El estudiantado de la Universidad Nacional | Razón Pública 2023
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El estudiantado de la Universidad Nacional enfrenta las violencias de género y toma medidas de resistencia

Los casos de violencias de género no han sido completamente erradicados y el estudiantado de la prestigiosa universidad usa estrategias innovadoras frente a esta situación inaceptable.

Yolanda Puyana Villamizar*, Maria Clara Salive** y Eucaris Olaya**

Un escenario agotador

Casos como el de Salomé Burbano, agredida por un profesor de la Universidad del Valle, Hilary Castro, la joven de 17 años violada el 22 de octubre en Transmilenio, y el de la menor del Marymount que es hostigada sexualmente por su profesor de educación física, así como la reacción de la ciudadanía contra esos eventos, ponen sobre la mesa que cada vez somos más las personas que queremos un alto frente a la Violencia Basada en Género (VGB).

Si bien en las universidades colombianas se ha reconocido la existencia de las violencias de género, es fundamental comprender cómo afectan a la juventud, identificar sus funcionamientos y desafiar las tradiciones que las perpetúan para poder prevenirlas[1].

En medio de los debates al respecto y las preguntas sobre sus funcionamientos, durante el 2020 y 2021 realizamos una investigación sobre las violencias de género en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), en las sedes de Bogotá, Medellín, Manizales y La Paz (Valledupar), que denominamos, El contínuum de las violencias de género y las tácticas de resistencia[2] .

Por continuum comprendemos: “Las dolorosas agresiones que han afectado los cuerpos de seres humanos que, en el transcurso de sus trayectorias de vida, han sido víctimas de violencias en las organizaciones familiares de origen, las instituciones educativas antes y durante la universidad, los espacios públicos o el Internet” (Olaya, et alt, 2022, p. 2)

Ante tantas denuncias, planteamos la siguiente pregunta: ¿Cómo ha vivido el estudiantado de la UNAL las VBG y qué tácticas de resistencia han desarrollado en sus trayectorias de vida?[3]. Esto nos permite entender, de forma aproximada, por qué algunos sectores del estudiantado de la Universidad Nacional no toleran más violencia de género.

Mediante entrevistas a profundidad y grupos de discusión, conversamos con 85 estudiantes, quienes nos ayudaron a comprender la dimensión de las violencias experimentadas a lo largo de sus vidas.

Este proceso lo llevamos a cabo desde un enfoque epistemológico feminista, construyendo un acuerdo comunicativo de cuidado, debido a la naturaleza delicada de los relatos compartidos y con la empatía necesaria para abordar estos temas difíciles y oír cómo las personas lidian con la afectación que este tema conlleva.

[1] En la UNAL desde el 2017 se creó un Protocolo para la atención de la violencia de género (2017). En algunos casos ha sido un instrumento favorable para abordarla, pero la tendencia general es que el estudiantado no está satisfecho con el mismo.

[2] El estudio que divulgamos en este artículo forma parte de un conjunto de investigaciones articuladas, entre la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales y la Facultad de Ciencias Humanas. La investigación ha sido denominada: De lo privado a lo público un estudio multidisciplinar de la Violencia basada en Género en la Universidad Nacional de Colombia.

[3] El estudio conllevó un análisis a profundidad de relatos sobre la trayectoria de vida del estudiantado, gracias a la realización de 29 entrevistas profundas y 13 grupos focales.

Foto: Función Pública - Actualmente persiste una brecha intergeneracional en cómo se responde a las VBG, muchas veces siendo naturalizadas entre las personas mayores, lo que nos exige seguir tomando medidas para prevenir y hacer justicia frente a estas violencias.

La violencia en la vida de las juventudes

Una gran parte del estudiantado mencionó haber sido testigo de violencias en sus familias de origen. Sus cuidadoras, principalmente madres y abuelas, fueron víctimas de abusos por parte de sus parejas, y desde temprana edad habían tomado partido en contra de los agresores, incluso en algunos casos con temor por su propia vida y la de sus hermanos/as.

Los participantes calificaron estos episodios como: “violentos y crueles”, “con peleas muy feas”. Además, expresaron que los enfrentó a situaciones de tenso sufrimiento.

A su vez, recordaron experiencias de homofobia al comportarse de una forma lejana a las normas tradicionales de feminidad o masculinidad. Vivieron violencias simbólicas e incluso físicas por no compartir deseo por el sexo opuesto, o por no cumplir con las expectativas asociadas con comportamientos pasivos.

Así, los términos usados por padres o madres “machorra” para las mujeres o “plumeros, diabólicos” para los hombres. La actitud religiosa fanática y estigmatizante fue especialmente influyente en estos comportamientos.

Por otro lado, en las instituciones educativas previas a la universidad, encontramos violencias psicológicas y físicas en los rituales de masculinidad que ocurren en los lugares de sociabilidad de los y las adolescentes.

Es normal que incluso algunos/as docentes traten a los niños y niñas de diferentes maneras, discriminando a quienes no encajan en las expectativas de genero tradicionales. Se espera que los niños sean bruscos y jueguen futbol, mientras que de las niñas se espera que sean educadas y practiquen deportes más “femeninos” y sigan reglas estrictas de conducta y expresión corporal.

El silencio y la normalización de las VBG hacen que algunas/os desde muy jóvenes sean víctimas de abusos y violaciones, y no sepan cómo reaccionar. Asimismo, muchos casos de VBG no han sido resueltos, y sus víctimas están confundidas.

La narrativa patriarcal culpa de los hechos relacionados con este tipo de violencias a la forma de vestir, de adornarse, al alcohol, a las fiestas y a las expresiones corporales de las mujeres y de la población no binaria[1]. Esto lleva a que la presentación del cuerpo sea visto como responsable, lo que legitima discursos que criminalizan las formas de comunicación de las víctimas.

En resumen, la mencionada narrativa dominante y autoritaria en la educación, y el tabú en torno a la sexualidad en el hogar crean una brecha entre generaciones que apenas algunas madres y educadores/as tratan de abordar con narrativas alternativas para llegar a la juventud.

Asimismo, el sector estudiantil ha desarrollado estrategias de resistencia para enfrentar la VGB. La investigación revela un proceso continuo de desnaturalización de las formas de interacción ante esta violencia, lo que a menudo genera un conflicto ignorado por algunos estamentos universitarios.

La UNAL es un lugar con muchos significados para quienes allí estudian. En las interacciones universitarias, se crea un «laboratorio cultural contrahegemónico» que les enfrenta a nuevas formas de entender y aceptar vivencias de la dimensión humana de la sexualidad, las expresiones diversas de género y la importancia del reconocimiento de un enfoque interseccional[2].

Sin embargo, todavía se reproducen prácticas violentas: algunas terminan en violaciones, otras en una violencia simbólica expresada en el lenguaje, como decirle a una estudiante “se sentó sobre la nota” o recibir de una profesora el siguiente saludo “buenos días ingenieros, buenos días amas de casa” al comenzar la clase.

Las tácticas de resistencia del estudiantado

En general, la juventud universitaria emplea estrategias de resistencia innovadoras. Muchos de ellos y ellas, al haber sido violentados/as en su familia y en la secundaria, proyectan metas intelectuales, mientras que otros/as aspiran ser excelentes estudiantes para ser aceptados en la Universidad Nacional de Colombia.

Lo anterior es un motivo de orgullo para el estudiantado, ya que les permite participar en actividades artísticas, deportivas, lecturas y se sumergen en el estudio de género, encontrando teorías y paradigmas relacionados con su vida cotidiana.

Al tiempo, encontramos que los entrevistados y entrevistadas pretenden entablar encuentros con otros/as estudiantes, para lograr un lugar de diálogo crítico que facilita desnaturalizar formas de relación propias de la cultura dominante, pero que también experimentan exclusiones y violencias.

Quienes han sido víctimas de abusos sexuales se involucran activamente en grupos estudiantiles de resistencia contra las violencias, en colectivas solidarias, y luchan por un cambio en ese sentido. Además, aunque el protocolo no se usa mucho, encuentran formas de restituir parcialmente sus derechos junto a sus compañeros, mediante la denuncia en redes sociales.

Los espacios públicos siguen siendo lugares donde la VBG es común, lo que indica que vivimos en ciudades inseguras y homofóbicas. Aunque el anonimato del agresor puede ser menos doloroso para las víctimas, es preocupante que se produzcan agresiones físicas y verbales, y que se normalice la prohibición de transitar en ciertas horas o usar cierta ropa con el fin de protegerse de estos ataques en la ciudad.

El internet también es un espacio ambiguo en cuanto a la VBG. Aunque hay constantes agresiones, hackeos por parte de parejas, body shaming, cyberbullying, entre otros problemas relacionados con la imagen virtual del cuerpo, también es un espacio para obtener información, sentirse libre, expresar la diversidad sexual, y denunciar comportamientos inapropiados, lo que parcialmente compensa las injusticias cometidas cuando son víctimas de este tipo de violencia.

Por último, aunque aún queda mucho por investigar, transformar y proponer, consideramos que es importante prestar más atención en las instancias universitarias con el fin de alcanzar los derechos humanos deseados. Es importante reconocer que aún persiste una brecha intergeneracional debido a la naturalización de la violencia entre las personas mayores y la rebeldía de la juventud al respecto.

Esto requiere adaptar los currículos, cambiar la pedagogía, hacer énfasis en programas de prevención y seguir mejorando las opciones de atención y justicia contra esta violencia atroz.

[1] Implica no definir sus identidades a partir de la masculinidad o la feminidad, sino a raíz de múltiples orientaciones sexuales.

[2] Este enfoque contiene una mirada de género, clase, etnia, edad y múltiples diferencias contextuales.

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