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El aire que compartíamos

Escrito por Javier Arenas
cuarentena silencio

El antes y el después de la pandemia. Reflexiones de un docente que vive una nueva normalidad.

Javier Arenas*

Viernes 19 de junio del 2020: el mundo de antes

6:00 a.m.

Me despierto, voy a la cocina y miro por la ventana. Bogotá amanece con el cielo tapado por una densa bruma que me confunde: bien podría ser el aviso de un aguacero o una prueba de la contaminación que permea el horizonte de la ciudad. Hoy es un día normal. Me alisto para ir a trabajar al colegio.

7:30 a.m.

La ruta me recoge en la carrera séptima. En el trayecto recuerdo un olvido: no compré los tomates y la lechuga para el desayuno de cumpleaños de una compañera de trabajo. Me acerco al conductor y le pido que me deje frente al colegio para comprar algo y no llegar con las manos vacías.

Tengo clase a primera hora. Dejo la bolsa encima de mi escritorio, no tendré tiempo libre para ayudar a armar los wraps. Tres horas de clase seguidas y saldré a descanso. Presentación de curso e introducción al tema nuevo: la Edad Media. Una alumna pregunta si veremos Las danzas de la muerte y su contexto histórico: la peste bubónica. Mi respuesta es escueta: lo veremos, pero de forma superficial porque, aunque fue importante, hay otros temas que pueden ser más interesantes para el curso. La mayoría quiere llegar a los goliardos y a las comparaciones que haremos entre sus poemas y el reggaetón. Algunos solo quieren que el día termine para salir a vacaciones e irse de viaje.

Descanso, entro a la sala de profesores: Liz corta los vegetales, Clau sirve las gaseosas, Daniel unta el queso crema en las tortillas, Kari mezcla las carnes, Mafe llega con la torta… luego, Fernando pone música de cumpleaños y nos reímos a carcajadas mientras engullimos el desayuno preparado por todos. Es un día normal. En los salones se oye una tos leve y un par de estornudos: nada de qué preocuparse. No es más que la alergia causada por el frío característico de los cerros bogotanos.

1:30 p.m.

Hora del almuerzo. Hoy es hamburguesa. Los comedores y las zonas sociales están llenos de gente: se roban papas fritas unos a otros, intercambian bebidas, comparten el almuerzo traído de casa.

2:00 p.m.

Vigilancia. Camino a mi zona de acompañamiento y unas alumnas de once me cierran el paso para ofrecerme maíz pira. Están jugando a tirar y agarrar las palomitas con la boca, me uno al juego por un momento.

Se acaba el descanso, pasa la última hora de clase y llega la hora de la salida. En el puente de los suspiros las muestras de cariño abundan: besos, abrazos, risas, despedidas y baile; los suspiros quedan para otra ocasión.

4:00p.m.

Llego al apartamento. Mi compañero tiene gripa y estornuda varias veces en la sala; se toma unas pastillas mientras yo preparo mi comida y me dirijo a mi habitación. Hoy no hay algo digno de ser narrado, es un día normal como cualquier otro en el que no pasa nada extraordinario. (Ucronía).

crónica pandemia

Viernes 19 de junio del 2020: Tres meses de cuarentena

Me despierto. Hace tres meses llegué a mi pueblo. Las clases virtuales se han vuelto costumbre. El cansancio acumulado (físico, emocional y psicológico) dificulta levantarme de la cama. Ya son tres meses y una semana cumpliendo con mi trabajo de forma virtual. Abro las ventanas de mi cuarto, salgo al balcón y la escena es la misma de todos los días.

La ausencia de sonido se ha convertido en el soundtrack de estos meses: es un recordatorio constante de que el mundo ha cambiado. A ratos es interrumpido por un carro, una moto, o la música a todo volumen del vecino. Pero solo a ratos porque, en estos tiempos, parece que celebrar se ha convertido en una especie de delito. A veces creo que la culpa y la zozobra son las verdaderas causantes de ese silencio abrumador.

En cuarentena todos los días parecen primero de enero. Es un bucle de acontecimientos que se repiten con ligeras variaciones. La cadencia de los días se vuelve insoportable, los únicos cambios los marca el calendario que, entre otras cosas, ha dejado de indicar todo tipo de celebraciones y eventos importantes. A diario, las noticias reportan más muertes y contagios que se acumulan como polvo mientras llega la vacuna.

Hace mes y medio dejé de ver cifras, hace un mes y medio no me acuesto pensando en la presencia constante e inclemente de la muerte. Mientras escribo esto, vuelvo a pensar en su danza implacable y en todas las vidas que cegó de tajo en los últimos meses. La última semana he intentado salir de la bruma, de la contaminación del horizonte cibernético: mi método consiste en
dejas volar la memoria;
recoges los retazos de vida que quedan regados en el recuerdo;
la imaginación los teje, creando nuevos horizontes:
una colcha de historias que parecen sueños,
vidas jamás vividas,
más reales que lo que puede deparar un futuro incierto.

Vuelvo al día ya vivido. Olvido lo que sucede por un momento. Tengo que prepararme para ir a mi salón virtual de clases. Una pantalla y un micrófono son mis únicos medios de comunicación con el mundo exterior. Los días se repiten: las mismas discusiones, las mismas peleas, los mismos pensamientos, las mismas preocupaciones, las mismas alegrías, las mismas personas: el eterno presente. Los días y las relaciones son tan similares que el cansancio ya no es sólo físico, sino también mental y social.

Lucho contra mi embotamiento mientras miro el amanecer desde el balcón. Debo ponerme el disfraz, para que parezca que no sucede nada. El disfraz es físico y también mental: finjo que la posibilidad de soñar aún existe y deposito fe en el futuro, aunque en realidad, todos mis sueños se han aplazado: fecha límite… sin definir.

Mantenerse despierto cada vez es más difícil: debo luchar con mi dolor corporal, mental y emocional, y con el de los demás. Bajo a desayunar y me preparo para el enfrentamiento diario. Saludo a cada uno de los estudiantes que entran a la reunión: no veo el rostro de los que entran con la cámara apagada, oigo saludar a la mayoría, y luego sus voces se extinguen. Son las 9:00 a.m., y siento la soledad de todos los días. Veo algunos rostros que se mueven, pero no emiten ningún sonido. Sus micrófonos están apagados.

Con mi imaginación, lleno el silencio de solidaridad: recuerdo cuando el mismo aire nos llenaba los pulmones de vida. Olvido por un momento que ese aire ahora está contaminado por un virus invisible que puede acabar con nuestras vidas repentinamente. Mi voz rompe el silencio. Solo me queda confiar en que me escuchan al otro lado de la pantalla. La virtualidad me ha ayudado a comprender cómo se sienten las personas que no pueden acceder al mundo con todos sus sentidos. Antes sentía impotencia, y ahora, resignación.

Los días están llenos de trabajo: nos demoramos el doble haciendo cualquier cosa por los problemas de conexión, los retos pedagógicos de la virtualidad, las reuniones interminables con los padres de familia, los informes, los formatos, las calificaciones, la planeación de las clases, los cambios de horario, y un largo etcétera…Los días son lentos y rápidos al mismo tiempo: rutinarios, pero llenos de cosas. Lucho por encontrar la calma y transmitírsela a mis estudiantes. Necesitamos resiliencia para aguantar y salir de esta.
Presento el programa de Décimo para el tercer periodo: La edad media. Tema principal: la peste bubónica. Plan lector: 1984 de George Orwell. Conceptos: utopía y distopía. Fin de la clase. En el cierre de período no hay besos, abrazos, ni risas. Solo un gracias y la tenue esperanza de que quizás tengamos clases semi-presenciales. El silencio sigue intacto.
Mañana volverá a ser primero de enero en el pueblo. En la noche, mi familia asistirá a la misa virtual y rezará el rosario. Antes de dormir nos preguntamos qué vamos a comer mañana. Ya no veo cifras ni noticias, pero sé que la economía está sufriendo los estragos del virus. Mañana despertaré otra vez en este nuevo mundo, sintiendo que la realidad no es más que una distopía. No será un día normal.

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