Ecuador a las urnas: la tentación de la mano dura | Razón Pública 2023
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Ecuador a las urnas: la tentación de la mano dura

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Pocos años después de vivir en paz y con estabilidad política, Ecuador tuvo hoy unas elecciones atípicas en medio de la violencia, el miedo y la incertidumbre.

Mauricio Jaramillo Jassir*

¿Pasó lo mismo que había pasado en Colombia?

La muerte del candidato presidencial Fernando Villavicencio ha sido interpretada en Colombia con particular sensibilidad y estupor por sus obvios parecidos con la crisis que vivimos entre los años los 80 y 90, cuando la guerra contra los grandes carteles hacía pensar en un Estado inviable.

Pero, aunque la gravedad de la situación en Ecuador sea innegable, ese país está lejos de poder etiquetarse como fallido o inviable, como apresuradamente afirmó el propio expresidente Rafael Correa.

La terrible situación que enfrenta el país vecino debe entenderse según las circunstancias recientes y actuales del Ecuador, muy distintas de la realidad colombiana de los 80.

La tasa de homicidas por 100 mil habitantes en Ecuador es 27, mientras que Colombia alcanzó a ser de 80 en 1989, el año trágico cuando varios aspirantes cayeron abatidos.

Aun así, Ecuador se enfrenta al momento más crítico de su historia contemporánea y el peor en materia de orden público.

El país corre además el grave riesgo de sucumbir ante los discursos autoritarios que ven la “mano dura” como fórmula mágica para resolver de manera inmediata todos los problemas de seguridad.

Le recomendamos: Las causas de la inestabilidad en Ecuador

El pasado: inestable pero seguro    

Durante la década de los 90, Ecuador vivió la caída de varios presidentes de corta duración. En nueve años tuvo nueve mandatarios, e incluso en 1997 tres presidentes desfilaron por Carondelet, la sede del gobierno.

aunque la gravedad de la situación en Ecuador sea innegable, ese país está lejos de poder etiquetarse como fallido o inviable, como apresuradamente afirmó el propio expresidente Rafael Correa.

La salida atropellada del poder de Abdalá Bucaram en 1997, Jamil Mahuad en 2000 y Lucio Gutiérrez en 2005, mostraba un país ingobernable, pero en cuyas manifestaciones para precipitar la salida de mandatarios no asomaban serias señales de violencia. Ecuador, aun siendo crónicamente convulso, también era irremediablemente pacífico.

Basta imaginar el saldo que hubiese provocado en Colombia la caída de tres presidentes. Sería lógico pensar en una situación de caos incontrolable, habida cuenta de la normalización de la violencia.

La caída de tantos gobiernos tuvo una causa en común: la imposibilidad de establecer consensos mínimos ejecutivos y legislativos. Cada vez que se rompía la coalición de gobierno en el entonces Congreso (hoy Asamblea Nacional), los partidos que pasaban a ser oposición hacían lo imposible para arrinconar a los presidentes, hasta que se volvían insostenibles. Dicho de otro modo, el Congreso siempre se extralimitó.

Aquello pareció remediarse con la nueva Constitución que se adoptó en 2008, que mejoró el equilibrio entre poderes y, durante los diez años del ciclo correísta (2007-2017), Ecuador conoció la estabilidad y una prosperidad económica expresada en la reducción de la pobreza en 11 puntos, de la pobreza extrema en 8 puntos y en una contracción significativa del coeficiente de Gini (0,51 al 0,46).

Correa entregó un país funcionando en términos económicos y seguro, con una tasa de homicidios de 5 por cada 100 mil habitantes, pero con asomos de autoritarismo, en especial por la insólita decisión en el seno de su partido, Alianza PAIS, de tramitar la reelección presidencial indefinida.

Narcotráfico sin fuerza policial ni militar  

Una serie de factores explica el tránsito de un país relativamente pacífico y con un orden público sin grandes complicaciones, a la situación actual, donde la violencia de las mafias parece haberse tomado algunas provincias (Guayas, Manabí y Esmeraldas) e incluso empieza a aparecer con fuerza en Quito —una ciudad pacifica hasta hace relativamente poco tiempo—.

Primero, la ubicación geográfica hace que el país sea apetecible como lugar de tránsito para la droga (por su condición costera hacia el Pacífico). Además, debido a la riqueza de Guayaquil, capital de Guayas, se produjo una mezcla trágica entre poder adquisitivo y la aparición de bandas que pretenden controlar la distribución de drogas.

Así surgieron Los Lobos, los Tiguerones y Los Chone con su brazo armado, los Chone Killers, que convivieron en cierta paz hasta 2020, cuando murió el líder Jorge Luis Zambrano, alias “Rasquiña”. El vacío de poder dio lugar a una violenta disputa y resultó en las peores masacres en la historia carcelaria ecuatoriana a lo largo de 2021, cuando murieron casi 500 reclusos.

Por otro lado, Ecuador no tiene capacidades militares ni policiales para hacer frente a semejante amenaza. Un país con tasa de homicidios tan bajas y sin grandes traumas de crimen, ha tenido una fuerza pública en concordancia con esa tranquilidad interrumpida en estos años.

Para hacerse una idea, Colombia, enfrentada a la ola de violencia de los 80 y 90 y habiendo padecido un conflicto armado interno, tiene un pie de fuerza de 420 mil efectivos, mientras que en Ecuador esa cifra llega a los 185 mil. La policía ecuatoriana tiene la tercera parte del total del pie de fuerza que la colombiana. Eso también lo hace atractivo y vulnerable para la llegada y distribución de estupefaciente.

Gobiernos desacertados

Para completar los males ecuatorianos, vale recordar la mala gestión de Guillermo Lasso, que optó por la militarización de las ciudades más afectadas, el recurso constante a los Estados de excepción y la flexibilización del porte de armas (de fuego e incluidos elementos como el rociador de gas pimienta) con el muy discutible argumento de que facilitan la legítima defensa.

Además, se ha pasado por alto la enorme crisis social después de los dos años de pandemia que hicieron del Ecuador uno de los más afectados en América Latina, junto a Brasil y Perú. Todavía se recuerdan los cadáveres agolpados en Guayas y la incapacidad del Estado en cabeza de Lenín Moreno y las autoridades locales con Cynthia Viteri para atender la emergencia.

La alcaldesa de Guayaquil se hizo tristemente célebre cuando ordenó el despliegue de vehículos en la pista del aeropuerto internacional para impedir el aterrizaje de aviones provenientes de Ámsterdam y Madrid, poniendo en riesgo la seguridad aérea. El hecho sin antecedentes revela la poca pericia de quienes tuvieron a su mando la gestión de la pandemia.

Ecuador no ha podido recuperarse del todo de la crisis sanitaria, lo cual se ha manifestado en movilizaciones representativas, como el levantamiento indígena de 2021 contra Lasso, que hizo pensar en su salida prematura.

Seleccionar sin escoger

Este año el presidente forzó la llamada “muerte cruzada”, mecanismo constitucional (artículo 148), para facilitar la superación de crisis: Pero la despojó de su sentido natural al usarla para evitar su destitución ante un juicio político en curso. Una “leguleyada” a expensas de la gobernabilidad.

Obligó a una elección atípica para renovar al mismo tiempo la Asamblea Nacional y presidente y vicepresidente, ahondando la sensación de desgobierno. Así, el país llega a las urnas para elegir entre dos proyectos políticos imposibles de reconciliar.

De un lado, la nostalgia por los años de correísmo representada en la fórmula de Luisa González y Andrés Arauz. Estos deberán convencer a los ecuatorianos de que el bienestar social se puede alcanzar al tiempo que se logra combatir la delincuencia. Su principal enemigo es la moda del discurso sobre el punitivismo y el militarismo, tan efectivos y atractivos en los debates.

Foto: Ministerio del Interior Ecuador - La policía ecuatoriana tiene solo la tercera parte del total del pie de fuerza de la policía colombiana.

aunque la gravedad de la situación en Ecuador sea innegable, ese país está lejos de poder etiquetarse como fallido o inviable, como apresuradamente afirmó el propio expresidente Rafael Correa.

En la otra orilla, Jan Topic, del sector militar civil, encarna los ideales de un bukelismo de carácter exportable —el modelo autoritario salvadoreño que consiste en reemplazar una calamidad por otra calamidad—. También a la derecha aparece Christian Zurita, quien hereda la candidatura de Villavicencio y espera recoger la indignación ante el asesinato.

En el centro se ubican Otto Sonnenholzner, quien fuera vicepresidente de Moreno y promueve seguridad y estabilidad macroeconómica; y Yaku Pérez, líder indigenista que en 2021 se quedó a pocos votos de meterse en segunda vuelta.

Ecuador llega a las urnas en el peor ambiente posible y con una polarización que atenta contra el breve mandato de quien se imponga (hasta 2025). Las elecciones son atípicas y —pero— parecen un ritual democrático excesivamente formal y vinculante (es obligatorio el voto), donde se selecciona, pero no se escoge porque la gente asiste con más miedo que convicción democrática: un escenario cada vez más común en la región.

Puede leer: La tragedia del vecino

Acerca del autor

Mauricio Jaramillo-Jassir

* Profesor de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario, autor del libro Anatomía heterodoxa del populismo. Editorial de la U. del Rosario.

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Mauricio Jaramillo-Jassir

* Profesor de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario, autor del libro Anatomía heterodoxa del populismo. Editorial de la U. del Rosario.

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