Inicio Edición Diciembre 1 El quiebre del neoliberalismo*

El quiebre del neoliberalismo*

Escrito por RazonPublica
El neoliberalismo ha fracasado, un modelo que pretende subsumir al mercado todas las relaciones humanas y sociales.

En Chile el modelo neoliberal fue impuesto por un golpe de Estado contra un gobierno elegido democráticamente. Las generaciones nacidas después del retorno a la democracia exigen profundos cambios políticos y sociales y auguran la quiebra del pensamiento neoliberal **

Alberto Supelano***

El sujeto ideal para un gobierno totalitario no es el nazi
convencido ni el comunista convencido, sino el individuo
para quien la distinción entre hechos y ficción (es decir,
la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo
verdadero y lo falso (es decir, los estándares del
pensamiento) han dejado de existir.

Hannah Arendt

La economía no basta, la política es fundamental.

En las elecciones presidenciales de 1992 en Estados Unidos, el aspirante republicano George H. Bush, que buscaba la reelección y cuya campaña se centró en los éxitos de la política exterior —el fin de la Guerra Fría y la victoria en la Guerra del Golfo Pérsico— fue derrotado por el candidato demócrata Bill Clinton, quien se centró en los problemas que afectaban a la población y prometió reorientar la política económica aumentando el gasto público en educación e infraestructura, sin olvidar la reforma del sistema de salud para mejorar su cobertura y su calidad. Aunque Clinton proclamaba las virtudes universales del libre comercio y de la globalización, esa reorientación implicaba cierto distanciamiento de las políticas adoptadas en los años ochenta por Ronald Reagan, y en Reino Unido por Margaret Thatcher, impulsadas por lo que se suele llamar “pensamiento neoliberal”.

Sus asesores de campaña condensaron ese propósito en el eslogan “[Es] la economía, estúpido”, que fue decisivo en su éxito electoral y, como suele suceder, cuyo sentido original ha sido reinterpretado para descalificar a quienes proponen abandonar el neoliberalismo y adoptar políticas económicas con mayor énfasis social.

Chile, el país donde se inició el experimento neoliberal, con sus políticas de laboratorio desde el poder del Estado —impuestas por la dictadura de Augusto Pinochet y sus asesores de Chicago— y que ha sido ejemplo para el mundo, acaba de mostrar la necesidad de adoptar otras políticas, que no favorezcan solo a unos pocos.

Pese al buen manejo de la economía —según los estándares imperantes—, tras décadas de aplicación de aquellas políticas, su estructura productiva no se ha industrializado ni diversificado —por abrazar la idea de que “la mejor política industrial es la que no existe”—, y sigue exportando bienes primarios sujetos a las alzas y bajas de los precios internacionales. Pese a que existe un sistema político estable y rotación de los partidos en el gobierno, y pese al aumento del PIB per cápita, un indicador que esconde la profunda desigualdad de los ingresos en toda sociedad, la gente común y los jóvenes que nacieron durante la democracia vuelven a expresar su descontento. Igual que durante el gobierno de la Concertación y el primero de Sebastián Piñera, que los reprimió duramente.

Las protestas recientes no se limitan a rechazar el alza de tarifas del metro, exigen una nueva Constitución, que se ponga fin al modelo neoliberal y se corrijan sus efectos perjudiciales, como el recorte del gasto público en educación y en salud; el alto desempleo, el aumento del empleo informal y del trabajo precario; la reducción de las pensiones; el enorme endeudamiento de las familias; el deficiente sistema de transporte público.

En América Latina esas protestas pueden ser un impulso para recuperar el papel de la política, para que la ciudadanía no se limite a votar en elecciones y exija el cambio de políticas y el cumplimiento de sus derechos constitucionales y de los tratados internacionales. Para que participe con conocimiento de causa en los procesos deliberativos y presione a los partidos para que representen sus intereses en todos los niveles de gobierno o forme coaliciones que impulsen la democracia desde abajo, adopten políticas realistas bien meditadas que se estudien concienzudamente en los parlamentos y tengan apoyo ciudadano, y vayan más allá de las opciones ideológicas que proponen grupos extremistas, de derecha y de izquierda, atados a las viejas concepciones de la Guerra Fría[1]. En fin, para que el descontento no solo se exprese en las calles, donde los desmanes de unos pocos sirven para deslegitimar y reprimir la protesta.

Para los empresarios son una oportunidad para reorientar sus inversiones hacia actividades productivas e innovadoras que generen empleos estables y bien pagados, que aumentan el consumo y mejoran el bienestar de la población, en vez de invertir en activos volátiles de alto rendimiento a corto plazo que se aprecian y deprecian con los vaivenes de la bolsa y de los mercados financieros.

Para los grupos favorecidos por dichas políticas, esas protestas son un aviso, que parece haber comprendido María Cecilia Moral, esposa del presidente de Chile, quien en privado advirtió: “Vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”.

Sebastián Piñera, presidente de Chile.

Foto: Museo de Magallanes
Sebastián Piñera, presidente de Chile.

Para los economistas son un llamado a una seria reflexión sobre su responsabilidad intelectual, sobre la necesidad de superar la especialización estrecha y el provincianismo, y de no hacer eco a teorías y metodologías que estén de moda, sin explorar ni entender sus fundamentos intelectuales, sin considerar el contexto histórico, social e institucional, ni las consecuencias económicas, sociales y políticas de las políticas que trazan o recomiendan. Este es un requisito para que puedan integrar los conocimientos de otras disciplinas, encontrar nuevas maneras de pensar y, quizá, hacer aportes e innovaciones en materia de teoría y de economía aplicada. Quizá no sea exagerado decir que hoy la mayoría de los economistas somos neoliberales sin percatarnos, así como Monsieur Jourdain, el personaje de Moliere no sabía que hablaba en prosa.

El apartado siguiente presenta una interpretación del pensamiento neoliberal y de los efectos de la aplicación de sus medidas, en un contexto más amplio, durante las últimas cuatro o cinco décadas, quizá densa y fragmentaria, con seguridad demasiado sintética, incompleta y no muy rigurosa, pero provocadora y controvertible, con el fin de contribuir a esa tarea que tenemos por hacer.

El neoliberalismo es más que un modelo de política económica

El pensamiento neoliberal, al que equívocamente se confunde con la economía neoclásica, es una visión del mundo que agrupa vertientes en continua evolución y adaptación a las circunstancias de tiempo y lugar, que buscan modelar el orden mundial a imagen del mercado, al que consideran el único mecanismo capaz de acopiar y procesar la información necesaria para asignar los recursos de manera óptima. El mercado debe regir todas las dimensiones de la vida social y funcionar sin trabas, sin la intervención del Estado y sin los estorbos que impone la atención a las demandas ciudadanas que se reflejan en el proceso político.

La concepción neoliberal de la sociedad no solo se opone a la del totalitarismo colectivista soviético o del nacionalsocialismo alemán que dio lugar a la escuela austriaca y al ordoliberalismo alemán. También difiere del liberalismo clásico, para el cual el orden social debía ser regulado por el contrapeso entre sistemas independientes —el mercado, el Estado y el sistema de justicia—, del liberalismo del Estado de Bienestar europeo, criticado por Friedrich Hayek, y de su variante estadounidense, el New Deal de Franklin Delano Roosevelt, atacado por Milton Friedman.

Para esas diversas corrientes, el objetivo no es reducir el tamaño del Estado sino utilizarlo para imponer el orden del mercado a nivel mundial, sea democrático, autoritario o expresamente dictatorial. A diferencia del liberalismo clásico, otro de sus objetivos es que el sistema judicial no funcione de manera independiente, atendiendo a principios de la ley y la justicia, sino conforme a criterios económicos. Un propósito más sutil y perjudicial para la sociedad, es profundizar el individualismo egoísta e insolidario y procurar que el ser humano se convierta en empresario de sí mismo, que sin activos financieros y de capital debe acumular su propio capital humano para participar en los mercados, pues cuando todas las esferas de la vida se mercantilizan, quienes carecen de recursos no tienen derecho a comprar, ni a elegir. Si figura entre los perdedores, es por su culpa, por su propia responsabilidad, porque apostó mal, pues esa es la ley en la “sociedad de mercado”, donde solo existen individuos, sin vínculos sociales, solidaridad ni protección del Estado, como pregonó Margaret ‘Thatcher.

En su propósito de establecer un nuevo orden mundial regido por la economía, ciertas corrientes neoliberales se han opuesto a la gran empresa y a los monopolios; otras, a los organismos multilaterales que apoyaban las políticas de posguerra, pero desde cuando se instalaron en ellos, aprovechando que su tecnocracia no está sujeta a elección pública, los utilizan para sus propósitos, presionando y castigando a países y gobiernos democráticos que se desvían de sus ordenanzas social y políticamente insostenibles, como en Grecia, donde produjeron una crisis humanitaria.

La aplicación de esa doctrina, que ha tenido un éxito extraordinario para convertirse en sentido común —y que por ello no se critica—, ha mostrado innegables resultados: el desmonte de los Estados de Bienestar y de los sistemas de seguridad social; la mayor concentración de la riqueza y del ingreso en toda la historia humana, y la continua reducción de impuestos a los más ricos, solventada con aumentos a las clases medias y trabajadoras; la peor crisis económica y financiera desde la Gran Depresión, de la que aún no se ha salido debido a las políticas de austeridad; la deslocalización de las actividades productivas y la expansión de los paraísos fiscales; la conversión del conocimiento en una mercancía cuyo contenido de verdad es fijado por el mercado de ideas; la corrupción rampante, siempre impune puesto que el mercado sacraliza los vicios privados, el mercado político la premia y las sentencias judiciales pocas veces obligan a restituir el dinero mal habido y a encarcelar a los corruptos.

Entre los efectos sociales más graves basta mencionar la disgregación y la fragmentación de las sociedades; la aceleración del cambio climático inducido por la acción humana[2], que pone en peligro la vida en el planeta; la frustración, la desesperanza y el vacío existencial, el cual se intenta llenar con el entretenimiento o el consumo de ansiolíticos y antidepresivos.

La sociedad chilena no está contenta con un país que crece económicamente pero que sigue siendo profundamente desigual.

Foto: Wikimedia Commons
La sociedad chilena no está contenta con un país que crece económicamente pero que sigue siendo profundamente desigual.

Y entre sus efectos políticos, el descrédito de la democracia y de los partidos políticos; la indignación de millones de personas que, movidas por el temor, la ira o el afán de revancha e inducidas por los troles y los bots que plagan las redes informáticas, respaldan a gobernantes ridículos y autoritarios que manipulan el descontento —como Donald Trump y Boris Johnson— sembrando mentiras y miedo, culpando a los grupos vulnerables y, en ciertos países, a los inmigrantes, a los indígenas y a grupos minoritarios.

Por supuesto, algunos objetarán que esos efectos no son un resultado de la aplicación de una doctrina económica particular sino del sistema económico imperante o de los profundos cambios sociales ocurridos en las tres o cuatro últimas décadas del siglo pasado. Otros dirán que son simples efectos de fallas del mercado. Otros más los atribuirán al populismo, ese término que sin precisar su significado confunde más de lo que aclara, como saben los historiadores y los estudiosos de la ciencia política. Esas objeciones y esos puntos de vista son legítimos y consustanciales a la sana controversia académica y política.

La lección de Chile

En Colombia, la esperanza venció (¿transitoriamente?) al miedo en las primeras elecciones regionales después de la firma de los acuerdos de paz, en las que los jóvenes tuvieron una alta participación y mostraron que no son indiferentes a los problemas del país; y un alto número de votantes, su cansancio con la polarización política y su anhelo de cambio, sobre todo en las grandes ciudades, donde se rechazó el caudillismo y el extremismo de derecha y de izquierda —aunque en algunas regiones se mantuvo el gamonalismo tradicional— así como la preocupación por el medio ambiente y el deseo de igualdad entre hombres y mujeres, en contra de ideologías carpetovetónicas más propias de una monarquía obsoleta que de repúblicas modernas.

No obstante, perduran las viejas costumbres y el gobierno impulsa y anuncia medidas y planes como los que rechazan los chilenos. Estadistas prudentes prestarían atención a esos signos de cambio, así solo fuese para no perder legitimidad y seguir en el gobierno, y modificarían las medidas y planes anunciados que causan malestar político y social.

Eso no será posible si el manejo de la economía sigue en manos de tecnócratas que desdeñan la desigualdad, que favorecen al cuartil superior en la distribución de la riqueza y del ingreso, y trasladan cuantiosos dineros a paraísos fiscales. Que por interés propio, insensatez o simple desconocimiento no están preparados ni ayudan a preparar al país para enfrentar la crisis económica mundial que se avecina ni los retos económicos y los cambios sociales que vendrán con el empleo masivo de robots en los procesos productivos y el uso de la inteligencia artificial. Así como no han contribuido a la industrialización ni a la diversificación de la economía y de las exportaciones, ni a contrarrestar los efectos de la financiarización del sistema económico. Igual que en Chile.

El pueblo chileno nos vuelve a recordar lo verdaderamente esencial: “la gente, estúpido”.

*Nota editorial de la Revista de Economía Institucional, primer semestre de 2020

**Este artículo hace parte de la alianza entre Razón Pública y la Facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor.

***Profesor de Economía de la Universidad Externado de Colombia.

[1] Muchos autores contemporáneos sostienen que la división entre izquierda y derecha hoy carece de sentido, sobre todo en las democracias avanzadas. Sobre este tema es recomendable releer a Norberto Bobbio, el filósofo y jurista turinés cuyas sutiles distinciones aún no han sido invalidadas en la arena política. Y quien hace ya casi cuarenta años además nos advertía sobre la ilusión tecnocrática: “Creer que cuando se discuten problemas concretos se puede llegar a un acuerdo sobre la única solución posible”.

[2] Que parecen entender mejor niñas como Greta Thunberg —a quien se descalifica y se insulta en las redes sociales para causar repudio emocional, sin atender sus argumentos, basados en estudios científicos— que William Nordhaus, ganador del premio del Banco de Suecia en Economía en 2018, cuyos modelos de equilibrio general indican que la temperatura de la Tierra puede aumentar más de 3° sin sobrepasar el umbral de daño irreversible, un nivel superior al que se fijó en el Acuerdo de París, firmado por 195 países y del que se retirará Estados Unidos siguiendo la política de Donald Trump. Frente a las mentiras y los ataques a los jóvenes ambientalistas, cabe recordar que en 1992 más de 1.700 científicos independientes, incluida la mayoría de los ganadores del premio Nobel en Ciencias, firmaron la Advertencia de los Científicos del Mundo a la Humanidad sobre la destrucción del medio ambiente. En diciembre de 2017, la revista BioScience publicó Un segundo aviso, ahora firmado por 15.000 científicos, quienes advierten que la “Humanidad no está tomando las medidas urgentes necesarias para proteger nuestra biosfera en peligro”, y que la mayoría de las amenazas de las que advirtieron antes son mucho peores y se están agravando de modo alarmante.

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

*Al usar este formulario de comentarios, usted acepta el almacenamiento y manejo de sus datos por este sitio web, según nuestro Aviso de privacidad

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies