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El malestar que hizo estallar a Chile

Escrito por Pedro Güell
La desconfianza de los chilenos hacia sus instituciones agrava la situación.

Pedro Guell¿A qué se deben las protestas masivas, la violencia inédita y el malestar social en un país que supuestamente era modelo de éxito en desarrollo y democracia en Latinoamérica?

Pedro Güell*

La sorpresa chilena

Hay un acuerdo tácito sobre el estallido social que ha vivido Chile en las últimas semanas: hay causas más profundas y antiguas que el aumento de la tarifa del metro. Ese fue el detonante de la protesta, pero su fuerza y sus demandas no se explican por eventos recientes, sino por causas subyacentes de más largo plazo.

Sin embargo, los bandos ideológicos discrepan sobre cuáles serían esas razones subyacentes de las protestas:

  • Para la derecha se trata de una explosión de delincuencia basada en las pulsiones incontenidas de las nuevas generaciones, alimentada por el espíritu revanchista de una izquierda que perdió las últimas elecciones presidenciales.
  • Para el sector progresista —desde donde hablo— es más bien un malestar de vieja data que surge de los efectos sociales y subjetivos de un modelo de desarrollo basado en la privatización de la vida y en la concentración de los bienes.

De ahí la frase que los manifestantes repiten en la calle: “no es por 30 pesos” —el valor del aumento del pasaje— “es por 30 años” —el tiempo transcurrido desde el regreso a la democracia y durante el cual se ha profundizado ese modelo—.

Chile, All Ways Surprising”, rezaba el slogan con el cual el país buscaba proyectar una identidad mundial a mediados de los 2000. Era la imagen de lo inesperadamente bello y positivo: la naturaleza, la amabilidad de la gente. También era inesperado que un país pobre en un continente en permanente convulsión estuviera a las puertas del desarrollo y exhibiera una democracia estable y legitimada.

Ahora estamos todos genuinamente sorprendidos. Los de afuera, porque no entienden cómo este modelo de prosperidad y estabilidad institucional se transformó en horas en la imagen opuesta a la de una modernidad civilizada. Los de adentro, porque nos preguntamos: ¿cómo no lo vimos venir si lo teníamos bajo los pies?

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¿Qué pasó?

Todo empezó el pasado viernes 18 de octubre, cuando estudiantes de la secundaria llamaron a saltarse los controles y a evadir el pago del metro como protesta por el alza del pasaje. Ante esto, el gobierno de Sebastián Piñera tuvo la mala idea de cerrar el metro, obligando a millones de santiaguinos a caminar durante horas hasta sus hogares.

Los transeúntes desorganizados transformaron su rabia en el más importante desafío a las instituciones desde el retorno a la democracia en 1990. Un estallido masivo, con inédita violencia, con contenidos difusos, y sin liderazgos, pero con un par de pancartas repetidas: “Chile despertó”, “Basta de abusos”.

Entonces comenzaron los incendios de estaciones y los saqueos al comercio. A estas alturas, el metro había dejado de ser el tema, dando paso a una expresión de rechazo generalizado hacia todo lo que oliera a élite, empresa o institución. Gracias al pésimo manejo de parte del gobierno, al poco andar ya había una batalla campal en Santiago y en dos días tenía carácter nacional.

El gobierno decretó el Estado de Excepción y sacó a los militares a la calle.

Temiendo la expansión del conflicto, el gobierno decretó el Estado de Excepción y sacó a los militares a la calle. Con esto, el asunto adquirió magnitud histórica: el último en hacerlo había sido Pinochet.

Piñera estableció el toque de queda en varias regiones y declaró al país en guerra frente a un enemigo poderoso. Pero contrariamente a lo que se creía sobre el temor de los chilenos a la autoridad, la gente no tuvo miedo y aumentaron las protestas y los actos de saqueo.

Un cierto punto de inflexión ocurrió el martes 22, cuando Piñera invitó a la oposición a conversar para buscar una salida y luego anunció un paquete de medidas económicas destinadas a aliviar a los más pobres, con cargo al fisco y a un costo de 1.200 millones de dólares.

Buscándolo o no, el gobierno facilitó la configuración de un movimiento social más tradicional. Desde ese entonces, las protestas pacíficas han aumentado en número de participantes, y en su expansión por el territorio. Las demandas se hacen más precisas, al tiempo que las acciones violentas disminuyen y la vida cotidiana se normaliza lentamente.

¿Por qué se desataron las protestas en Chile?

Foto: Twitter: Félix de Bedout
¿Por qué se desataron las protestas en Chile?

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Las causas

Hoy muchos reconocen sorprendidos que en Chile existía desde hace mucho un malestar como consecuencia de su modelo de modernización. Son los mismos que lo negaron durante mucho tiempo, aunque había sido profusamente diagnosticado y divulgado por las ciencias sociales.

Gracias a esas investigaciones sabemos con abundante fundamento que se trata de un malestar difuso, carente de expresión y conducción política, pero que se ha manifestado recurrentemente y de manera más bien catártica en protestas, en las elecciones, en el trato cotidiano y en las redes sociales.

Ese malestar remite a cuatro experiencias en la vida social de Chile; experiencias del mundo pobre y, especialmente, de la amplia y heterogénea capa de la nueva clase media que hace equilibrios entre la pobreza y el bienestar:

  1. La primera es la desigualdad. Chile es un país muy desigual, más que otros con los mismos indicadores de desarrollo. Pero no se trata solo de un problema de distribución del ingreso, también de otros bienes como el espacio urbano, la recreación, el deporte, el respeto, la dignidad y la seguridad. Las personas sienten que le dan más a la sociedad que lo que reciben de ella.
  2. La segunda es la experiencia de unas élites distantes, abusivas e impunes. Partiendo por los representantes políticos, siguiendo por los empresarios, la iglesia y los militares, la desconfianza de los chilenos en sus élites es muy alta y no se les permite el rol de la representación.
  3. La tercera experiencia es la de instituciones que se perciben como ineficaces, clasistas y centradas en su rentabilidad económica antes que en necesidades sociales como la salud, la educación, la previsión, la gestión urbana, la seguridad ciudadana y la cultura.
  4. La cuarta es la experiencia de abandono y agobio que provoca un sistema que privatiza la mayoría de los bienes públicos, haciendo a los individuos responsables de su adquisición, normalmente mediante estrategias insostenibles, como el endeudamiento.

En la subjetividad de las personas y en las conversaciones cotidianas estas cuatro experiencias tienden a reforzarse entre sí. De ello deriva una sensación explosiva de falta de cohesión y solidaridad social, de ilegitimidad de las autoridades, de ineficacia del orden institucional y de sobreexigencia personal.

Puede que varias de estas percepciones no se ajusten a los datos objetivos. El rendimiento de las instituciones sociales, económicas y políticas chilenas es comparativamente alto. Pero las experiencias no están hechas de datos y son ellas las que impulsan acciones y crean consecuencias reales.

Esta diferencia entre experiencia y evidencia es lo que los tecnócratas no han entendido nunca y explica su desdén hacia la realidad tal cual la viven las personas.

¿Por qué ahora?

Queda la pregunta de por qué ese malestar larvado estalló ahora y no antes. Es difícil saberlo aún, pero una lectura de las tendencias de mediano plazo puede ayudar.

Estas protestas ocurren en el contexto del gobierno del presidente Piñera, iniciado hace veinte meses. Fue elegido en medio de un festival de expectativas y promesas de que se superarían los defectos del segundo gobierno de Bachelet y de que habría mejoría económica y más seguridad pública.

En Chile existía desde hace mucho un malestar como consecuencia de su modelo de modernización.

Pero en realidad nada de eso llegó y los votantes lo reclaman como una deuda del gobierno. Como consecuencia, este tuvo que cambiar su slogan de “Tiempos Mejores” a “Chile en Marcha”, como quien dice “hay que seguir esperando”.

Al mismo tiempo, el gobierno empezó a reversar las reformas sociales emprendidas por Bachelet; reformas que apuntaban precisamente a desactivar el malestar social generando mayor justicia y seguridad social mediante reformas estructurales en el ordenamiento institucional.

El contraste entre el desprecio al gobierno anterior, lo prometido y lo logrado creó una amplia antipatía social al gobierno y reafirmó la extendida percepción de que la derecha gobierna solamente para sus intereses económicos. De esta manera, el gobierno de Piñera produjo en los últimos meses un caldo de cultivo que facilitó el estallido.

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¿Cómo se sale de esta?

Una sociedad que despierta del letargo político que provoca el neoliberalismo crea una oportunidad para el fortalecimiento de su democracia y de su bienestar social. Pero hay muchos pasos que andar entre las protestas y el logro de ese objetivo.

Lo claro es que se debe normalizar el país lo antes posible. Eso significa control del vandalismo, retorno de los militares a los cuarteles y normalización de las actividades cotidianas, como transporte, escuelas y fábricas.

Efectivamente el país ha comenzado a normalizarse, pero las manifestaciones masivas y pacíficas no ceden, pasan los días y no hay señaes de que vayan a ceder pronto. Ante las medidas sociales anunciadas por el gobierno todos señalan: van en la dirección correcta, pero son insuficientes.

La mala idea de cerrar el metro sólo hizo que escalara la situación.

Foto: Facebook: Sebastián Piñera
La mala idea de cerrar el metro sólo hizo que escalara la situación.

¿Qué es lo que falta? Ahí comienzan las discrepancias. La mayoría de los actores con voz pública demandan la instalación de un proceso participativo de reformas político-institucionales. Algunos apuntan a reiniciar la elaboración de una nueva constitución, proceso que quedó pendiente del gobierno anterior.

Pero la derecha quiere evitar una discusión sobre el modelo de desarrollo y prefiere hablar de profundización de medidas sociales dentro de ese modelo. Confía en que las protestas se agotarán solas como efecto del cansancio y de los beneficios otorgados.

Así pues, para traducir las demandas en avances se necesita dar paso a un diálogo político que tomará tiempo. Por eso es indispensable normalizar el funcionamiento del país mediante medidas de bienestar y seguridad de efecto inmediato. Luego habrá que decidir quiénes se sientan a la mesa de conversaciones y qué tan profundas son las reformas que hay que discutir.

A esta hora, la ciudadanía todavía no acepta plenamente el gesto de paz y arrepentimiento que ha enviado Piñera. Además, la escasa legitimidad de los actores políticos no hace fácil imaginar una deliberación efectiva capaz de encauzar soluciones de fondo que sean legítimas para la ciudadanía.

En cualquier caso, el panorama es aún muy cambiante. Lo que seguirá siendo cierto es que la salida debe ser política, democrática y participativa.

 

*Profesor de Sociología, Universidad Alberto Hurtado, investigador del Centro de Estudios Regionales, Universidad Austral de Chile. 

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