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El paro del magisterio: más allá de la coyuntura

Escrito por Francisco Cajiao
Francisco Cajiao

Francisco CajiaoUna mirada incisiva sobre el lugar que han ocupado la educación pública y los maestros en la historia de Colombia. Un texto obligatorio para entender las huelgas,  la mala calidad de la docencia y los malos resultados escolares. 

Francisco Cajiao*

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Más allá de lo inmediato

Después de diez días de cese de actividades del magisterio y de la intervención del Defensor del Pueblo, se pudo al menos reanudar las negociaciones entre la Federación Colombiana de Educadores (FECODE) y el gobierno nacional, justamente en la simbólica fecha del Día del Trabajo.

Las circunstancias particulares del paro, sus antecedentes y la forma como se ha venido dando la confrontación entre el magisterio y el gobierno son asuntos que merecen un análisis profundo. Pero en el momento de escribir esta nota no se conoce el resultado de las conversaciones: habrá que esperar a que concluya el proceso para empezar a examinar los efectos que tendría lo pactado sobre el futuro de la carrera docente, sobre las remuneraciones de los maestros y sobre los mecanismos para evaluar y avanzar en la calidad de la educación pública que se ofrece a la mayoría de los niños y los jóvenes de Colombia.

Sin embargo, más allá de la inmediatez del conflicto laboral, vale la pena hacer algunas reflexiones que ayuden a comprender una situación que los colombianos podemos ya reconocer como endémica. No es gratuito que las organizaciones del magisterio, y por ende los maestros, sean reconocidos no tanto por sus méritos o por sus aportes al conocimiento, como por su tendencia a protestar, a ocupar las calles y a declarar ceses de actividades.

El intelectual y político colombiano José María Samper.
El intelectual y político colombiano José María Samper.
Foto: Wikimedia Commons

El porqué de las huelgas

La situación de hoy se remonta por lo menos a la década de 1970, cuando por medio de movilizaciones y huelgas los maestros consiguieron la expedición del primer Estatuto Docente. A partir de esta gran conquista laboral y de un proceso creciente de organización sindical, la huelga pasó a ser la herramienta más eficaz – si no en la única herramienta efectiva- para negociar con un Estado históricamente apático frente a la educación y los educadores.

Desde el origen mismo de la nación colombiana, las mayorías fueron excluidas a través de la ignorancia.

En estas condiciones -y a lo largo de más de medio siglo- se fue pues configurando y confirmando la idea de que las clases dirigentes de Colombia eran ajenas al estado de la educación pública, salvo cuando los docentes acudían a las protestas masivas, ruidosas y en ocasiones, violentas, para lograr reformas educativas y mejorar sus condiciones laborales.

El pecado original

Desde el origen mismo de la nación colombiana, las mayorías fueron excluidas a través de la ignorancia. A partir de la época de la Conquista,  el conocimiento y la capacidad de comprender la realidad social quedaron reducidos a unas castas de privilegiados que concentraron la propiedad de la tierra, el poder político y el aparato de la cultura.

Y por su parte los criollos granadinos que impulsaron la Independencia hicieron gala de una miopía extraordinaria, concentrados como estaban en el centro del país, ajenos a los acontecimientos del mundo y refractarios a las ideas liberales de las revoluciones de Europa y de Norteamérica.

Ya en el siglo XIX don José María Samper había descrito como “La enseñanza pública correspondió exactamente á las desigualdades del régimen colonial y determinó con más energía las diferencias de las clases sociales. (…) En cuanto a las multitudes — criollos plebeyos, mestizos, etc….— las escuelas fueron escasísimas, mal dotadas y peor servidas, y reducidas a la enseñanza de la doctrina cristiana, los silabeos gangosos, insustanciales y recitados de memoria, y el arte de hacer jeroglíficos de estilo pastrano”.

Esta exclusión educativa explica en mucho la notable lentitud y la actual insuficiencia del proceso de construcción de una cultura democrática ilustrada en Colombia. Apenas un puñado de criollos acomodados logró acceder al conocimiento de su época, recurriendo al contrabando de unos libros cuya lectura estaba prohibida y fue por tanto un monopolio de los  pequeños grupos que se hicieron con el poder.

Y una vez en el poder, estos criollos ilustrados – no en vano suele hablarse de nuestros presidentes “gramáticos”- mantuvieron en la ignorancia a las masas populares para consolidar y prolongar su dominación propiamente “estamentaria” (no hace mucho en Razón Publica y a propósito de la crisis en el Cauca, Elías Sevilla se ocupó de explicar este concepto).

La mala educación pública

Sin obstar los esfuerzos por establecer y extender la educación pública ya a partir de los gobiernos del general Santander (1819-1837), Colombia nunca dio un paso serio para asegurar que la educación de los más pobres tuviese la calidad necesaria para sustentar una democracia verdadera, tanto en la esfera política como en la económica y en la cultural.

Durante el siglo XX la educación colombiana siguió estando retrasada respecto del continente y del mundo. Así lo muestra el estudio de María Teresa Ramírez y Juana Patricia Téllez: “Las transformaciones educativas en Colombia sólo empezaron a ocurrir en la década de los cincuenta, cuando se presentó (sic) un rápido y sostenido crecimiento económico y un cambio significativo en la estructura económica y demográfica del país. (…) La expansión educativa de estos años se dio en paralelo con la de otros países latinoamericanos y los indicadores colombianos siguieron siendo bajos al compararlos con estos países. La expansión de los indicadores educativos se frenó desde mediados de los setenta y hasta principios de los ochenta, cuando se dio una nueva expansión en los mismos que se mantuvo hasta finales de siglo”.

Estos textos ayudan a entender que el problema de la educación colombiana, manifiesto en los choques periódicos entre los maestros y el establecimiento, tiene raíces  profundas en una forma de organización social que desde su origen fue diseñada para perpetuar los privilegios del reducido grupo de poder.

Este interés excluyente de quienes fundaron la República se plasmó en un sistema de educación privada capaz de reproducir el capital cultural (como argumenta J.J. Brunner en su ensayo “Lenguaje del hogar, capital cultural y escuela”), mientras el Estado se hacía cargo de una educación pública mediocre y en efecto reproductora de las desigualdades.

Maestros mal educados

En semejante contexto  se comprende por qué los maestros de las escuelas públicas no fueron reclutados entre los estratos más ilustrados, y por qué la formación de los docentes se limitaba a capacitarlos para enseñar las primeras letras.

Ya avanzado el siglo XX comenzó a multiplicarse la oferta de educación superior y, con ella, la búsqueda del reconocimiento profesional por parte de los educadores. Esto explica, al menos en parte, el rezago salarial de los profesores con relación a otras profesiones más reconocidas y valoradas.

De otro lado, los resultados de aprendizaje entre los niños y jóvenes que asisten a la educación pública siguen siendo mediocres, lo cual confirma que la formación profesional de los docentes sigue siendo deficiente y que el sistema sigue reproduciendo la desigualdad y negando las oportunidades para los pobres, como si para ellos existiera una perversa mano invisible.

Otra forma de avanzar

La estrategia de confrontación que utiliza el magisterio no ha servido para lograr transformaciones profundas en el sistema educativo colombiano.

Verdad que los maestros han logrado victorias salariales importante, que han mantenido o ampliado sus derechos a la sindicalización, que se ha avanzado en su profesionalización, y que muchos han obtenido altos niveles de calificación académica.

Pero no han mejorado la calidad ni la valoración social de las escuelas y colegios públicos. Por ejemplo en Bogotá, el sistema oficial ha perdido cerca de doscientos mil estudiantes en los últimos seis años, en tanto que la matrícula privada  aumentó en más de cien mil. Si pudieran elegir, muchísimas más familias optarían por enviar a sus hijos a colegios privados – y esto incluye a las familias de muchos líderes del magisterio-.

Más allá de las apreciaciones subjetivas, los resultados de las pruebas Saber 11 confirman a las claras el retraso de quienes se educan en planteles oficiales: los niños y los jóvenes de extracción popular – las mayorías de Colombia – siguen teniendo cerradas las puertas para el trabajo bien remunerado, el ascenso social o el liderazgo en las distintas esferas de la vida nacional.

La estrategia de confrontación que utiliza el magisterio no ha servido para lograr transformaciones profundas en el sistema educativo colombiano.

En el momento de apostarle a construir una paz duradera, a reducir la inequidad y a consolidar la democracia, sería preciso encontrar una forma alternativa de relación entre  el Estado y el magisterio: los problemas de la educación no se pueden reducir ni resolver a través de los pliegos de peticiones. Estos pliegos se limitan a las condiciones laborales de los docentes. Pero la organización del sistema, la calidad y la financiación dependen de políticas públicas n cuyo diseño los educadores deberían ser invitados permanentes.

No basta con pedir  cambios genéricos o retóricos: hay que aportar al debate intelectual y político con propuestas sometidas al escrutinio  público.

Insistir en la vía de la confrontación es ayudar a mantener la desigualdad educativa y social y a cubrir con el discurso la perpetuación de la pobreza y la eternización de los grupos de poder.

* Filósofo, magister en Economía. Consultor en educación, ex Secretario de Educación de Bogotá y columnista de El Tiempo.

 

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