Divinas Palabras - Razón Pública

Divinas Palabras

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Autor: Ramón del Valle-Inclán
Montaje: Teatro Libre de Bogotá

 Guillermo Alberto Arévalo

Desde el pasado 22 de abril, en su sede de Chapinero, el Teatro Libre de Bogotá tiene en escena su montaje de una de las obras cumbres del teatro español del siglo XX, Divinas Palabras, de don Ramón María del Valle-Inclán.

La obra, subtitulada "Tragicomedia de aldea", fue publicada en 1920 pero sólo en 1933 fue escenificada por primera vez, como lo cuenta Amalia Iriarte, autora del libro Tragedia de fantoches: estudio del esperpento valleinclanesco como invención de un lenguaje teatral, y asesora literaria del TLB. Con pobre éxito en sus comienzos, luego fue montada en Francia y en 1950 en Suecia, bajo la dirección de Ingmar Bergman. Luego se hizo famosa en todo el mundo occidental.

Se trata de una obra que transcurre en el espacio rural de Galicia, protagonizada por pícaros, ladrones y mendigos, "gente que no trabaja y corre caminos", un mundo donde priman la violencia, la lujuria, la avaricia, la superstición y, como dice Iriarte, en ella "Valle conjura los peligros del costumbrismo, de la ‘alabanza de aldea', de la visión idílica", y pone en escena "la fuerza primitiva del instinto".

Los acontecimientos transcurren en muy diversos lugares: iglesias, interiores domésticos, tabernas, caminos, ferias de pueblo. Entre grotescos personajes, incluso un permanentemente afrentado "maricuela", circula montado en un carretón Laureaniño, un fenómeno: enano, macrocefálico, es explotado por diversos parientes que se lo disputan para que la gente pague por ver su desmesurado miembro viril. Lo llaman idiota, fenómeno, en fin… Hasta que terminan por matarlo.

El sacristán, Pedro Gailo (encarnado por el veterano actor Héctor Bayona) es un cornudo que al final de la obra absuelve a su esposa, quien lo hace cornudo (Marigaila, en estupenda encarnación por parte de Paola Parrado), con las "divinas palabras" tomadas de la Biblia y pronunciadas en latín: "Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra". También aparecen un seductor, Séptimo Miau (Diego Barragán), una Celestina, Rosa la Tatula, (César Morales), una intrigante chismosa, Maruca del reino (Sonia Estrada), y una especie de coro de "Mujerucas". Todos ellos y otros personajes, "seres complejos, primitivos, rudos, vitales e instintivos, mezcla de regocijo y crueldad, de buen humor y malicia", como dice Amalia Iriarte.

Tragicomedia y no tragedia, pues la muerte termina siendo otra burla, y el final imprevisible rompe el código del honor y la bíblica lapidación de las adúlteras. Tampoco es todavía el esperpento, la genial invención de Valle-Inclán, pero sí su anticipo, su primer paso, y este montaje busca ponerlo de presente. El esperpento era, según Valle-Inclán, "los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos". En Luces de Bohemia, el poeta Max Estrella dice: "La tragedia nuestra no es tragedia", y a quien le responde "Pues algo será", confirma: "El Esperpento". Esta genial invención valleinclanesca proviene, obviamente, de tradiciones como la novela picaresca, la obra de Quevedo y la pintura de Francisco de Goya. De todos los retratos de las miserias españolas del pasado y del propio presente de Valle-Inclán. Muchas de sus obras teatrales se incluyen en ella, así como la magistral novela Tirano Banderas, una de las primeras que abordaron el tema de los dictadores de Latinoamérica y, sin duda, su principal antecedente.

En el montaje se puede reconocer el siempre presente de su director, Ricardo Camacho, en la concepción general y la dirección de actores. Entre los veinticinco hay una notable igualdad de calidad, si bien algunos personajes permiten mayor lucimiento. Utiliza actores veteranos del Teatro Libre, pero también egresados de la primera promoción de actores de su Escuela de Formación Actoral, así como de las últimas, y algunos aún estudiantes de ella, ahora en convenio con la Universidad Central.

La música, a cargo de Víctor Hernández, ya compositor habitual de varios montajes de Camacho, es a la vez significativa y sugerente; discreta, oportuna, redondea perfectamente el ambiente del transcurrir de la obra.

La escenografía estuvo en manos del diseñador, pintor, fotógrafo y grabador Marcos Roda, y se caracteriza por su simplicidad y por la manera funcional que permite trasladar un espacio a otro con simples añadiduras o supresiones de elementos básicos, y con telones de velo y de fondo que amplían la ilustración de los diversos ámbitos de la trama.

Se trata, pues, de otro magistral montaje del Teatro Libre de Bogotá, de sus actores, y de su director, Ricardo Camacho, a quien debemos ya tantos montajes clásicos como también de dramaturgos colombianos.

 

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Guillermo Arévalo

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Los Abrazos Rotos. Pedro Almodóvar. España, 2009.

ISSN 2145-0439

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