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El Estado Islámico: un desafío para el análisis

Escrito por Éric Lair
Ataque a base del Estado Islámico en la ciudad siria de Kobane.

Ataque a base del Estado Islámico en la ciudad siria de Kobane.

Éric LairSe han hecho muchas conjeturas acerca de este grupo, cuya incidencia ha sido magnificada por los medios occidentales gracias a la espectacularidad de su violencia. ¿Qué hay realmente detrás de su conformación y qué planea para el futuro?

Éric Lair*

La noticia del año

Conquistas territoriales, masacres, enfrentamientos armados: el autoproclamado Estado Islámico (EI) no deja de ser noticia desde hace varios meses. Detrás del fragor de los acontecimientos, el EI aparece como una organización con características complejas que no se limitan a la violencia. En aproximadamente una década, el EI ha logrado afirmarse en el panorama del islamismo mundial, relegando a otros actores a un segundo plano.

Asentado sobre extensas regiones de Irak y Siria que constituyen su epicentro, el movimiento se encuentra en un proceso de expansión ambicioso aunque incierto. El EI pretende ante todo restablecer la autoridad del califato y promover un islam riguroso como sinónimo de salvación. Según los casos, se trata de expiar, someter o eliminar a los “infieles”, incluso a los musulmanes considerados “impuros”. De allí la multiplicación de los ataques perpetrados en diversas sociedades – Libia, Túnez, Francia– en el transcurso de 2015.

El movimiento se encuentra en un proceso de expansión ambicioso aunque incierto.

Indudablemente, el fenómeno del EI invita a reflexionar sobre una historia reciente, por no decir presente, que todavía es ardiente. Pero también es necesario tener en mente fenómenos de larga duración para poner en perspectiva el carácter del grupo. Surge así una serie de interrogantes al mismo tiempo que potencias como Estados Unidos, Rusia y Gran Bretaña intensifican las operaciones militares en su contra.

¿Fruto ilegítimo de Al-Qaeda?

Ofrendas florales frente a uno de los locales atacados durante los atentados en París.
Ofrendas florales frente a uno de los locales atacados durante los atentados en París.
Foto: Roberto Maldeno

Los orígenes del Estado Islámico se remontan a la década de 2000 en el convulsionado Medio Oriente, siguiendo la trayectoria de algunos protagonistas armados. Entre ellos se destaca una figura del islamismo radical conocido con el nombre de guerra de Abu Musab al-Zarqawi. Combatiente a la vez hábil e impetuoso, al-Zarqawi creó la organización Monoteísmo y Yihad que se volvió una franquicia de Al-Qaeda en Irak a partir de 2004.

Para la cúpula de Al-Qaeda, dirigida por el emblemático Osama Bin Laden, intervenir en el territorio iraquí respondía a lógicas de influencia y prestigio. De filiación sunita, Al-Qaeda y sus aliados ofrecieron resistencia a la coalición de Estados en lucha contra el régimen de Sadam Husein acusado de amenazar la seguridad mundial.

La prioridad de las agrupaciones islamistas era expulsar de Irak a las tropas extranjeras “apostatas” y regenerar la fe musulmana en el país, que vivió durante casi cuarenta años bajo la hegemonía de un partido laico. A medida que se derrumbaba el sistema edificado por Husein, las tensiones y los desórdenes proliferaban en distintos ámbitos políticos, sociales y económicos.

Un elemento cristalizó la atención: al-Zarqawi decidió hostigar a los musulmanes chiítas declarados “heréticos”, suscitando la reprobación de Bin Laden. La división sunismo-chiismo, sin ser necesariamente violenta dentro del islam, contribuyó entonces a debilitar a los islamistas en un ambiente de polarización entre los iraquíes.

Antes del fallecimiento de al-Zarqawi en un ataque aéreo estadounidense en 2006, la rama de Al-Qaeda en Irak fue integrada a un conjunto de milicias esencialmente autóctonas. Liderada por un hombre con rudimentos en teología musulmana, rebautizado Abu Bakr al-Baghdadi, esta federación recibió el calificativo de Estado Islámico de Irak.

Uno de los propósitos principales del grupo fue desarrollar la insurgencia contra las tropas de la coalición extranjera. Rápidamente, Al-Qaeda perdió influencia entre las facciones que contaban en particular con la experiencia de los activistas al mando del difunto al-Zarqawi. Al mismo tiempo, la influencia creciente de al-Baghdadi fue motivo de divergencias y rivalidades con los simpatizantes de Bin Laden.

Nacimiento del EI

Mientras se agravaba la fragmentación del islamismo, al-Baghdadi vio en la situación siria una oportunidad para revigorizar sus fuerzas. Hacia 2011, a raíz de la oposición popular al régimen represivo de Bashar al-Ásad, el Frente al-Nusra se desplegó como una rama delegada en Siria. La transformación de la crisis doméstica en una contienda armada pluridimensional conllevó una fusión entre el Estado Islámico de Irak y el Frente al-Nusra. De la unión emergió, no sin vicisitudes, el llamado Estado Islámico de Irak y el Levante.

El Estado Islámico de Irak y el Levante no consiguió la adhesión de la totalidad de los miembros del Frente al-Nusra. Una minoría juró lealtad al nuevo jefe de Al-Qaeda, Aymán al-Zawahirí, después de la muerte de Bin Laden en 2011. Públicamente quedó en evidencia la ruptura en 2013 entre Al-Qaeda y el Estado Islámico de Irak y el Levante.

En medio de la coyuntura, el Estado Islámico prosperó en medio de una relativa indiferencia: en Siria, como expresión de la erosión de una autocracia en conflicto con un mosaico de rebeldes; en Irak, como consecuencia brutal de los intentos de democratización y el retiro de la coalición internacional en las postrimeras de la dictadura.

En ambos contextos, el Estado Islámico en Irak y el Levante capitalizó los sentimientos de humillación y venganza de pueblos sunitas excluidos y oprimidos por sectores chiítas que acaparaban el poder. En otras palabras, las metamorfosis del movimiento se nutrió de una conjunción de factores que no proceden únicamente de sus relaciones tumultuosas con Al-Qaeda, matriz de la yihad en las tres últimas décadas. 

Más allá del terror(ismo)

Ayman al-Zawahiri, actual líder de Al-Qaeda.
Ayman al-Zawahiri, actual líder de Al-Qaeda.
Foto: Andrés Pérez

Bajo estas circunstancias el Estado Islámico en Irak y el Levante se convirtió en Estado Islámico (EI) a mediados de 2014. También denominado Daesh (acrónimo con una consonancia peyorativa en idioma árabe), el movimiento se asemeja hoy a una estructura reticular que hace un uso abundante, no siempre extremo y sensacionalista, de la violencia.

Difícil de aprehender, el EI dista de la mayoría de los grupos contemporáneos catalogados en términos confusos como terroristas. Para comprender las estrategias adelantadas, es útil subrayar la doble aspiración del EI:

  1. La restauración del califato (centro político, religioso y social de la comunidad de los creyentes musulmanes -la Uma-), el cual desapareció con el Imperio de los otomanos al concluir la Primera Guerra Mundial; y
  2. El retorno a un islam auténtico, purificado de preceptos y conductas que se alejan por ignorancia o adversidad de las orientaciones del profeta Mahoma en el camino de Alá.

Estas dos reivindicaciones se enlazan con un imaginario yihadista ofensivo y una visión escatológica de la humanidad, dando paso a interpretaciones discordantes. Numerosos miembros del EI parecen convencidos de la inminencia de una batalla decisiva entre los fieles y los enemigos del islam.

Entre las filas de los musulmanes, solo los individuos dispuestos a sacrificarse (mártires) accederán al paraíso, mientras los vencedores serán encargados de difundir la religión. Se destila, en sustancia, una imagen heroica e idealizada de los defensores del islam que se destina a triunfar en un mundo renovado.

Las prácticas violentas fascinan a futuros reclutas en busca de identidad

Por otra parte el EI da la impresión de haber (re)definido la geopolítica internacional en tres grandes anillos que corresponden a macro-áreas para intensificar el “choque de civilizaciones”. Pese a las diferentes aproximaciones, este esquema permite distinguir:

  • Medio Oriente como foco primordial del islam;
  • Las zonas intermedias en Asia y África de fuerte poblamiento musulmán, y
  • Espacios poco o no islamizados en el remoto Occidente.

Cada una de los anillos brinda información sobre los objetivos, el modus operandi y los recursos fluctuantes del EI.

–  En Medio Oriente, el EI modifica actualmente las fronteras estatales, en especial las sirio-iraquíes, delimitadas por las potencias colonizadoras hace un siglo. Mediante una amplia gama de instrumentos -no siempre coercitivos- la agrupación ha podido consolidarse en calidad de poder de facto capaz de controlar y administrar diferentes regiones de Irak y Siria. De modo simultáneo se ha adoptado una sofisticada economía de guerra con actividades rentables como la explotación del petróleo, la comercialización de bienes saqueados y el tráfico de personas, entre otras.

–  En contraste con lo anterior, en las sociedades ajenas al Medio Oriente, el EI no goza de algún control territorial significativo. En muchas ocasiones, la violencia tiende a ser “teatralizada” por los medios de comunicación. Entre otras funciones, las prácticas violentas fascinan a futuros reclutas en busca de identidad o causan inestabilidad por efectos de miedo que producen parálisis o crispaciones en el tejido social.

Sin embargo, el Estado Islámico (EI) propone una multitud de formas de acción que no se limitan a la violencia. Su itinerario se sitúa entre temporalidades que interpelan el pasado y el presente con una proyección hacia el futuro.

Sin embargo, haciendo referencia a la posible progresión de la organización, es legítimo preguntarse hasta cuándo el EI podrá sostener una guerra con múltiples frentes.  

 

* Profesor de la Universidad del Rosario. eric.lair@urosario.edu.co

 

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