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El ego del fiscal, un problema institucional

Escrito por Jorge Iván Cuervo
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Barbosa cree que no debe responder ante nadie: su soberbia le impide cumplir el deber como fiscal. Esta ha sido su gestión.

Jorge Iván Cuervo R.*

Condiciones psicológicas

El fiscal general Francisco Barbosa convirtió su cargo en un culto a su personalidad. El mensaje es que nadie es más importante que él en la Fiscalía.

Poco se habla en Colombia de las condiciones emocionales para ejercer un cargo público, especialmente uno del más alto nivel como el de fiscal general. Específicamente, en las direcciones de entidades del Estado se da por descontado que la persona es apta para el cargo si reúne los requisitos de ley: edad, formación y experiencia.

Quienes lo designan o eligen no se fijan en el aspecto emocional, a diferencia del sector privado, donde es usual y rutinaria la entrevista psicológica para reclutar directivos y trabajadores de alto nivel.

El fiscal general Francisco Barbosa convirtió su cargo en un culto a su personalidad. El mensaje es que nadie es más importante que él en la Fiscalía.

No basta que el candidato reúna los conocimientos y experiencia necesarios; es preciso asegurarse de que pueda trabajar en equipo y de que no presente trastornos de personalidad que perjudiquen el clima laboral.

Toda una rama de la psicología estudia estos temas; las empresas privadas confían en los informes que revelan las entrevistas de trabajo para tomar decisiones sobre a quién contratar o no.

El factor humano en el Estado

Poco se habla sobre recurso humano en el Estado colombiano, entre otras razones por la creciente precarización laboral del sector público: un porcentaje importante de personas que trabajan para el Estado lo hacen por prestación de servicios, sin vínculo laboral.

El DANE publica cada año la Encuesta Nacional sobre Ambiente y Desempeño Institucional, que ofrece buena información sobre entornos de trabajo, expectativas laborales y vinculación de personal, entre otros factores. En esta no se informa sobre la exigencia de condiciones psicoemocionales para ingresar al servicio público; seguramente, se ha evadido este tema para no enfrentar a los sindicatos estatales. El Estado solo le pregunta al candidato por circunstancias como la formación académica, la experiencia profesional previa y las competencias laborales.

Por otro lado, es sorprendente que la Encuesta de 2019 registre que un 29,2 % de los servidores públicos contestaron que “la ayuda de un político o de alguien con vínculos políticos” fue decisiva para conseguir ese trabajo.

Lo anterior muestra la clientelización de los procesos de ingreso y permanencia en el servicio público, los cuales deberían basarse en la idoneidad técnica y las competencias laborales.

La megalomanía del fiscal

Supongamos que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia hubieran tenido en cuenta unos requisitos mínimos de equilibrio emocional al momento de escoger al fiscal general entre los ternados por el presidente de la República.

Si así fuera, Barbosa no reunía los requisitos necesarios, como tampoco los de experiencia y conocimiento para el cargo. Incluso, su carta de presentación más contundente era que el presidente Duque —quien lo ternó— fue su compañero de clase en la universidad.

Barbosa se vanagloria de que lo eligieron por unanimidad, pero todo indica que los magistrados prefirieron quedar bien con el gobierno a preservar la autonomía e independencia de la Fiscalía. ¿Acaso lo hicieron por el cabildeo de la actual procuradora?

Es necesario remarcar que los magistrados de la Corte Suprema son responsables de los continuos desaguisados del fiscal. Veamos algunos

  • Barbosa se definió a sí mismo como la persona más preparada de Colombia para ejercer el cargo y a tan solo tres meses de haberse posesionado, como el mejor fiscal de la historia;
  • Se atribuyó personalmente logros de la institución, como indica la cuenta de Twitter de la Fiscalía con respecto al caso de uno de los integrantes de la organización criminal Los Pachenca;
  • A tan solo ocho meses de su posesión perdió a buena parte del equipo directivo, por problemas relacionados con su manejo en las relaciones personales. “Es un desastre: no es buena persona ni buen profesional”, “No es empático, ni respetuoso; no es fuerte en los temas ni tiene un criterio robusto”, como le señaló una fuente a La Silla Vacía
  • Cambios intempestivos de fiscales y otros directivos a otros lugares de trabajo, más por criterios de revancha y castigo, o de premio y jugada política, que, por consideraciones técnicas, como lo ha venido denunciando la periodista Cecilia Orozco
  • Respondió de forma desobligante al reclamo del Defensor del Pueblo para que la Fiscalía actuara en orden a proteger a los líderes sociales de El Salado;
  • Una última muestra de la megalomanía que ha caracterizado su mandato ocurrió durante su polémico viaje a Ecuador cuando al ser cuestionado respondió: “Yo soy el fiscal general de Colombia; no tengo jefe; nadie me da órdenes en este país”.
Foto: Facebook: Fiscalía General de la Nación El viaje al Ecuador implica que ya pasamos de lo anecdótico – un funcionario con ego hipertrofiado – al plano de lo político y lo institucional.

Problemas diplomáticos en Ecuador

El incidente en el vecino país refleja una vez más el estilo de Barbosa: protagonismo excesivo sin considerar los daños institucionales que ello pueda causar. “Un fiscal con sello propio”, como se desprende de una pieza publicitaria de la misma Fiscalía —con la que habría trasgredido la ley al usar recursos públicos para promocionarse—, esto como resultado de una asesoría en estrategia política, una decisión sin antecedentes en Colombia para la Fiscalía, según informó La Silla Vacía.

Su viaje a Ecuador superó la simple anécdota sobre el ego hipertrofiado de un funcionario y creó un escenario de consecuencias políticas e institucionales impredecibles.

Barbosa se reunió con Diana Salazar —su homóloga en Ecuador— para entregarle información del computador de alias Uriel —abatido comandante del ELN—, que incluiría pruebas de que esa guerrilla aportó a la campaña del candidato Andrés Arauz, de la línea política del expresidente Rafael Correa. De todos modos, una semana antes de las elecciones, esa información ya se había filtrado en la revista Semana.

Barbosa se vanagloria de que lo eligieron por unanimidad, pero todo indica que los magistrados prefirieron quedar bien con el gobierno a preservar la autonomía de la Fiscalía.

El fiscal colombiano viajó en el avión de la entidad con una puesta en escena como de película de James Bond, aunque fuera un viaje innecesario e inconveniente: las pruebas hubieran podido presentarse en Colombia o enviarse confidencialmente a la fiscal ecuatoriana; pero se prefirió un show excesivo que podría interpretarse como una intervención en las elecciones de Ecuador para afectar al candidato que más votos obtuvo en la primera vuelta, quien disputará la presidencia en segunda contra el empresario Guillermo Lasso, tal y como lo informó el Consejo Electoral ecuatoriano.

Es probable que Arauz gane las elecciones en el vecino país. De darse ese escenario, no es difícil suponer un deterioro de las relaciones binacionales. Ocurrió algo parecido durante la campaña en Estados Unidos: miembros del Centro Democrático —incluido Juan David Vélez, representante a la Cámara de los colombianos en el exterior— apoyaron abiertamente a Trump, pero el gobierno de Iván Duque no rechazó de manera inequívoca esa torpe maniobra.

La Corte Suprema y Duque son responsables

Si el fiscal Barbosa se considera más importante que la entidad que dirige y si actúa sin considerar los posibles daños políticos e institucionales de su protagonismo, ya no estamos en el terreno de lo picaresco, y sería oportuno que la Corte Suprema de Justicia lo llamara a la cordura y a la sensatez.

Como ha dicho que se manda solo y nadie le da órdenes en este país, su soberbia —y su proyección política— lo puede estar alejando de sus deberes constitucionales. El tribunal que lo eligió podría recordárselo para evitar un daño institucional irreparable.

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