Egipto: Cuando las muchedumbres derriban la barrera del miedo - Razón Pública
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Egipto: Cuando las muchedumbres derriban la barrera del miedo

Escrito por Massimo Di Ricco
Massimo Di Ricco

Massimo Di Ricco El mayor desafío que desde hace décadas enfrentaban las sociedades árabes era vencer el  miedo que ha permitido que los autócratas sometan a sus pueblos. ¿Cómo se explica que los egipcios hayan logrado derribar esta barrera y cuál ejemplo dan al mundo árabe?

Massimo Di Ricco *

Pasado y presente

Resulta impresionante contrastar las fotos y los videos de los manifestantes de la plaza Tahrir esperando mientras una horda de policías se despliega y luego cuando chocan en el puente de Kasr el Nil, con las imágenes de otras manifestaciones en años pasados.

Una de ellas fue la del 2 y 3 de mayo de 2010, cuando varios activistas egipcios convocaron manifestaciones para exigir un aumento en el salario mínimo, además de algunas reformas políticas y constitucionales, que pretendían ampliar las garantías democráticas para las elecciones parlamentarias en camino.

Eran apenas poco más de trescientos manifestantes, principalmente trabajadores, miembros de sindicatos independientes, periodistas, jóvenes y activistas de derechos humanos, que soñaban con llevar a cabo una protesta masiva que se hiciera escuchar. Pero se encontraban con lo de siempre: cada vez que salían a las calles, los rodeaban las fuerzas de seguridad, que los duplicaban en número.

El cuadro se completaba con otros dos componentes: grupos de policías vestidos de civil y la masa violenta de los "matones" pagados por el gobierno. Éstos solo intervendrían si las cosas se ponían feas o cuando desde arriba se decidiera que ya era suficiente el tiempo de ocupación del espacio público por parte de los manifestantes.

Las manifestaciones que precedieron a Tahrir-2011 tenían un protocolo establecido. Los jóvenes policías se agrupaban en las esquinas alrededor de la protesta, guardando siembre la formación militar o esperando órdenes de algún oficial de más alto rango. Fuerza bruta y máquina de represión en manos del sistema.

En un primer momento todo se desarrollaba con tranquilidad, hasta que a discreción de las fuerzas de seguridad, se apelaba al miedo como la herramienta de control más eficiente. Una vez rodeados, los manifestantes eran cercados físicamente con vallas en un perímetro reducido y a los que se ubicaban alrededor del mismo, les hacían una simple y diplomática pregunta: "Aquí no se puede quedar, ¿Dentro o fuera?".

Ningún curioso, ningún espectador pasivo. La elección era simple, quedarse adentro e incurrir en la posibilidad de ser encarcelado, o girar la mirada para otro lado, ignorando el clamor popular e irse dando la espalda a los gritos y a los lemas de los manifestantes. El miedo surtía efecto.

Eran las "protestas de encierro", donde los manifestantes terminaban aprisionados entre dos calles frente al Parlamento o apretados en las escaleras del sindicato de los periodistas, los lugares más frecuentes para realizar las protestas contra el régimen. La tensión era complementada con líneas de camiones y camionetas que se encargaban de llenar las calles de policías jóvenes y mal pagados. Las mismas camionetas que solían llevar a pasear a los manifestantes a los cuarteles o hacerles visitar los meandros más oscuros del Gobierno autoritario egipcio.

La barrera del miedo

¿Quién o qué cosa rompería la barrera del miedo de la que había sido víctima la población egipcia desde hacía tres décadas y que había sido cuidadosamente construida por el régimen de Mubarak y sus antecesores? ¿Cuáles serían los factores que impulsarían a las multitudes egipcias a salir a protestar para superar en número a las temidas fuerzas de seguridad? Primera pregunta.

La vuelta a Egipto en el 2010 de Mohammad al-Baradei, premio Nobel de la Paz y antiguo director de la Agencia Internacional de Energía Atómica, provocó el interés de la prensa internacional acerca de la posibilidad de un nuevo futuro para el país de los faraones. Pero la ecuación no sufría mayores cambios. La mayoría de los egipcios, la masa silenciosa e invisible, no conocía a Baradei y aún hoy no tiene idea de quién es este hombre que pasó la mitad de su vida en el exterior.

El reconocido funcionario no parecía conseguir aquella mezcla explosiva capaz de articular a la minoría de los activistas de las protestas de siempre con la gran muchedumbre de egipcios, una mayoría pasiva, temerosa y aparentemente castrada políticamente. ¿Quién o qué factor podría lograr que se involucraran y así dotarlos de argumentos de protesta masiva? Segunda pregunta.

Egipto no daba la impresión de tener una masa ciudadana consciente y fuerte. Se trataba más bien de una muchedumbre atrofiada, que arrastraba una vida indigna y alejada de la política por la fuerza represiva del régimen y porque estaban más ocupados en conseguir la comida del día, vivir de los subsidios alimentarios del gobierno y hacer fila en los dispensarios del barrio para conseguir un poco de pan, arroz y habas.

A pesar de tener una población de más de 80 millones de habitantes, en el Egipto de Mubarak todos podían ser fácilmente identificados. Los informantes del régimen parecían esconderse en cada esquina. La mayoría prefería no hablar de cuestiones políticas en público. La gran masa lo sabía y alimentaba con su miedo a la autoridad.

No eran parte del grupo creciente de héroes y mártires que se organizaban políticamente. No eran las víctimas regulares que pasaban por los calabozos egipcios y salían a la calle con el ánimo revigorizado y con más razones aún para desafiar a Goliat. El grueso de la población se mantuvo callada mucho tiempo; solo hablaban de política en espacios de suma confianza. El miedo acallaba, dormía las palabras, anestesiaba la mente.

El Egipto de Mubarak se fundaba en la política del miedo, un arma común en todo el Medio Oriente. El mukhabarat, los servicios de inteligencia y la policía egipcia brindaban asesoría en temas de seguridad, vigilancia y castigo a otras fuerzas gubernamentales en la región. Todos los pueblos árabes saben por qué es mejor caminar lejos de los cuarteles de la policía. Siria, Túnez, Argelia, Marruecos, Jordania, Líbano…ninguna excepción a la regla.

La muchedumbre desafía el miedo 

La unión hace la fuerza. Nada más verdadero en el caso egipcio, pero no fue lo único. ¿Qué hizo posible que aquella mañana del 25 de enero se llegara a desafiar al régimen y a decir khalas, basta, con el miedo? Todos querían emular a Túnez. Los árabes se nutren de orgullo y de una sana competencia por ser el eje central de la región y ejemplo para los demás. Las imágenes de la plaza Tahrir y la fuga de la policía de las calles de la capital, bajo el mando de Mubarak, representaron el final de ese miedo legitimador.

Las manifestaciones no han sido completamente espontáneas, como quisieran los románticos de las "revoluciones". Pero han aglutinado la capacidad logística de una serie de jóvenes activistas, quienes mediante los modernos medios de comunicación lograron conectarse con una muchedumbre exaltada por los acontecimientos de Túnez y dispuesta a recuperar la dignidad olvidada.

La salida masiva a la calle y la fuerza de los números consiguieron la esperada mezcla para precipitar el desmoronamiento de la barrera del miedo. Corría enero y el 25 de ese mes sería la oportunidad de agasajar a la Policía, pues era su fecha nacional. Pocos días antes, los organizadores difundieron indicaciones sobre cómo actuar, incluso utilizando medios más tradicionales, que no incluían a las tan exaltadas redes sociales, tratando de evadir cualquier infiltración de los aparatos de inteligencia.

El desespero de los años de represión, la conciencia colectiva que se construyó paulatinamente acerca de la necesidad de reclamar un futuro mejor y más justo para los egipcios, hizo que finalmente los números de manifestantes superaran cualquier intención de represión de la policía. Una masa que iba tomando conciencia, compuesta por quienes no habían ido nunca a protestar en su vida o por quienes jamás habían pensado siquiera en la posibilidad de hacerlo.

El golpe de gracia fue dado por los sindicatos, que finalmente decidieron poner su nombre en los carteles de la marcha. Hay que recordar que desde el 6 de abril de 2008, los trabajadores y los jóvenes, que se aglutinaron a través de las redes sociales, ya habían movilizado la expresión colectiva y desafiado al régimen convocando a una exitosa huelga general. Así las cosas, los ánimos se venían caldeando desde hacía tres años.

La era post-Mubarak y la verdadera revolución

Ahora son los trabajadores con sus huelgas quienes ocupan el escenario público en el Egipto post-Mubarak, representando además la idea de revolución diaria de los "nuevos" egipcios contra el nizam, el sistema.

Los nuevos trabajadores han perdido el miedo y quieren empezar ahora sí la verdadera revolución, removiendo las directivas de empresas, industrias y organizaciones que han representado por muchos años la cara del régimen y de su corrupción. Cada uno quiere aportar su grano de arena para la construcción del nuevo Egipto.

El principio del cambio no hubiera llegado sin la participación de esta multitud multicolor. ¿Hasta dónde llegará la expresión de sus aspiraciones políticas? La respuesta es dudosa, pero deja espacio al optimismo.

El mismo optimismo del que se ha alimentado la gente de la plaza Tahrir. Jóvenes y menos jóvenes que se han nutrido de optimismo por primera vez en muchos años y que siguen retroalimentándose entre sí. Optimismo en que los militares cumplan, en que lo logrado no se transforme en una autocracia religiosa o en reformas sólo aparentes.

En Egipto la revolución reside ahora en la voluntad de una muchedumbre que ha tomado conciencia, que se convierte rápidamente en ciudadanía activa, de continuar la sublevación y avanzar en la remoción de las viejas y corruptas estructuras del sistema, ya no a nivel de la calle, sino en pequeños grupos y en diferentes ámbitos.

Muchos se preguntan si los acontecimientos de Egipto merecen el calificativo de revolución. La pregunta es de poca importancia. Más relevante es saber qué ha permitido alcanzar este desafío y qué significa para el futuro de Egipto y de los otros países de la región. Al final no importa si es una revolución, una sublevación o una simple protesta, el espíritu de Tahrir es lo esencial como ejemplo.

Lo que nos enseñó la multitudinaria Tahrir es que se puede desafiar el terror estatal. Una fuerza compuesta por simples individuos, que impulsa a otros países a transitar por el mismo camino. Como antes con los tunecinos, ahora todos quieren emular a los egipcios. Otros países como Libia, Yemen o Bahreim, donde hasta hace pocos días era impensable que la población se enfrentara al propio régimen, ya han tomado el camino de desafiar a sus respectivos aparatos del miedo.

Hace más de un año, en las celebraciones del día de la policía, los uniformados egipcios distribuían caramelos a la población fuera de los cuarteles de la capital. La gente pasaba en automóviles al lado de las comisarías, bajaba la ventanilla, sonreía con diplomacia a los uniformados, agradecía el regalo y felicitaba a los agentes. Sonreía por miedo o temor a la autoridad.

Sólo hizo falta que pasara un año y este 25 de enero marcó el principio de un futuro lleno de esperanza y el final de un largo miedo.

*Profesor visitante en el Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Doctorado en Estudios Culturales Mediterraneos por la Universidad de Tarragona, ha sido investigador en la Universidad Americana de Beirut, Líbano y en la organización Egyptian Initiative for Personal Rights (EIPR). Corresponsal de varios medios italianos y españoles desde Beirut y El Cairo.

*Profesor visitante en el Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Doctor en Estudios Culturales Mediterráneos de la Universidad de Tarragona, ha sido investigador en la Universidad Americana de Beirut (Líbano) y en la organización Egyptian Initiative for Personal Rights (EIPR). Corresponsal de varios medios italianos y españoles desde Beirut y El Cairo.

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