
El territorio que necesitamos regenerar
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Colombia aprendió a resistir el clima y sigue perdiendo las funciones que hacen habitable su territorio: producir agua, amortiguar las crecientes, sostener el suelo y la vida. Regenerar es recuperarlas y construir otras cuando ya no es posible volver atrás. Esa idea cambia la pregunta con la que se ordena un territorio.
La carretera entre Barranquilla y Ciénaga cerró bocanas por las que el mar se comunicaba con la Ciénaga Grande de Santa Marta. Otras vías, diques y desvíos redujeron la entrada de agua dulce proveniente del río Magdalena. La salinidad se disparó y, entre 1956 y 1995, el complejo perdió unas 28.570 hectáreas de manglar, el 55,8% de su cobertura original, según el Invemar.
Desde los años noventa se reabrieron caños que devuelven agua dulce al sistema. Con su mantenimiento y años de lluvias favorables, el manglar volvió a cubrir 39.699 hectáreas en 2020, aunque todavía menos que en 1956. En septiembre de 2026 el Gobierno anunció el rediseño de la doble calzada Barranquilla-Santa Marta para restablecer la conexión entre el agua dulce y la salada. Una obra de desarrollo le quitó una función al territorio; devolver el agua a su cauce empezó a recuperarla.
Colombia habla cada vez más de resiliencia, adaptación, gestión del riesgo, restauración y seguridad hídrica. Al mismo tiempo acumula cuencas degradadas, ciudades que se inundan, suelos productivos deteriorados y poblaciones más expuestas. Ninguna de esas agendas responde por sí sola a una pregunta anterior: ¿Cómo hacemos para que un territorio recupere su capacidad de producir agua, regular inundaciones, conservar el suelo, sostener la biodiversidad y capturar carbono mientras la gente vive y produce en él?
Qué significa regenerar
Sostenibilidad, adaptación y regeneración suelen presentarse como peldaños de una misma escalera. En el terreno conviven. Una cuenca puede necesitar, al mismo tiempo, diques que protejan a una población, ajustes para lluvias más intensas y la recuperación de los humedales que antes amortiguaban las crecidas. La regeneración amplía el objetivo territorial con esa tercera pregunta: ¿Qué funciones perdió el territorio, cuáles puede recuperar y cuáles necesita construir?
Regenerar un territorio es recuperar y desarrollar las capacidades de sus sistemas naturales, productivos y construidos para sostener la vida y la habitabilidad, atendiendo a sus interdependencias y sin trasladar a otras partes del sistema los costos de cada intervención.
Tampoco supone devolverlo a un pasado idealizado: cuando el clima ya no permite recuperar una función, la regeneración construye nuevas capacidades. Las funciones en juego son concretas: regulación hídrica, recarga, amortiguación de inundaciones, fertilidad y estructura del suelo, integridad y conectividad de los ecosistemas, captura de carbono. A ellas se suman capacidades productivas y de infraestructura, como el abastecimiento de agua y la generación de energía. Ninguna se sostiene sola. Las comunidades que habitan el territorio también producen capacidad territorial a partir de lo que saben sobre él, sus formas de organización y sus sistemas productivos.
Esa concreción permite establecer un criterio para proteger el término del desgaste. Una intervención contribuye a regenerar un territorio cuando puede decir qué función recupera, dónde, cuánto, durante cuánto tiempo y qué efecto tiene sobre las demás funciones del sistema. La última pregunta es la decisiva: un dique puede proteger un casco urbano y trasladar la creciente aguas abajo, un pozo puede abastecer una comunidad y agotar el acuífero de otra. La regeneración se juzga en el sistema por sus efectos acumulados y en el tiempo: la formación de suelo o la reconexión de un corredor ecológico toman décadas y ningún indicador aislado las captura. Sin esas respuestas, la palabra se suma a la lista de adjetivos que ya han perdido contenido: verde, sostenible, resiliente.
La regeneración también tiene sentido frente a amenazas que no dependen del clima. Después de un terremoto, reconstruir viviendas, hospitales, escuelas y redes de servicios es indispensable. Pero recuperar los edificios no equivale necesariamente a recuperar la capacidad de un territorio para funcionar. La reconstrucción puede limitarse a reponer lo destruido o bien convertirse en una oportunidad para reducir vulnerabilidades previas, reorganizar las relaciones entre la infraestructura y el territorio, y recuperar los medios de vida de las comunidades. Construir estructuras más resistentes es necesario; el propósito regenerativo es reconstruir un sistema territorial con capacidades mayores que las que tenía antes del desastre.

El territorio no funciona por sectores
Una cuenca no distingue entre competencias de agricultura, medio ambiente, vivienda y gestión del riesgo. Un humedal almacena agua, amortigua las crecientes, conserva la biodiversidad, captura carbono y sostiene la pesca y los cultivos, todo a la vez. Una finca infiltra agua, recupera suelo y conecta ecosistemas mientras produce, o hace exactamente lo contrario.
El Estado interviene en esas funciones a través de sectores separados, cada uno con presupuestos, calendarios y ventanillas propias. Ya escribí sobre esa fragmentación a propósito de El Niño. La coordinación institucional ayuda; aun así, mientras cada sector mida su propio resultado, nadie tendrá a cargo la función que todos afectan. El enfoque regenerativo propone una unidad de análisis común: la función territorial.
Ordenar funciones
El ordenamiento territorial colombiano se construyó en torno a tres preguntas: ¿Qué uso tiene este suelo?, ¿qué uso puede tener? y ¿qué restricciones existen? Son preguntas necesarias. El enfoque regenerativo agrega una cuarta: ¿Qué funciones necesita recuperar o desarrollar este territorio?
Esa pregunta produce un mapa distinto. Un área puede ser prioritaria para la regulación hídrica, la infiltración y la recarga; otra, para la conectividad ecológica, y otra, para el almacenamiento temporal de crecientes, la recuperación del suelo, la protección costera, la captura de carbono y la generación distribuida. Un mismo polígono puede acumular varias funciones, y una misma función puede atravesar municipios, sectores y propietarios.
Pasar de ordenar usos a ordenar funciones también cambia la naturaleza del instrumento. El plan sigue repartiendo el suelo disponible y, además, decide qué capacidades del territorio vamos a reconstruir o crear. Esas capacidades se construyen a dos escalas que el ordenamiento suele separar: la del predio y la del paisaje.
La finca como infraestructura distribuida
La productividad convencional pregunta cuánto produce una hectárea. La pregunta regenerativa añade: ¿Qué ocurre con el suelo, el agua, la cobertura, el carbono y la biodiversidad mientras se produce?
Hay evidencia en el propio Caribe. En el centro de investigación de Turipaná, en Cereté (Córdoba), Agrosavia comparó pasturas sin árboles con cuatro arreglos silvopastoriles. El carbono orgánico en los primeros veinte centímetros era de 38,3 toneladas por hectárea bajo pastura sola y de entre 60,6 y 65,1 toneladas por hectárea en los sistemas con árboles y arbustos. El suelo presentó una menor densidad aparente y una menor resistencia a la penetración. El estudio no midió la infiltración: la menor compactación la sugiere, pero no la demuestra. Son diferencias observadas entre parcelas vecinas, no representan una tasa de captura de carbono ni siguen la transformación de una misma finca en el tiempo.
Los beneficios de una práctica dependen del suelo, el clima, el manejo y el tiempo, y ninguna rinde lo mismo en todas las condiciones. La posibilidad de extender estas prácticas a miles de predios también tiene antecedentes en Colombia: Ganadería Colombiana Sostenible vinculó 2.491 predios y 119.122 hectáreas en 2011 y 2012, en su mayoría de pequeños y medianos productores. Miles de decisiones prediales, tomadas una a una, pueden contribuir a la regulación hídrica y a la conectividad a escala de paisaje. Una finca puede funcionar como infraestructura territorial distribuida.
La regeneración empieza cuando dejamos de preguntarnos solo cuánto puede producir una hectárea y empezamos a preguntarnos qué funciones puede cumplir al mismo tiempo.
Tres paisajes del Caribe
A escala de paisaje, la regeneración no ofrece una receta única. El Caribe presenta tres desafíos distintos: recuperar espacio para el agua, transformar la producción para recuperar funciones y articular fuentes e infraestructura en zonas donde el agua escasea.
Córdoba y La Mojana: producir con el agua. El bajo San Jorge, con la ciénaga de Ayapel en Córdoba, forma, junto con el Cauca y La Mojana, un mismo sistema de ciénagas y planicies inundables, hídrico y productivo a la vez. Hace unos 2.000 años, los zenúes construyeron allí canales sobre cerca de 500.000 hectáreas del bajo San Jorge para drenar las crecientes, cultivar en los camellones y conservar humedad para el verano. Ese sistema, usado sobre todo entre los siglos I y X, no está para copiarse. Muestra que este territorio admite un diseño que produce con la inundación, y ese diseño fue obra de una sociedad que conocía su territorio. Durante el último siglo la pregunta dominante fue cómo contener el agua. La pregunta regenerativa es otra: ¿Qué parte de la funcionalidad de caños, ciénagas y planicies debe recuperarse para reducir el riesgo de manera estructural, y cómo deben transformarse los sistemas productivos para convivir con esa dinámica? Las obras que protegen a las poblaciones siguen siendo necesarias. La pregunta regenerativa define el sistema en el que esas obras tienen sentido. Queda abierta una pregunta económica: si recuperar espacio para el agua cuesta menos que contenerla indefinidamente.
Sucre: regenerar produciendo. De los cerca de ocho millones de hectáreas de bosque seco tropical que tuvo Colombia, quedan unas 720.000, según el mapa del Ministerio de Ambiente y del Instituto Humboldt. La expansión agropecuaria explica buena parte de esa pérdida, y la llanura del Caribe conserva hoy la mayor parte de lo que queda. En Sucre, alrededor del 84% del área agropecuaria registrada en la Encuesta Nacional Agropecuaria está en uso pecuario, frente a 22.000 hectáreas de bosque. El ordenamiento rural pregunta hoy qué uso tiene cada predio. El enfoque regenerativo plantea qué ocurriría si ese ordenamiento también registrara infiltración, recuperación de suelo, conectividad y regulación hídrica: miles de decisiones ganaderas podrían leerse como una estrategia territorial de adaptación.
La Guajira: regenerar donde falta agua. Frente a las grandes planicies inundables de La Mojana, se encuentra un territorio en el que la escasez de agua condiciona la habitabilidad y la producción. El embalse de El Cercado, sobre el Ranchería, se diseñó para irrigar 18.000 hectáreas y abastecer los acueductos de ocho municipios. Su construcción empezó hace más de quince años. Desde 2018 abastece a Fonseca y Barrancas, y apenas este mes se entregó su conexión con el acueducto de San Juan del Cesar. Semanas antes, en la Alta Guajira, la Corte Constitucional había ordenado llevar agua en carrotanques a comunidades wayuu de Uribia. Una obra sin las redes que le dan función es solo almacenamiento. Aquí la regeneración recupera lo que puede, suelos, coberturas y acuíferos, e incorpora fuentes y capacidades de abastecimiento nuevas: agua de mar desalinizada con energía solar y eólica, almacenamiento y reúso. Regenerar tampoco exige depender únicamente de la naturaleza. Cada pieza, ya sea gris o verde, se evalúa según la función que aporta al sistema.
Del territorio que soporta al territorio que regenera
El cambio climático vuelve indispensable la adaptación. Adaptarse a un territorio cada vez más degradado tiene un límite, y en buena parte del Caribe ya lo estamos tocando. Podemos construir defensas más altas, traer agua desde más lejos, profundizar los pozos, ampliar los drenajes y reparar después de cada desastre. Parte de eso será inevitable.
Durante décadas entendimos el desarrollo territorial como la capacidad de transformar el espacio para satisfacer nuestras necesidades. Construimos ciudades, ampliamos la frontera productiva, intervenimos ríos y levantamos infraestructura. Pocas veces nos preguntamos qué capacidades perdía el territorio en ese proceso.
La regeneración introduce esa pregunta sin renunciar al desarrollo ni idealizar un paisaje anterior, y la lleva a cada decisión: qué capacidades conserva, cuáles deteriora y cuáles ayuda a recuperar. Parte de una constatación: la habitabilidad y la prosperidad dependen de sistemas naturales, productivos y construidos que deben seguir funcionando en conjunto.
Aprender a vivir en un territorio que cambia es indispensable. El desafío más difícil, y el que apenas empezamos a nombrar, es devolverle su capacidad de sostener la vida mientras lo seguimos transformando.
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Acerca del autor

Aníbal Pérez García
*Ingeniero civil con maestría en hidrosistemas y doctorado en geociencias (Universidad de Tübingen). Ha sido viceministro de Agua, director ejecutivo del Fondo para la Vida y la Biodiversidad, director de Vivienda y Desarrollo Urbano en Findeter, y líder de programas nacionales de infraestructura y resiliencia. Ha asesorado proyectos con el PNUD, el BID y el Fondo Verde del Clima, y es autor de publicaciones científicas sobre recursos hídricos y sostenibilidad.
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