El odio a la cultura - Razón Pública
Foto: Bienvenida a la Paz - Manifestación frente a la Catedral Metropolitana. Santiago de Cali (Gustavo Gómez, 1948)

El odio a la cultura

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La cultura no es un espacio neutral: en ella chocan relatos, identidades e intereses políticos. A partir de las controversias que atraviesan los museos y las instituciones culturales, este artículo reivindica el disenso como condición indispensable para comprender y transformar la sociedad.

Cuando invité a Jacques Ranciére a Colombia (2012), el país y el continente atravesaban una serie de acontecimientos que nos hacían confiar en el futuro. Desde los cuadrados rojos de Canadá hasta el movimiento estudiantil de los “cabros” chilenos, pasando por la reconfiguración de los movimientos universitarios. El Socialismo del siglo XXI, planteado por Heinz Dieterich y liderado por Hugo Chávez en Latinoamérica, parecía abrir un nuevo terreno en el que la cultura lideraría una vanguardia política y, al fin, se alejaría de esos fantasmas que habían rondado todo el siglo XX y agudizado los conflictos. El Estado colombiano se preparaba para firmar un acuerdo de paz con la insurgencia. En aquel momento le pregunté a Ranciére sobre su visión de los diálogos de paz y su respuesta fue contundente: “La paz sin un escenario para el disenso es imposible”. Esto parecía contradictorio: cuando se desea un acuerdo, siempre se busca el consenso. Pero para quienes conocemos las tesis de Ranciére, sabemos que su crítica al consenso es la esencia misma de la emancipación. De hecho, en una democracia, nos dice el filósofo argelino, no hay nada más contraproducente que el consenso (El odio a la democracia, 2005). Es decir, que, para lo que nos ocupa en este artículo, el disenso se extiende al ámbito de la cultura, que para nada puede ser consensual. Esto tiene fuertes vínculos con lo que yo he llamado tensiones y contradicciones culturales en Colombia¹.

La cultura como terreno de disputa

En materia política, la cultura nos permite observar las tensiones y contradicciones sociales y, si se las ve en perspectiva histórica, nos brinda herramientas para comprenderlas y hacer posible un futuro menos caótico. Recientemente, en una rueda de prensa durante el Festival Internacional de Cine de Morelia en México, Guillermo del Toro decía con lágrimas en los ojos: “Yo nunca pensé que todo lo que se había ganado (…), se iba volver a perder”. Esta frase, que surge de un diagnóstico de esta época atravesada por el conflicto bélico (Ucrania-OTAN-USA / Rusia, Irán-Palestina-Líbano / Israel, USA, Europa) y matizada por las protestas de jóvenes antineoliberales frente a gobiernos tecnócratas y de ultraderecha, refleja el malestar de la cultura ya enunciado por Sigmund Freud, quien hace casi un siglo nos alertaba sobre la preponderancia del Tanathos (muerte) sobre el Ethos (vida). 

En esta tensión, la cultura se convierte en un terreno de disputa de lo sensible, inundando de afinidades y divergencias. La presencia de lo woke (despertar), que emana de las reivindicaciones de los negros americanos en la década de los ochenta del siglo pasado, se filtra en los partidos y agendas de izquierda, dejando de lado la lucha de clases por la lucha por los derechos de las mal llamadas minorías, donde lo sexual y lo étnico son el pretexto de la “lucha cultural”. Esto dista poco de la Revolución Cultural maoísta, pero los progresistas la presentan como una revolución. Un ejemplo de ello es el apoyo incondicional de la población LGTBIQ+ a la campaña de Lula en Brasil. Paradójicamente, esta apuesta de apertura más allá de lo tradicionalmente social marcado por el género en vez del capital, ha llevado en buena parte al fracaso del progresismo en la región y quizá en el mundo. El apogeo de gobiernos ultraderechistas, que se erigen en una guerra sin cuartel contra el wokismo buscando restablecer un cierto “orden” dentro de los valores conservadores, es muestra de esto que estamos viviendo actualmente y que puede llevar, en el caso brasilero, a la derrota del progresismo, tal como aconteció en Estados Unidos, Italia, Chile, Argentina, Colombia y podrá suceder en México, España y Francia, entre otros. Pues los candidatos progresistas, en su mayoría, siguen dejando de lado lo económico para hablar de género, por ejemplo. Si Lula gana las elecciones sería un respiro para el progresismo que se disputa el liderazgo en el continente frente al predominio de iglesias protestantes y cristianas de corte anglosajón que bien se han diseminado en Brasil.

Lo evidente es que hoy vemos la cultura como un terreno de disputa entre lo político, lo social y lo económico. El ejemplo más reciente de este malestar cultural en Colombia lo acabamos de vivir con el Museo Nacional. Una institución que data de la creación de nuestra República y se fundó en 1823 emulando la visión napoleónica. En la época de la Regeneración, con Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro (1884) a la cabeza, el Museo adquirió esa connotación de lo nacional que se estaba gestando, en paralelo al Banco de la República, la unificación de la moneda nacional, el Himno nacional, etc. El sentimiento nacional enarbolado por el actual gobierno parece un regreso al pasado. Pero esto sería lo más simple como análisis, y no vamos a caer en el grave error de ver la coyuntura como un fenómeno aislado. El Museo Nacional está sin dirección desde la administración pasada: el primer director fue removido de su cargo por no llevar a cabo el proyecto del Museo Negro y otros asuntos que aquí no nombraremos y la segunda murió tras una penosa enfermedad. El museo sin timonel no es un hecho anodino. Y el desmonte de unas imágenes de una exposición generó enfado en una buena parte del sector cultural y en otro no. ¿Cuáles fueron esas imágenes? Sin detenernos en ello, pues mucho se ha hablado al respecto, la mayoría aludía a cuestiones de género y otras a líderes políticos de izquierda asesinados en períodos de violencia electoral como Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro. Lo paradójico de esto es que quien acata la orden del presidente y de la ministra de Cultura es alguien que hace parte de la dirección de museos (Santa Clara y Colonial) y nombrada directora provisional, y quien conocía, sin lugar a dudas, el impacto que podría tener el desmonte de esta exposición. 

Ahora bien, una exposición se monta y se desmonta y, así sea permanente, se reacomoda y se ajusta. Pero esto no es el asunto de fondo. Lo que no se puede desajustar o desmontar son las políticas culturales, y en este aspecto el país está muy, muy atrasado. Dicho de otra manera, esto no hubiese sucedido en nuestro país si existieran políticas culturales sólidas, sin importar quién sea el gobernante de turno. Un juez, gracias a una denuncia ciudadana, intervino en el asunto y ordenó montar de nuevo la exposición, lo que demuestra y ratifica que, en efecto, la cultura es un terreno de conflicto y disputa. 

Más allá de saber quién detenta la verdad sobre los relatos culturales, es urgente comprender que, en materia cultural, y más en una nación tan compleja como la nuestra, la cultura no es algo homogéneo, monolítico y mucho menos algo libre de tensiones, contradicciones: en suma, es un terreno de disputa y disenso.

Foto: La cultura como campo en disputa.

Hacia un museo de la cultura². 

Cuando fui director del Museo de Arte de la Universidad Nacional (2008-2011), pude constatar que no hay nada más anticultural que un museo. En nuestro país, los museos se han convertido en una herencia incómoda que pone de manifiesto a una élite que aún cree que la cultura es un bien suntuario que pertenece a una cierta burguesía o a una casta que siempre ha soñado con ser aristócrata. Y esto, a mi juicio, es un problema real. Herencias incómodas que forman parte de una arquitectura del poder político, lo que convierte las instituciones en lugares donde la cultura no es la esencia de la transformación social y mucho menos la vanguardia política. Por el contrario, dichas instituciones son un síntoma del malestar y la decadencia y la cultura. Convertidas en lugares de culto, como las iglesias, donde los visitantes van casi en silencio, terminan opacando la cultura auténtica, que no necesariamente está en un museo, y mucho menos bajo la administración de un funcionario de turno, sea de izquierda, de derecha o de centro. 

La fuerza cultural se encuentra en los territorios, fuera de las arquitecturas del poder estatal, fuera de la administración burocrática y de los grupos de poder que, de una u otra forma, independientemente del gobierno de turno, siempre se han autoerigido como garantes de una cierta cultura y se acomodan al poder para no perder sus privilegios de clase.

El museo de la cultura es aún una utopía y sería el garante de una apertura donde la redistribución de lo sensible (Ranciére) daría en cuenta al fin de la compleja realidad social que hace urgente la emergencia de lo intercultural, dejando de lado lo multicultural, que ha pervertido por completo lo esencial de la cultura y creado guetos y trincheras ideológicas. De manera que lo feo y lo bello, lo bueno y lo malo, lo popular y lo “culto” no son más que categorías obsoletas que nos impiden ver de frente el horizonte que nos permite ver el museo de la cultura, que en realidad sería un antimuseo. Un ejemplo del museo de la cultura es el Museo In situ Mnemosine del Britania-Kennedy, creado por el líder social y activista Antonio Castañeda Saldaña. Ese museo, a mi juicio, tiene un gran valor frente a otros que se convierten en lugares de invisibilización de la cultura y de exaltación de la burocracia de una casta cultural.

El odio a la cultura

El odio a la cultura es una constante. Y quienes más odian la cultura son aquellos que, sin ruborizarse, afirman defenderla. La muestra de ello es el desprecio que enarbolan ciertas figuras y su desconocimiento permanente de la riqueza cultural que, paradójicamente, reside allí donde el conflicto aún vive. El odio a la cultura se hace evidente por aquellos que también odian la democracia³ (Ranciére) y no aceptan que la cultura subalterna sea la punta de lanza de la transformación social y política. 

Recordemos la alusión de Jacques Ranciére realizada justo en el auditorio del Museo Nacional en octubre del 2012, sobre el asunto de la emancipación y cuya traducción en simultaneo aseguré para evitar malinterpretaciones: su ejemplo de cómo la vanguardia rusa fue silenciada por el Realismo Socialista. El hombre de la cámara (1929) de Vertov es el ejemplo de lo que podía hacer la vanguardia en esos albores revolucionarios y que luego fue suprimido o silenciado. Y hoy en otra orilla, se hace lo mismo en este gobierno en Colombia pero porque se les ha facilitado la tarea. La pregunta que surge es ¿Por qué los tiranos odian la cultura?

En este ambiente enrarecido y de relativismo político posmoderno, las falsas reivindicaciones que han desmoronado los objetivos sociales modernos han permitido la emergencia de posturas de ultraderecha que, nos gusten o no, también tienen su idea de cultura. Y es aquí donde el asunto se vuelve complejo y debemos entender que los odiadores de la democracia son, en esencia, odiadores de la cultura.

Le recomendamos: ¡No es wokismo, es la Constitución de 1991!

¹Tensiones y contradicciones culturales en Colombia (1850-1950), investigación en desarrollo en la Universidad Nacional de Colombia.
²Arcos-Palma, Ricardo. Tensiones entre lo público y privado. Hacia un museo de la cultura. Revista Calle 14, Universidad Distrital Fracisco José de Caldas. Volumen 7, número 9. 2012.
³Ranciére Jacques. El odio a la democracia. 2005.
 Ranciere Jacques. ¿Ha pasado el tiempo de la emancipación? Revista Calle 14, Universidad Distrital. Bogotá. https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/c14/article/view/7614

Acerca del autor

Ricardo Arcos-Palma
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*Doctor en Artes y Ciencias del Arte de la Universidad de Paris 1, docente investigador de la Escuela de Artes Plásticas, Facultad de Artes de la Universidad Nacional, miembro de AICA internacional.

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*Doctor en Artes y Ciencias del Arte de la Universidad de Paris 1, docente investigador de la Escuela de Artes Plásticas, Facultad de Artes de la Universidad Nacional, miembro de AICA internacional.

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