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Fallo de La Haya: no tenemos una diplomacia profesional

Escrito por Francisco Leal Buitrago
Francisco-Leal-2012

Francisco-Leal-2012La fragilidad de la carrera diplomática, penetrada por el clientelismo, explica buena parte del fracaso de Colombia ante la Corte Internacional de Justicia.

Francisco Leal Buitrago*

Faltó cancillería

Han sido innumerables los artículos de análisis y de opinión acerca del “salomónico” fallo de la Corte Internacional de Justicia, pero merecen salir a la luz algunos aspectos subyacentes a esa dolorosa decisión.

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‘Sistema político del clientelismo’
que aún hoy nos acompaña y que,
además de ser el eje de la política,
lleva de la mano a su hija predilecta:
la corrupción.

Foto: Ministerio de Interior.
 

Se ha hablado sobre la irresponsabilidad en el manejo de las relaciones internacionales, tal como ocurrió durante los ocho años del gobierno anterior y con decisiones improvisadas de otros mandatarios. También se ha señalado la incapacidad de quienes estuvieron al frente de procesos importantes, como el caso de los funcionarios que “atendieron ese episodio.

Pero poco se ha hablado de la falta de una diplomacia profesional en el manejo de las relaciones internacionales de Colombia. Con frecuencia se recuerda el manejo responsable y altamente profesional de Itamaraty, la cancillería de Brasil, o se destaca la visión que tuvo México acerca de sus relaciones exteriores. Hasta se ha comparado nuestra irresponsabilidad con el manejo cuidadoso de Chile o de Perú en situaciones similares. Pero hace falta mirar hacia adentro de nuestra cancillería.

Sectarismo, bipartidismo y clientelismo

Durante el Frente Nacional, en desarrollo del antidemocrático mandato constitucional de paridad bipartidista en la burocracia del Estado, comenzó el crecimiento sostenido de los empleos oficiales. No se hizo solo para equilibrar el número de cargos ocupados por conservadores, sino que se añadió la inercia burocrática, comenzando por los llamados institutos descentralizados.

La modernización relativa del Estado que indujo el Frente Nacional provocó la lenta desaparición del sectarismo bipartidista, que había alimentado la reproducción liberal-conservadora a base de sangre, y que se prolongó hasta bien entrado el Frente Nacional con coletazos del bandolerismo propio de la época de ‘La Violencia’.

 

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Colombia tuvo visos de ‘potencia
imperial’. Pero debido a los
problemas señalados, hoy contamos
con la mitad del área que
tuvimos en el pasado.

Foto: Archivo.

 

En reemplazo de esa fuente de reproducción del bipartidismo, emergió el clientelismo modernizado, sobre la base de las prácticas premodernas de ‘compadrazgos’ y ‘caciquismos’. Fue lo que denominé ‘sistema político del clientelismo’[1] que aún hoy nos acompaña y que, además de ser el eje de la política, lleva de la mano a su hija predilecta: la corrupción.

Aunque con visos democráticos — si se la compara con lo que ocurre en las regiones — el Estado nacional procura que su política clientelista sea más disimulada: la diplomacia ocupa un lugar preponderante en ese juego.

Pero ahora, en un mundo globalizado, donde la diplomacia ha ido cubriendo gran parte del espacio que antes ocupaban las guerras, las consecuencias del manejo clientelista se han vuelto más delicadas. El mejor ejemplo es precisamente la prolongación contemporánea del mar territorial y la extensión consiguiente de las fronteras, de los recursos naturales y de las comunicaciones con países del entorno.

Colombia tuvo visos de ‘potencia imperial’, si se la compara con nuestros vecinos. Pero debido a los problemas señalados, hoy contamos con la mitad del área que tuvimos en el pasado –en sentido literal– y pese a las aún inmensas fronteras.

Irrespeto a la carrera

Son conocidos los nombramientos politiqueros, parroquiales o sin visión de mundo – incluso ante países y organismos destacados y estratégicos para Colombia – con el fin de pagar u obtener favores, sin importar las consecuencias. Basta recordar el caso del bufón que fuera nuestro embajador en Suráfrica – con perdón de los bufones –.

Y no es por falta de leyes: la carrera diplomática fue establecida hace mucho tiempo, pero se la ha manejado con desdén. Parte de ese manejo se refleja en la mediocre formación de buena parte de los diplomáticos de carrera. Y quienes sobresalen son desplazados por el juego de cuotas políticas a disposición de cada presidente, para mantener su supuesta “gobernabilidad”.

El gobierno Santos no ha escapado a esta tendencia inveterada. Por el contrario, la ha reforzado. Si en gobiernos anteriores la dirección de la Academia Diplomática de San Carlos la ocupaban funcionarios de carrera, el actual presidente rompió esta tradición. Este es un ejemplo de las minucias de sus vínculos personales y de su uso en espacios institucionales.

Experiencia en primera persona

En 2000, la ley que reformó el Ministerio de Relaciones Exteriores incluyó a dos representantes del Canciller en el Consejo Académico de esa Academia. Tuve la oportunidad de ser el primero de ellos, junto con el también académico Guillermo Hoyos Vásquez.

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Frente a Nicaragua, Colombia se durmió
en la arrogancia de sus
supuestos laureles.

Foto: Presidencia
 

Resolvimos abolir la costumbre de delegar en algunas universidades de manera irresponsable la misión de esa Academia: orientar y dispensar la exclusiva formación de diplomáticos de carrera. Hasta comienzos de 2004, la calidad en el reclutamiento de aspirantes fue quizás la mejor en su historia. Pero con el argumento de hacer cambios para mejorar la institución, la entonces ministra –con mucho mundo, pero poco conocimiento académico en relaciones exteriores– nos pidió la renuncia.

No parece que esa dependencia haya mantenido el rigor que impusimos en el manejo de la formación de diplomáticos: los nombramientos siguen siendo un dominio reservado para beneficio personal de los presidentes. Santos ha hecho gala de mañas politiqueras.

Acumulación de resabios

No es de extrañar entonces lo ocurrido con el archipiélago. Se mantuvo el mismo juego, sin un seguimiento responsable de cada uno de los presidentes de turno, bajo el supuesto de que el litigio limítrofe debía quedar en manos de expertos bajo el secreto de Estado.

A diferencia de Nicaragua – país muy criticado, junto con su presidente, pero que supo manejar adecuadamente la defensa de sus intereses – Colombia se durmió en la arrogancia de sus supuestos laureles.

La fama de buen jugador de póquer que tiene Santos no parece aplicable al campo de la política, pues se vienen acumulando resultados desastrosos: la Unidad Nacional frágil e incluso antidemocrática, la reforma a la justicia abortada en buena hora y el mal manejo del diferendo con Nicaragua, entre otros.

Para ver las notas de pie de página, pose el mouse sobre el número sin dar click. 

* Profesor honorario de la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de los Andes.

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