
Estados Unidos e Irán: intento de acuerdo de paz y verdadero borrador de guerra
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Es evidente que esta ha sido la peor acción de política exterior del gobierno Trump y, al mismo tiempo, la mejor forma de resistencia de un régimen iraní que se creía fuertemente golpeado.
Los análisis estratégicos suelen privilegiar el estudio de las victorias y, con frecuencia, omiten los análisis de las derrotas y sus matices. Sin embargo, el ciclo bélico desencadenado en febrero de 2026 por la coalición liderada por Estados Unidos e Israel contra Irán ofrece una perspectiva interesante sobre cómo una superioridad militar inicial puede diluirse en un revés geopolítico y parecer más bien una capitulación de la Casa Blanca. Cuatro meses después del inicio de las hostilidades, el equilibrio estratégico sugiere una lectura desalentadora para Washington. Se produjo una derrota estratégica que, en consecuencia, ha inclinado la balanza a favor de Teherán. En este contexto, cualquier exceso por parte del régimen iraní podría convertir el actual memorándum en el mero preludio de una confrontación más profunda y destructiva.
El domingo 14 de junio, el presidente Donald Trump anunció la concreción de un acuerdo preliminar con Irán, cuyo objetivo declarado era aliviar el estrangulamiento energético global y restaurar la fluidez de los flujos comerciales a través del estrecho de Ormuz. No obstante, la filtración de los catorce puntos que componen el memorándum de entendimiento (MoU, por su sigla en inglés), que entra en vigencia a partir del miércoles siguiente, ha revelado una arquitectura de concesiones notablemente asimétrica, que apunta a una hipótesis de capitulación estratégica estadounidense y a una consolidación de la ventaja iraní. Si bien el acuerdo ofrece un respiro temporal a los volátiles mercados energéticos, siembra serias dudas sobre el futuro equilibrio regional y la sostenibilidad de la paz, tanto en el plano de la seguridad como en el de la estabilidad política.
El espectro del MoU abarca desde la reapertura del estrecho hasta el proyecto nuclear iraní, y establece un plazo de sesenta días para la negociación de un tratado definitivo. Entre los compromisos estadounidenses figuran la reconstrucción de Irán, una declaración de no injerencia en sus asuntos internos, el levantamiento de los bloqueos navales y el descongelamiento de sus activos financieros. De manera más sorprendente, el documento aborda el conflicto israelí con Hezbolá en el Líbano y sugiere que la presencia militar de Estados Unidos en la región podría ser objeto de negociación y reducción considerable. La historia de los procesos de paz en Oriente Próximo, no obstante, invita al escepticismo; la volatilidad inherente a los cambios en el equilibrio de poder suele exacerbar las tensiones subyacentes, lo que socava cualquier tregua.
La asimetría de las concesiones y el cambio de paradigma
El MoU muestra que Washington no ha logrado materializar sus objetivos estratégicos iniciales. No es una victoria diplomática, el documento adquiere la textura de una derrota en política exterior, donde Irán solo se compromete explícitamente a dos puntos de los catorce: la reapertura del estrecho de Ormuz y una declaración (meramente retórica) de que nunca producirá armas nucleares, una postura que ya sostenía de facto. Estados Unidos, en cambio, asume la responsabilidad de los doce puntos restantes. Esta desproporción sugiere una reconfiguración drástica del equilibrio de poder entre ambos actores. La transición desde la retórica beligerante de “cambio de régimen” hacia un compromiso explícito de no interferencia simboliza la renuncia a los objetivos maximalistas de la doctrina de contención. Esta asimetría se profundiza en la estructura formal del MoU, donde Washington se somete a plazos urgentes y asume el financiamiento de la reconstrucción, mientras Teherán solo se obliga bajo la ambigua y elástica fórmula de realizar “más y mejores esfuerzos”.
El acuerdo representa, por tanto, un triunfo diplomático para el régimen de los ayatolás, al consolidar aspiraciones previamente rechazadas por Occidente. La omisión deliberada de asuntos cruciales (el destino del uranio enriquecido, las Fuerzas Militares convencionales iraníes, el apoyo a grupos afines como Hamás, Hezbolá y los hutíes, y el arsenal de misiles balísticos) permite a Irán preservar intacta la estructura central de su programa nuclear, bajo el amparo de un statu quo que congela la crisis sin resolverla. El levantamiento de las sanciones, la reactivación inmediata de las exportaciones petroleras y la liberación de activos congelados configuran un escenario de alivio macroeconómico integral, así como un respiro de vigencia para el régimen. En última instancia, Irán no solo neutralizaría la presión militar exterior, sino que también consolidaría una posición económica e incluso militar (gracias a la preservación de sus capacidades) considerablemente superior a la que poseía antes de la confrontación.
Disección de los ejes del acuerdo
El MoU puede dividirse en cuatro grandes ejes: el militar, el del estrecho de Ormuz, el nuclear y el de las sanciones.
- Eje militar: Se estipula un cese permanente de las operaciones militares entre Estados Unidos, Irán y sus respectivos aliados (mencionando explícitamente al Líbano). Estados Unidos se compromete a levantar el bloqueo naval, retirar tropas de las proximidades de Irán tras el acuerdo final y congelar el despliegue de fuerzas adicionales en la región. Para Irán, implica una reconfiguración de su “Eje de Resistencia”, en particular de su vinculación operativa con Hezbolá. Para Estados Unidos, equivale a una renuncia implícita a la doctrina de contención militar directa y un repliegue táctico de su tradicional arquitectura de seguridad en el Golfo Pérsico, un giro que ha sido criticado por aliados históricos.
- Eje del estrecho: Irán se compromete a reabrir el estrecho sin peajes ni restricciones durante la ventana de sesenta días, al tiempo que acepta iniciar un diálogo multilateral con los países aledaños para su futura administración. Teherán utiliza esta reapertura como una medida para fomentar la confianza, pero también como un mecanismo de apalancamiento para diluir la hegemonía estadounidense. El principal negociador iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, ha dejado claro que el estrecho “nunca volverá a su estado anterior” y que “naturalmente, cobraremos tasas a cambio de los servicios que prestemos”. Esta amenaza revela la intención de institucionalizar un control que otorgue a Irán una influencia estructural sobre la economía global, una suerte de “armamentización” del estrecho.
- Eje nuclear: Irán reafirma su compromiso de no adquirir armas nucleares y acepta “mantener el statu quo” de su programa, y posterga las resoluciones de fondo para el tratado definitivo. Este es el punto de menor avance explícito. Al “mantener el statu quo”, se infiere que Irán conserva sus capacidades técnicas y niveles de enriquecimiento, al actuar como un Estado virtualmente nuclear. Estados Unidos posterga la exigencia de desmantelamiento a cambio de un compromiso verbal de no proliferación, que prioriza la estabilización regional. Esta dilación, sin embargo, deja a Israel en una posición de vulnerabilidad estratégica, como se detalla más adelante.
- Eje de sanciones: Estados Unidos y sus socios occidentales se comprometen a un plan de reconstrucción y desarrollo para Irán valorado en al menos US$300.000 millones, además del levantamiento total de sanciones y la liberación de activos congelados. Esta inyección financiera busca aliviar el estrés macroeconómico interno y, al mismo tiempo, hacer que funcione como la garantía para asegurar el cumplimiento iraní de los compromisos militares. Paradójicamente, este flujo de capital podría reforzar al régimen y, como señalan analistas, prolongar su capacidad de proyección de poder, en lugar de moderarlo. La ambigüedad en los mecanismos de implementación, sin embargo, deja al diablo en los detalles.

Implicaciones estratégicas y la cuestión israelí
Las implicaciones de este MoU son profundas. En primer lugar, se consolida el reconocimiento de facto de Irán como potencia regional, al sustituir el enfoque de asfixia total por uno de coexistencia pragmática en el que Occidente financia la reconstrucción a cambio de predictibilidad en las rutas marítimas. En segundo lugar, la fragilidad del plazo de sesenta días para alcanzar un acuerdo final denota una alta volatilidad táctico-estratégica. Los asuntos más espinosos, como los límites técnicos del programa nuclear y los mecanismos de verificación, quedan pospuestos, lo que convierte el documento en un frágil mecanismo de garantía.
Sin embargo, el actor más perjudicado por este borrador es, sin duda, Israel. El giro estadounidense implica un reconocimiento implícito de Irán como actor relevante para la seguridad regional, sin mencionar los peligros de su apoyo a actores terroristas ni de su asistencia tecnológica a Rusia en Ucrania. Para Israel, la supervivencia del Estado está ligada a impedir que Irán alcance una capacidad nuclear de inflexión, y este MoU reduce esa amenaza a una mera declaración: una claudicación de Washington. El acuerdo permitirá a Irán seguir enriqueciendo uranio, incluso con una moratoria temporal, mientras que los israelíes perciben que Estados Unidos les ata las manos frente a Hezbolá. Cualquier acción israelí contra la milicia chií, que busca regresar al sur de Líbano, podría desencadenar una crisis diplomática con la administración Trump. Quizás esta sea una crisis provocadora: ¿Qué mejor para Irán que haya una fractura en el eje Washington-Tel Aviv?
En ese escenario, se podría desatar un distanciamiento forzado por las realidades regionales y por la exclusión de Israel del proceso de negociación. De consumarse, este distanciamiento podría abrir un nuevo y más peligroso capítulo de una guerra contenida entre Irán e Israel, con implicaciones de mayor envergadura que escapen al control de cualquier acuerdo. Los cuantiosos recursos destinados a la reconstrucción de Irán no solo aliviarán su economía, sino que, paradójicamente, alimentarán su régimen y prolongarán su permanencia en el poder, lo que perpetúa para Israel la hipótesis de guerra por la supervivencia estatal. En este sentido, el memorándum se perfila como el catalizador de una nueva y más compleja fase de confrontación en la región. Esto puede ser el preludio de una iranización de la agenda estadounidense en la zona, una geopolitización de las dinámicas diplomáticas por la cuestión energética y una armamentización de la paz. Entonces, ¿cuál fue el propósito de la guerra? Si el propósito era obligar al cambio de régimen, logró fortalecerlo y empoderarlo. Si bien se reducían las capacidades ante un eventual ataque existencial contra Israel, se dejó una mayor incertidumbre y a un Israel afectado en sus garantías de seguridad. Si era para eliminar sus proyectos nucleares, solo obtuvo respuestas retóricas. Sea cual sea la respuesta, es evidente que esta ha sido la peor acción de política exterior del gobierno Trump y, al mismo tiempo, la mejor forma de resistencia de un régimen iraní que se creía fuertemente golpeado. Lo mejor, y quizá lo único positivo, que se puede decir del acuerdo alcanzado con Irán para Estados Unidos es que minimizó sus pérdidas. Tal vez esta sea una oportunidad para entender que en las guerras siempre es obvia la forma como empiezan, no cómo terminan, si es que terminan.
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Acerca del autor
César Niño
*Profesor Titular de la Facultad de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad en la Universidad Militar Nueva Granada. Twitter: cesarnino4.
3 comentarios

Desde mi punto de vista, el acuerdo puede reducir las tensiones temporalmente, pero dejar sin resolver importantes problemas de seguridad conlleva el riesgo de que solo sea una pausa antes de otro conflicto.
El espectro del MoU abarca desde la reapertura del estrecho hasta el proyecto nuclear iraní, y establece un plazo de sesenta días para la negociación de un tratado definitivo.
Un acuerdo que deja más preguntas que respuestas: evitar una escalada inmediata puede ser positivo, pero la verdadera prueba será si logra una paz estable y duradera.