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El profesor universitario ¿una especie en extinción?

Escrito por Eduardo Lindarte

Docente universitario.

Eduardo LindarteCon los cambios en la tecnología, en el mercado laboral, en las funciones de la educación y en la pedagogía es muy probable que haya pasado la hora de este  oficio que tanto significó o significa para tantos de nosotros*

Eduardo Lindarte**

Universidad Manizales

Un enorme potencial

Aunque según las proyecciones demográficas la población en edad universitaria está disminuyendo, Colombia sigue teniendo una tasa relativamente baja de matrícula o cobertura de la educación superior, lo cual implica que tenemos un grupo enorme de  potenciales candidatos o candidatas a cursar estudios de pregrado o de postgrado.

Sin añadir que en sociedades maduras, como las del Norte de Europa, los adultos e incluso las personas de la tercera edad siguen asistiendo a las universidades, ni insistir sobre el hecho de que las transformaciones radicales en el mundo laboral hacen que cada vez más trabajadores retornen a las aulas para “reconvertirse” hacia nuevas ocupaciones.         

Este viento favorable para las universidades se refleja, por ejemplo, en el rápido aumento de los posgrados en el país: hoy Colombia tiene 1.878 especializaciones, 1.082 maestrías y 181 doctorados.

Todo parece apuntar hacia un futuro brillante para las actividades académicas, los estudiantes y los docentes. ¿Pero será verdad tanta belleza?

Tecnología y desempleo

Desarrollo de la robótico.
Desarrollo de la robótico. 
Foto: NASA

La conjunción de diversas tendencias y sus consecuencias sociales impiden cualquier lectura simplista.

Para comenzar están los avances en las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), la automatización y la robótica. Estos avances han sido enormes y han afectado diversos campos del empleo relacionados no solamente con actividades rutinarias, sino con actividades creativas. Esto ha llevado a que diversos comentaristas –como Jeremy RifkinErik Brynjolfsson y Andrew McAfee– pronostiquen una disminución drástica de los puestos de trabajo, y de hecho la firma especializada PwC estima que el 38 por ciento de los empleos en Estados Unidos pueden perderse por el desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial.

La respuesta clásica ante estos pronósticos ha consistido en notar que ellos ignoran el surgimiento o expansión de nuevos campos de actividad económica que surgirían gracias a la innovación. Se estima, por ejemplo, que la transición a energías renovables creará gran cantidad de empleos, incluso más de los que se perderán con el fin de las industrias energéticas tradicionales.

Pero el contraargumento anterior no valora suficientemente el efecto transversal de las nuevas tecnologías sobre el empleo, vale decir el hecho de que todas las actividades o sectores se verán afectados por esas innovaciones, como se vio por ejemplo con los computadores.  

En la medida en que crezca la población sin acceso a oportunidades de empleo será más urgente considerar la alternativa de un ingreso básico universal  garantizado por el Estado –una opción cada vez más discutida, probable y deseable, incluso para premios Nobel de economía como Angus Deaton y Joseph Stiglitz–. De no hacerlo se correría el riesgo de una crisis social y económica general y desestabilizadora.

El capitalismo ha apoyado la educación por su necesidad de trabajadores calificados. 

Por supuesto, las tendencias no indican la desaparición total del empleo formal, pero sí se abre un sendero cada vez más amplio en esa dirección. También queda la posibilidad de empleos en servicios sociales y personales que por requerir calor humano no son del todo automatizables. Sin embargo, hay incertidumbre acerca de la posibilidad de que estas actividades sean remuneradas y no voluntariados o actividades con retribuciones simbólicas para personas que tendrían ya un ingreso básico seguro.

Los análisis muestran tendencias en esta dirección, aunque no han estudiado adecuadamente cuáles serían los efectos de estos cambios en materia de reorganización social, incentivos y motivación.

Para algunos, como para John Keynes, el fin del trabajo obligatorio cumpliría un viejo sueño de la humanidad y permitiría  buscar  realizaciones superiores. Para otros conjuraría visiones de grandes masas ociosas e ignorantes demandando enardecidas el equivalente del antiguo “pan y circo” del imperio romano en decadencia. Pero nadie puede saber a ciencia cierta en cuál dirección iremos.

Además de los posibles efectos del ingreso básico sobre la disciplina y el esfuerzo personal estarían aquellos sobre la demanda por educación, y especialmente por educación superior.

Porque no nos digamos mentiras, aunque no se puede negar la importancia de la sed humana por el conocimiento, el gran motor de la demanda por educación superior han sido las aspiraciones de mejorar, bien sea en materia de ingresos, movilidad social o estatus. Además de eso, el capitalismo ha apoyado la educación por su necesidad de trabajadores calificados.

Revolución educativa

Tecnología en aulas de clase.
Tecnología en aulas de clase. 
Foto: Alcaldía Mayor de Bogotá

¿Qué ocurrirá con la educación superior una vez que ni los trabajadores ni sus empleadores tengan esos poderosos estímulos para buscarla?

Lo más probable es que las actividades académicas se reduzcan a la investigación y a las nuevas modalidades de educación. En el caso de estas últimas lo más importante serían la curiosidad y el deseo de conocimiento por razones personales y no la aspiración socioeconómica de conseguir una certificación para el mercado laboral, que es ahora la base de los pregrados y posgrados.

En estas circunstancias el perfil de quienes demandan educación sería muy diferente del actual. Libre de las restricciones del mercado laboral cabría anticipar una demanda por cursos más flexibles que resultarían en programas educativos regidos más por los intereses de cada individuo y sin distinciones de edad. Un ejemplo de esto es The Teaching Company, que desde 1990 ofrece cursos en video y audio, muchos de ellos grabados por docentes de las mejores universidades. En 2016 ofrecían más de 600 cursos en áreas muy diversas.

La revolución tecnológica se ha traducido además en nuevos arreglos pedagógicos y en el auge de los programas educativos a distancia y semipresenciales, como los que se realizan por medio de la plataforma Moodle. En Colombia ya hay 169 pregrados, 186 especializaciones y 67 maestrías virtuales[1].

En el mundo también han tomado mucha fuerza los cursos masivos abiertos en línea (MOOC, por sus siglas en inglés), que tienen objetivos más flexibles que los cursos universitarios. Estos cursos son gratuitos y abiertos, normalmente no otorgan una certificación, pero si la razón principal para tomarlos es el aprendizaje personal esto no debería ser un obstáculo. En todo caso, si se desea la certificación puede conseguirse cumpliendo ciertos requisitos de pago y evaluación.

Ya la objeción clásica a la educación a distancia –la falta de interacción entre estudiantes y profesores– comienza a carecer de sentido. Los arreglos virtuales y semipresenciales que usan internet y redes especializadas para estudiantes y docentes satisfacen esta necesidad de interacción aunque no puedan garantizar el conocimiento personal entre los participantes.

La otra objeción a la virtualidad es la necesidad de una formación presencial cuando está involucrada la manipulación de equipos y laboratorios. Pero incluso en este aspecto se vislumbran transformaciones. Los simuladores, las proyecciones en tercera dimensión y la realidad virtual pueden suplir mucho de esto. Por ejemplo, hoy en día un buen simulador puede asumir buena parte de la responsabilidad de entrenar a un conductor o a un piloto.

Con lo anterior es evidente un cambio radical en los métodos y la sicología del aprendizaje que pasó de estar concentrada en lo material a estar enfocada en lo virtual.

¿Y el docente?

En medio de este mar de cambios, tanto en la demanda como en la pedagogía, hay una víctima evidente: el docente universitario. Los cambios mencionados rompen con el sistema establecido de un docente por cada grupo y cada clase.

La virtualidad permite que un docente multiplique su presencia ante numerosos estudiantes individuales y grupos. Además, la grabación de clases permite el uso repetido de un mismo esfuerzo didáctico y, por ende, su reproducción en el tiempo. Ambos se traducirán en un menor requerimiento de docentes y por consiguiente, aunque estos no desaparecerán, se puede anticipar que su número se reducirá con el tiempo.

Y como ya lo sugerí al principio, la transición demográfica reforzará seguramente esta  tendencia. Con la disminución continuada de la natalidad seguirán disminuyendo tanto el número como la proporción de las personas en las edades con mayor interés potencial por la educación superior. Hasta ahora en Colombia esto había sido compensado por la gran cantidad de niños, pero a partir de 2015 comenzó a disminuir el número de jóvenes por encima de 15 años, y este fenómeno será cada día más marcado.  

Ya la objeción clásica a la educación a distancia –la falta de interacción entre estudiantes y profesores– comienza a carecer de sentido. 

Por supuesto, pueden surgir desarrollos de muy diferente naturaleza que alteren las posibilidades aquí sugeridas. Es demasiado temprano para vislumbrar una tendencia definitiva y los tiempos que tomará su desarrollo. No obstante, a la luz de lo que puede anticiparse hoy, parece probable lo que se ha argumentado.

Los cambios no serán inmediatos pero una curva exponencial positiva puede acelerar su llegada. Los docentes ya establecidos probablemente no serán afectados, aunque deberán afrontar una curva acentuada de aprendizaje. Los muy jóvenes, y sobre todo quienes apenas contemplan la opción docente, podrán no encontrar la oportunidad abierta. El tiempo tiene la última palabra.

 

*Razón Pública agradece el auspicio de la Universidad Autónoma de Manizales. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor.

**Economista de la Universidad Nacional, M.A en Sociología de Kansas State University, Ph. D. en Sociología de la Universidad de Wisconsin, docente y consultor a comienzos de la vida profesional, técnico y consultor de organismos internacionales en el medio, y actualmente docente y coordinador del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Manizales.

Notas de píe


[1] Nueva apuesta por la educación virtual. (2017, Julio 9), El Espectador, p.35.

 

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