y mandaría un mensaje positivo a los grupos armados: que se puede llegar al poder por vías institucionales.

Además, un sector progresista de la élite económica recibe cada vez mejor las propuestas de Petro. Muchos ven con buenos ojos la economía social de mercado que propone el candidato y la iniciativa de adelantar una reforma fiscal que no aumente el IVA a la canasta familiar y no grave más a los contribuyentes de clase media y baja, pues el costo podría ser asumido, temporalmente, por el empresariado.

Este es un mensaje esperanzador que puede contribuir a contrarrestar el miedo al necesario cambio político.

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