En torno a la muerte del Mono Jojoy (o los límites del moralismo en el espacio político) - Razón Pública
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En torno a la muerte del Mono Jojoy (o los límites del moralismo en el espacio político)

Escrito por Yecid Muñoz

Yecid MuñozMás que protestar por el júbilo que provocó en el sector de “los vengadores” la muerte del Mono Jojoy, lo que “los indignados” deben buscar es un mecanismo que invite a los grupos subversivos a entrar en el espacio de la razón.

Yecid Muñoz Santamaría*

El que a hierro mata…

La muerte del Mono Jojoy ha propiciado dos interesantes reacciones sucesivas en la opinión pública nacional:

  • Por un lado, un amplio sector celebró con "júbilo patriótico" la noticia;
  • Por el otro, múltiples voces procedieron casi de inmediato a condenar tal reacción.

Me cuento entre los que ven con preocupación esa explosión de felicidad colectiva, en cuanto lo que parece celebrarse es la muerte como forma extrema de venganza.

Nada bueno puede surgir de la masificación de un sentimiento favorable a la ley del Talión como expresión legítima de justicia. Y menos aún en Colombia, en donde harto hemos sufrido las consecuencias de esa equiparación: venganza = justicia.

Advierto que no estoy diciendo que la acción (legítima) de un Estado (legítimo) contra grupos alzados en armas sea una forma de venganza. Al menos en principio no lo es. Dicho en otras palabras, lo que me preocupa es que muchos colombianos consideren que se puede festejar la muerte del Mono Jojoy sobre la base de una concepción de justicia que incluya como aceptable la sentencia popular según la cual "el que a hierro mata a hierro muere".

Indignados y vengadores, ¿todos a una?

Sin embargo, la reacción sucesiva de indignación moral colectiva ante tal celebración me parece, por su parte, poco constructiva, si no se avanza desde ella hacia una reflexión política que consulte las condiciones del caso colombiano.

Mi objetivo en el presente artículo es sugerir que si esta segunda reacción se queda en la mera indignación moral, los sectores indignados terminarán actuando bajo la misma lógica política de los vengadores jubilosos que tanto criticaron y pondrán, de ese modo, su propio ladrillo en el muro que impide cualquier "salto hacia fuera" del círculo de violencia en el que sigue atrapada Colombia.

Para intentar probar mi aserto, me serviré de la reflexión que el profesor italiano Michelangelo Bovero presenta al principio de su ensayo Lugares clásicos y perspectivas contemporáneas sobre política y poder[1]. A partir de ella ofreceré un par de consideraciones sobre el lugar hacia el cual, en mi opinión, deberían encaminarse la reflexión y la acción políticas en torno a este asunto.

El consenso aparente

Bovero comienza el ensayo en cuestión indicando que hay un consenso amplio pero aparente  sobre el hecho de que el poder es el asunto fundamental de la política. Ese consenso es sólo aparente porque no existe una única manera de concebir la relación entre política y poder.

En este punto se identifican dos concepciones dominantes y contradictorias:

  • Una que entiende la política como el conflicto permanente (y extremo) entre una pluralidad de poderes en lucha por la imposición de uno sobre los otros;
  • Otra que la entiende como la superación de tal confrontación mediante la constitución de un poder común (justamente, el poder político) que es producto de "la conjugación de las múltiples fuerzas contrapuestas"[2].

En opinión de Bovero, la primera de esas concepciones se resume perfectamente en la fórmula de Foucault según la cual "la política es la continuación de la guerra por otros medios"[3]. Entre sus representantes más conspicuos se cuentan dos teóricos de orillas opuestas: Schmitt y Marx. La segunda concepción, por el contrario, se caracteriza por considerar el estado de paz como la situación propiamente política. Hobbes es uno de sus teóricos más reconocidos.

Cabe aquí señalar que dichas concepciones se consideran contradictorias entre sí porque la política, entendida a la manera de la primera, acaba justamente allí donde, entendida a la manera de la segunda, apenas comienza: en el final del conflicto.

Orden / desorden

Por lo pronto, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que cualquier definición contemporánea de sociedad bien ordenada (permítaseme usar la famosa expresión de Rawls), tiene que incluir, necesariamente, el predominio de una perspectiva política más cercana a la composición o el acuerdo que a la confrontación o el conflicto.

En nuestros días, una sociedad no puede considerarse "bien ordenada" si su estructura de poder político tiende a resolver los desacuerdos que se presenten mediante la eliminación de las voces disidentes.

En ese sentido, vale la pena preguntarse cómo es que en la dimensión política el acuerdo logra sobreponerse al conflicto. La respuesta no es novedosa: la confrontación logra superarse, y por consiguiente la política empieza a entenderse como composición, allí donde los poderes en disputa han alcanzado ya un primer acuerdo básico: sobre mínimos éticos, principios fundamentales, mecanismos válidos de acceso al poder, etcétera.

Para mi propósito, resulta interesante la formulación hobbesiana de este acuerdo básico: "donde no hay Estado, nada es injusto"[4], dice Hobbes en el capítulo XV de su Leviatán, queriendo indicar con ello que las distinciones morales y jurídicas básicas (nuestros criterios para considerar una acción o carácter como moral o inmoral, justo o injusto, nuestros valores morales) no son anteriores al pacto que constituye al poder común garante del fin del conflicto, sino que, por el contrario, nacen con él.

Volviendo al caso del Mono Jojoy, ahora debe quedar claro lo que justifica la indignación ante el júbilo por una muerte concebida como "justa venganza": el pacto sobre el cual está constituida nuestra sociedad incluye un concepto de justicia que se opone a la ley del Talión y, por lo tanto, nos conmina a rechazar cualquier acto aprobatorio de dicha "ley".

Sociedades bien ordenadas

Ahora bien, acabo de presentar una definición más o menos vaga del concepto "sociedades bien ordenadas": se trata de aquellas en las cuales existe un consenso relativamente universal[5] sobre valores morales, mínimos éticos y jurídicos y medios legítimos de acceso al poder.

Sociedades no bien ordenadas

A la inversa, en las "sociedades no bien ordenadas" tal consenso es precario. En ellas grupos significativos de ciudadanos no comparten los valores fundamentales del primer acuerdo, no se conciben como parte del "pacto básico" y, por lo tanto, no actúan bajo los principios y preceptos de la sociedad mayoritaria ni comparten los límites de lo que ésta considera "medios legítimos de acceso al poder".

En circunstancias de este último tipo, los grupos que se ven a sí mismos como excluidos tienden a expresar su desacuerdo de diversas maneras, dependiendo del contexto y del grado de organización con el que cuenten. Pero como el diferendo es justamente sobre principios, valores y medios legítimos, tales modos de expresión resultan por regla general ilegales o inmorales desde la perspectiva de la sociedad mayoritaria.

El más extremo mecanismo de ese tipo es la violencia; su más compleja manifestación, la organización político-militar disidente, que considera válido el uso de las armas como medio de acceso al poder.

El caso de Colombia

Me parece que el caso colombiano es el de una sociedad no bien ordenada. La persistencia de distintos modos de ilegalidad violenta es mi principal argumento. Si se acepta mi presunción, cabe preguntar qué perspectiva -política como confrontación o política como conflicto- determina las relaciones entre la sociedad mayoritaria y los grupos subversivos.

Por diversas razones (algunas buenas, otras no tanto) la imagen que los colombianos tienen de la guerrilla es la de un movimiento que perdió sus motivaciones políticas, de modo que sus reivindicaciones en ese sentido no son percibidas como sinceras. Así pues, entendida la política como composición, la guerrilla está excluida del espacio político nacional: no es un actor político legítimo ni confiable y, por lo tanto, mientras siga actuando como actúa, su única relación con dicho espacio es la de estar por fuera de él.

Paradójicamente, al ser excluida del espacio político entendido como composición, la guerrilla resulta incluida en el espacio político entendido como confrontación, y esto marca la lógica de sus relaciones con el Estado: desde la perspectiva institucional, la guerrilla sólo puede esperar ser eliminada (o deja de ser lo que es o debe ser derrotada); desde la perspectiva de lo subversivo, una élite retardataria y egoísta manipula a la sociedad entera y a todas las instituciones vigentes y, por lo tanto, aquella debe ser "reformada" y estas, destruidas.

Dos conclusiones

Entre ese confuso estado de cosas alcanzo a entrever dos conclusiones, una conceptual y otra práctica.

La conceptual es que una buena definición de "sociedad no bien ordenada" podría ser "aquella en la cual conviven dos concepciones contrapuestas de lo político, como composición y como confrontación, aplicadas a las relaciones entre los distintos poderes presentes según se ajusten estas o no al pacto fundacional".

Se sigue como corolario que si el problema es cómo alcanzar la condición de sociedad bien ordenada, la pregunta debe ser cómo alcanzar el predominio de una sola de esas concepciones, la de la política como acuerdo.

La práctica, por su parte, comienza con una pregunta: si la concepción de política como confrontación, que ha marcado las relaciones entre el Estado y los grupos subversivos, ha conducido a un estado de mutua desconfianza paralizante que impide cualquier otra "solución" distinta de la militar, ¿cuál es la actitud correcta que debe asumir la ciudadanía?

Más allá de la reprobación moral

Cualquiera tiene el derecho a asumir una actitud de reprobación moral ante una manifestación contraria a los principios y valores del "acuerdo sobre lo fundamental" (uso la famosa expresión de Gómez Hurtado) que hace posible la sociabilidad, y en esa medida descalificar las violaciones a los derechos humanos, los actos de terrorismo o las "celebraciones vengadoras". Pero tal actitud no debería bloquear las alternativas políticas de una situación indeseable: la de la persistencia de la condición de sociedad no bien ordenada.

Quiero decir, quedarse en la mera reprobación moral es, por un lado, asumir una posición de superioridad moral adolescente y poco constructiva, y por otro, presuponer que somos una sociedad bien ordenada en el sentido aquí definido, presuposición que no parece correcta en nuestro caso.

Dos posiciones, una conclusión

En síntesis, me parece que las actitudes de reprobación, moralmente correctas, pueden conducir, en condiciones como la colombiana, a actuar mal políticamente: el "moralista" puede  creer que la única manera de llegar a ser una sociedad bien ordenada es exigiendo a todo el mundo -al guerrillero convencido, en particular- que se comporte bajo los preceptos de una sociedad bien ordenada.

En vista de que el guerrillero no lo hace -porque no cree en la validez de tales preceptos-, el moralista, que en el plano ético está en desacuerdo con el "vengador jubiloso", puede llegar en el plano político a la misma conclusión de este último: "Con esa gente no se puede. La única solución es el uso de la fuerza".

Esa actitud me parece poco constructiva e innecesaria, pues no veo nada contradictorio en una actitud alternativa que, a la vez:

  1. Condene lo que es moralmente repudiable;
  2. Reconozca el legítimo derecho del Estado al uso de la fuerza para defender el pacto básico; y
  3. Busque, aún en medio del conflicto, mecanismos para persuadir o convencer a los grupos subversivos de que entren en el "espacio de las razones".

Más que la indignación es la discusión sobre tales mecanismos la que me parece productiva en este caso.

* Filósofo de la Universidad Nacional y profesor de la Universidad del Rosario. Actualmente adelanta una investigación sobre filosofía de los derechos humanos.

 

Notas de pie de página


[1] Bobbio, Norberto, Bovero, Michelangelo. Origen y fundamentos del poder político. Madrid: Grijalbo, 1994, pp. 37-64.

[2] Bovero, p. 39.

[3] Foucault, citado en Bovero, p. 38.

[4] Hobbes, Thomas. Leviatán. México: FCE, 2004. I, xv, 73.

[5] Hago un uso deliberado de la ambigua expresión "relativamente universal" para resaltar que difícilmente se puede encontrar una sociedad "perfectamente ordenada", en la que el acuerdo básico entre los distintos grupos de poder sea total.

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