El juego según Julio Cortázar - Razón Pública

El juego según Julio Cortázar

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Silvia, mujer joven de pelo largo y oscuro

A cien años del nacimiento de Julio Cortázar, el eterno cronopio, podemos apreciar cómo el autor argentino jugó con la literatura como un improvisador de jazz o como un niño concentrado en sus fantasías.

Silvia Guzmán*

“Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido”

Julio Cortázar – El Perseguidor (1959)

 

Un niño jugando

Cien años han transcurrido desde el 26 de agosto de 1914, fecha de nacimiento de Julio Florencio Cortázar Descotte, el escritor, intelectual, profesor y traductor argentino (y más tarde francés) que hizo del juego su razón existencial.

Cortázar se convirtió en una fuente inagotable de inspiración para muchos y en la orgullosa piedra en el zapato para otros tantos. Con estas palabras y las que vienen a continuación, me uno a la celebración de su centenario.

Leer a Cortázar es como contemplar a los niños pequeños mientras están jugando. Sumergidos en sus historias, entran y salen del mundo de la fantasía como si estuvieran en su casa, que no es más que la realidad vista con ojos de niño.

Bautizan todo lo que los rodea (estos señores asociales y raros se van a llamar cronopios y estos menos estrictos, famas) sin perder de vista la seriedad que implica el proceso.

Cada vez que encontró oportunidad, Cortázar le recordó a su interlocutor, a su lector, que el juego es de las actividades más serias que hay. Que los triviales somos los adultos que interrumpimos a los niños con razones poco importantes como “la cena está servida”.


El autor, Julio Cortázar, en 1967.
Foto: Wikimedia Commons

El otro lado de la realidad

Una de las primeras obras que leí de Julio Cortázar fue su cuento “Continuidad de los parques”, que apareció por primera vez en su libro Final del juego (1964). Lo leímos en el colegio en la clase de español y aún hoy lo conservo pegado con un chinche detrás de la puerta de mi clóset.

Creo que ese cuento describe a la perfección lo que para Cortázar significaban la realidad y la fantasía. Un hombre que está leyendo una novela en su sillón de terciopelo verde con tal concentración y placer, que acaba transgrediendo los límites de su propia realidad, pasando a ser parte de ella, y concluye leyendo, anticipando, lo que podría ser su propia muerte.

En “Continuidad de los parques”, como en muchas otras obras suyas, se vislumbran los límites borrosos, casi inexistentes, que Cortázar encuentra entre la realidad y la fantasía.

Pese a aprobar el primer año de la carrera de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, Cortázar confesó en varias ocasiones no ser un hombre de ideas, y eso no lo preocupaba para nada. Por el contrario, siempre prefirió colar sus ocurrencias filosóficas en sus cuentos, novelas y poemas.

Si bien escribió algunas reflexiones de tipo teórico para complacer a quienes le pedían certidumbres (que siempre los hay y siempre los habrá), de ser su elección, prefería presentarlas en otros formatos menos rígidos, pero no por eso menos rigurosos.

Cortázar fue un autor que al escribir confiaba más en su intuición que en su intelecto. Tuvo un gran interés por la psicología y leyó todas las obras de Freud mientras fue profesor de colegio en Bolívar y Chivilcoy, pequeñas ciudades argentinas. Asimismo, se interesó por el trabajo de Carl Jung.

Para Cortázar, el inconsciente tenía una influencia muy importante en su obra y muchas veces sus sueños acabaron siendo el motivo de sus cuentos, como fue el caso de “Casa tomada” (1946), publicado por primera vez en Los Anales de Buenos Aires, revista fundada y dirigida por Jorge Luis Borges.

Leer a Cortázar es como contemplar a los niños pequeños mientras están jugando. Sumergidos.

El inconsciente, los sueños, el azar, todos estos elementos propios de la corriente surrealista, son abrazados por Cortázar, quien los dejó pasar abiertamente e inundar su obra. En una entrevista que dio en la Librería El Juglar en México en 1983, Cortázar afirmó:

“El Surrealismo fue una gran lección para mí. No tanto una lección literaria, sino como… yo diría una lección de tipo metafísico. El Surrealismo me mostró la posibilidad de enfrentar la llamada ‘realidad cotidiana’ no solo desde la dimensión de lo convencional, de la lógica Aristotélica, sino tratando de ver lo que se daba en los intersticios. O sea, siguiendo la famosa frase de Alfred Jarry “preocuparme no tanto por las leyes sino por las excepciones de las leyes”, que en efecto siempre son más interesantes que la ley misma. Cuando se da el caso de que una ley no se aplica a un caso determinado, eso abre un paréntesis de misterio por el cual se entrevé a veces una realidad diferente”.

Para Cortázar, su mayor recompensa como escritor era enterarse de que un lector suyo, a través de su obra, pudiera conocer ese “otro lado” de la realidad, esa grieta por la que se escapan tantas preguntas y contradicciones.


El autor, Julio Cortázar, en 1967.
Foto: Wikimedia Commons

Sus varias etapas

Nunca se la llevó bien con las clasificaciones y las etiquetas, se dedicó a estirar y a hacer moños con las definiciones del diccionario, de la sintaxis tradicional, y a jugar con las herramientas que le brindaban el lenguaje y la literatura.

De este ejercicio permanente surgió la célebre Rayuela(1963), que sorpresivamente para Cortázar, pese a que fue escrita pensando en un público de su edad (49 años), fue asimilada y aclamada (aún lo es) por un público mucho más joven.

Era de esperarse, creo yo. Los jóvenes, ávidos de sentido, siempre agradecen esos escenarios de experimentación, puesto que aún no se han acomodado en ningún argumento o en alguna excusa para dejar de jugar.

En estos días de celebración, el Colegio de México publicó una entrevista maravillosa con la especialista en literatura rioplatense y mexicana del siglo XX, doctora Rose Corral, quien en 1969, en su época de estudiante universitaria en la Universidad de Toulouse, tuvo la oportunidad envidiable de conocer al secreto, reservado y misterioso autor de Rayuela.

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Para el colmo de su suerte, lo volvió a ver casi diez años después en el aeropuerto de Ciudad de México, ya en su versión más pública, abierta y comprometida con la realidad latinoamericana.

Julio Cortázar sabía que había cambiado, y decía que los años le habían hecho descubrir al prójimo. Es impactante cómo el recuerdo de Corral coincide casi perfectamente con la versión de Cortázar de sus diferentes etapas como escritor. Etapas que menciona en 1977 en su entrevista en el programa A Fondo de Joaquín Soler Serrano: la etapa estética, la etapa metafísica y la etapa histórica.

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La estética, como ese momento en el que escribir tenía propósitos egoístas, en tanto solo perseguía la perfección estética en sus textos, la forma, la contemplación.

La metafísica, como una etapa de reconocimiento existencial, de preguntas que se multiplicaban y se traducían en experimentos literarios más bien herméticos y complicados.

Y por último, una etapa histórica, resultado de su primer viaje a Cuba y del contacto con las ideas del “Ché” Guevara, que lo llevaron a reflexionar sobre la responsabilidad política que tenía él como escritor en Argentina y en el contexto de América Latina.

Al llegar a la etapa histórica, Cortázar no olvidó sus etapas anteriores. Por el contrario, creo que alcanzó su punto máximo, en el que su nivel de sensibilidad artística y social, sumado a sus interrogantes existenciales, autocrítica y perfeccionismo al escribir, le permitieron darse el gusto de continuar jugando, pero esta vez defendiendo con argumentos de adulto-capaz-de-sostener-conversaciones-adultas su no-método al expresarse.

Cortázar le recordó a su interlocutor, a su lector, que el juego es de las actividades más serias que hay. 

Y digo “expresarse” y no “escribir” puesto que basta leer Clases de literatura (2013), la transcripción de Editorial Alfaguara de trece horas de clase/charla que dictó Cortázar en Berkeley en 1980, para ver (parafraseando a Carles Álvarez Garriga en su prólogo del libro) lo extraordinariamente cercano que es el Cortázar oral al Cortázar escrito.

Su estructura mental le permitía nutrirse de su exterior sin pensarlo mucho y esperar pacientemente a que las ideas se cocinaran solas y se sirvieran en el formato en el que sencillamente se vieran más hermosas.

No es fortuito que Julio Cortázar disfrutara tanto del jazz, porque el jazz es la representación perfecta de lo que es saber improvisar de manera hermosa. Bien lo afirmó Saúl Yurkievich, el albacea de Julio Cortázar, en una entrevista que dio a Marcos Rosenzvaig:

“Cortázar era partidario de escribir como si improvisara jazz, de la inspiración. Creía en, por así decirlo, la visita de los dioses. No estaba sujeto a una disciplina. Corregía poco, todo le salía casi naturalmente. Para él, escribir era como un juego fácil y divertido”.

Feliz cumpleaños, Julio Cortázar. Ya quisiéramos muchos aprender a jugar como tú.

 Comunicadora Social de la Pontificia Universidad Javeriana.

Acerca del autor

Silvia Guzmán
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