El pasado reciente está en Ralito, no en El Caguán - Razón Pública
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El pasado reciente está en Ralito, no en El Caguán

Escrito por Juan Carlos Garzón
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juan_carlos_garzon_razonpublicaEntre los errores que no deben repetirse el primero es exigir el cese prematuro de las hostilidades. La experiencia recomienda avanzar en otras acciones verificables, que mejoren la vida cotidiana en las regiones afectadas por el conflicto.

Juan Carlos Garzón*

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El famoso episodio de la silla vacía sigue grabado en el imaginario colectivo:
una imagen poderosa y traumática, que justamente invita a no repetir los errores del
pasado.
Foto: mikesbogotablog.blogspot.com

Espejo retrovisor

“Vamos a aprender de los errores del pasado, para no repetirlos”. Este fue el primer principio rector que adoptó el gobierno en el proceso de acercamientos con las FARC, para buscar el fin del conflicto armado.

Colombia tiene un largo historial de intentos de diálogo y negociación con esta guerrilla: muchas lecciones y también muchos fantasmas. El famoso episodio de la silla vacía sigue grabado en el imaginario colectivo: una imagen poderosa y traumática, que justamente invita a no repetir los errores del pasado.

Esta imagen contrasta con la percepción sobre el proceso con las autodefensas, desconocido frecuentemente como un proceso de paz, reprochado como vía para la búsqueda de la justicia y la verdad, y catalogado como un mecanismo para garantizar impunidad a narcotraficantes.

Los lunares de este proceso opacan cualquier intento de reflexión sobre lo que puede aportar esta experiencia a esfuerzos futuros – y cercanos – para acabar la confrontación armada. Paradójicamente, el Marco Jurídico para la Paz recientemente aprobado surgió en buena medida de los ensayos, aciertos y errores del proceso con los paramilitares.

Parafraseando a Marx, se diría que este gobierno busca hacer su propia historia… aunque bajo circunstancias influidas por el pasado. Y el pasado reciente está en Ralito, no en el Caguán.

Las agendas

La lista inicial de los objetivos que serían incluidos en la nueva agenda de negociaciones con las FARC no es muy distinta de la de Ralito —guardando las debidas precauciones en cuanto a diferencias, motivaciones y proporciones—: la desmovilización, el cese de hostilidades, la entrega de armas y los pedidos de extradición que pesan sobre los principales líderes de las FARC a quienes Estados Unidos acusa de narcotráfico.

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Paradójicamente, el Marco Jurídico para la
Paz recientemente aprobado surgió en buena
medida de los ensayos, aciertos y errores
del proceso con los paramilitares.
Foto: cambio.com.co

Cosa distinta será la agenda política, que según un comunicado de la FARC de febrero de 2012, tendrá como punto de partida el acuerdo con el gobierno Pastrana, donde se incluyeron temas “fundamentales” para el país. En contraste con lo que sucedió con las autodefensas, este proceso probablemente incluirá acuerdos sobre reformas y mecanismos de participación política.

El proceso con las autodefensas confirmó que las zonas de despeje y las agendas difusas y sin tiempos definidos —así como el “diálogo” como pretexto para prolongar la confrontación y proseguir las actividades criminales— son combustible para el conflicto que de hecho aleja las posibilidades de la paz. Hace bien el gobierno actual en aprender de estos errores.

 El cese de hostilidades

¿Qué otras cosas podemos aprender de Ralito? Por ahora detengámonos en un tema clave, que tendrá que ser una de las primeras decisiones de las partes: cesar o no cesar el fuego y las hostilidades.

Aunque el cese funcionó muy distinto en las zonas donde los grupos paramilitares estaban consolidados y en aquellas otras donde se encontraban en fase de expansión o en medio de disputas, la experiencia de Ralito demostró que este cese –con todo y los incumplimientos e irregularidades– contribuyó a reducir efectivamente los niveles de violencia en varias regiones.

Hay que recordar que el cese fue unilateral, de modo que de la Fuerza Pública continuó su ofensiva, concentrándose en algunos bloques que se resistían a hacer parte del proceso. En estas circunstancias, la confrontación armada prosiguió e incluso se acentuó en diferentes departamentos, donde la violencia se recrudeció.

El no acatamiento del cese a las hostilidades por parte de algunos bloques llegó a poner en juego la continuidad de la mesa de diálogo, la cual fue recompuesta a marchas forzadas y bajo la premisa de que el costo de romper el proceso sería mayor que el de seguirlo sin sancionar el incumplimiento de lo ya acordado. Esta situación fue desgastando el proceso y restándole credibilidad. La única manera de mantenerlo fue el anuncio de la desmovilización de las tropas por parte de lo comandantes paramilitares.

El mecanismo de verificación internacional (la Misión de Apoyo al Proceso de Paz en Colombia enviada por la OEA, MAPP-OEA) tuvo enormes dificultades, debido a la indefinición del conjunto de actos no permitidos, a la falta de información sobre el despliegue de las unidades paramilitares, a la dificultad de acceso a algunas zonas del país y al número limitado de funcionarios al servicio de la Misión.

En repetidas ocasiones, las ONG señalaron la violación del cese por parte de las autodefensas, acumulando casos que en su mayoría tenían como víctimas a personas anónimas y como responsables a “actores armados” no identificados.

El proceso con los paramilitares deja una valiosa lección para el proceso que está a punto de formalizarse: el cese es difícil de verificar, es fácil de sabotear y — en lugar de construir confianza — puede poner en entredicho la continuidad de las conversaciones.

Si bien la guerrilla tiene mayores niveles de cohesión y de disciplina, la deserción y la separación de facciones disidentes son siempre previsibles en este tipo de procesos. En un entorno de notable influencia del narcotráfico y de acuerdos con otras organizaciones criminales, hay incentivos fuertes para tomar la decisión de ignorar lo pactado por los líderes guerrilleros.

En el proceso con las autodefensas, la comandancia no hizo que los mandos medios y la tropa acataran el cese, lo cual pudo deberse tanto a falta de voluntad como a las dificultades logísticas propias de dirigir la tropa virtualmente. En cuanto a las FARC, la posibilidad de fraccionamiento surge como un interrogante y crea incertidumbres sobre la posibilidad de un proceso de diálogo con este grupo insurgente.

A diferencia de lo ocurrido en Ralito, donde el proceso desde un principio tuvo poca credibilidad y aceptación, en este caso ya se han creado expectativas elevadas que implican una gran presión sobre las partes, añadidas al agotamiento objetivo de la acción armada como medio para poner fin al conflicto.

Las esperanzas y los apoyos se pueden convertir fácilmente en decepciones y rechazos, ante el menor gesto que se interprete como falta de voluntad para reducir la violencia. Bajo estas condiciones, la declaración del cese unilateral o bilateral — de no ser bien manejada —podría hacer que el proceso fracasara de manera prematura. En el pasado, las fuerzas opuestas a la paz demostraron su capacidad de sabotear efectivamente este tipo de procesos.

Como señala la Escuela de Paz de la Universidad de Barcelona, hay que desmitificar el cese como la principal medida para propiciar un proceso de negociación: es mejor no apostarle a un alto al fuego mientras no estén dadas las garantías necesarias para su cumplimiento y verificación [1]. De otra manera el resultado puede reactivar la confrontación y originar nuevos espirales de violencia, además de crear un ambiente adverso que cierre toda posibilidad de resolución pacífica del conflicto.

Acciones concretas, apoyo asegurado

Hay otras acciones que pueden ayudar a crear confianza entre las partes y a dar legitimidad al proceso, como la entrega de niños reclutados como combatientes, el desminado en zona de presencia guerrillera o el cese del secuestro. Este conjunto de acciones son verificables y plausibles.

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En contraste con lo que sucedió con las
autodefensas, este proceso probablemente
incluirá acuerdos sobre reformas y
mecanismos de participación política.
Foto: es.wikipedia.org

Con cese o no, lo cierto es que la población requiere de hechos y mensajes concretos que muestren los beneficios del diálogo. Se trata de dar la legitimidad necesaria al proceso y de ambientar la transición de los grupos guerrilleros a la vida civil. Los paramilitares fueron incapaces de hacerlo.

Esperemos que la guerrilla entienda que si bien la paz se negociará en Oslo o en Cuba, se irá materializando con cambio positivos en la vida cotidiana de las poblaciones que sufren la violencia. Si la insurgencia apuesta a una escalada que fortalezca su posición en la mesa, entonces estaremos más cerca del final del Caguán y al principio de Ralito… dos procesos con finales bien conocidos.

* Se desempeñó como Coordinador de la Unidad de Análisis de la Misión de Apoyo al Proceso de Paz de la OEA (MAPP-OEA) en la etapa de desmovilización de los grupos paramilitates. Actualmente hace parte del equipo del Informe de Desarrollo Humano para América Latina del PNUD y participa en el Informe sobre la Política contra las Drogas de la OEA. Vive en Washington DC y cursa el M.A en Latin American Studies enGeorgetown University. Es autor del libro "Mafia%Co" publicado en 2008 por Editorial Planeta.  

 

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