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Entre la pandemia y yo

Escrito por Taidé Cano
Taide-Cano

Dilemas de la sonoridad del Caribe, la afrodescendencia y las exclusiones.

Taide Cano Atencio*

La pandemia y la ilusión de normalidad

De manera inverosímil, mi vida diaria se convirtió en el pan de cada día para todos. Todos vivieron los días de encierro que conocí desde muy niña por la escasez de dinero en mi casa. Mis papas debían salir —ambos— todo el día a conseguir algo para comer. Sin duda, son un reflejo de la norma para muchas familias; para otras, la situación incluso es peor.

De pequeña entendí que, por razones que no comprendía, la vida era más difícil para mí, así como lo era para muchos de mis compañeros de escuela. Pensar si íbamos a tener dónde vivir o qué comer, si iba a poder estudiar, si mi mamá no podría ir a trabajar más; la impotencia que sentía de no ser capaz de producir para ayudarle. Ese estrés prematuro, la inestabilidad, la incertidumbre.

Desde los seis o siete años tenía las llaves de mi casa, porque me iba sola para el colegio y no había nadie esperándome; entonces llegaba y debía abrir el candado de la habitación en la que vivíamos. La zozobra constante por esa sensación de incapacidad para obtener lo mínimo para sobrevivir y, aun menos, desarrollar mis talentos y capacidades.

COVID-19: palabras desde el encierro

Todas esas emociones llegaron con mayor o menor intensidad; fueron una constante en mi vida y en la de muchas personas como yo, a quienes llamé antes de escribir este relato: quería saber cómo se sentían, cómo la estaban pasando, qué había cambiado con esta situación; quería que estas palabras reflejaran sus voces e historias junto con las mías.
Lo que encontré no fue una sorpresa, y creo que no lo será para nadie, pues sus palabras fueron estas:

Así terminaron en mi cabeza: como una nube. Mis ideas volaban a toda velocidad, tratando de darle sentido a todo esto, y finalmente me di cuenta de que en esos relatos solo había una palabra nueva: COVID-19.

Lo demás es parte de nuestra historia, de esa desigualdad que inequívocamente está cruzada por la etnia. Oí frases muy desalentadoras: que este virus es «cuestión de hambre», que esto ha afectado la salud mental de más de una persona; supe de una familia de diez integrantes que siempre ha vivido en una casa con una sola habitación y no tienen forma de aislar a quienes se han ido contagiando.

Pienso en el desplazamiento de más de mil indígenas en el Alto Baudó: el conflicto armado no se confina. Recuerdo la respuesta que me dio Ángela, una vendedora ambulante: «yo soy desplazada por la economía, la falta de oportunidades y la mala calidad de vida».

Foto: Facebook Secretaría General de Cartagena - La pobreza nos sigue golpeando, ¿cambiará nuestra situación después de la pandemia?

El Caribe en silencio

Entre la pandemia y yo, nuevamente no es una sorpresa que se hayan agudizado las brechas raciales en las que vivimos.
En los primeros días, el desespero se percibía como una sensación tensa en el aire. Por primera vez desde que habito el Caribe colombiano —casi mi vida entera en mi Cartagena de vida—, todo era silencio: no se escuchaba una sola nota musical; no se oía un solo pregón en la calle; no volví a oír a Nancy gritar a todo pulmón «¡cocada, caballito, enyucado, alegría!» con el son de su voz palenquera.

Otra vez ruido, de nuevo angustia

Con el pasar de los días el ruido volvió, a pesar de la cuarentena, en un tono desesperado. Hombres, mujeres y niños salen todos los días a vender todo tipo de productos o a ofrecer sus servicios; pero no he vuelto a escuchar a Nancy, y no puedo dejar de preguntarme como estará.

Mi mamá —una manicurista a domicilio de casi sesenta años— con mi más grande preocupación sale a trabajar, pues yo trabajo en la informalidad de las OPS (orden de prestación de servicios) o «matando moña», como decimos los caribeños. Nuevamente, como esa niña de ocho años, no puedo suplir todos sus gastos. Mis familiares y amigos empezaron a enfermar, algunos por COVID-19; pero el sistema de salud esta tan colapsado que a la gente le da miedo ir al hospital.

Lo mismo me contaron mis amigos en Tumaco, en Buenaventura, en Quibdó o en Cali; en Barranquilla, en los montes de María o en Valledupar. Y así, a medida que pasaba el tiempo, empezaron a acumularse las responsabilidades, las deudas, las obligaciones, los deseos reprimidos, las ganas de ayudar más, de hacer más, la impotencia por la falta de recursos para aliviar la situación de mis padres, las asignaciones de la universidad, los asuntos personales, el Plan de Desarrollo de Cultura de Cartagena.

Proyectos que definitivamente murieron, familiares que murieron. Y colapsé, colapsamos como sociedad.

Foto: Facebook Secretaría General de Cartagena - Vivir sin agua, sin alimentos, con la angustia del día a día es una angustia permanente en la vida de muchos cartageneros.

Hay que despertar de la falsa normalidad

Me aferro, nos aferramos. Mi paciencia, mi entereza, mi resiliencia, mis herramientas para enfrentar los embates de la vida —todo lo que sentíamos que nos sostenía— colapsaron. Esta caída fue más fuerte, y nos preguntamos por qué sentíamos que todo se repetía de nuevo, que cada vez que levantábamos la cabeza recibíamos otro golpe.

Todo esto ha tenido consecuencias en nuestro desempeño como jóvenes, como mujeres, como negras cartageneras. Me pregunto cuántos, al igual que yo, se han sentido así. A pesar de ello, seguimos poniéndole el pecho a la vida más allá de las circunstancias.

A todas estas, he hablado mucho de mí, en un intento de exponer que para nosotros —las personas racializadas— los efectos de una vida en confinamiento solo exacerban las situaciones complejas de nuestras vidas, y no solo en lo económico.

Pero, a fin de cuentas, ¿quién soy yo? Es sencillo: soy humana, y lo humano me atraviesa. Entre mi cuerpo y el mundo soy mujer, afrodescendiente, ciudadana, con una identidad cultural y una libertad integral. Nací en un contexto y con un contrato social que me asignan estas etiquetas. Y, más allá de la coyuntura y de la presión histórica —no solo mis experiencias de vida y de las de mi comunidad, sino también de las de mis antepasados, de las fracturas sociales que perpetúa la pandemia—, más allá de todo eso, nuestro espíritu es solidario; nuestra cultura y nuestros saberes nos ayudan a sobrevivir.

Nos tenemos y colaboramos entre nosotros para cuidarnos y cuidar de otros. Esa nube de palabras sigue en mi cabeza, y sigo pensando, ya con más calma, en qué puedo hacer yo para que la vida en la pandemia deje de ser la vida normal para mi gente.

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