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El populismo como hipótesis de comprensión de lo político

Escrito por Christian Fajardo

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Christian Fajardo¿Cómo hilar el triunfo de Trump, la proliferación de líderes carismáticos en Europa y los intentos de transformación gestados desde los gobiernos progresistas en América Latina? La hipótesis populista parece ser una buena sugerencia para vincular estos acontecimientos a pesar de su presunta ambigüedad y polivalencia.

Christian Fajardo

Pensar en el potencial de análisis que brinda la palabra “populismo” plantea retos muy grandes. Para comenzar, creo que estamos obligados a definir dicha palabra. Esta obligación no es para nada fácil, pues existen varias maneras de usar el sustantivo “populismo” y el adjetivo “populista”. En primer lugar, enfoquemos en quienes hacen un uso, en esencia, peyorativo.

Populismo como fracaso

Existen críticos liberales y republicanos que lamentan que en la realidad política actual hayan líderes carismáticos que concentran el poder asemejándose a monarcas absolutistas en los que en su palabra recae la capacidad arbitraria, y por lo tanto autoritaria, de producir leyes. Para este tipo de análisis habría una gran diferencia entre los populismos latinoamericanos y el “populismo” de Donald Trump. Esta diferencia radica en que, mientras en Latinoamérica hay un populismo nativo propio de Estados fallidos en el que personajes como Chávez, Maduro o Perón pueden hacer “lo que les da la gana” al no haber un verdadero sistema de pesos y contrapesos, en los Estados Unidos habría diseño institucional impecable que impediría el desenvolvimiento de una situación populista así ganen líderes carismáticos y retóricos como Donald Trump. Tenemos así que, para este punto de vista, el populismo es la manifestación demoniaca de una política arcaica que el nacimiento del Estado de Derecho superó con la ayuda del papel impersonal que empezó a jugar el Derecho Positivo en las sociedades modernas. En últimas, no habría un populismo gringo y si habría un populismo latinoamericano, pues los fenómenos populistas son endémicos de las sociedades atrasadas. El populismo de Trump es una quimera porque para que haya un Trump’s populism sería necesario eliminar de raíz los sistemas de pesos y contrapesos que no solo existen en las instituciones sino en la cultura política de las buenas gentes de Norteamérica.

Populismo positivo

Ernesto Laclau, filósofo y teórico político argentino.
Ernesto Laclau, filósofo y teórico político argentino. 
Foto: Wikimedia Commons

Sin embargo existen otros que piensan que el populismo es algo enteramente positivo. En este punto de vista tenemos al teórico político Ernesto Laclau. Recordemos que para el autor de La razón populista, el populismo es una hipótesis para comprender lo político en un sentido muy general. Tenemos entonces que, desde el punto de vista de Laclau, el populismo no es una forma arcaica, baratamente retórica y anti-institucional de concebir un liderazgo político que se opone a la racionalidad del derecho moderno, sino más bien, es la categoría reina para comprender cualquier fenómeno político. Respondiendo a los críticos liberales y republicanos, Laclau dice que la política se construye, desde siempre, en términos de antagonismos sociales y es a partir de allí de donde nace todo sentido social, todo derecho, toda ordenación de “lo social”. Sin embargo, ¿cómo comprender este antagonismo y qué relación tiene con el populismo?

Existen varias maneras de usar el sustantivo “populismo” y el adjetivo “populista”.

Sabiendo que el análisis de Laclau está lleno de conceptos, de variaciones y de andamiajes conceptuales de mil y un autores[1], es necesario que lo simplifiquemos e, incluso, que lo trivialicemos para comprender su dogmático optimismo en torno a su hipótesis populista.

Primero. Laclau piensa que la sociedad es conflictiva y que, por lo tanto, no existe un solución definitiva a los problemas sociales.

Segundo. Como la sociedad está fracturada por el conflicto social en ella se tejen antagonismos porque en toda sociedad se excluyen a unos y se incluyen a otros.

Tercero, la forma en la que los excluidos problematizan la felicidad y la estabilidad de un orden social es a través del populismo. ¿Pero cómo perturbar la felicidad de los que están incluidos? Acá surge un cuarto momento.

Cuarto: Los excluidos por razones históricas y circunstanciales encadenan sus demandas insatisfechas a partir de lo que Laclau llama cadena de equivalencias. Esta cadena permite que la estudiante a la que le están desfinanciado su universidad, el trabajador precarizado y los campesinos despojados por el la guerra se unan a través de una bandera común que los represente. En términos hipotéticos uno podría decir que esa bandera, al menos en Colombia, es la implementación de los acuerdos de la Habana. Si todo se lleva a cabo de una buena manera, tendríamos la fórmula del éxito y haríamos que en Colombia no haya más despojo, que la educación sea gratuita y de calidad y que existan condiciones laborales mínimamente decentes.

Objeciones

Manifestaciones sociales.
Manifestaciones sociales.  
Foto: Presidencia de la República

Estas son pues, desde mi punto de vista, las dos acepciones más evidentes del sustantivo populismo y el adjetivo populista. Sin embargo acá no quiero mostrar que estas dos formas son problemáticas y que haya que buscar una tercera aproximación. Tampoco me gustaría moverme en el plano de lo políticamente correcto al decir que las dos son igualmente válidas ya que son visiones plurales de ver los fenómenos políticos. Me gustaría más bien distanciarme rotundamente de la visión liberal-republicana y dejar abiertos algunos interrogantes a la fórmula del éxito de Laclau que se han extendido en varios sectores, pero pienso en este momento en la justa crítica de Juan Carlos Monedero.

La visión republicana y liberal, con creces, divide dicotómicamente un primer mundo como ejemplo de éxito y un, tercer mundo, ejemplo del fracaso. De acuerdo a esta visión el populismo en el tercer mundo es un fracaso al cuadrado, pues en vez de seguir el buen rumbo del diseño institucional del primer mundo, hacemos gala de nuestra estupidez y preferimos líderes carismáticos que jamás darán una solución a nuestros problemas. Todo lo contrario arcaizamos aún más nuestra condición de arcaicos, personalizamos nuestros fracasados intentos de crear un marco jurídico neutral. En último término: el tercer mundo es potencialmente populista porque es el tercer mundo.

Creo que detrás de las buenas intenciones de este punto de vista, se esconde una cara esencialista, clasista e incluso metafísica de comprender la realidad. Creer que la historia acontece progresivamente y que el tercer mundo es el símbolo del atraso hacia un porvenir ya trazado por una vanguardia petulantemente moderna, es creer que los problemas sociales tienen una única solución. La sugerencia de Laclau es más interesante, porque no cree en el progreso, ni tampoco en que el populismo sea una forma arcaica de pensar los problemas sociales.

Cree que una lucha descafeinada y deslactosada es más potente que la energía de la cafeína y de la lactosa.

Sin embargo, creer ciegamente en la “hipótesis populista” conlleva varios problemas. Y es que el esquema de Laclau solo funciona como una fórmula del éxito. Uno podría decir que  si el momento populista no llega a su climax quizá hubo un problema en la construcción de las equivalencias o que la bandera, que intentó unificar las demandas de varios sectores, no fue lo suficientemente universal para poner en marcha una transformación política. Pero, podríamos preguntarnos si quizá la hipótesis populista no es más bien una teoría que pretende explicarlo todo. Desde el punto de vista de Juan Carlos Monedero, la hipótesis populista es eficaz para explicar un momento destituyente pues parte del supuesto de que los antagonismo sociales no se pueden solucionar definitivamente. Sin embargo, pierde su “aplicabilidad” en el momento constituyente, es decir, en el momento en el que se tejen las cadena equivalenciales. Laclau para hacer aplicable su esquema termina traicionando la especificidad de las demandas particulares en función de una bandera en exceso general y sin contenido alguno, cuando lo que importa son las razones de cada sector particular y su pretensión por hacer visible algo al mostrar que su demanda singular es comprensible para cualquiera. En esos términos, dice Monedero “para que las luchas tengan más recorrido, es más útil traducir tus demandas para que los demás te entiendan, antes que rebajar tu lucha para que se sume, una vez descafeinada, a otras”.  El esquematismo del autor de La razón populista está concebido, en muchas ocasiones, desde arriba y desde el afán de la eficacia. Cree que una lucha descafeinada y deslactosada es más potente que la energía de la cafeína y de la lactosa.

Quizá el populismo al establecer equivalencias para el éxito deja a un lado la comunicabilidad de una demanda que es la participación directa de quienes padecen una injusticia. La política quizá no se mueva solamente en el plano de los significantes vacíos y en la excesiva vaguedad de las palabras de los líderes carismáticos que concentran la voz de millones, sino también en una política del desentendimiento- pues el sentido no se disputa desde arriba, sino desde abajo. Una política del desentendimiento no es una política consensual que fija los criterios más adecuados para ir por el sendero del progreso, sino más bien es una apuesta conflictiva que pone en cuestión radicalmente los cimientos de un orden animada, claro está, por los más vulnerables y desposeídos de una sociedad.

 

* Estudiante de doctorado en Filosofía de la Universidad de los Andes y columnista de Palabras al Margen

 


[1] Valga aclarar que en ningún momento estoy elogiando la capacidad de un autor por reunir múltiples enfoques teóricos para construir un poderosa teoría política –como creo que lo hace Laclau-. Contrario a esto creo que la radicalidad de una teoría política está directamente emparentada con su claridad y, por lo tanto, con su comunicabilidad.

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