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El polvorín de Ucrania y las limitaciones de Occidente

Escrito por Farid Badrán

Un examen juicioso del conflicto, del incidente del avión comercial derribado, de las vacilaciones en la Unión Europea, del papel de Washington, de las cartas que maneja Putin, de su relación con China y del cambio en los equilibrios mundiales.

Farid Badrán*

Tensión en el aire

Si el retorno del equilibrio político en Ucrania ya era algo complejo y difícil de lograr en el corto plazo, los incidentes recientes complican aún más la situación.

Debe recordarse que la intervención militar rusa para anexarse la península de Crimea degeneró en un conflicto interno irregular entre las Fuerzas Militares ucranianas y las milicias separatistas pro-rusas, que buscan más secesiones territoriales alegando razones culturales e identitarias apoyadas por Moscú.

A esto hay que sumar los movimientos de la OTAN en el Mar Negro, cerca de la frontera rusa, que han aumentado las tensiones y llevaron al Kremlin a iniciar el despliegue de mayores dispositivos militares en Crimea.

Con cada acto de provocación, Putin está poniendo a prueba los niveles de tolerancia de sus contrapartes occidentales.

El derribo del Boeing 777 MH 17 de Malaysia Airlines por parte de los separatistas pro-rusos en el oriente de Ucrania marca  la agudización de la crisis entre Rusia y Occidente.

Tanto la Unión Europea (UE) como Estados Unidos han responsabilizado a Putin de lo sucedido, y tienen buenas razones para hacerlo.

  • En primer lugar, el sistema de misiles tierra aire Buk-M1 en poder de los separatistas es de fabricación rusa y muy posiblemente fue suministrado por Moscú a las milicias en el marco del conflicto contra el Estado ucraniano.
  • Por otra parte es evidente el apoyo político del gobierno Putin a los combatientes pro-rusos, dentro del cual podría incluirse la prestación de servicios de inteligencia para modificar y dificultar el proceso de investigación del siniestro, como se ha empezado a denunciar.
  • Pero la mayor responsabilidad rusa estriba tal vez en su continua tarea de neutralizar a otros agentes con pretensiones de intervenir en la resolución del conflicto hasta tanto se den las condiciones que más convienen a sus propios intereses. Es decir, hasta que haya una mayor cantidad de territorios cismáticos cuya administración política sea leal a Rusia, lo cual le permitiría reconstruir y reforzar el cinturón de Estados tapón entre su territorio y Occidente.

Así, muchos gobiernos han optado por no intervenir para no agudizar el conflicto o elevarlo a un nivel de posible guerra entre Estados; cosa que a nadie le conviene y que es poco probable.


El RMS Lusitania anclado en Nueva York.
Foto: Wikimedia Commons

Rusia desafiante

Las estrategias para presionar a Rusia han girado en torno de las sanciones económicas y la presión en el Consejo de Seguridad de la ONU para obtener de Putin un ánimo más colaborador frente a las investigaciones sobre el ataque del avión, y un cambio de orientación de su influencia sobre los separatistas pro-rusos.

Pero eso no resulta tan sencillo. Las sanciones económicas y comerciales le representan onerosas pérdidas a la UE, con quien Rusia tiene negocios. Se calcula que, como consecuencia de las sanciones, la UE podría disminuir su PIB en promedio entre 0,5 y 1 por ciento al final del año.

Esto supone morigeraciones y ambigüedades en el discurso europeo para evitar ese disparo en el pie, especialmente por parte de gobiernos como el francés, que por estos días debería estar entregando el segundo de los dos portahelicópteros militares comprados por Rusia con anterioridad a los sucesos de Ucrania, en virtud de un acuerdo cuya cancelación resultaría más perjudicial para París que para Moscú.

Gran Bretaña, Holanda y Alemania, por su parte, habían apostado por la diplomacia al más alto nivel para estabilizar la relación con Rusia, pero el derribo del avión les ha obligado a endurecer su postura.

El hecho de que la mayor parte de las personas asesinadas en el avión hayan sido holandesas explica la presión de Ámsterdam para esclarecer con la mayor brevedad todos los hechos e imponer las más duras sanciones a Rusia; una actitud que no se había visto ni siquiera tras la anexión de Crimea.

Sucesos como este recuerdan los constantes hundimientos de buques comerciales por parte de submarinos alemanes durante la Primera Guerra Mundial, lo que probó la paciencia norteamericana hasta que el ataque al Lusitania forzó la intervención de Estados Unidos. Y esto cambió de modo  decisivo el curso de los hechos.

Con cada acto de provocación, Putin está poniendo a prueba los niveles de tolerancia de sus contrapartes occidentales.

El avión derribado puede no responder a una decisión deliberada y por el contrario tiene todos los síntomas de un error operativo. Sin embargo, la actitud de Rusia tras el incidente deja mucho que dudar, dados sus pliegues discursivos, sus promesas diplomáticas incumplidas y las declaraciones belicistas que ha lanzado.

Putin busca medir la resistencia occidental y deja ver al mismo tiempo las fallas  institucionales y la falta de coordinación entre países europeos para adoptar verdaderas sanciones y medidas que obliguen a Rusia a dar un paso atrás. En ese sentido, Estados Unidos es (de nuevo y como de costumbre) el rostro de la oposición directa a las provocaciones rusas.

Estados Unidos es (de nuevo y como de costumbre) el rostro de la oposición directa a las provocaciones rusas.

Por otro lado, las sanciones económicas provenientes de Occidente pueden tener  consecuencias indeseadas para Rusia. No obstante, el giro estratégico de China hacia Moscú tras la anexión de Crimea podría aliviar en buena parte los efectos nocivos de la presión europea y norteamericana: Xi Jinping y Vladimir Putin firmaron, entre mayo y junio de este año, acuerdos comerciales, de infraestructura, energía, políticos y militares que podrían re-equilibrar la balanza de poder internacional y reforzar el inmovilismo occidental. Por otro lado las agencias oficiales de comunicación en China han empezado a develar su apoyo a Putin tras los sucesos del MH17 haciendo declaraciones provocadoras para occidente y defendiendo la posición rusa.

A ello cabe añadir el hecho de que tanto China como Rusia, al hacer parte del Consejo de Seguridad de la ONU, tienen la capacidad vetar cualquier decisión contraria a sus intereses.

De la misma manera cabe anotar el uso que ambos países parecen estar haciendo del foro multilateral de los BRICS, para favorecer intereses políticos, financieros y comerciales rusos. De esta forma, la estrategia de aislamiento de Rusia por parte Occidente tendría efectos contraproducentes porque refuerza la creación y consolidación de polos alternativos en el sistema internacional.

La tragedia del Boeing 777


Las sanciones económicas a Rusia han permitido
que el país abra relaciones económicas, políticas y
militares con otras naciones.
Foto: President of Russia

En cuanto al derribo del avión, hay quienes han hecho referencia al suceso como un acto terrorista. En este punto hay que tener cuidado porque -si bien los aviones estrellados o explotados son un arquetipo del terrorismo en el imaginario colectivo – este acto en particular no parece encajar bajo el tipo del terrorismo [i] porque:

· no se percibe un ánimo político enmarcado en un proceso de larga duración,

· el ataque no tiene carácter transitivo (es decir, no busca dar un mensaje particular a agentes distintos de las víctimas),

· no compensa verdaderas asimetrías de poder, y

· no comporta objetivos de alto valor simbólico para el Estado ucraniano, como sí para el holandés.

En ese sentido, sería más prudente entender los sucesos como una falla operacional derivada de una deficiente capacitación técnica por parte de los separatistas en el manejo de baterías antiaéreas rusas.

Esto confirma los desafíos existentes para los Estados europeos en lo tocante a la seguridad aérea, pues el hecho de que todo esto ocurra en el lindero de la UE  obliga a tomar mayores  precauciones en materia de inteligencia militar, vigilancia, control e interdicción (si es el caso). Ello podría explicar los movimientos preventivos de la OTAN en el área.

En suma, el derribo del avión le ha hecho más mal que bien a los separatistas porque les resta validez a sus reivindicaciones, hace visible la relación de padrinazgo de Rusia y da cuenta de un desconocimiento deliberado de los principios básicos que regulan los conflictos armados, en esta caso las prácticas violentas contra población civil no combatiente.

La imagen rusa tampoco sale bien librada de este incidente, pero Moscú ha demostrado que eso no lo preocupa. Por el contrario, en lo que concierne a las relaciones de poder, Rusia demuestra una capacidad cada vez mayor de plegar el sistema internacional a sus intereses, lo que reafirma su resurgimiento como potencia mundial.

El derribo del avión le ha hecho más mal que bien a los separatistas porque les resta validez a sus reivindicaciones.

El hecho de mantener a la seguridad internacional en constante estado de jaque confirma que de Moscú dependen una buena cantidad de factores decisivos para la estabilidad o para  desequilibrar y reconfigurar las relaciones internacionales.

Las sanciones económicas y comerciales adoptadas por Occidente en su estrategia aislacionista juegan en su contra si se consideran las consecuencias para las economías que no acaban de salir de la crisis de 2007, especialmente las europeas.

Las sanciones representan también un bumerán para Occidente por las oportunidades que le dan a Rusia de establecer y consolidar nuevos espacios de acción política, militar y económica en su área de influencia, con otros Estados y con otras potencias como China; ante lo cual se refuerza la parálisis de Estados Unidos y, especialmente, la de Europa.

 

* Internacionalista de la Universidad del Rosario, magíster en Análisis de Problemas Políticos, Económicos e Internacionales del Externado de Colombia y maestreando en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Sorbona Nueva de Paris. 


1. Molano, Andrés. La invención del Terrorismo. Evolución y nuevos desafíos. [ed.] Manuel José Bonnett. Seguridades en Construcción en América Latina Tomo II. Bogotá : CEPI Universidad del Rosario, 2008.

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