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El Catatumbo: laboratorio de guerra, paz… y coherencia

Escrito por Hernando Llano
Hernando LLano

Hernando-LLanoLas protestas campesinas —  y sobre todo su manejo torpe por parte del gobierno — muestran que ha llegado la hora de la coherencia entre las palabras y las acciones: hay que sincronizar el tiempo político con el tiempo social.

Hernando Llano Ángel

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Entre el cielo y el infierno

En un reciente comunicado, las FARC afirmaron que las conversaciones de paz discurrían entre el cielo y el infierno. Por la forma violenta como transcurren las protestas de los campesinos del Catatumbo — que han cobrado ya la vida de cuatro civiles y causado numerosos heridos entre la Fuerza Pública — el infierno queda en Colombia y el cielo queda en La Habana.

En parte, ello se debe a la perversa ambigüedad del lenguaje cuando refleja acuerdos entre fuerzas antagónicas, como el gobierno y las FARC, que polarizan en bandos irreconciliables a los grandes sectores de una sociedad. Entonces se incurre en eufemismos y en excesos retóricos como los del “Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”, como si fuera posible regular toda la compleja pluralidad y disparidad de intereses en una sociedad moderna mediante la eliminación de los conflictos, embarcándose en un maximalismo idílico y armonioso.

Los delegados de las FARC en ocasiones parecen pretender alcanzar el cielo con algunas de  sus propuestas, como las de participación política, en la mesa de conversaciones en La Habana. Al igual que los delegados del gobierno, en sus respuestas negativas a dichas pretensiones, creen que en Colombia vivimos en el cielo de la democracia participativa y el Estado Social de Derecho, apenas enunciados en la Constitución de 1991.

Ambas partes deberían poner sus pies en la tierra y llamar las cosas por su nombre, para evitar que protestas sociales como las de los campesinos del Catatumbo se conviertan en un infierno.

Porque justamente dichas protestas contienen el almendrón de nuestro degradado conflicto: la disputa por la tierra, los cultivos de uso ilícito, la expoliación de los recursos minero–energéticos y la vigencia de los derechos sociales, económicos y culturales, cotidiana y secularmente desconocidos a la inmensa mayoría de los campesinos. Todos temas incluidos en la agenda en La Habana.

¿Un pueblo escéptico y maduro?

 

 

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Foto: Marcha Patriótica 
 
 

Entonces — en aras de alcanzar una meta verificable — resulta imperioso que tanto el gobierno como las FARC entiendan que su compromiso histórico es ante todo poner fin al conflicto armado, sin lo cual todo empeño por construir una paz estable y duradera está condenado al fracaso.

De otra manera, la búsqueda de la paz naufragará en el terreno cenagoso de una guerra mezquina donde todos los días caen más víctimas civiles, mientras los portavoces de las partes armadas civilizadamente se descalifican y deslegitiman ante la opinión pública nacional e internacional.

Por consiguiente, de lo que ahora se trata es de abolir el recurso a la violencia política  —ya sea institucional, insurgente o para–institucional — para poder reconocer y tramitar los conflictos de origen social, económico, étnico o cultural por la única vía que puede contribuir a  construir una paz estable y duradera: la resolución política y civil de los mismos.

Es decir, mediante la participación política, garantizando la vida y pluralidad de todos los intereses y de sus portadores, sin el temor a la persecución, desaparición o aniquilación, como lamentablemente está ocurriendo en El Catatumbo.

No se trata, entonces, de poner fin al conflicto, sino más bien de realizar su potencial para el cambio social creativo. Y para ello es condición sine qua non el tratamiento político–social y no militar–policivo de la protesta por parte del gobierno, así como el divorcio entre la acción armada de la guerrilla y la justa indignación de los campesinos.

Razón tenía el maestro Estanislao Zuleta cuando sentenció: “Sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra y maduro para el conflicto merece la paz”.

Es el tiempo político y social de la paz

El tiempo político de la paz está ahora determinado por la coherencia entre las palabras y las acciones. No se puede convenir en La Habana un acuerdo sobre la consolidación y la ampliación de las Zonas de Reserva Campesina (ZRC) y, al mismo tiempo,  disparar contra los campesinos que las exigen en el Catatumbo.

Pero tampoco pueden las FARC abogar por las ZRC y seguir sembrando el campo con minas antipersonales,  reclutando a los jóvenes campesinos y amenazando con extorsiones las inversiones en el campo.

Sin duda, a más compromisos rotos por parte del gobierno y promesas incumplidas con los diversos sectores sociales — ya sean cafeteros, transportadores, cacaoteros, estudiantes… —  menos tiempo político para la paz y más combustible para la desesperanza, la ira y la violencia: es decir, tiempo para la guerra.

No sobra repetirlo: la mejor estrategia para sembrar la paz es la coherencia entre las palabras y las acciones por parte del gobierno y de las FARC. Por eso deberían comprometerse a dejar de utilizar la población civil como masa de maniobra:

·         El gobierno con sus cálculos mezquinos para una eventual reelección, que saldría victoriosa si antes logra firmar el acuerdo del fin del conflicto; de aquí su premura en lograrlo antes de culminar este año.

·         Y la FARC, apostando a la radicalización violenta de las protestas sociales, para demostrar su fortaleza política y militar. 

Si ambas partes persisten en sus tácticas, es probable que ganen los partidarios de la guerra, que apuestan al fracaso de las conversaciones en La Habana. Una de las mejores formas de evitar lo anterior, es exigir desde nuestro poder ciudadano acciones concretas de voluntad y de coherencia política al gobierno y las FARC, que pasan por el respeto progresivo e incondicional de los derechos y la autonomía política de la población civil, acatando en forma incondicional e inmediata el Derecho Internacional Humanitario.

De allí la urgencia de convenir un plan de desminado del campo con las FARC, así como su compromiso de no escalar violentamente las protestas sociales.  Pero también es preciso exigir al gobierno que atienda las reivindicaciones sociales en forma concertada y mediante políticas de largo aliento, no a través de subsidios transitorios con clara proyección e intención electoral.

Quizás así se vaya alcanzando la confianza para avanzar hacia el tercer punto de la agenda: el cese del fuego bilateral, el abandono de las armas y la violencia política por parte de las FARC.

El mayor desafío en esta hora es lograr una convergencia entre las conversaciones y eventuales acuerdos en La Habana con el tiempo político de las transformaciones exigidas por las reivindicaciones y protestas sociales, para así superar esa falsa dicotomía entre el cielo y el infierno y alcanzar nuestra humana convivencia en esta tierra, sin convertirla en un valle de lágrimas, como sigue sucediendo. 

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