Entre los diálogos de paz y las demostraciones de fuerza - Razón Pública

Entre los diálogos de paz y las demostraciones de fuerza

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Imagen del contacto​El secuestro del general Alzate y la suspensión del proceso de La Habana a la luz de la experiencia internacional y de la historia de los procesos de paz en Colombia. Qué podemos esperar? 

Fabián Alejandro Acuña V.* – Juan David Velasco**

Para entender la coyuntura

Tras la visita exitosa del presidente Santos a varios países europeos donde había destacado los avances en las negociaciones de La Habana, se produjo el secuestro del brigadier general Rubén Darío Alzate en el corregimiento de Las Mercedes, Quibdó, Chocó, a manos del Frente 34 de las FARC.

La guerrilla había cometido otros muchos atentados contra la infraestructura, la población civil y miembros de la Fuerza Pública en medio de las negociaciones, pero este hecho dio pie a que el presidente decidiera suspender los diálogos de La Habana.

En este texto pretendemos analizar la situación a partir de una mirada comparativa sobre  otros varios procesos de paz en América Latina y sobre los otros diálogos frustrados con las FARC en Colombia.

Escenarios de la guerra

Siguiendo a William Zartman, comencemos por decir que un conflicto armado puede tener tres desenlaces:

  • Un grupo se impone sobre el otro y logra su rendición militar;
  • Un grupo tiene ventaja militar sobre el otro, pero esta no es suficiente para lograr su rendición, y
  • Ningún grupo logra ventaja militar, lo cual resulta en un “empate mutuamente doloroso”.

Pero la correlación de fuerzas militares no es la única variable que incide sobre una negociación, porque también importa el apoyo popular con que cuenten el Estado y los  rebeldes en el momento de transitar hacia la paz.

Aplicadas al análisis de distintos procesos de paz en América Latina, las dos variables anteriores podrían representarse de la manera siguiente:

Apoyo Popular


Caricatura de Cesar Augusto Almeyda “Kekar” sobre el M19.
Foto:  Biblioteca Luis Ángel Arango
  1. El Estado vencedor: en este caso la guerrilla tiene muy poca legitimidad social en la mayoría de las regiones pobladas del país, y las fuerzas estatales (incluyendo servicios secretos y grupos paramilitares) logran imponerse en el campo de batalla. Aquí se impone la “justicia del vencedor”.

Este modelo se dio en Perú, cuando Fujimori derrotó a Sendero Luminoso, guerrilla que carecía de apoyo sustancial entre la población. En este caso no había nada que negociar más allá de la rendición de los combatientes que seguían activos pero ya no tenían ninguna posibilidad de derrotar a las fuerzas estatales.

  1. La guerrilla vencedora: los grupos rebeldes se imponen sobre las fuerzas del  Estado y logran la revolución, la emancipación o la separación étnica. En este caso, la victoria militar de la insurgencia se acompaña con la pérdida de legitimidad social de las instituciones gubernamentales.

Este sería el caso de Nicaragua, con el triunfo del Frente Sandinista para la Liberación Nacional (FSLN), sobre la desprestigiada dictadura de Anastasio Somoza; o el de Cuba con la victoria del Movimiento 26 de julio de Fidel Castro, que produjo la caída del dictador Fulgencio Batista. En ambos casos, las guerrillas capturaron el poder del nuevo Estado.

La correlación de fuerzas militares no es la única variable que incide sobre una negociación
  1. Guerrilla derrotada con apoyo popular: aquí la correlación de fuerzas militares  le da ventaja al Estado pero la guerrilla no está dispuesta a rendirse porque conserva un nivel elevado de aceptación popular.

Aquí tenemos tres ejemplos. El de Guatemala, entre los grupos armados que integraban  la Unión Nacional Revolucionaria Guatemalteca (URNG) y una serie de gobiernos dictatoriales. Los otros dos se dieron en Colombia y corresponden al Movimiento 19 de Abril (M19) y al Quintín Lame; el primero se alzó en armas debido al “cerramiento” del sistema político, y el segundo fue una autodefensa indígena en el departamento del Cauca.

En los tres casos, las guerrillas fueron contenidas militarmente por las fuerzas estatales, pero en los procesos de paz lograron negociar (no en condiciones de rendición) sus reivindicaciones políticas porque así lo permitía el respaldo popular con que contaban, de manera que tras firmar los acuerdos se convirtieron en partidos o movimientos políticos pacíficos.

  1. El modelo mixto: En este caso la correlación de fuerzas militares no favorece al Estado ni a la insurgencia (lo que Zartman llamaría el “empate mutuamente doloroso”), de manera que cada uno de los bandos busca afirmar sus apoyos sociales en regiones determinadas del país, afectando duramente a la población sospechosa de apoyar al enemigo.

Este sería el caso del Frente Furibundo Martí por la Liberación Nacional (FFMLN) en el Salvador, que contaba con mucho apoyo popular y competía de igual a igual con las fuerzas estatales. Al ver que ninguno de los dos bandos lograría imponerse sobre el otro, las élites político-económicas y la insurgencia acordaron negociar porque el conflicto resultaba insostenible.


El Ex-presidente Andrés Pastrana Arango.
Foto: Wikimedia Commons

Negociaciones y rupturas con las FARC

A la luz de los análisis anteriores, el caso de las FARC resultaría atípico puesto que la política de “seguridad democrática” sí logró reducirlas (no vencerlas) en el campo militar y además el apoyo social que reciben es muy débil. Por eso – y aunque suene paradójico- el único recurso de negociación que les queda es ejercer la fuerza.

Como la fuerza es su único recurso, cada vez que negocian las FARC intentan rodearse de “argumentos” para fortalecer su posición y por eso incurren de manera reiterada en prácticas como el ataque a la población civil o el secuestro de miembros de la Fuerza Pública y de políticos – en este caso buscando “el intercambio humanitario” como preámbulo o estímulo a la negociación.

Pero justamente el secuestro de políticos y miembros de la Fuerza Pública, así como los ataques a la población civil, han sido los “detonantes” de otros procesos de paz entre el Estado y las FARC:

– Bajo el gobierno de Belisario Betancur (1982-1986) se dieron los acuerdos de La Uribe, donde ambas partes se comprometieron a un cese del fuego y a buscar una salida política al conflicto. Sin embargo las FARC mantuvieron la ofensiva militar y en junio de 1987 emboscaron una patrulla del Batallón Cazadores en San Vicente del Caguán, con un saldo de 27 soldados muertos. Fue el final del proceso.

– Bajo César Gaviria (1990-1994) se dieron dos etapas de negociación: Caracas (Venezuela) y Tlaxcala (México) con la entonces Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar (CGSB) de la que hacían parte las FARC, el ELN y el EPL. Pero entonces el frente Libardo Mora Toro del EPL secuestró al exministro y político conservador Argelino Durán Quintero, quien murió en cautiverio, y así acabo el proceso.

– Durante el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002) se dio un fortalecimiento militar de las FARC, y en 1998 estas propinan tres golpes duros a las Fuerzas Armadas: en marzo fue el ataque en El Billar (Caquetá) que dejó 64 militares muertos y 43 secuestrados; en agosto atacaron la base antinarcóticos de Miraflores (Guaviare) dando muerte a 16 policías y militares y secuestrando 129; y en noviembre se tomaron a Mitú (Vaupés), mataron 16 policías y secuestraron otros 61.

Por eso – y aunque suene paradójico- el único recurso de negociación que les queda es ejercer la fuerza.

Al año siguiente comenzaron los diálogos en la “zona de despeje” del Caguán (42.000 km2) que fue escenario de todo tipo de violaciones de la ley colombiana y los derechos humanos por parte de la guerrilla. La negociación se dio en medio de un cese al fuego en la zona por parte del Ejército, pero las FARC nunca renunciaron a sus acciones violentas.

El detonante de esos diálogos fue el secuestro de un avión de AIRES donde se hallaba el senador Jorge Eduardo Géchem, y entonces el presidente Pastrana decretó la ruptura de los diálogos. Poco tiempo después se dio el secuestro de la candidata presidencial Ingrid Betancur.

En el proceso actual el secuestro  del general Alzate (cuyas circunstancias están por aclararse) produjo la suspensión de los diálogos de La Habana, los cuales ya habían logrado los mayores avances en la historia del conflicto con las FARC; pero las enseñanzas que han dejado las experiencias anteriores de Colombia y de América Latina no deben pues olvidarse a estas alturas del proceso; más aún cuando “nada esté acordado hasta que todo esté acordado”; decidimos negociar en medio del conflicto, debido a aprendizajes de otros procesos con las FARC, entonces es posible que debamos estar atentos a nuevas demostraciones de fuerza de ambos bandos, hasta lograr el tan anhelado acuerdo de paz.

 

* Docente-investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana e investigador del Observatorio de Restitución y Regulación de los Derechos de Propiedad Agraria. www.observatoriodetierras.org

@acuna_fabian

 

** Docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

@Velasco_Juan

 

Acerca del autor

Fabián Acuña

Doctor en Investigación en ciencias sociales de Flacso-México, investigador del Observatorio de Reformas Políticas en América Latina UNAM-OEA https://reformaspoliticas.org/ y docente de la UNAD Colombia

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Doctor en Investigación en ciencias sociales de Flacso-México, investigador del Observatorio de Reformas Políticas en América Latina UNAM-OEA https://reformaspoliticas.org/ y docente de la UNAD Colombia

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