
El pensamiento interrumpido
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Cómo funcionan las encuestas —y por qué desconfiamos de ellas
La paradoja
Se necesita valentía para animarse a vender, realizar y publicar encuestas electorales. Probablemente ninguna otra operación estadística sufre de tanto desprestigio y, al mismo tiempo, ninguna otra tiene tanto poder.
Los encuestadores políticos recuerdan a Sísifo, el fundador y rey de Éfira —más tarde conocida como Corinto— condenado por los dioses a empujar eternamente una piedra montaña arriba para verla rodar cuesta abajo una y otra vez. Realizar una encuesta exige habilidades en un área especial de las matemáticas: la estadística, un campo del conocimiento que, a ratos, parece mágico. Gracias a ella descubrimos que es posible aproximarse al comportamiento de millones de personas mediante una pequeña muestra.
En las elecciones de 2022 había 39 millones de personas habilitadas para votar, según la Registraduría. Nuestra mente no está diseñada para imaginar algo tan grande. Entendemos el mundo mediante grupos pequeños: el equipo de microfútbol, la oficina, el círculo de amigos. Allí distinguimos fácilmente diferencias visibles: el alto y el bajito, el barrigón y el flaco, el calvo y el mechudo. Pero cuando intentamos imaginar la diversidad de decenas de millones de personas, el cerebro recurre a atajos mentales: prejuicios, intuiciones, experiencias personales (“todo el que conozco votará por fulano”).
Si además nos dicen que basta entrevistar a mil doscientas personas para aproximarse a la opinión política de más de treinta millones, sentimos que nos piden un acto de fe. Pero las estadísticas no son un acto de fe.
Cómo una muestra puede representar a millones
Las matemáticas constituyen quizá el invento —o el descubrimiento— más asombroso de los seres humanos. Nuestro cerebro parece obsesionado con encontrar patrones y contar lo que nos rodea. De allí surge una regla conocida como la Ley de los Grandes Números.
Imaginemos una piscina llena de millones de bolas de ping pong: la mitad rojas y la otra mitad blancas. Si metemos la mano y sacamos apenas unas pocas, podríamos obtener casi todas rojas y concluir equivocadamente que la piscina está dominada por ese color. Pero si extrajéramos un puñado enorme —digamos mil doscientas bolas— el azar haría prácticamente imposible obtener un único color. Los excesos de un lado se compensan con los del otro.
La lógica estadística funciona de manera parecida. Si seleccionamos aleatoriamente un grupo suficientemente grande de personas, la muestra puede reflejar las características fundamentales de la población total.
La clave está en la selección. Los encuestados deben escogerse aleatoriamente y representar las principales características de todos los posibles votantes.
Si después de responder una encuesta yo recomendara entrevistar a mis amigos más cercanos, probablemente rompería la aleatoriedad: compartimos educación, ingresos, lugar de residencia y afinidades políticas. No representaríamos, por ejemplo, a los indígenas arhuacos de la cuenca del Guatapurí.
El problema no es solo matemático
Supongamos entonces que la empresa encuestadora diseña correctamente su muestra y logra incluir diferencias geográficas, económicas, sociales y generacionales.
Aun así queda el problema práctico: cómo encontrar a esas personas.
Si las encuestas se hacen por teléfono, en la calle o en los hogares, aparecen riesgos distintos. Por eso existen preguntas de control, criterios operativos y mecanismos para enfrentar la no respuesta. Lo importante no es que nadie rechace participar, sino que quienes sí responden mantengan la representatividad estadística de la muestra.
A esta altura, nuestros Sísifos han conseguido completar el trabajo de campo. Tienen una base de datos imperfecta, inevitablemente distinta del diseño ideal concebido en el escritorio. Tal vez en una región faltaron entrevistas o algún grupo quedó sobrerrepresentado. También para eso existen correctivos estadísticos: ajustes posteriores que buscan reproducir de manera razonable la composición real del electorado.
Sin embargo, el público observa con desconfianza: “¿solo mil encuestados?”, “¿encuestas casa por casa?”, “¿solo entrevistaron adultos mayores?”, “¿le metieron mano a la muestra?”, “esa empresa trabaja para tal candidato”. La piedra vuelve a caer cuesta abajo. Y el descrédito no afecta solo a las firmas menos rigurosas: termina alcanzando a casi todas.
El mito contra la estadística
El escritor francés J.M.G. Le Clézio, obsesionado con la conquista española de los mexicas, ofrece una imagen inquietante que ayuda a entender este fenómeno. Explica cómo los mexicas concebían el tiempo como algo cíclico y cómo interpretaban los grandes acontecimientos como designios divinos. Según su mitología, Quetzalcóatl regresaría algún día desde el oriente, por el mar.
Por eso, cuando vieron las carabelas, las armaduras brillantes y los rostros barbados de los conquistadores, no interpretaron la escena como una invasión extranjera que buscaba tierra y recursos. La entendieron como el regreso de su dios. Intentaron comprender la realidad mediante el mito y no mediante la observación de los hechos. Le Clézio llamó a ese desacople entre la realidad y los marcos mentales “el pensamiento interrumpido”.

Creencias, prejuicios y política
Las encuestas electorales producen hoy una reacción parecida. Los ciudadanos no interpretan sus resultados como lo haría un estadístico o un encuestador profesional. Los leen a través de creencias, temores, prejuicios, simpatías políticas y deseos personales. Un instrumento construido mediante reglas matemáticas rigurosas termina siendo recibido como propaganda, amenaza o confirmación emocional.
Al igual que los mexicas frente a las carabelas, el público contemporáneo suele preferir el mito antes que la mecánica. En ese desacople entre técnica y pasión política, la pesada piedra de la estadística vuelve a rodar hacia el valle de la desconfianza.
Pero quizá allí reside también la tentación irresistible del oficio: creer que se puede anticipar el comportamiento colectivo, influir en la elección de un presidente y jugar, por un instante, a predecir el futuro.
Le recomendamos: La Política exterior de los candidatos: pragmatismo e ideologización
Acerca del autor

Ricardo Valencia Ramirez
*Cofundador y CEO de Algebra Labs. @algebra_labs
3 comentarios



Muy interesante, una muy didáctica explicación de cómo funcionan las encuestas
Excelente análisis y para mí aplica también el proverbio que dice: nada es verdad, todo es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira.
Totalmente de acuerdo.
No creo en las encuestas .
Votare por quien considero es la mejor formula .