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Estética del mal: la banalización de un crimen

Escrito por Alexander H. Caro

A la brutalidad de los ataques con ácido se añade algo siniestro que se asoma bajo el mote de “cultura alternativa” y encuentra eco en los medios de comunicación masiva. Crónica crítica de un incidente perturbador y sin embargo poco analizado.

Alexander Humberto Caro*

Hacer una película

Hace un par de semanas el portal Cartel Urbano publicó un relato llamado “El Jonathan Vega que conocí”, escrito por Juan Sebastián Lozano, alguien que compartió algunas andanzas con Vega, el autor del ataque con ácido contra Natalia Ponce que ha causado especial indignación entre los colombianos en los últimos días.

Ya desde su primera lectura me parecía ver en el relato de Lozano una suerte de impostura, algo no tan fácil de precisar. Tras unas reflexiones, me ha parecido que se trata de un relato genuino, pero tiende a hacer del crimen una película, de una manera irresponsable con la propia víctima.

En el relato, Lozano describe sus andanzas con Vega como las propias de unos verdaderos decadents decimonónicos atrapados en la burguesa "sociedad del espectáculo", de la cual se han refugiado en un mundo de heroica soledad. Allí hay prostitutas, inconformidad, tedio, autores bajo el brazo, lectura en voz alta de fragmentos de Nietzsche y películas sobre personajes outsiders o marginales.

Referentes todos que pueden entenderse en clave de actualización de la atmósfera del decadentismo francés en un contexto muy preciso. Para paliar su marginalidad, Lozano aconseja a Vega que haga arte: "yo le insistía a Jonathan en que las personas inteligentes descargaban su rabia hacia la sociedad que criticaban a través de la expresión artística".

 

Lozano quiere mostrar simplemente que quien perpetró el crimen contra Ponce era una persona de comportamiento extraño, con inquietudes intelectuales.

Entonces, volviendo al hecho que motiva su relato, Lozano adelanta una hipótesis nada ingenua sobre el crimen: “Todo parece indicar que para Jonathan la posibilidad de convertir en arte o en reflexión su descontento social no fue suficiente y cruzó el límite hacia lo real, atacó lo que odiaba de la sociedad: la belleza autocomplaciente, la vida burguesa aparentemente feliz, la sociabilidad. ¿Acaso Natalia Ponce representaba lo que él odia y a la vez desea? ¿Al no poder acceder a ella quiso dañarla?".

Este es el fragmento que me pareció más llamativo del texto. En él se presenta un giro casi imperceptible, pero significativo. Lozano quiere mostrar simplemente que quien perpetró el crimen contra Ponce era una persona de comportamiento extraño, con inquietudes intelectuales.

Sin embargo, creo que el texto de Lozano hace algo más: abre las puertas para que Vega, en su responsabilidad o en su esquizofrenia, sea convertido en un miembro de una cultura superior cuyo crimen no fue una canallada, sino la puesta en escena de una estética del mal.

La hipótesis de Lozano permite pensar que hay un contenido intelectual como base del crimen; una marginalidad heroica nutrida por búsquedas artísticas con la que igual se hubiese hecho una obra de arte o una acción fuera de lo normal.

Por ello la expresión con que Lozano caracteriza el propósito de Vega resulta inquietante: “cruzó el límite hacia lo real”. La expresión habla de ir más allá de unas cavilaciones de descontento social para pasar a una acción que contradice radicalmente las normas éticas más elementales, y que entra al terreno de lo anormal y lo extraño.

En esta perspectiva no vemos a Vega arrojar con brutalidad ácido en el rostro de Natalia Ponce, sino una crítica social tramada irónicamente por una suerte de genio maligno que ha escogido a Vega justamente por sus especiales inquietudes frente a la crisis de valores.

Ese “cruzar el límite” hace que la acción criminal de Vega tenga una semejanza con la creación artística, porque la dota con la cualidad de lo asombroso que produce lo anormal o lo extraño. Recordemos que el principio de la estética moderna consistió precisamente en calificar el gusto estético como el placer que suscita un “no se sabe qué”.


La teórica política alemana Hannah Arendt.
Foto: Wikimedia Commons

“Canalla” en lugar de “monstruo”

Una palabra más precisa para mostrar lo que puede llamarse “estetización del crimen” en el relato de Lozano es lo “monstruoso”. Lozano mismo dispone los elementos de su relato en este sentido cuando dice que “quizá como una suerte de anticipación inconsciente al atroz crimen que cometería, la última película que vimos fue Bronson, de Nicholas Winding-Refn”.

En ella, el protagonista "se convirtió en el preso más peligroso de Inglaterra, un tipo con inquietudes artísticas no estimuladas a quien el sistema carcelario transforma en alguien cada vez más monstruoso. Es una crítica a la sociedad del espectáculo actual, que idealiza cualquier tipo de fama".

Aquí se concentra la idea de que en el ataque a Natalia Ponce hay una base intelectual de fondo y que el ataque mismo resulta una inquietante puesta en escena del mal que, siempre y cuando seamos capaces de verla con los ojos de espectador avezado de una obra de arte, puede entregarnos una interesante crítica social.

Esta es la parte en la que, pienso, Lozano deja el campo abierto para dejar de considerar el crimen moralmente ante su elaboración estética. Fácilmente lo monstruoso puede definirse aquí como el sentimiento de terror que produce un placer intelectual ante el asombro producido por “lo extraño”.

Por estar pensando en la película, el crimen puede hacerse interesante solo en tanto despierte una crítica social que puede tener como único contenido las conversaciones entre Lozano y Vega, esto es: tedio, soledad, incomprensión, citas de autores y, en síntesis, hablar sobre su situación existencial con un discurso altisonante. En último término: utilizar el crimen como ocasión para seguir hablando de uno mismo y con total  indiferencia ante el dolor de la víctima.

En la elaboración de lo monstruoso hay el concurso de la manera como los medios periodísticos han cubierto el caso.

Ese “cruzar el límite” califica como artística la acción criminal de Vega.

No me parece adecuada la expresión con la que los medios han extendido el nombre de criminal de Jonathan Vega: “el monstruo de Batán”. Con expresiones tales la sociedad pretende ejercer una especie de condena nominal sobre la persona del inculpado, como seña de su vileza. Sin embargo, tales expresiones tienden a magnificar al criminal hasta envestir su persona con el aura de lo sobrenatural.

Parafraseando al filósofo italiano Giorgio Agamben: lo que se debe pensar aquí no es en el hombre más allá del bien y del mal, el superhombre de Nietzsche, sino en el hombre que está más acá: el “infrahombre”.

Me parece una palabra más adecuada que la expresión “monstruo de Batán”, sería endilgarle al criminal el epíteto de “canalla” que la RAE define como una “persona despreciable y de malos procederes”, toda vez que funciona como un “polo a tierra”.

Al hablar de un desprecio hacia una persona en términos de una reacción moral ante lo bajo y ruin, se da cuenta de un sentimiento capaz de captar el sufrimiento de una víctima en medio de una situación que permanezca extraña e incomprensible.

No se trata del desprecio hacia el criminal como antídoto eficaz contra la estetización, sino como signo de un principio moral para el cual puede ser concordante, por ejemplo, la obligación de comprender y ayudar a quien padece esquizofrenia.

Si es necesario dar una hipótesis alternativa a la de Lozano sobre el crimen –que yo tal vez me he tomado más en serio que él mismo-, la resumo en la expresión de Hannah Arendt: banalidad del mal.

El mal es banal cuando los motivos que dan lugar a cualquier forma de aniquilación del otro no están enraizados en profundas convicciones ni en grandes pasiones, sino cuando esta no tiene más razón que la falta de pensamiento y la incapacidad de juzgar.

Y, claro está, como mostró Arendt en el caso del nazi Adolf Eichman, el mal se banaliza cuando la acción criminal es planeada con absoluta indiferencia frente a sus resultados, tal como se realiza la más cotidiana de las tareas.


Afiche de la película Bronson (2008), de
Nicholas Winding Refn.
Foto: Wikimedia Commons

Arte y moral

Si he hecho las reflexiones anteriores es porque el mundo estético tiene la facultad de despertarnos de esta indiferencia.

Sobre este último punto, quisiera terminar con una consideración más amplia sobre la relación entre arte y moral. Tengo para mí que el arte es el lugar donde puede ejercerse la crítica más radical de ciertas lógicas que prevalecen en la sociedad.

Más allá del conocimiento meramente científico, como puede serlo la valoración médica sobre la esquizofrenia de Vega, el arte aportaría una interpretación acerca de problemas últimos, como la responsabilidad, sobre los cuales un dictamen médico sería limitado.

Así que reformulo la afirmación de Lozano sobre el caso Vega: lo que cabe nombrar aquí no es el Bronson de Nicholas Winding-Refn, sino algo como M, el vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang, inspirada en el caso real del asesino en serie de niños, Peter Kürten.

En Bronson veo más bien la historia de un individuo que ha naturalizado el sistema penitenciario como su propia forma de vida, en medio de una crítica a la deshumanización lograda en forma de comedia. No veo la relación con el caso de Vega ni menos con el ataque de ácido a Natalia Ponce.

Tales expresiones tienden a magnificar la persona del criminal hasta convertirlo en un ser que raya con lo sobrenatural. 

Encuentro más adecuada la película de Lang para pensar la contradicción entre la ley encargada de juzgar al criminal con criterios de neutralidad y el deseo de una multitud (en este caso el hampa organizada) clamando venganza desde un sentimiento de repudio.

Este sentimiento resulta dudoso, ya que los encargados de juzgar son los mismos criminales; pero a la vez no deja de causar empatía en el observador neutral de la película, quien ve una suerte de justicia directa.

Por otra parte, en el monólogo final del asesino, acosado por una crisis psicótica, lo anormal se presenta con una cercanía tal que no da lugar a mistificación alguna del personaje. Y esto no es motivo para que no nos provoque preguntas, como la responsabilidad que cabe a quien tan claramente expresa su tener que matar sin poder responder al mismo tiempo a los reproches de los espectadores del “juicio”.

 

* Egresado de Literatura de la Universidad Nacional y Maestría de Filosofía en la Universidad de Los Andes.

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