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Estados Unidos diez años después

Escrito por Francisco Thoumi
Francisco Thoumi

Francisco ThoumiAnálisis de los cambios sufridos por la gran potencia mundial, tras un ataque simbólicamente devastador para su equilibrio y para la paz mundial: tres guerras (Afganistán, Irak y contra el terrorismo) han contribuido a poner literalmente de rodillas a la economía estadounidense. Pero tras desembolsar sumas inimaginables, no puede garantizar su seguridad y ha socavado la esperanza en el futuro.

Francisco E. Thoumi*

¿Causa o detonante? 

Sin duda, el ataque de Al Qaeda a Estados Unidos marcó un hito en su historia, y hoy este país es muy diferente del de hace 10 años. Sin embargo, los cambios ocurridos en este período no se deben solo al ataque como tal, sino también a la creciente globalización de su economía y a las tendencias de cambio interno que han sido una constante en la sociedad americana.

Cuando una situación como la actual es el resultado de un proceso evolutivo, resulta muy difícil establecer cuáles son los efectos de un evento específico, porque estos dependen de las condiciones estructurales internas del cuerpo afectado, en este caso, de Estados Unidos.

Por ejemplo: ¿Fue la guerra en Irak un efecto del ataque del 11 de septiembre, o éste fue simplemente un pretexto para declararla? Se puede dar cualquier respuesta, pero siempre será sólo una opinión, no una verdad rigurosa.

A pesar de esta restricción, sí es posible afirmar que el ataque terrorista fue el detonante de unos procesos sociales latentes y aceleró otros que ya venían gestándose en la sociedad estadounidense.

Estos procesos surgen como consecuencia de cambios tecnológicos, de la forma como el país se ha venido insertando en el mundo y de las respuestas concretas del gobierno. Por eso, están influenciados por el ethos del país, o sea, por el carácter fundamental o el espíritu de su cultura.

Hoy, un país en crisis

La comparación de la situación de Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 con la de 2011 pone en evidencia un grave deterioro en las expectativas de la sociedad, en el nivel de vida de muchos americanos y en el grado de empatía social hacia los menos favorecidos. Se ve también una intensa polarización política y una intensificación de la tendencia aislacionista que ha caracterizado la historia del país.

Hace 10 años el gobierno federal pronosticaba un superávit fiscal por muchos años, el desempleo era bajo y existía gran optimismo sobre el futuro de la economía.

  • Hoy el país enfrenta una crisis de la deuda del gobierno federal y algo similar ocurre en la mayoría de los gobiernos estatales.
  • El desempleo está alrededor del 9 por ciento y mucha gente ha tenido que emplearse con salarios inferiores a los que tenían anteriormente.
  • Los ingresos de muchos jubilados que tienen sus fondos de retiro invertidos en bonos han caído sustancialmente, puesto que las tasas de interés han colapsado.
  • Cunde el pesimismo sobre el futuro: no solamente está en medio de una larga recesión, sino que además se pronostica una larga era de bajo crecimiento y la reducción duradera de los niveles de vida.
  • Estados Unidos está atascado tratando de salir dignamente de dos guerras, una totalmente injustificada y la otra, mal manejada.
  • La guerra en Afganistán ha sido la más larga en su historia y la guerra contra el terrorismo es de nunca acabar, como la guerra contra las drogas.
  • La extrema derecha política se ha fortalecido, apoyándose en los sentimientos de temor e inseguridad.
  • Muchos añoran un pasado idealizado y reafirman con frecuencia la excepcionalidad americana: la creencia en que el país es diferente del resto del mundo y ha sido elegido por Dios.
  • Asimismo, la xenofobia hacia los musulmanes y muchos inmigrantes se ha acentuado, alimentada por un profundo temor al mundo exterior, que la mayoría de los ciudadanos ni conoce ni entiende.

Sin duda, la crisis actual no fue producto únicamente del ataque terrorista, pero la reacción del país sí contribuyó de manera sustantiva a engendrarla.

Sin preguntarse por qué

En todas las sociedades, el terrorismo produce temor y fuertes sentimientos revanchistas. El ataque del 11 de septiembre confirmó y reforzó la creencia común en la sociedad estadounidense sobre la hostilidad del mundo exterior, cuyas raíces están en el origen de la gran mayoría de los inmigrantes del pasado y de muchos del presente, provenientes de países de dónde se sintieron expulsados por razones religiosas o económicas.

Los estadounidenses pelean las guerras por fuera, no en su terruño. Por eso el efecto psicológico del 11 de septiembre fue devastador y la reacción fue visceral. Solamente algunos académicos marginados y “anti patriotas” se atrevieron a preguntar: ¿Cuáles fueron las razones de quienes nos atacaron?

La única explicación que dio el presidente Bush fue simplista, ingenua y para algunos, deshonesta: “nos atacaron porque nos envidian y nos odian por lo exitosos que somos”. En ningún momento se consideró la posibilidad de que la política exterior del país y las acciones de las grandes corporaciones americanas hubieran jugado algún papel en alimentar una fuerte animosidad contra el gobierno y contra la sociedad americana. En la explicación oficial la historia no fue un factor relevante: el 11 de septiembre fue un ataque ahistórico, llevado a cabo por fanáticos irracionales.

A las malas

La reacción al 11 de septiembre fue basada en la fuerza, que puede funcionar cuando se trata de conquistar y subyugar al enemigo, para lo cual es necesario comprometerse a largo plazo, pero no cuando ya se es el hegemón global, cuya política exterior debe apuntar a mantener la paz mundial.

Al principio tanto el presidente como el vice-presidente esperaron que los ejércitos americanos fueran recibidos como libertadores y que las guerras en Afganistán e Irak fueran muy cortas. Si ellos de verdad creyeron eso, lo único que demostraban fue su provincialismo e ignorancia del mundo. Además no se habló del costo de la guerra en Irak “porque como ese era un país rico, pagaría por su liberación”.

Es cierto que más adelante se reconoció la necesidad de “conquistar la mente y el corazón” de los ciudadanos afganos e iraquíes, meta particularmente difícil de obtener después de haber invadido países cuya cultura y aún su idioma eran desconocidos por la inmensa mayoría de los soldados.

El resultado ha sido que a pesar de existir algunos grupos en cada país -que incluso pueden ser grandes- que optaron por apoyar la presencia militar estadounidense, para muchos ciudadanos afganos e iraquíes estos ejércitos extranjeros siguen siendo fuerzas de ocupación, que han dejado de ser bienvenidas, tras muchos años de la invasión.

Irak, ni el petróleo ni las armas

El carácter visceral de la reacción llevó a cometer errores crasos al atacar a Irak, cuyo gobierno no había tenido nada que ver con el 11 de septiembre.

El argumento de que el atentado terrorista fue simplemente un pretexto para conquistar el petróleo es aceptado por muchos fuera de Estados Unidos, pero resulta un poco débil ante la evidencia de las cifras de producción petrolera de Irak:

  • La guerra contra Irán en 1980 hizo que la producción de más de 3,6 millones de barriles por día colapsara.
  • Después de la guerra la producción volvió a subir, pero no superó los 2,5 millones de barriles por día.
  • La Guerra del Golfo con Estados Unidos, en 1993, volvió a hacer que la producción bajara enormemente: a solo 300.000 barriles por día, que se recuperó, pero no regresó nunca a los niveles anteriores.
  • En 2001 estaba en 2,6 millones de barriles por día.
  • La nueva guerra ocasionó una gran caída en la producción y solamente en este año se espera que regrese a los niveles de 1980, aunque se pronostica que subirá sustancialmente en el futuro.
  • Si la guerra se declaró para garantizar una gran producción de petróleo, fue un fracaso rotundo.

La razón aducida para declarar la guerra a Irak fue la relación ficticia entre Saddam Hussein y Al Qaeda y la presencia de armas de “destrucción masiva” en el arsenal iraquí. Hoy está confirmado que ambas razones fueron erradas y evocan al incidente del golfo de Tonkín, que se usó para declarar la guerra en Vietnam en 1964.

En ambos casos la guerra se justificó sobre la base de razones equivocadas y llevaron a fracasos graves. En ambos casos, también hay dos hipótesis:

  • una que en efecto, los artífices de política creían en sus propios argumentos;
  • otra, que conspiraron, porque tenían otras razones, bien sea económicas o de poder, en cuyo caso, fue presa fácil la masa ciudadana, aislada y desconocedora del mundo.

Aquí también es posible que cada cual se forme su propia opinión, pero no se puede demostrar rigurosamente ni la una ni la otra.

El costo de estas guerras

Los costos de las guerras son siempre difíciles de estimar, especialmente cuando la guerra no es contra un país, sino contra algo más etéreo como el terrorismo. Las siguientes estimaciones monetarias muestran solamente una parte de los costos y se presentan con el único fin de dar una idea sobre la magnitud de algunos de ellos:

  • Una de las consecuencias del 11 de septiembre fue la creación del Departamento de Seguridad Patria (Department of Homeland Security), cuyo presupuesto para 2011 es de aproximadamente 46.000.000.000 dólares (46 mil millones de dólares, 11 cifras). Es difícil determinar el costo acumulado durante 10 años, pero probablemente fue de unos 350.000.000.000 (350 mil millones de dólares, 12 cifras).
  • Los costos de las guerras en Irak y Afganistán han sido bastante más altos. Las cifras oficiales estiman el costo a partir de 2001 de la “Operación Libertad Duradera” en Afganistán y otros sitios, la “Operación Águila Noble” para fortalecer la seguridad en las bases militares y la “Operación Libertad Iraquí” en aproximadamente 1.300.000.000.000 (1,3 billones de dólares, es decir, millones de millones, 13 cifras). Esta cifra es solamente 10 por ciento mayor que el valor de los bonos del tesoro en manos del gobierno chino.

Sin embargo, los costos y consecuencias más importantes y profundos del 11 de septiembre permanecen escondidos y secretos. El reciente libro Top Secret America de los periodistas del Washington Post, Dana Priest y William M. Arkin, muestra un cuadro fascinante y profundamente preocupante:

  • Los autores argumentan que como resultado del fortalecimiento de todas las actividades de seguridad ha surgido un cuarto poder en el país: Top Secret America, de proporciones monstruosas. Actualmente unas 1.271 agencias del gobierno y 1.931 empresas privadas trabajan en programas relacionados con el contraterrorismo, la seguridad patria, y la inteligencia.

Estas entidades se ubican a lo largo y ancho del país, en unos 10.000 sitios. Aproximadamente 854.000 personas tienen licencia para acceder a la información top secret. En otras palabras, ¡una de cada 180 personas empleadas está involucrada en actividades que tienen que ver con alta seguridad!

Los autores encuentran que estas actividades están profundamente descoordinadas: “muchas agencias de seguridad e inteligencia hacen lo mismo, creando redundancia y desperdicio. Por ejemplo, 51 organizaciones federales y comandos militares en 15 ciudades hacen seguimiento al flujo de dinero de las redes terroristas. Los analistas que interpretan los documentos y las conversaciones obtenidas por medio del espionaje publican 50.000 informes de inteligencia cada año, un volumen tan grande que muchos son rutinariamente ignorados”.

Esta armazón secreta ha crecido descontroladamente, no rinde cuentas a nadie y su costo es desconocido. No sorprende que quienes están en ella ganen bien y protejan sus feudos. Tampoco sorprende entonces que Top Secret America esté concentrada en siete de los diez condados con el mayor ingreso per cápita del país.

  • Las guerras en Afganistán e Irak han generado otros costos importantes. Estas han sido intensivas en tecnología de punta que protegen bastante bien a los soldados, de manera que han sobrevivido muchos que hubieran muerto en guerras anteriores.

Los soldados muertos han sido relativamente pocos: unos 6.300 del 1.700.000 que ha participado en la guerra. Los heridos en la guerra han sido muchos más, unos 35.000, que requieren tratamientos muy costosos.

  • De otra parte, el número de veteranos con problemas mentales es enorme. Un estudio de Rand Corporation estima que 18,5 por ciento, 314,500 de los veteranos tiene problemas graves de síndrome de stress post traumático los cuales requieren tratamiento. Estos costos “invisibles” de las guerras no pueden estimarse con facilidad, pero muy probablemente terminarán siendo enormes.
  • A todo lo anterior hay que sumar los costos incurridos por el sector privado. Los bancos han tenido que reforzar sus sistemas de seguimiento al lavado de dinero. Muchas empresas han tenido que dedicar más recursos para analizar las hojas de vida de los postulantes. La entrada a muchos edificios, estadios, aeropuertos es hoy lenta, requiere recursos adicionales y los viajes en avión toman una hora más que antes.

Un gasto improductivo

Los ejemplos anteriores subrayan un punto clave: la calidad de vida de los estadounidenses ha sufrido sustancialmente por los grandes gastos que resultaron de la reacción del gobierno y de la sociedad al 11 de septiembre.

Tal vez cabría argumentar que antes del 11 de septiembre, de todos modos el país debería haber desarrollado un costoso y eficiente sistema de prevención contra posibles ataques terroristas. Es cierto en todo caso que Estados Unidos “perdió la inocencia” como resultado de esos atentados.

Los estadounidenses creían vivir en un mundo mejor y menos violento que el mundo real; pero esto no justifica la guerra en Irak, ni la emotividad, ni el desperdicio, ni la descoordinación de la reacción del contraataque.

La corriente dominante en economía ha buscado ser antiséptica y rechaza lo que considera juicios de valor sobre la naturaleza de los bienes y servicios demandados en cada sociedad. Por eso percibe al gasto en seguridad de manera neutral, como si fuera semejante al gasto en alimentos, salud, vivienda y educación.

Desde esa perspectiva, se considera que las actividades económicas en seguridad generan riqueza y bienestar. Esto implica que si el ingreso de los estadounidenses fuera igual hoy al de antes del atentado, el bienestar sería el mismo.

Sin embargo, durante los últimos 10 años, los sectores de defensa y seguridad han sido líderes en la economía del país. El gasto en estos sectores busca en realidad proteger al resto de las actividades productivas, pero entre mayor sea el gasto en protección, menor será en otros sectores.

Menos libertades

Mientras hoy se tiene un enorme sector top secret y una cantidad grande de recursos dedicados a la guerra, son menores los recursos dedicados a infraestructura y a educación. Además, el temor y el tamaño de Top Secret America, su desorden y la falta de sistemas de rendición de cuentas (accountability) abren la posibilidad de corrupción y abusos de poder que socaven los derechos civiles.

En efecto, el cuarto poder secreto ha coadyuvado a una pérdida significativa en derechos civiles como el respeto a la privacidad y ha socavado la confianza entre los ciudadanos, lo cual no solamente aumenta sustancialmente los costos de transacción, sino que también socava los valores fundamentales de los que la sociedad estadounidense siempre se ha jactado y erosiona su capital social.

Otra de las mayores consecuencias del 11 de septiembre ha sido el cambio profundo en la mentalidad de las nuevas generaciones. Los jóvenes de menos de 15 años no recuerdan una época de sus vidas exentas de “guerra contra el terrorismo”, cuando se hubiera podido ingresar a los edificios públicos sin tener que mostrar un documento de identidad ni pasar por un detector de metales. Tampoco recuerdan una sociedad optimista con respecto al futuro y a su papel en el mundo. Por eso hoy son más nacionalistas y más dispuestos a sacrificar derechos civiles en aras de una mayor seguridad.

Ganadores, perdedores

Una pregunta clave que surge de todo lo anterior es: ¿Tiene hoy Estados Unidos efectivamente más seguridad que hace 10 años? La respuesta a esta pregunta es necesariamente también una opinión.

Sin embargo, los expertos concuerdan en que el país no ha eliminado el peligro de ataques terroristas ni puede asegurar que estos no ocurrirán. Insisten en que la meta de cero tolerancia es irreal, como en el caso de las drogas ilegales, y que lo máximo que se puede pedir de las políticas es disminuir la probabilidad de un ataque y mejorar la reacción cuando este ocurra.

Otra pregunta relacionada es: ¿Ha habido ganadores en la guerra contra el terrorismo y en las guerras en Afganistán e Irak? Se puede hablar de empresas ganadoras en el sector de seguridad y defensa, pero en el ámbito internacional hay ganadores más importantes como por ejemplo, Irán y los kurdos.

La destrucción del gobierno de Saddam, un sunita anticlerical, terminó fortaleciendo al régimen chiita islamista de Irán. Los kurdos del norte de Irak ganaron autonomía de Bagdad y hoy mantienen vivo su sueño de un Kurdistán independiente algún día. Otros ganadores fueron los grupos apoyados por Irán, especialmente Hezbola.

Vale la pena preguntarse para finalizar: ¿Está mejor Estados Unidos que hace 10 años? La respuesta es un lamentable, pero rotundo, ¡No!

La primera piedra del simbólico rascacielos Empire State se puso el 21 de enero de 1930. El edifico se inauguró el primero de mayo de 1931, un año, tres meses y diez días después de empezado. A unas pocas cuadras, el predio donde se irguieron las Torres Gemelas sigue vacío diez años después…

 *Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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