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El “día sin carne”: ganadería, crisis climática y violencia

Escrito por Juana Eslava-Bejarano Ricardo Díaz Alarcón
Juanita-Eslava
Ricardo Alarcon

El “día sin carne” aprobado en Bogotá es una oportunidad para reflexionar sobre el consumo de productos de origen animal, por su relación con la crisis climática y la violencia.

Juana Eslava-Bejarano*
Ricardo Díaz Alarcón**

Día sin carne

El pasado 9 de noviembre, el Concejo de Bogotá aprobó un proyecto de acuerdo para declarar la emergencia climática en la ciudad.

El proyecto establece 10 mandatos y 40 estrategias con el propósito de crear conciencia ambiental entre las bogotanas y bogotanos y mitigar el impacto de la crisis climática. En su conjunto, estas medidas se proponen:

  • la protección de los recursos hídricos;
  • la conservación de la biodiversidad;
  • la disminución de las altas concentraciones de dióxido de carbono; y
  • el cambio de hábitos de consumo.

Entre las medidas para alcanzar estos propósitos está el “día sin carne”, una iniciativa pedagógica y voluntaria para desestimular el consumo de carne en la ciudad.

El propósito de esta medida es que la ciudadanía empiece a hablar del impacto ambiental del consumo de carne y que en lo posible cambie sus hábitos de consumo que, aunque son personales, tienen consecuencias reales sobre nuestro entorno.

Además de tener efectos negativos sobre el ambiente, el consumo de productos de origen animal es nocivo para los humanos y para los demás animales que comparten con nosotros el Planeta.

Las cifras del DANE muestran que el 77 % del suelo agropecuario en Colombia se destina a la ganadería, y apenas el 9,2 % se destina a la producción agrícola

El costo ambiental

La relación entre la producción de carne y leche y la crisis climática ha sido ampliamente demostrada:

  • En Colombia y en el mundo, la ganadería produce más gases de efecto invernadero que el sector del transporte.
  • Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el sector ganadero es responsable del 8% del consumo mundial de agua. También es la actividad que más contribuye a la contaminación de recursos hídricos, entre otras cosas, por el uso de antibióticos y hormonas. Esto es particularmente grave en un contexto como el actual, en el que la escasez de agua está obligando a desplazar poblaciones enteras.
  • El 33% de las tierras cultivables del planeta se destina a sembrar el alimento de los animales que los seres humanos usan para consumo.
  • En la Amazonía, la ganadería es el principal motor de deforestación y pérdida de biodiversidad.

La selva amazónica absorbe el 5% de todo el CO2 que producimos anualmente. Al talar los árboles para expandir la frontera pecuaria y cultivar el alimento de las vacas, el CO2 absorbido es liberado nuevamente a la atmósfera.

La forma menos costosa de talar la selva es producir incendios y dejar que el fuego abra el paso. En Brasil, entre enero y agosto de 2019, las autoridades detectaron un aumento de 83% en los incendios forestales. En ese mismo país, donde está más del 60% de la Amazonía, se estima que la ganadería es responsable del 80% de la deforestación.

Por todo lo anterior, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU ha recomendado reducir el consumo de carne y aumentar el de vegetales.

Más recientemente, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) afirmaron que reemplazar los alimentos de origen animal por alimentos vegetales es un paso necesario para tener un futuro libre de emisiones en América Latina.

Observatoria ambiental de Bogotá En Colombia y en el mundo, la ganadería produce más gases de efecto invernadero que el sector del transporte.

Ganadería, desigualdad y conflicto armado

En Colombia, la producción de carne y leche tiene un componente adicional: se trata de una industria que históricamente ha estado asociada con la concentración de la tierra, la desigualdad y la violencia.

Actualmente, la ganadería ocupa la mayor parte del suelo agropecuario en el país. Las cifras del DANE muestran que el 77 % del suelo agropecuario en Colombia se destina a la ganadería, y apenas el 9,2 % se destina a la producción agrícola.

Pero esta distribución no corresponde con la vocación del suelo, que de hecho es la inversa:

  • Más de 20 millones de hectáreas en Colombia tienen vocación agrícola, pero hoy se usan menos de 5 millones de hectáreas para este propósito.
  • En cambio, aunque hay alrededor de 15 millones de hectáreas aptas para la ganadería, se usan alrededor de 40 millones de hectáreas para este fin.

Gráfica 1. Uso del suelo agropecuario en Colombia (2019)

Fuente: DANE.

Por supuesto, lo anterior tiene consecuencias sobre la disponibilidad y la distribución de la tierra. Según datos de Oxfam, si excluimos los territorios étnicos, el 48,4 % de las Unidades de Producción Agropecuaria (UPA) del país ocupan apenas un poco más de 500.000 hectáreas y tienen cada una menos de 1,6 hectáreas.

En contraste, si se divide el número de vacas por el número de hectáreas destinadas a la ganadería, cada vaca tiene, en promedio, 1,6 hectáreas de tierra para pastar. Como dice el informe de Oxfam, esto significa que cerca de un millón de explotaciones campesinas tienen, cada una, menos tierra de la que dispone en promedio una vaca.

Varias investigaciones han mostrado la correlación entre grado de concentración de propiedad de la tierra—como suele ocurrir en las zonas ganaderas—y el desplazamiento de poblaciones campesinas. También se sabe de la vieja relación entre algunos miembros de la élite ganadera y los grupos paramilitares; por ejemplo:

  • En 2006, José Félix Lafaurie reconoció que su gremio había financiado a grupos paramilitares;
  • En 2018, el expresidente de Fedegán, Jorge Visbal Martelo, fue condenado a 20 años de prisión por nexos con estos grupos.

La comida y la violencia

Pero hay otro motivo para dejar a los animales fuera del plato: la inimaginable violencia y el inmenso sufrimiento que implica reproducir, criar y consumir a millones de seres sintientes como si fueran objetos.

Aunque se trata de una de las prácticas más extendidas en el mundo, la producción de animales para consumo humano entraña niveles de crueldad que consideraríamos inaceptables en cualquier otro contexto. Cada día, los seres humanos matan millones de gallinas, vacas y cerdos de pocas semanas de edad, para alimentar a una población que podría consumir productos basados en plantas.

Gráfica 2. Edad de muerte versus esperanza de vida de los animales usados para consumo

Fuente: Animal Aid.

A los animales que dejamos vivir para que produzcan leche o huevo se les despoja de todo lazo social con otros miembros de su misma especie y se elimina la posibilidad de manifestar su comportamiento natural.

Recluidos en jaulas que les impiden dar la vuelta, separados de sus crías y obligados a “producir” a un ritmo ajeno a sus instintos, estos animales llevan vidas desdichadas y llenas de dolor físico y emocional. Cuando acaba su “vida útil” a los pocos años de edad, su destino es la muerte.

Esta cadena industrial de producción de muerte ha sido comparada a menudo con el holocausto nazi, no porque ambas experiencias sean idénticas, sino porque en ambos casos, la consecuencia es la misma: la aniquilación mecanizada de millones de seres con la misma complejidad biológica y la misma capacidad de sentir. En ambos casos, las víctimas fueron degradadas y cosificadas masivamente, ante la mirada pasiva de todos.

¿Por qué hablar de este tema?

Nuestras decisiones diarias y personales tienen un alto potencial de transformar—o no—el mundo donde vivimos.

Desde luego, la crisis climática y la violencia contra los seres humanos y los demás animales no se acabarán porque un grupo de personas elija no comer carne una vez al año. Pero medidas como la del “día sin carne” invitan a reflexionar sobre el impacto de nuestras decisiones personales en nuestro entorno.

Dejar a los animales y sus derivados fuera del plato es fácil, saludable y económico en la mayoría de contextos actuales: existe una amplia oferta de alimentos vegetales nutritivos, baratos y producidos localmente que, en su conjunto, ofrecen todos los nutrientes necesarios en cualquier etapa de la vida. Además, cada vez hay más recursos y guías para informarse sobre los aspectos éticos y nutricionales de una alimentación vegana.

En casos como este, las acciones políticas no están en manos de otros, sino en las nuestras. Las revoluciones pueden empezar desde lo que ponemos en nuestras cucharas.

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