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Donald Trump es un peligro para la democracia

Escrito por Diana Marcela Rojas
Diana Rojas

Tres polémicas o escándalos recientes del presidente de Estados Unidos han venido a confirmar que estas elecciones serán una prueba de fuego para la democracia más importante del mundo.

Diana Marcela Rojas*

La “nueva normalidad”

Desde que el gobierno colombiano decretó el fin de la cuarentena, vivimos en una “nueva normalidad” que no es igual a la vida de antes de la pandemia, pero tampoco es el confinamiento estricto. Es una situación inédita donde predominan la incertidumbre y el miedo, un limbo del que no sabemos cuándo vamos a salir.

De manera parecida, en la política de Estados Unidos se ha instalado una “nueva realidad” que desde hace cuatro años ha inquietado al mundo entero.

Tanto en sus 45 meses de gobierno como en su nueva campaña presidencial, Donald Trump se ha visto envuelto en un número incontable de escándalos y polémicas, y ha utilizado todo tipo de estrategias que ponen en peligro la democracia estadounidense.

En este artículo apenas hay espacio para mencionar tres asuntos que han agravado el clima de polarización y el riesgo para la democracia en vísperas de unas elecciones que por lo mismo serán decisivas en la historia de Estados Unidos.

El dominio de la Corte Suprema

La escogencia del reemplazo de la magistrada de la Corte Suprema de Justicia Ruth Bader Ginsburg tiene en vilo a Estados Unidos.

Y no es para menos: este cargo vitalicio es fundamental por su impacto sobre asuntos tan importantes como la posibilidad de votar, los derechos reproductivos y el aborto, la migración, la pena de muerte, la posesión de armas o el sistema de salud.

Durante su mandato, Trump nombró a dos magistrados de la Corte, los conservadores Neil Gorsuch y Brett Kavanaugh. Si escogiera a un tercero, habría seis magistrados conservadores y apenas tres progresistas, lo cual atentaría contra el principio de pesos y contrapesos que es fundamental para la democracia.

Tras la muerte de Ginsburg, Trump se apresuró a postular a Amy Coney Barrett, pero los demócratas y algunos republicanos pidieron dejar la escogencia en manos del nuevo presidente debido a la proximidad de las elecciones. Vale la pena recordar que, en febrero de 2016, bajo el mandato de Obama, el líder de la mayoría republicana del Senado Mitch McConnell se rehusó a llevar a cabo el proceso de ratificación de un nuevo magistrado cuando faltaban nueve meses para las elecciones, alegando que el pueblo debía decidir sobre un asunto de tanta envergadura.

Pero esta vez el partido republicano está decidido a imponer su aplanadora.

Los impuestos que paga el presidente

Otro asunto que ha creado polémica es la publicación de las declaraciones de renta de Donald Trump.

Según el New York Times, el mandatario no ha pagado impuestos sobre la renta en diez de los últimos quince años, y en 2016 y 2017 pagó apenas 750 dólares debido a que, en el papel, su multimillonario emporio registra más pérdidas que ganancias.

Además de poner en duda la imagen de empresario exitoso que el presidente se ha esforzado en mantener, estas revelaciones han abierto el debate sobre el papel de los impuestos en una sociedad democrática.

En los Estados de derecho, los impuestos son un deber ciudadano que protege el bien común y permite que el Estado pueda cumplir sus funciones. Al pagarlos, los ciudadanos obtienen derechos fundamentales como escoger a sus representantes y someter a las autoridades a leyes y procedimientos. Por eso, es completamente inaceptable que uno de los principales representantes del Estado se aproveche de los vericuetos del sistema para para no pagar impuestos o no pagar la cantidad que debería.

Trump alega que se ha ceñido a la legislación y celebra su astucia para manipular el sistema y usufructuar los privilegios otorgados a los más ricos, según él concedidos por reformas fiscales aprobadas por republicanos y demócratas. Esto es una bofetada a los millones de estadounidenses que pagan cumplidamente sus impuestos y un guiño de aprobación a los que no lo hacen.

Foto: Flickr La campaña presidencial entre el veterano Biden y Trump ha mostrado las contradicciones del panorama actual.

El racismo

El asesinato del afroamericano George Floyd a manos de la policía el pasado mes de mayo provocó manifestaciones multitudinarias contra el trato discriminatorio y los excesos de la fuerza pública.

En los meses posteriores, otras muertes ocurridas en circunstancias similares exacerbaron el descontento, y las confrontaciones con grupos extremistas como los supremacistas blancos, lo cual puso en evidencia que el racismo sigue siendo una herida abierta que la sociedad estadounidense debe reconocer y sanar.

En vez de reconocer el problema, Trump envió a la Guardia Nacional a reprimir las manifestaciones y aseguró que las manifestaciones no eran más que un complot de la “izquierda radical” liderada por los demócratas para sembrar el caos y desestabilizar su gobierno.

En varias ocasiones, el presidente ha minimizado las manifestaciones de odio racial, y hasta el día de hoy no ha sido capaz de condenar abiertamente a los supremacistas blancos. Su actitud promueve la violencia en las calles y dificulta el cumplimiento de un principio fundamental para la democracia: que todos los ciudadanos sean reconocidos como iguales, independientemente de su etnia, género, o religión.

Foto: Flickr La negativa de Trump a condenar los grupos de supremacía blanca es un peligro inminente para los afroamericanos.

Estrategias peligrosas

A lo largo de su mandato, Trump ha establecido como criterio de verdad su propia subjetividad: si algo es conveniente para su gobierno, es cierto así los hechos indiquen lo contrario. Para él, los hechos, el saber especializado e incluso el sentido común son irrelevantes si se oponen a sus intereses y posturas ideológicas.

Esto es sumamente preocupante, pues si no existe un criterio sólido para distinguir lo verdadero de lo falso es imposible confiar en la palabra y las acciones de los otros, y establecer consensos, compromisos y objetivos comunes. Por definición, la democracia necesita discusiones serenas lideradas por individuos que confían en argumentos razonables y comprobables.

La disolución de la distinción entre lo verdadero y lo falso ha truncado el diálogo entre las distintas vertientes políticas de Estados Unidos y ha minado la confianza de los ciudadanos en las instituciones.

Como si fuera poco, Trump ha puesto en duda el proceso electoral al anticipar un fraude e insinuar que no aceptará los resultados de las elecciones si pierde. Con esto, ha demostrado que no tiene ningún respeto por las instituciones, y que su propósito es socavar la democracia desde adentro.

Las controversias en las que el presidente se ha visto envuelto y sus estrategias retóricas demuestran que su gobierno representa una amenaza para la democracia estadounidense.

Las próximas elecciones definirán si hay una vacuna para la “nueva normalidad” o si, por el contrario, llegó para quedarse.

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