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Economía Budista

Escrito por Jaime Villamil
La Bolsa de Valores de Nueva York.

La Bolsa de Valores de Nueva York.

Jaime VillamilHay que mirar a veces desde afuera para ver lo que hay adentro. Desde una sabiduría milenaria, esta reflexión refrescante sobre las cosas básicas que los economistas y los no economistas damos por sentadas y sin embargo no pueden llenarnos.     

Jaime Villamil*

¿Quién soy? 

Mucha personas responden esta pregunta desde lo que hacen (“soy médico”, por ejemplo), otras desde lo que tienen  (“tengo una acción del Club del Nogal”), y otras desde sus  experiencias (“después de la muerte de mi esposo soy una persona triste”). Pero rara vez alguien conoce, o por lo menos quiere conocer, lo que es realmente, sin identificarse con objetos externos. 

La revolución que puede cambiar la pésima dirección que llevan hoy nuestras vidas no es de carácter político ni económico. Es una revolución espiritual. 

La revolución que puede cambiar la pésima dirección que llevan hoy nuestras vidas no es de carácter político ni económico. Es una revolución espiritual. 

Todas las respuestas equivocadas que damos a la pregunta ¿quién soy? son construcciones culturales de una identidad que no dice nada de lo que realmente somos. Esta identidad brinda protección y seguridad. Pero también da origen a un mundo basado en el egoísmo, que se crea y se reproduce para fomentar la competencia y la acumulación material. 

“El infierno de los vivos – escribió Ítalo Calvino en Ciudades Invisibles – no es algo que será; hay uno, es aquél que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos”. 

El tiempo

La vida productiva se orienta mediante rutinas y transcurre en unos tiempos estrictamente cronometrados, que por lo tanto niegan ese descubrir lo que realmente somos. 

El tiempo del reloj disminuye la capacidad de ver la diversidad, acaba con la emoción que nace de maravillarse ante la novedad y disminuye la capacidad de sentir. Empezar a darse cuenta de que la rutina crea un cascarón que nos insensibiliza, que la vida no es una línea recta que tengamos que seguir como nos es impuesta, es despertar y empezar a salir de aquel infierno. 

La única posibilidad de experimentar la vida está en el presente, en el aquí y el ahora:

  • El pasado nos condena a actuar de manera restrictiva, nos mantiene con miedo y nos obliga a mantener la prudencia para no repetir hechos dolorosos que vivimos.
  • El futuro nos hace creer que hay algo mejor que el presente, y por esto mismo también es una restricción. 

La mejor forma de vivir es imitar a un niño, que goza en la medida en que la vida se le va presentando, que olvida pronto lo doloroso que le ocurre para seguir en el juego de la vida, y que no siente miedo de lo que está por acontecer. Cuando contemplamos la vida en lugar de esperar algo de ella, experimentamos la vida. 

Cuando contemplamos la vida en lugar de esperar algo de ella, experimentamos la vida. 

No obstante la sociedad creó la ilusión de que sólo alcanzando metas externas podremos sentirnos satisfechos y tranquilos, pero como siempre hay algo por cumplir, esto nunca ocurrirá. De aquí que Carl Jung acierte al afirmar que “quien mira hacia afuera sueña y quien mira hacia adentro despierta”.

El sistema de producción

Sea capitalista o socialista, el sistema productivo nos controla por entero. No solo porque organiza y planifica nuestras vidas sino porque induce el miedo en cada uno de nosotros para que no se ponga en duda o se  abandone este sistema. 

No tendríamos tantos problemas si la construcción social que sirvió para organizamos hubiera partido del altruismo en lugar del egoísmo. Adam Smith, a quien se atribuyen la paternidad de la ciencia económica y las bases ideológicas del capitalismo, pensaba  sin embargo que “sentir mucho por los demás y poco por nosotros mismos, restringir nuestros impulsos egoístas y fomentar los sentimientos benevolentes, constituye la perfección de la naturaleza humana”. 


El filósofo y pionero de la economía política Adam Smith.  
Foto: Wikimedia Commons

En contra de Adam Smith, la humanidad tomo el camino del egoísmo y se alejó de la perfección, de la verdadera evolución. Ahora el trabajo que cada uno de nosotros debe llevar a cabo es desaprender todas las falacias con las que fuimos adoctrinados y mediante a cuales fuimos convertidos en esclavos o en servidores dóciles del sistema productivo. En eliminar una por una las “necesidades”  que nos fueran impuestas desde afuera, porque solo “aquél que se libera de deseos contempla la verdadera perfección” (Lao Tzu).

Hoy se invoca de manera permanente el principio de eficiencia es decir, el de obtener el mayor beneficio al menor costo posibles, y esa “sabiduría” acabó con el equilibrio de la naturaleza y produjo el calentamiento global, así como la conquista en nombre de Dios causó millones de muertes de nuestros indígenas a manos de los invasores occidentales, los mismos que llevaron el papel de la racionalidad a niveles demenciales. 

Las decisiones trascendentales de la vida hoy no se juzgan a la luz del amor verdadero sino de la razón –uno de cuyos pilares es la eficiencia-. Tenemos más que aprender de nuestras civilizaciones prehispánicas que de las sociedades modernas:,  los Muiscas entendían con claridad que “la fuerza del amor transforma la vida, que es la luz que marca el camino apartándonos de las tinieblas del temor que hay en nuestros corazones”.

Nos hemos acostumbrado a creer que la eficiencia procura beneficios para todos, y que somos racionales cuando somos eficientes. Pero para ilustrar lo absurdo de esta forma de pensar bastaría preguntarse si es eficiente la manera cómo una ciudad se abastece de alimentos. ¿Cuál es el gasto de energía de necesario para tener un plato de comida sobre la mesa? Hay varias personas que actúan en los eslabones desde que el campesino arranca el alimento de la tierra hasta que llega al supermercado, todos buscando el máximo beneficio al menor costo; la suma de sus intereses hacen que el precio y el gasto de energía para que usted se alimente sea mucho mayor del que se utilizó para producirlo. ¿Es esto eficiente? 

De la misma manera podría analizarse la provisión de servicios básicos como el agua, de bienes públicos como la salud y la educación, o de servicios más complejos como la intermediación financiera.

Las sociedades que hemos construido sobre la base del egoísmo y la racionalidad son sencillamente espantosas, nos anulan desperdiciando nuestra energía vital.


El escritor y periodista italiano Italo Calvino
Foto: Wikimedia Commons

Volver al origen

Para despertar no solo hay que poner en tela de juicio las creencias productivas sino todas las que hemos adquirido a lo largo de la vida. 

Todas fueron creadas y trasmitidas para reducirnos a engranajes. Krishnamurti advirtió hace muchos años que "si uno desea encontrar la verdad debe estar completamente libre de todas las religiones, de todo condicionamiento, de cualquier dogma o creencia, y de toda autoridad que obliga a seguir, lo cual, en esencia, significa estar realmente sólo, y eso no es nada fácil”. 

Cuando nos alejamos de los referentes externos que nos condicionan, nos acercamos a nuestro despertar, a ver lo que somos. ¿Y qué es eso que somos? Somos vida, somos amor, somos energía, somos Dios.

Cuando esto se entiende, o mejor, se experimenta, insistimos en buscarle un sentido a la vida por fuera de nosotros mismos. Pero como escribió Viktor Frankl, “el sentido de la vida nace de la existencia, y hay que desafiar a la vida para que siga entregando situaciones donde se encuentra el sentido. El valor primordial de la vida es entregar amor”. 

En la infancia de la humanidad el ser humano era espontáneo, carecía de expectativas y de ansias de acumulación. Era energía vital que fluía libremente. Pero el hombre inventó la verdad, el conocimiento, y luego exageró el papel de la razón en nuestras vidas. A medida que la humanidad iba desarrollando la racionalidad,  disminuía su capacidad de sentir y de expresar amor, de ser vitales y ser libres. Con esto desató más bien un impulso de muerte, de conquista, de apropiación violenta y de dominación de unos por otros. 

Aquello que llamamos “progreso” o “desarrollo” se convirtió en retroceso en la evolución.

Aquello que llamamos “progreso” o “desarrollo” se convirtió en retroceso en la evolución. A partir de la razón siempre se están ideando e imponiendo metas por alcanzar, se está pensando en planes que apoyados en la lógica logren el propósito esperado. Allí acaban la inocencia y la candidez de la humanidad, se elimina el gozo de vivir y crear, y se originan  la frustración y el miedo. 

La producción de necesidades y de metas no se agota. Y cuando no se logran vienen sentimientos como la vergüenza, la culpa, la rabia, el miedo y la tristeza. Estos sentimientos dejan una huella orgánica que degenera en enfermedades terribles, como el cáncer. Únicamente las acciones basadas sobre sentimientos diferentes, como el amor, la compasión y la alegría, pueden apartarnos de ese destino. 

"El amor y la compasión – predicó Dalai Lama –  anulan el miedo a vivir, ya que ambas cualidades de la mente se desarrollan en nosotros; aparece entonces la confianza interior y el miedo desaparece. Es nuestra mente quien crea el mundo en que vivimos". 

Todo lo que llamamos inteligencia racional no es más que la forma cómo nos hemos desconectado de la vida. Y para reconectarnos debemos empezar a desaprender los conocimientos inútiles y a reducir nuestras necesidades a las más básicas. Así eliminaremos el miedo, y viviremos con plenitud como la alondra de Basho: “sobre los campos, sin apego a nada, canta una alondra”. 

 

* Economista y magister en Matemática Aplicada de la Universidad Nacional de Colombia,  miembro de la Fundación de Investigaciones y Estudios en Economía, Cultura, Ecología y Ambiente (FIECCE). 

twitter1-1@javillamilt

 

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