Estados Unidos: deuda pública y gobernabilidad bipartidista - Razón Pública
Inicio TemasInternacional Estados Unidos: deuda pública y gobernabilidad bipartidista

Estados Unidos: deuda pública y gobernabilidad bipartidista

Escrito por Francisco Thoumi
Francisco Thoumi

Francisco ThoumiExplicación clara y concisa de la decisión que tuvo en vilo al mundo entero la semana pasada: elevar o no el techo de la deuda del gobierno federal. La realidad es bien compleja: la gran potencia está en decadencia, tendrá que apretarse el cinturón y el aparato político ya no tiene el liderazgo necesario para lograr los cambios.

Francisco Thoumi*

0154El acuerdo

Durante el último mes el mundo presenció un espectáculo poco edificante sobre la forma como el sistema político de Estados Unidos ha enfrentado problemas económicos graves y el modo como busca solucionarlos.

El acuerdo logrado permite que el gobierno federal siga endeudándose, pero a condición de disminuir el gasto discrecional en unos 1.000.000.000.000 dólares (trece cifras: un millón de millones, un verdadero billón en español) en los próximos 10 años.

Este enorme recorte, sin embargo, no ha sido lo suficientemente grande, por lo que el acuerdo ordena crear un “súper comité” de 12 parlamentarios, seis de cada partido, para que elaboren un proyecto de cortes más drásticos, los cuales se presentarán a voto directo en el Congreso sin abrir un debate al respecto. El proyecto presentado por este comité también podría incluir aumentos en impuestos.

Lamentablemente, el acuerdo logrado antes del 2 de agosto fue apenas “una solución de corto plazo” que refleja las debilidades del sistema político para resolver situaciones que requieren cambios sustanciales en las políticas. Se espera que la “solución” permita que el gobierno se financie hasta después de las elecciones presidenciales del año entrante, aunque –si la economía llega a comportarse peor de lo proyectado– durante la campaña electoral habría un nuevo debate sobre el límite de la deuda –un escenario que los políticos involucrados preferirían evitar.

Salarios insostenibles

“El problema de la deuda” es en realidad un reflejo de la evolución de la economía, las instituciones y la sociedad estadounidenses de las últimas décadas en medio de la globalización y otros cambios estructurales importantes.

La globalización ha hecho que la economía americana pierda muchas de sus ventajas en el sector industrial y ha llevado a que la gran mayoría de los empleos nuevos se creen en el sector servicios. Por eso, mientras que antes un obrero poco calificado pero disciplinado y dispuesto a trabajar podía obtener un ingreso de clase media, hoy esto no es posible porque estos trabajadores tienen que competir con los de países del Tercer Mundo que exportan esos bienes hacia Estados Unidos.

Este fenómeno, acompañado del cambio tecnológico, implica que cada vez sea necesario tener más conocimiento y destrezas que permitan trabajar en industrias de punta o en servicios especializados para poder llevar una vida de clase media.

Pero además, la burbuja en finca raíz había creado muchos empleos bien pagados para obreros manuales, que desaparecieron cuando esa explotó. Estas personas son difíciles de emplear en los sectores modernos de la economía, por lo cual el nivel del desempleo estructural ha aumentado sustancialmente.

Población envejecida

La pirámide poblacional también ha cambiado drásticamente: la expectativa de vida, la edad promedio de la población y el número de personas mayores han aumentado sustancialmente y seguirán haciéndolo.

En efecto: a partir de 2010 los “baby boomers” –los muchos que nacieron al terminarse la Segunda Guerra– empezó a cumplir 65 años, a jubilarse y a recibir pensiones y costosos servicios de salud. Este grupo va a crecer sustancialmente durante los próximos 10 a 15 años y con ellos los costos a cargo del erario. Estos han aumentado también como fruto de los avances de la medicina, pues los nuevos tratamientos suelen ser muy costosos.

Los cambios anteriores eran predecibles, pero el país no tomó medidas preventivas suficientes, y algunas de las que tomó resultaron ser insostenibles financieramente.

En efecto, el sistema de seguridad social no estableció un fondo suficiente para cubrir los costos futuros o cuentas individuales donde cada contribuyente supiera cuánto había aportado y cuánto podría esperar al jubilarse. Mientras había pocos viejos y jubilados, el sistema recibía más de lo que gastaba, pero todos sabían que el sistema podría llegar a ser insolvente al aumentar el número de jubilados y la expectativa de vida.

Las hipotecas y el boom

Otra política que contribuyó a la crisis fue la de construcción de vivienda, pues las condiciones para obtener una hipoteca se hicieron más laxas y estas se multiplicaron para ayudar a que todos tuvieran casa propia y así satisfacer el “sueño americano”. Esta política, financieramente irresponsable, sentó las bases de la burbuja en finca raíz y también fue la causante –por lo menos en parte– de una gran caída en la tasa de ahorro de los hogares.

Dicha tasa se mantuvo entre 7 y 9 por ciento del ingreso total en los años sesenta, subió a entre 9 y 11 por ciento en los setenta y permaneció hasta mediados de los ochenta entre 8 y 10 por ciento. A partir del 1985 la tasa empezó a bajar de manera sostenida, y en 1995 estuvo en alrededor de 5 por ciento.

En esa época el gobierno Clinton cambió la política de financiación de vivienda, lo que acentuó la tendencia de manera dramática al punto que en 2005 los hogares ahorraron solamente 1,5% de su ingreso. La Gran Recesión ha hecho subir esta tasa que en 2010 fue de 5,3%, la cual es aún muy baja en términos históricos.

El aumento en los precios de la vivienda causó un “efecto” de riqueza personal y muchos decidieron que no era necesario ahorrar. Este efecto fue tan fuerte que muchos propietarios utilizaron sus viviendas como loterías: las refinanciaron aumentando el valor de las hipotecas, obteniendo así dinero para aumentar el gasto. Pero al final del proceso se quedaron sin el pan y sin el queso.

La explosión de la burbuja de finca raíz fue uno de los factores más determinantes en el reciente aumento en las diferencias entre el patrimonio de los negros e hispanos y el resto de la población, puesto que la mayoría de la riqueza de los primeros estaba concentrada en sus viviendas.

Un país consumista

La caída en el ahorro comenzó, como ya dije, antes del cambio en las políticas de vivienda. En realidad hubo un cambio generacional importante en la mentalidad de los americanos que también contribuyó a esto:

  • La generación que padeció la Gran Depresión de los años treinta fue muy parca en su gasto, ahorró bastante y procuró no endeudarse.
  • Las generaciones recientes han tenido un comportamiento muy distinto. Estas generaciones han tenido mucha confianza en el futuro, y el endeudamiento para el consumo se ha considerado no solamente como un derecho sino como un deber: “es patriota quien gasta para mover la economía”.

Esto ha contribuido a formar una sociedad de alto consumo, impulsado por una gran variedad de necesidades creadas por la publicidad, lo que condujo al consumismo acompañado de un enorme desperdicio y un gigantesco gasto de energía.

Durante los últimos treinta años el consumo de los hogares ha sido el motor del crecimiento económico, mientras que la infraestructura, los sistemas de transporte masivos y la protección del medio ambiente, entre otros, han sido descuidados. Por eso hay hoy una corriente de pensamiento que insiste en la necesidad de separar las necesidades reales de aquellas otras que son artificiales o derivadas de la búsqueda de estatus.

Por su parte el gobierno federal durante la última década disminuyó los impuestos a las ganancias de capital y a las sociedades anónimas de manera temporal. Estos debían haberse terminado en 2010, pero los republicanos lograron extenderlos. Y entretanto las guerras en Iraq y Afganistán absorbieron recursos importantes.

Crece la brecha social

Los cambios ocurridos en las últimas dos décadas han hecho que la distribución del ingreso y la riqueza sea cada vez más inequitativos.

En Estados Unidos, la globalización ha tenido un sesgo a favor del capital y en contra de la mano de obra. Mientras que los obreros tienen que competir con los del resto del mundo, el porcentaje de las utilidades de las sociedades anónimas americanas generado en el exterior es cada vez mayor. En la actualidad, proviene del exterior aproximadamente 25 por ciento de las utilidades de las empresas incluidas en el índice Standard & Poor’s 500, el más amplio de la Bolsa de Nueva York. En Estados Unidos estas utilidades juegan un papel semejante a las remesas de la diáspora de los países subdesarrollados, pero en contraste con estas, aumentan el ingreso de los ricos, no el de los pobres. Otro sesgo a favor del capital surgió de la burbuja de finca raíz y de los “derivados” financieros.

Estos factores han contribuido a una intensa concentración de la riqueza: el 1 por ciento más rico tiene el 40 por ciento de los activos y el 20 por ciento más rico tiene más del 85 por ciento. Esta distribución, comparable a la de países como Rusia o Irán, despierta dudas profundas sobre la sostenibilidad del sistema político y económico a mediano plazo, si no hay cambios significativos.

La deuda pública

La deuda total del gobierno federal es hoy de aproximadamente 14.300.000.000.000 dólares, (catorce cifras, 14,3 millones de millones) o 95 por ciento del PIB. Como la población es alrededor de 309.000.000 habitantes, la deuda federal per cápita es de unos 46.300 dólares, cifra esta que mencionaron con frecuencia los opositores a aumentar la capacidad de endeudamiento del gobierno.

Sin embargo hay que notar que los excedentes del sistema de seguridad social (ingresos menos gastos) se invirtieron en bonos del Tesoro, lo cual ha creado una situación muy curiosa: ¡el 35 por ciento del total de la deuda del gobierno federal es consigo mismo! En otras palabras, el sistema de seguridad social del gobierno federal es el principal acreedor del Tesoro del gobierno federal. Este pedirle prestado a un bolsillo usando pagarés emitidos por otro bolsillo ha sido un artificio financiero y contable arriesgado, que simplemente permitió financiar el gasto público a cargo de recursos futuros de origen indeterminado. O sea que el gobierno tomó dinero del fondo de la seguridad social, sin tomar medidas que garantizaran que podría pagarlos en el futuro.

El resto de la deuda está en manos privadas (fondos de jubilación, inversionistas individuales, compañías de seguros, bancos, etc.) y de gobiernos extranjeros. En mayo de 2011, la deuda en manos de gobiernos extranjeros era de 4.514.000.000.000, o sea 31.6 por ciento del total. Los principales tenedores son:

  • China : 1.159.800.000.000 dólares ( 1.159,8 miles de millones)
  • Japón : 912.400.000.000 dólares (912,4 miles de millones)
  • Reino Unido: 346.500.000.000 dólares (346,5 miles de millones)
  • Países exportadores de petróleo

(inclusive Ecuador y Venezuela): 229.800.000.000 dólares

  • Brasil 211.400.000.000 dólares
  • Colombia 19.900.000.000 dólares.

La situación de muchos gobiernos estatales es igualmente complicada y muchos han emitido bonos para financiar sus programas, pero además, no han financiado los fondos jubilación de sus empleados. En estos casos también se envió al futuro la responsabilidad financiera de muchas de sus acciones.

Tanto el gobierno federal como los estatales tomaron las decisiones mencionadas bajo el supuesto de que la economía crecería lo suficiente para generar impuestos que cubrieran los gastos futuros. Desde la perspectiva de algunos legisladores, especialmente republicanos, para quienes esto se convirtió en una especie de dogma: “bajas tasas impositivas promueven un alto crecimiento, lo que genera un mayor recaudo por impuestos, por lo que no necesitamos preocuparnos”.

Poco margen de maniobra

Durante los últimos cincuenta años la interacción entre Congreso y gobierno ha creado una camisa de fuerza que congela el gasto y limita la capacidad del ejecutivo para modificar el tamaño o la distribución de la mayor parte del gasto publico. El cuadro siguiente muestra la distribución porcentual del presupuesto federal del año fiscal 2012, que comienza este primero de octubre:

01-imagen-thoumi-01

Los gastos en salud, jubilación, defensa, beneficios para los veteranos, seguridad social y servicio de la deuda representen el 86 por ciento del total. Estos rubros no son discrecionales y son muy difíciles de reducir. Además, muchos de ellos, como los de la red seguridad social, crecen automáticamente cuando la actividad económica decae.

Por otro lado los gastos que contribuirían a mejorar la competitividad, como los de desarrollo tecnológico, infraestructura y educación representan un porcentaje muy pequeño de la torta fiscal, y aunque se recorten drásticamente no resolverían el “problema fiscal”.

Una cuestión política

El gobierno federal respondió a la crisis de 2008-2009 mediante enormes programas de apoyo al sector financiero y a algunas industrias, además de aumentos en el seguro de desempleo y otros elementos de la seguridad social. A la vez, los recaudos por impuestos cayeron sustancialmente debido a la profunda recesión.

Estos factores produjeron déficits fiscales sin precedentes -de aproximadamente 10 por ciento en 2009 y 2010 -que prendieron las alarmas entre los grupos más conservadores, los cuales lograron un avance notable en las elecciones de mitaca y buscan evitar a cualquier costo que Obama sea reelegido el año entrante.

Este grupo, por primera vez en la historia, convirtió la autorización para aumentar la deuda en un asunto de primera importancia y se opuso férreamente a permitirla. Ello a pesar de que los mercados internacionales no tenían ningún problema para comprar la deuda del gobierno americano, cuya tasa de interés es minúscula y no estaba aumentando. Si los conservadores realmente creyeran en el mercado, ¿por qué oponerse tanto a un aumento que hasta entonces había sido un asunto de rutina, y cuando los mercados estaban dispuestos a aceptarlo?

La razón principal para oponerse de manera tan firme al aumento en la deuda y especialmente en impuestos es ideológica y no técnica. Otra posible razón podría ser la raza del presidente, algo que solamente se escucha en voz baja, por ser políticamente incorrecto.

El espectáculo del último mes en el Congreso americano en realidad levanta más dudas sobre la solvencia futura del gobierno federal, que el propio aumento en el gasto.

Habría salida, pero…

Las cifras anteriores resaltan una verdad de Perogrullo: la disminución del déficit fiscal no podrá ser significativa si no se recortan sustancialmente programas “sagrados” para mucha gente, como el gasto en defensa y el gasto en salud y si estas medidas no se complementan con aumentos en los impuestos.

Una forma de hacerlo sería simplemente dejar que expiren las reducciones impositivas temporales que fueron decretadas bajo el gobierno de George W. Bush. La idea de la extrema derecha según la cual al mantenerse bajos los impuestos sobre el capital y reducir el gasto público, habría un auge de inversión privada que disminuiría el desempleo, no tiene sustento empírico creíble, menos aún en un mundo globalizado donde los americanos ricos están invirtiendo, como todos los capitalistas, en todas partes y no solo- ni principalmente- en Estados Unidos.

Lo anterior constituye un gran dilema para el “súper comité” que debe formular la propuesta de ley fiscal. Al respecto hay que recordar que cuando Obama asumió la presidencia designó un comité bipartidista que identificó los cambios en la estructura impositiva y en el gasto necesario para estabilizar el presupuesto. Sin embargo, este informe que sienta las bases para una sociedad competitiva en el ámbito global y que tiene gran solidez y rigor intelectual, fue archivado tanto por el Congreso como por el Ejecutivo.

Esto muestra a qué grado es enorme el desafío del “súper comité” y que nada garantiza que su propuesta resuelva el problema fiscal del país.

Cambios drásticos, liderazgo pobre

Para concluir es importante notar que Estados Unidos deberá enfrentar cambios muy drásticos en el futuro cercano:

  • Por un lado, ni el gobierno federal ni los hogares pueden hoy aumentar sustancialmente su gasto.
  • Por otro lado, el problema de la defensa nacional tiene que redefinirse dentro del contexto del mundo actual.
  • Los patrones de consumo que generan grandes necesidades realmente artificiales y un consumismo desaforado, también tienen que cambiar adaptándose a niveles de ingreso menores para mucha gente.
  • Los impuestos tienen que aumentar para financiar la jubilación y la salud de la cada vez mayor proporción de adultos mayores.
  • El gasto en energía alternativa, medio ambiente e infraestructura tiene que aumentar para que el país logre mantener una competitividad que asegure niveles de ingreso dignos para la gran mayoría.
  • De igual manera, la educación tiene que aumentar sus niveles de exigencia en ciencias, matemáticas, biología y otras disciplinas que generen innovación y aumentos en la productividad de la nación.

Lo anterior implica que la “solución” al problema económico requiere de cambios estructurales profundos. Sin embargo, lo más probable es que estos cambios no vengan pronto.

Por un lado, el sistema político no está diseñado para lograrlos fácilmente y, por otro, quienes se benefician o creen que se benefician del sistema actual tienen organizaciones políticas muy fuertes que se oponen a ellos.

Por eso, el pronóstico más probable es que el país entrará en una época de estancamiento y bajo crecimiento hasta que el sistema político responda promoviendo cambios estructurales.

 *Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

 

Artículos Relacionados

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies

Conoce la galería de obra gráfica de Razón Pública

Podrás adquirir obra gráfica de reconocidos artistas latinoamericanos a un excelente precio y ayudarnos a financiar este maravilloso proyecto periodístico