Don’t worry, be happy - Razón Pública
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Don’t worry, be happy

Escrito por Juan Sebastián Lotero
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Es imposible dejar de lado la preocupación y ser feliz en medio de la dramática situación del país. Testimonio sincero de un estudiante conmovido por el paro nacional.

Juan Sebastián Lotero*

De la emoción a la desesperanza

Aún recuerdo cuando leí por primera vez a Alfredo Molano y supe que existía algo llamado Sociología. Estaba en once y me preparaba para presentar el ICFES. Recuerdo también aquella exposición sobre movilización social que presenté en el primer semestre de la carrera que conocí gracias a los textos de Molano. Recogí videos y testimonios de las marchas del primero de mayo de 2015 para esa presentación. Era un enamorado de la movilización y de la lucha.

Con el paso de los semestres, fui desencantándome poco a poco de las manifestaciones. Las reflexiones teóricas y la evidencia empírica hicieron que la chispa que se había encendido en aquel joven de 16 años se apagara poco a poco.

Las protestas que ocurrían en Colombia reafirmaban mi sentir: solo tenían un alcance simbólico, y siempre dejaban varios muertos y heridos a manos de la policía. Parecía que, en la práctica, solo servían para que los tombos pudieran “cascarles” a pelados inocentes.

La llama permaneció apagada durante todo mi recorrido sociológico. Ni siquiera mi incursión en la sociología de los movimientos sociales logró encenderla nuevamente. Pasé de sentir emoción frente a las marchas, a sentir desesperanza.

Los golpes, los gases y las balas han acabado con la vida de muchos manifestantes. Sentir un nudo en la garganta por la muerte de personas que no conozco se ha convertido en mi rutina diaria.

La violencia ejercida por la fuerza pública, los lamentos del gobierno por los rayones en las paredes y en las estaciones de Transmilenio y la estigmatización de la protesta promovida por los medios mantuvieron la llamada apagada durante mucho tiempo. Cada vez que veía una manifestación pensaba: “¿Para qué protestar? ¿Para dejar más jóvenes muertos?”

Una ola de empatía

Y eso pensé cuando empezaron las marchas contra la reforma tributaria. De hecho, en una reunión de trabajo, le dije a mi jefe que tenía razones de sobra (teóricas y empíricas) para dudar de la eficacia de las protestas. Pero entonces, como suele suceder, la realidad me dio una bofetada, o quizás me tiró un gas lacrimógeno al mejor estilo del ESMAD.

Todo lo que ha sucedido en los primeros días del paro nacional movió mi piso emocional, personal y académico. Todo dio un giro inesperado. Yo sabía que habría muertos, y que los tombos “cascarían” a muchos pelados. Sabía también que el gobierno y los medios oficiales criminalizarían las protestas y lamentarían más las paredes rayadas que los abusos policiales. Lo que no sabía es que el paro traería consigo la ola de empatía más fuerte que he visto desde que tengo memoria.

Sorpresivamente, los manifestantes no se apabullaron. Pasan los días y siguen ahí. Cada vez se suman más personas: algunos marchan, otros recolectan dinero para comprarles comida a los marchantes y otros apoyan el paro desde las ventanas o a través de las redes sociales. Los medios independientes se esfuerzan por contar lo que callan los medios oficiales, y Colombia está, por primera vez en mucho tiempo, en las primeras páginas de la prensa internacional.

Lo más impresionante es que el paro ha dado resultados: el gobierno retiró la inoportuna reforma tributaria, Carrasquilla renunció y el gobierno anunció la “matrícula cero” para estratos 1, 2 y 3. Por primera vez en mucho tiempo ha habido más que golpes, gases y balas.

Foto: Cortesía Andrés Sánchez - Entre los excesos de la fuerza pública y las protestas que no paran.

Golpes, gases y balas

Sin embargo, los golpes, los gases y las balas han acabado con la vida de muchos manifestantes. Sentir un nudo en la garganta por la muerte de personas que no conozco se ha convertido en mi rutina diaria.

Al despertarme, lo primero que oigo es la música de “Don’t worry be happy”, pero rápidamente la realidad me saca de la letra de la canción. ¿Cómo dejar de preocuparse y ser feliz cuando en las calles no cesan los asesinatos, los golpes y los gritos? ¿Cómo voltear la mirada cuando sé que podría haber sido yo, un amigo o un familiar?

Y entonces hacer las tareas cotidianas se vuelve imposible. No puedo dejar de pensar que mientras estoy en casa, otras personas arriesgan su vida porque quieren un país mejor, porque necesitan un país mejor. Sé que las responsabilidades no se detienen, pero no puedo evitar sentir que, en estos momentos, la única responsabilidad ineludible es prestarle atención a lo que sucede en el país. Y poner un granito de arena.

Yo sabía que habría muertos, y que los tombos “cascarían” a muchos pelados. Sabía también que el gobierno y los medios oficiales criminalizarían las protestas. Lo que no sabía es que el paro traería consigo la ola de empatía más fuerte que he visto desde que tengo memoria.

Mamá se preocupa cada vez que mi hermana mayor sale en las mañanas a plantones o marchas convocadas por los docentes, el gremio al que pertenece. Yo he salido poco por el trabajo y porque no quiero atormentarla. Cuando vuelvo me dice “¿Acaso no ve lo que está pasando?” “¿Cómo se le ocurre salir?” Y tiene razón. Desde mi casa se oyen estruendos y helicópteros a pesar de que no estamos en las zonas más afectadas.

Llevo varias noches tratando de avanzar en mi proyecto de tesis, pero no encuentro las palabras. Cuando me siento a escribir, se vienen otras ideas a mi cabeza que poco tienen que ver con mi investigación. Mi mente está dispersa, me cuesta mucho concentrarme.

Las charlas diarias con mi familia y con los colegas me han ayudado a desenredar un poco la situación. Pero aún me es imposible dejar de preocuparme y ser feliz como dice la canción…

Los abusos no se detienen, y cada día se apagan más vidas. Ya perdí la cuenta de las denuncias contra la policía, pero tengo muy presente (¿cómo no hacerlo?) que millares de colombianos salen a las calles y arriesgan sus vidas para exigir un cambio. Mi familia, mis vecinos, mis amigos y todos los colombianos merecemos un cambio. Es nuestra tarea trabajar para conseguirlo.

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