El cine en Cali: de lo convergente a lo divergente - Razón Pública
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El cine en Cali: de lo convergente a lo divergente

Escrito por Jaír Villano

Lucas Ospina y Carlos Mayolo.

Jair VillanoCali no solo fue la sede del movimiento cinéfilo que en los años setenta revolucionó la producción nacional. En los últimos quince años, la ciudad ha congregado un nuevo grupo de realizadores que han traído un nuevo aire a nuestro cine.

Jaír Villano*

Ciudad de cine

Hace unas décadas era difícil imaginar la ciudad de Cali sin el mítico grupo de ‘Caliwood’. Cuestionar a Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, Fernando Vélez y Luis Ospina era una actitud propia del iconoclasta. Pero los tiempos cambian. Y a pesar de que Luis Ospina se resista al presente y nos insista en lo laboriosos y genios que fueron esos años al lado de toda esa pandilla de cinéfilos, lo cierto es que ahora la ciudad respira un nuevo aire cultural en la cinefilia.

Hay que recordar que en Cali se efectuó el primer largometraje de ficción de Colombia: María (1922); en Cali se hizo el primer largometraje sonoro: Flores del Valle (1941); y el primero en colores: La gran obsesión (1955). Además, fue esta la ciudad donde se realizó Garras de oro (1926), el que es considerado el primer filme ‘antiyanqui’.

La convulsión cultural de los años setenta es valiosa, pero hay que reconocer otro tipo de trabajos, como el de Maritza Uribe de Urdinola, quien en 1959 fundó, junto a otros, lo que fue el primer cine club en La Tertulia. También hay que recordar las revistas que antecedieron a Ojo al cine, entre ellas El Olympia (1913) y El Cine Universal.

¿Una nueva mirada?

Museo La Tertulia en Santiago de Cali.
Museo La Tertulia en Santiago de Cali.
Foto: James Ochoa

El primero en volver a poner el cine caleño en la escena nacional fue Antonio Dorado, quien en El rey (2004) hizo una interesante propuesta a propósito del comienzo del narcotráfico en la ciudad. Ambientada en la década de los sesenta, época en la que las revoluciones estaban hirviendo en la órbita continental, Dorado pone un manto de duda sobre la moral de los revolucionarios y, de paso, sobre la clase política colombiana.

Cuatro años después, Carlos Moreno en Perro come perro (2008), trajo una historia que, si bien podría enmarcarse en la repudiada “narcocultura”, expone otros elementos que la distancian de esa tendencia.

El mismo año en que se estrenó el filme de Moreno, Óscar Campo, profesor universitario y cinéfilo irremediable, presentó su largometraje Yo soy otro. Una película que no se ahorra críticas a la realidad colombiana. Un reflejo de cómo un ser humano puede simbolizar toda una población y su inherente herida: el conflicto armado.

En Cali se efectuó el primer largometraje de ficción de Colombia.

Campo hizo parte de la progenie referida en el primer párrafo, pero también ha orientado a la nueva generación caleña. Aunque estrenó su ópera prima a una avanzada edad, antes de su primer largometraje Campo ya había participado en muchos trabajos, entre ellos, el documental El proyecto del diablo (1999).

El trabajo siguiente es el de Jorge Navas, reconocida figura en la escena cultural por ser, entre otras cosas, director del programa Rostros y Rastros de la Universidad del Valle Televisión, y por hacer una adaptación de Calicalabozo (1996): un homenaje a la figura de Andrés Caicedo que oscila entre la ficción y el documental.

Navas estrenó La sangre y la lluvia (2009), un largometraje que propone una historia de amor utópica y que tiene como escenario la noche, la lluvia, el sexo y la droga en Bogotá. La crítica la recibió con mesura y fue polémica por la escena en que la protagonista se masturba. Debe destacarse la poética propuesta por Navas, quien dejó claro que para mostrar la violencia no se necesitan escenas explícitas, sino presentarle al espectador algunas imágenes que le permitan inferir lo que hay en la sombra.

Y a pesar de que estos trabajos fueron importantes, no fue hasta la aparición de El vuelco del Cangrejo (2010) cuando comenzó a emerger la explosión de producciones con contenidos alternativos preocupadas por reflejar los problemas sociales.

Ante todo, buen cine

Escena de El Vuelco del Cangrejo (2009) dirigida por el cineasta Óscar Ruíz Navia
Escena de El Vuelco del Cangrejo (2009) dirigida por el cineasta Óscar Ruíz Navia
Foto: Festival de Cine Africano – FCAT

La ópera prima de Oscar Ruíz Navia no podía ser mala, porque Navia venía vinculado a varios proyectos, como El rey, donde hizo de asistente de cámara; Perro come perro, donde contribuyó como asistente de director; y Yo soy otro, donde volvió a la asistencia de la cámara.

El vuelco del Cangrejo refleja la influencia de Campo, Arbeláez y el mismo Dorado, en el uso del cine como un arma de denuncia social. La Escuela de Comunicación de la Universidad del Valle, de donde es toda esta banda, tiene un énfasis investigativo. Esto se puede ver en el hecho de que tesis como la de César Acevedo, Ángela Osorio y Santiago Lozano terminaron en producciones cinematográficas reconocidas con galardones nacionales e internacionales. Tal vez esto le importe poco a Campo, pues la consigna de la escuela no es ganarse premios, sino producir pensamiento.

Los premios suelen generar reticencia, porque los que los ganan no son, necesariamente, los mejores. Pero este film fue condecorado en varias ocasiones. Entre los reconocimientos que se llevó se destaca el FIPRESCI en el Festival de Cine de Berlin.

Bastaron dos años para que se confirmara lo que se venía sospechando: que una nueva generación tomaría la bandera del cine en Cali. William Vega sorprendió al público con La sirga, una sutil mirada a la forma como un personaje debe adaptarse a una nueva geografía y a todo lo que ello implica.

Esta es una película que ha entusiasmado a los más críticos. Aunque no está situada en Cali, cuenta con la colaboración del equipo que conforma esta nueva etapa, entre ellos Ruíz Navia en la producción y Santiago Lozano en la asistencia de dirección.  

A La sirga le siguió Chocó (2012), que si bien no es de un caleño, sí es de un realizador que estudió en Cali. Se trata de Jhonny Hendrix, quien en su película hace un dibujo de la mujer en un territorio donde el machismo ha congestionado el acervo de muchas familias.

El mismo año se presentó Apaporis, un oportuno documental que ilustra los problemas socioambientales causados por el auge minero. Este es un trabajo excepcional que pasó de agache en su estreno y luego quedó ensombrecido por la bruma que generó El abrazo de la serpiente, que tuvo su base en este trabajo.

Dorado presentó un año después Los amores peligrosos (2013), un largometraje que no trascendió sus expectativas, pues su planteamiento no superó la ya explotada fórmula de la cultura traqueta en Cali.

En 2014, Navia Ruíz volvió a la escena, esta vez con una colorida película, Los hongos, que puso a la urbe caleña como anfitriona de la historia de dos jóvenes amigos.

Poco antes de eso, se estrenó Petecuy, la película, un proyecto de Óscar Hincapié que fue más valorado por su obra social que por su apuesta cinematográfica. Dicho experimento demostró que el cine es una herramienta que puede contribuir a la mitigación de los problemas de poblaciones azotadas por la violencia urbana.

La reciente aclamación

En 2015 Cali y el país tuvieron un acontecimiento sin precedentes: se trató de la Cámara de Oro entregada en Cannes a la ópera prima de César Acevedo, La tierra y la sombra.

Esta película retrata el conflicto de una familia cuyo sustento económico depende de la caña de azúcar. De hecho, la familia está rodeada de caña, ese paraíso es su averno. También se trata de una película de ausencias y silencios, de una identidad perdida y de un lacerante arraigo.

Los caleños han demostrado saber trabajar en conjunto. 

Acevedo venía trabajando de la mano de Ruíz Navia como asistente de producción en El Vuelco del Cangrejo, y asistente de dirección y guionista en Los hongos.

El mismo año, Moreno presentó su “desadaptación” de ¡Que viva la música!, película que no superó las expectativas que algunos le tenían y que fracasó por la falta de audacia al momento de trasladar al cine una mítica obra.

Finalmente, en 2016 el país conoció Siembra, largometraje de Ángela Osorio y Santiago Lozano, que sigue por la línea exploradora y explicativa que busca retratar problemas sociales desde otra perspectiva. En este ocasión, como un duelo entre el arraigo y el desarraigo, y una arriesgada apuesta por las expresiones cinésicas.

Siembra volvió a poner a Cali como el epicentro cinéfilo del país. Esto puede no ser compartido por muchos que arguyen que en Bogotá o Medellín hay más festivales de cine. Y aunque puede ser verdad, lo cierto es que tanto en la primera 'primavera' cinéfila como en la segunda, los caleños han demostrado saber trabajar en conjunto.

Por ejemplo, por la misma época en que Caliwood fue famoso hubo realizadores importantes como Pacho Botía en Barranquilla, y Víctor Gaviria en Medellín. Pero en sus ciudades no había un trabajo mancomunado, no había un grupo que supiera aunar esfuerzos.

Cali fue todo lo contrario. La ciudad mantiene una unión en torno a las producciones, sus realizadores tienen en común el concepto del cine al que le apuestan y la mayoría son egresados de Univalle. Sus contenidos demuestran la herencia de una generación que se venía preocupando por los problemas sociales urbanos, con el agregado de que esta vez los márgenes de la ciudad son otro de los asuntos de sus historias.

Este es un nuevo grupo que se interesa por narrar lo marginal, alejándose de la narrativa convencional. En definitiva, en Cali hay nuevas voces, nuevas miradas, nuevos aires en una ciudad que parecía haberse quedado en lo mítico, pero que ha ido abriendo otros espacios y articulando apuestas divergentes.

 

*Escritor y periodista vallecaucano

twitter1-1@VillanoJair

 

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