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¿En qué quedó el medio ambiente­? Un gran daño a nuestros bosques

Escrito por Dolors Armenteras
Santuario de flora y fauna Otún Quimbaya.

Santuario de flora y fauna Otún Quimbaya.

Dolores ArmentasLa deforestación fue el anti-personaje del año en Colombia. Sin una estrategia para que las comunidades se beneficien de la conservación, será imposible frenarla. ¿Qué alternativas tenemos?

Dolors Armenteras*

Un asunto de veras apremiante

El pasado 25 de febrero advertí en Razón Pública que Colombia no cumpliría su solemne promesa de dejar en cero la deforestación en la Amazonía para 2020. El 26 y el 27 de febrero, el entonces ministro de ambiente, Luis Gilberto Murillo, reconoció que así sería y advirtió que se necesitarían más recursos y más tiempo para cumplir esa meta.

Pero el problema es cada vez más urgente.

No me cansaré de repetir que los bosques juegan un papel ecológico importantísimo: ayudan a mitigar el cambio climático, son el hábitat de muchas especies, proveen alimentos, agua y medicamentos, y son el sustento de muchas personas.

Los bosques son sumideros de dióxido de carbono, es decir áreas de almacenamiento natural de gases. Cuando se tala o se quema un árbol, en unas pocas horas se libera a la atmósfera todo el dióxido de carbono que tardó cientos de años en almacenarse, y se destruye una fuente de oxígeno para el planeta.

Además, la deforestación aumenta la erosión de los suelos, las cenizas se arrastran a los ríos y se impide el reciclaje de agua. Todo eso provoca inundaciones severas, agota los acuíferos, degrada el suelo y extingue especies animales y vegetales que forman parte integral de los ecosistemas.

En 2018 se deforestaron alrededor de 270.000 hectáreas más, lo que implica un incremento del 22,7 por ciento. 

En condiciones normales, los árboles experimentan un proceso natural llamado "transpiración". Este proceso ocurre cuando las hojas de los árboles secretan agua que se evapora a la atmósfera. El agua evaporada y convertida en nubes viaja miles de kilómetros y vuelve a caer en forma de líquido en otras regiones.

Cuando se talan árboles, se elimina o disminuye la cantidad de transpiración, de modo que disminuye la cantidad de lluvia en esa área y en todo el país. Esto da lugar a sequías, que agravan los fenómenos ya conocidos como El Niño.

Lea en Razón Pública: Otra vez el Niño: ¿cómo adaptarnos para no sufrir tanto?

En 2017 Colombia perdió 220.000 hectáreas de bosque debido a la deforestación, lo cual equivale a un aumento del 23 por ciento respecto de 2016. El actual ministro de ambiente, Ricardo Lozano, acaba de anunciar que en 2018 se deforestaron alrededor de 270.000 hectáreas más, lo que implica un incremento del 22,7 por ciento. Aunque esta cifra todavía no ha sido reportada por los sistemas oficiales de monitoreo de deforestación, se espera que esté cercana a la realidad.

Hoy, los medios de comunicación hablan cada vez más de deforestación, hay centenares de artículos académicos sobre el tema, el país ha recibido más cooperación internacional que nunca y todos los días vemos fotografías de sobrevuelos que revelan los efectos de esta práctica. Y, sin embargo, la deforestación ha aumentado. Entonces, ¿qué nos falta?

Puede leer: ¿Qué alimenta la deforestación en Colombia?

Talar, quemar y acaparar

La práctica de tala y quema ha acabado con el 50 por ciento de los bosques.
La práctica de tala y quema ha acabado con el 50 por ciento de los bosques. 
Foto: Alcaldía de Girón Santander

Cada una de las causas de la deforestación tiene su complejidad social, económica y ambiental.

De algunas de esas causas hemos oído hablar durante décadas: la conversión a pastizales, la ganadería extensiva, la tala, los cultivos ilícitos y la construcción de infraestructura. Otras, que siempre han existido, se volvieron mediáticas recientemente: la especulación sobre el precio de la tierra, la minería y la expansión agrícola no regulada —por ejemplo, de palma africana—.

La tala y la quema de bosques causan más del 50 por ciento de la deforestación en Colombia, pues a menudo se propagan involuntariamente. Así sucedió en febrero de este año en la Serranía de la Macarena y es probable que vuelva a ocurrir como consecuencia del fenómeno de El Niño.

Un estudio publicado por la Universidad Nacional el pasado 26 de noviembre en la revista Nature Ecology and Evolution nos muestra la gravedad de los incendios y la deforestación dentro de áreas protegidas. Según el estudio, en 2018 los incendios aumentaron hasta seis veces y la deforestación aumentó en un 50 por ciento.

Esto sucede precisamente después de la firma del Acuerdo de Paz, cuando muchos ex guerrilleros se desplazaron a las ciudades y otros se quedaron como disidentes. Con la salida de las FARC, nuevos actores llegaron a las regiones donde operaba la guerrilla con la intención de aprovechar los recursos naturales en el corto plazo y de acaparar las tierras en el mediano plazo.

Muchos de estos actores probablemente también están especulando con el valor de la tierra para beneficiarse de las expectativas que despiertan las mejoras de vías, el desarrollo rural, las titulaciones etc.

Durante la estación seca, los problemas asociados con la tala y la quema se intensifican en la Amazonía colombiana. Se trata de una práctica arraigada, pues el suelo de la selva amazónica es infértil y la “solución” más sencilla para mejorar las condiciones es talar los árboles y quemar lo que queda. Así, el suelo se vuelve temporalmente más fértil, pues obtiene nitrógeno y otros nutrientes favorables.

Infortunadamente, esta es una solución que solo sirve en el corto plazo. El suelo permanece rico en nutrientes durante un corto período, pero poco a poco los nutrientes vuelven a agotarse. Al final de ese circulo vicioso, los agricultores abandonan sus tierras completamente infértiles o se las dejan a otros para que las utilicen, en la mayoría de casos para criar ganado.

Le recomendamos: ¿Proteger el medio ambiente y desamparar a la gente?

Todas las manos contra la deforestación

Pero el panorama no es totalmente oscuro. Muchos todavía tenemos la esperanza de que un cambio de conciencia de las comunidades y la movilización de la sociedad todavía pueden salvar nuestros bosques.

Tiene razón el ministro de ambiente cuando dice que su cartera no es la única responsable. También deben involucrarse los ministerios de Agricultura, Interior, Transporte (en su Dirección de Infraestructura), Educación y, en general, toda la sociedad civil.

Sin duda los compromisos de Visión Amazónica que ya se firmaron son un comienzo excelente,  pero necesitamos que los recursos sean invertidos en lo local y parece que ha habido lentitud en la ejecución de esta iniciativa.

La desmovilización de grupos armados y el nuevo acceso a la frontera forestal no tiene por qué traducirse en deforestación si las poblaciones locales se benefician de la conservación

El ministerio de Agricultura quiere que se llegue a las 530 mil hectáreas cultivadas de palma de aceite en Colombia, pero lo más importante es tener la certeza de que el 100 por ciento de esa área haya sido cultivada sin deforestar.

Actualmente son varias las iniciativas que trabajan por una Colombia sin deforestación, por ejemplo:

  • El Pacto Intersectorial por la Madera Legal en Colombia, que reúne a los principales actores públicos y privados para asegurar que en el proceso de producción de madera no se deforesten los bosques;
  • El Pacto por los bosques propuesto recientemente por el ministerio de Ambiente: un acuerdo para que los campesinos se comprometan con procesos de restauración, proyectos productivos y educación ambiental.

¿Cómo llegar a cero deforestación?

¿Cuál es la responsabilidad del ministro de ambiente?
¿Cuál es la responsabilidad del ministro de ambiente? 
Foto: Ministerio de Ambiente y desarrollo sostenible

En un artículo que publiqué hace dos años junto con otras dos autoras, se probó que el aumento de la deforestación no se debe a los cultivos ilícitos, sino ante todo a la expansión de la agricultura legal. El estudio se centró en la Amazonía de Colombia, Perú y Bolivia.

En ese trabajo concluimos que las políticas de conservación y desarrollo deberían centrarse en estabilizar la frontera agrícola, de forma que efectivamente se evite o mitigue el desplazamiento asociado con la erradicación forzada de coca.

Para eso es necesario fortalecer las áreas protegidas. También urgen una sólida gobernanza local y una mejora de los servicios básicos y de la infraestructura para definir y hacer cumplir los objetivos de conservación propuestos.

Tras la masiva inversión internacional en la conservación de los bosques en Colombia, el mencionado estudio de Nature Ecology and Evolution nos recuerda que el control territorial implica mucho más que declarar áreas protegidas.

La desmovilización de grupos armados y el nuevo acceso a la frontera forestal no tiene por qué traducirse en deforestación si las poblaciones locales se benefician de la conservación de los bosques. Enfoques que aumenten los beneficios de la población local y gobiernos descentralizados pueden conservar los bosques y la biodiversidad de una manera socialmente sostenible.

El fin del conflicto en Colombia debe ser una oportunidad para conservar nuestros bosques, por ejemplo, con pagos por servicios ecosistémicos a las comunidades. Eso es lo que hace el programa de Familias Guardabosques de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito que en su momento llegó a beneficiar a casi 90.000 familias que ocupaban alrededor de 100.000 hectáreas de bosque.

Otra posibilidad es reintegrar a los ex combatientes como administradores de áreas protegidas, junto con los pobladores locales. Se trata de personas que conocen muy bien los bosques, de modo que sus habilidades se pueden aprovechar en la legalidad.

Sin duda es esencial mejorar las fuentes de ingresos de las comunidades locales. Mientras la conservación sea un gasto y no un beneficio, las personas seguirán talando bosques. Y ya sabemos que las consecuencias pueden ser catastróficas.

*Bióloga, magister en conservación forestal y doctora en geografía, directora del grupo de investigación en Ecología del Paisaje y Modelación de Ecosistemas ECOLMOD de la Universidad Nacional de Colombia, representante para Latinoamérica de la Unión Internacional de Organizaciones de Investigación Forestal en el área de Bosques y Ecología del Paisaje y experta independiente en la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES).

 

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