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Ejército y gobierno, juntos pero no revueltos

Escrito por Germán Ayala

german ayala El país sale de un largo período en el que el respeto por las Fuerzas Armadas se convirtió en una especie de idolatría enfermiza. Uno de los retos del presidente Santos es saber conservar su distancia.

Germán Ayala Osorio*

El sometimiento de las fuerzas militares y de policía a la autoridad civil es necesario para el surgimiento de la democracia. Claro está que siempre se correrá el riesgo de que ellas mismas sirvan para restringir las libertades ciudadanas, en especiales coyunturas.

En Colombia y en América Latina las fuerzas militares han comenzado a tener un especial respeto por la autoridad civil, pero también se advierten excesos y desmanes en materia de derechos humanos y libertades ciudadanas. Baste recordar los gobiernos de Turbay Ayala (1978- 1982) y de Uribe Vélez (2002-2010).

En el contexto de un conflicto armado interno como el que sufre de tiempo atrás el país, el tipo de relación que se construya entre el Presidente y la cúpula militar resulta a veces definitivo en la entrega de resultados operacionales en contra de la insurgencia y demás grupos considerados como ilegales.

En sus ocho años de gobierno, Uribe construyó una relación que superó con creces la actitud de sometimiento que normalmente ofrecen y reconocen los militares a un presidente. El ex mandatario no sólo les aseguró recursos y toda la complacencia posible para actuar en contra de lo que su gobierno consideró como peligroso para la seguridad del Estado, sino que les abrió un espacio en su corazón y buscó la manera de que también estuvieran en el corazón de los colombianos.

Quizá ningún presidente en la historia reciente de Colombia haya actuado con tanto interés en ese sentido. Nunca antes se había elogiado tanto al Ejército Nacional como ocurrió durante este período, a pesar de los escándalos de los que fue protagonista. El gobierno de Uribe reestructuró las fuerzas militares y logró internacionalizar su imagen como una de las mejores y más eficientes en el mundo.

El ex mandatario mimó en exceso a los militares. Los defendió con un patrioterismo que rayaba en una especie de idolatría, que por momentos semejó una frustración por no haber llevado el uniforme.

Con esa actitud, Uribe llevó a las fuerzas militares al estadio de héroes intocables, ante los cuales la sociedad entera debería estar agradecida y reverente.

En ocho años, Uribe se acostumbró a exigir públicamente resultados a la cúpula militar y ésta a cumplirle de acuerdo con los parámetros establecidos en su íntima relación. No olvidemos que Uribe se presentó en varias ocasiones como un soldado más, como un patriota capaz de hacerse moler por Colombia.

Las recientes arremetidas de las FARC, pero especialmente el ataque dinamitero perpetrado contra un grupo de policías, con un saldo de 14 uniformados muertos, obligarán al presidente Santos a cambiar la forma como se relaciona con la cúpula y con los soldados de Colombia. No vaya a ser que por cuenta de una relación distante, entre el Jefe Supremo y los obedientes soldados, la moral de la tropa descienda hasta el punto de permitir el resurgimiento de las guerrillas, fuertemente golpeadas en los dos períodos de Uribe.

Seguramente soldados y policías estarán esperando a un Presidente más cercano, más sencillo. Santos, por su origen, es distante, frío y poco dado a ofrecer cariño a quienes culturalmente él mismo ve como diferentes.

También debe revisarse si hay cansancio en la tropa o si el cambio de gobierno, de estilo y de jefe supremo están haciendo mella en el espíritu combativo de las fuerzas militares.

Resulta más conveniente para el país un real y sincero sometimiento de las fuerzas militares a la autoridad civil, con todo lo que ello significa en materia de respeto a los derechos humanos y a las libertades de los asociados, que insistir en una relación de enfermizo patrioterismo que termine legitimando los excesos cometidos en contra de civiles, justificando errores operacionales, e inclusive esperando reconocimientos, medallas y exaltaciones de un anacrónico heroísmo. La patria no se construye con exclusividad desde la acción militar.

Valdría la pena que el presidente Santos se reuniera con la cúpula militar con el fin de ubicar no sólo posibles nuevas necesidades operativas, sino también para aclarar que su capacidad de liderar el orden público no se basa en una relación de exaltaciones melosas que terminan por ocultar imperdonables errores militares.

* Comunicador social y politólogo.

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