
El Principito: un niño solo (pero no perdido) en el desierto
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¿Cómo una obra para niños se ha convertido en un libro fundamental para el siglo XX, que nos enseña sobre la nostalgia, la pérdida y la muerte? Después de 70 años, El Principito sigue moviendo nuestra sensibilidad.
“Los hombres de tu tierra –dijo el principito- cultivan cinco
mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan”
El desierto y la muerte
Para mí, que nací y crecí en un verde altiplano en medio de la cordillera de los Andes, no puede haber nada más exótico que el desierto, y hasta muchos años después, cuando visité la Guajira, la imagen de un paisaje de arena me resultaba casi estrafalaria.
Una metáfora de la soledad, una isla o el infinito, son algunas de las ideas en las que pienso cuando imagino un desierto. También imagino la sed y, por supuesto, la muerte.
Y la muerte, fascinante y aterradora, es uno de los temas que subyacen en la historia de El Principito, que el autor francés Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) publicó en 1943, un año antes de que él mismo desapareciera en medio del mar.
No sé si la muerte sea el primer tema en el que piensan los lectores cuando leen esta corta novela, pero creo que es definitivamente uno de los más relevantes en esta obra.
![]() La novela de Saint-Exupéry ha sido traducida a más de 200 idiomas. Foto: Tiago Pereira |
Un aviador solitario
La vida de Antoine de Saint-Exupéry y, especialmente, su muerte son tan interesantes que uno podría alejarse de la novela para escribir solo sobre el autor.
Saint-Exupéry fue aviador en una época en la que la tecnología de los aviones no estaba tan desarrollada y los accidentes aéreos eran muy comunes. Fue un aristócrata empobrecido en el cambiante mundo europeo de la primera mitad del siglo XX y fue un escritor reconocido en su momento, pero que hoy es casi exclusivamente recordado por El Principito.
La muerte de su padre y su hermano cuando era solo un niño pueden haber marcado la vida de Saint-Exupéry, quien sufrió de depresión toda su vida, y puede que también hayan marcado la historia de su personaje: el Principito.
Otro hecho de su vida que alimentó la novela fue un accidente que tuvo en su avión mientras sobrevolaba el Sahara en 1935. Aunque salió ileso del incidente, pasó cuatro días sin agua en medio del desierto, lo que fue casi mortal.
La historia del niño eterno
Este episodio de su vida es precisamente la forma como empieza El principito: un piloto solitario en medio del desierto, angustiado por tratar de reparar su avión, se encuentra de repente con un niño rubio un poco impertinente que le hace preguntas insistentes.
El personaje principal de la historia, el Principito, ha salido de su mundo porque vivir con su amor, una rosa bastante pretenciosa, se ha vuelto imposible. En el camino a la Tierra visita otros seis mundos habitados casi todos por gente desagradable (adultos, por supuesto).
Finalmente, el último planeta, la Tierra, no parece mucho mejor y cada cosa o persona que conoce le hace añorar y valorar más su propio mundo. Al final, una serpiente venenosa le ofrece al niño la única forma posible de volver a ver a su rosa, la muerte:
“- Puedo llevarte más lejos que un navío –dijo la serpiente. El principito sonrió: -No me pareces muy poderoso… ni siquiera tienes patas… ni tan siquiera puedes viajar. (…) –Puedo llevarte más lejos que un navío –Dijo la serpiente. Se enroscó alrededor del tobillo del principito como un brazalete de oro” (capítulo XVII).
Las imágenes que acompañan la novela son trazos un poco toscos, casi minimalistas, y son parte clave de la historia.
Sabemos casi exactamente cómo era el niño y cómo su bufanda amarilla ondeaba con el viento del desierto, porque Saint-Exupéry no solo escribió esta historia sino que hizo las ilustraciones de la misma.
Las imágenes que acompañan la novela son trazos un poco toscos, casi minimalistas, y son parte clave de la historia. Según el autor, una forma de diferenciar a los niños de los adultos, o a los adultos aburridos de los adultos que conservan su alma de niños, es por su habilidad de reconocer los objetos que dibuja un niño. Por eso, los ojos de los niños, su forma de ver, su inocencia a veces cruel y la insolencia de la infancia, son también temas de la novela.
El autor asegura desde el comienzo de El Principito que está escribiendo una historia para niños y, de hecho, la dedicatoria, que es muy bella, empieza con una excusa por dedicar la historia a un adulto y termina por dedicársela al mismo hombre pero “cuando era niño”.
Sin embargo, El Principito es un libro que parece para niños pero que tal vez es más para adultos, como Alicia en el país de las maravillas.
El autor parece preguntarse y de paso acaba preguntándonos: ¿dónde quedan la curiosidad y la creatividad que todos tenemos en la infancia?:
“A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?” Pero en cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?” Solamente con estos detalles creen conocerle” (Capítulo IV).
![]() Portada de una edición en inglés de El Principito. Foto: Wikimedia Commons |
La soledad, la nostalgia, la muerte
En la historia de El Principito las personas obtusas siempre son los adultos, con lo que se busca confrontar al lector con su propia idea de lo que significa crecer, que para el autor parece ser sinónimo de irse quedando solo.
El Principito es una novela que se pregunta insistentemente sobre la soledad, el amor y la amistad, y sobre la manera como nos relacionamos con otros.
La novela nos parece decir que cada persona adulta vive en su propio mundo (como aparece literalmente en la historia) y crea relaciones de poder con sus semejantes: quiere gobernar, reinar, poseer, calcular. Por su parte, el niño sale de su planeta y viaja para conocer otros mundos: está buscando un amigo, está huyendo de la soledad.
Yo estaba precisamente en un desierto cerca de la costa en Argentina cuando empecé a escribir estas palabras; tenía sed y podía sentir los granos de arena en la boca. Recordé que Saint-Exupéry también vivió unos años en Argentina y tal vez también sintió estos mismos granos de arena en su boca y el fuerte viento de invierno hizo que su bufanda ondeara confundiéndose con las dunas.
Entonces entendí la nostalgia de las despedidas del Principito, quien en un día especialmente triste corrió su silla cuarenta y tres veces, para poder contemplar cuarenta y tres atardeceres. Porque El Principito es también un libro sobre la nostalgia.
La nostalgia y la muerte son temas difíciles de hablar con los niños, y también con los adultos, pero el Principito, que es un niño a veces triste, hace que hablar de esas cosas sea natural y sencillo:
“Un relámpago amarillo centelleó en su tobillo. Quedó un instante inmóvil, sin exhalar un grito. Luego cayó lentamente como cae un árbol, sin hacer el menor ruido a causa de la arena” (Capítulo XXVI).
Todos hemos sentido la nostalgia, todos debemos enfrentarnos a la muerte de alguien y finalmente encararemos la propia; pero no son cosas de las que hablamos cotidianamente. Evadimos estos temas como si pudiéramos evadir esta realidad, y tal vez nuestra curiosidad para entender el mundo va desapareciendo en la misma medida en que tratamos de ignorar las cosas que nos dan miedo.
El Principito es un libro que parece para niños pero que tal vez es más para adultos, como Alicia en el país de las maravillas.
El Principito finalmente no muere, o tal vez solo muere para uno de los millones de planetas, pues el niño vuelve a su diminuto hogar donde su rosa lo está esperando.
El mundo del Principito es visible desde la Tierra, y puede ser una estrella cualquiera, por eso el libro es uno que nos urge a dejar de leer y salir a caminar en la noche a contemplar las estrellas: “-Cuando por las noches mires el cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen” (Capítulo XXVI).
Además, el Principito también está vivo en su propia historia leída y releída por millones de lectores (el libro ha sido traducido a más de 200 idiomas y es uno de los libros más vendidos en la historia).El Principito es un niño que muere, pero que a veces no parece un niño y a veces no parece que muere.
El personaje tiene un destino parecido al del propio Saint-Exupery, quien desapareció mientras piloteaba su avión sobre el Mediterráneo, un año antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial.
Tal vez su desvanecimiento se deba a que no murió sino que voló a otros planetas con menos guerras, donde tal vez encontró más niños y flores. Tal vez si salimos esta noche a mirar las estrellas podremos escucharlo en el cielo conversando con su pequeño amigo.
* Doctora en Literatura y Estudios Culturales de la Universidad de Georgetown. Es profesora en la Universidad de Indianápolis, donde enseña e investiga sobre América Latina. anaferreira1810@gmail.com
@annwenders
Acerca del autor
Ana María Ferreira
* Doctora en Literatura y Estudios Culturales de la Universidad de Georgetown. Es profesora en la Universidad de Indianápolis, donde enseña e investiga sobre América Latina. anaferreira1810@gmail.com
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¿Cómo una obra para niños se ha convertido en un libro fundamental para el siglo XX, que nos enseña sobre la nostalgia, la pérdida y la muerte? Después de 70 años, El Principito sigue moviendo nuestra sensibilidad. 






