
Detector de humo: contra el desorden informativo (76) La ciencia estirada
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Un mensaje sobre Ozempic con más de 120.000 vistas convirtió un estudio de salud mental en una promesa para adelgazar, reducir el estrés y dormir mejor. Esa manera de alargar la evidencia es hoy una forma común de desinformación en salud.
A las 22:36 del primero de septiembre de 2026, Julio Sánchez Cristo publicó en X este mensaje: “Ozempic está demostrando efectos positivos colaterales sorprendentes. Una excusa más para bajar de peso y solucionar problemas de depresión, estrés e insomnio. Hablen con su médico antes. La ciencia tiene explicación”.
En pocas horas superó 120.000 visualizaciones. Adelgazar, depresión, estrés e insomnio aparecían como cuatro resultados de una misma solución, con una recomendación prudente al final y un sello de autoridad para cerrar.
El mensaje partía de una investigación publicada en The Lancet Psychiatry. En cuatro líneas llevó sus resultados más lejos de lo que el estudio permitía afirmar. Reunió, además, cuatro deseos que casi todos reconocemos.
La promesa desnuda
Una precisión antes de leer las cuatro frases. La semaglutida es un medicamento real, aprobado para diabetes tipo 2 y, en otras presentaciones, para obesidad.
“Ozempic está demostrando”. El nombre de la marca acerca la investigación al lector. El estudio, sin embargo, examinó varios medicamentos para diabetes y obesidad. Uno de ellos era la semaglutida, el componente activo de Ozempic. Estos medicamentos actúan sobre una hormona intestinal relacionada con el apetito y el azúcar en la sangre. El estudio revisó registros médicos de miles de pacientes para buscar relaciones entre el uso de cada tratamiento y ciertos resultados de salud mental. Encontrar una relación no equivale a probar que el medicamento produjo el resultado.
“Efectos positivos colaterales sorprendentes”. El trabajo siguió a 95.490 personas que ya tenían un diagnóstico de depresión o ansiedad. Comparó, dentro de cada paciente, los períodos con semaglutida y los períodos con otros tratamientos para la diabetes. En los primeros hubo menos hospitalizaciones por causas psiquiátricas y menos incapacidades laborales por salud mental. Los autores escribieron que harían falta ensayos clínicos controlados para confirmar una relación de causa y efecto. Esa advertencia forma parte del hallazgo, con el mismo estatus que las cifras.
“Una excusa más para bajar de peso y solucionar problemas de depresión, estrés e insomnio”. Leída despacio, la frase cambia tres cosas. Cambia a quién se dirige, porque el estudio observó pacientes con diagnóstico y tratamiento médico, y la frase habla a cualquiera que quiera adelgazar. Cambia el resultado, porque un riesgo menor de recaídas graves aparece ahora como la promesa de “solucionar” la depresión y el estrés. Y agrega un problema que nadie midió, pero el insomnio acerca la promesa a una experiencia cotidiana. Mucha gente puede reconocerse en esa palabra sin tener un diagnóstico ni una consulta médica.
“Hablen con su médico antes. La ciencia tiene explicación”. La recomendación de consultar es correcta, pero no repara la promesa anterior, porque llega después de que el lector ya leyó el titular. La última línea busca ser un sello de autoridad. Deja fuera el nombre del estudio, la población observada, los desenlaces y las reservas de sus autores.
El cambio grande ocurre en el verbo. “Se asoció” se lee como “demuestra”, y un resultado limitado empieza a pasar por remedio total.
Hacia 2014 oía a mi padre, endocrinólogo, hablar del NN9535 al volver de los congresos. La molécula despertaba expectativas, pero la conversación volvía siempre a las dosis, los niveles de azúcar en la sangre, los ensayos en curso y los resultados que aún faltaban. Nadie podía adelantar qué usos tendría años después ni qué promesas se construirían a su alrededor.

El nombre de la operación
Timothy Caulfield, investigador de la Universidad de Alberta, llamó scienceploitation al uso comercial de investigaciones y tecnologías reales para respaldar tratamientos, productos o diagnósticos que aún no cuentan con validación clínica suficiente. En español podemos llamarlo ciencia estirada.
A diferencia de la pseudociencia, que puede prescindir de evidencia sólida o presentar mecanismos que no resisten evaluación mínima, la ciencia estirada parte de un estudio, una revista, una universidad, y les atribuye un alcance que aún no tienen.
Por eso puede pasar inadvertida. El lector comprueba que el estudio existe, que la revista es seria y que la institución es reconocida. Todo parece estar en orden. Las herramientas que usamos para detectar mentiras no sirven acá, ya que no hay ninguna mentira que señalar. Hay un dato verdadero al que le quitaron los límites.
Es también un fenómeno cada vez más frecuente, y esto tiene explicaciones concretas. La primera está en el origen. La distorsión puede empezar antes de llegar a las redes. Una revisión de ensayos del área de la salud publicada en 2026 halló que más de la mitad de los resúmenes exageraba sus propios hallazgos. Después vienen el comunicado de prensa de la universidad, el titular del medio, el resumen del titular, el mensaje en redes sobre el resumen. Cada eslabón estira un poco sin que necesariamente se mienta.
La segunda está en el costo de desmentir. Alargar un estudio toma un segundo. Corregirlo obliga a mirar con atención a quién observaron, cómo lo hicieron, qué midieron y qué dejaron pendiente. Esa explicación difícilmente cabe en un mensaje de red y por lo general aburre a los lectores. De hecho, la tercera explicación es la que menos aceptamos: la versión estirada suele decirnos lo que nos gusta oír.
Sellos que parecen pruebas
Cinco días antes del mensaje, el Invima alertó sobre SHAPE 1TM TABLET, un producto que se ofrecía como suplemento dietario. Su etiqueta prometía bajar de peso, controlar el apetito, reducir glucosa y colesterol, prevenir la diabetes y actuar sobre el sueño, el estrés, la memoria y el sistema hormonal. La autoridad advirtió que el producto carecía de registro sanitario y lo clasificó como fraudulento.
Semanas antes, otra alerta del Invima se ocupó de una marca de péptidos sin registro que incluía retatrutida, una molécula en desarrollo clínico que no cuenta con aprobación como medicamento. El documento advertía que esas sustancias se comercializaban como “productos químicos de investigación”, suplementos o preparados magistrales, sin haber surtido el proceso que requiere un medicamento autorizado.
La Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria de Brasil (Anvisa) ordenó el primero de septiembre la incautación de todos los productos de la marca United Labz, que anunciaba dispositivos inyectables para adelgazar a base de tirzepatida y retatrutida, sin registro ni notificación sanitaria y con un fabricante que la autoridad no logró identificar.
En cada caso cambia el producto. Se repiten los nombres técnicos y las promesas que van más allá de lo que ha sido autorizado o evaluado.

Tres viajes a México
En Pietralata, en la periferia de Roma, Luca Abbasciano y Valentina Pambianco mataron el 31 de agosto a su hija Bianca, de cinco años, y luego se quitaron la vida. Bianca había nacido prematura y tenía parálisis cerebral.
Los padres hicieron tres viajes a México y gastaron al menos 300.000 euros. Buscaban el Cytotron, un aparato de radiofrecuencias y campos electromagnéticos ofrecido desde un consultorio de Monterrey como tratamiento experimental. En los materiales de sus fabricantes se recordaba que la Food and Drug Administration lo había calificado como dispositivo innovador para algunos tumores.
El programa de Dispositivos Innovadores de la FDA permite a las empresas consultar antes con la entidad y puede acelerar la revisión de equipos dirigidos a enfermedades graves. Esa designación no equivale a una autorización de venta. La que aparecía en los materiales del Cytotron se refería a ciertos tumores. La familia buscaba un tratamiento para la parálisis cerebral de Bianca.
El ensayo del Cytotron para parálisis cerebral incluyó 53 niños y terminó, según el registro, en diciembre de 2022. A la fecha de consulta, el registro no presenta resultados. Tampoco se localizaron publicaciones revisadas por pares que permitan valorar la eficacia del tratamiento. Los materiales promocionales destacaban la designación de la FDA. Dejaban sin explicar la diferencia entre una designación, una autorización de venta y una indicación clínica.

El tamaño de la promesa
Ozempic y otros medicamentos de su familia sirven para tratar diabetes y obesidad en los pacientes para los que fueron estudiados. Esa utilidad hace que otras promesas, todavía en estudio, se oigan como si ya estuvieran listas. En redes y en algunos servicios de telemedicina se ofrecen como una forma rápida de adelgazar, con poca mención de las náuseas y de que el peso suele volver cuando se deja.
Un fármaco que funciona de verdad no se queda mucho tiempo dentro de su indicación. En los años noventa el Prozac dejó de ser solo un antidepresivo y se volvió una discusión sobre el ánimo y sobre si tomarlo era hacer trampa. Los antirretrovirales convirtieron el VIH en una enfermedad tratable y, de inmediato, abrieron la pelea por el precio y por quién quedaba fuera. Con los GLP-1 ocurre el mismo desplazamiento: de la consulta al estilo de vida, y del paciente con indicación al comprador que puede pagarlo.
Luc Hagenaars, de la Universidad de Ámsterdam, y Laura Schmidt, de la Universidad de California en San Francisco, escribieron en Science esta semana que la conversación pública ya les pide a estos fármacos usos que van más allá de la obesidad. Recogieron las primeras guías mundiales de la OMS sobre GLP-1, que los recomiendan para la obesidad y piden, al mismo tiempo, políticas frente a los alimentos hechos para que uno coma más de la cuenta. Advierten que farmacéuticas, empresas de comida y de bienestar compiten por esa demanda. La inyección, escribieron, también puede servirle a quien quiere seguir vendiendo ultraprocesados con otro relato.
En Colombia, el Congreso discute un proyecto que propone derogar el impuesto a ciertos comestibles ultraprocesados. El proyecto y Ozempic pertenecen a debates distintos. Se cruzan, sin embargo, en una discusión mayor sobre obesidad, tratamientos médicos, alimentos disponibles, precios y publicidad. Esa discusión corre el riesgo de cerrarse con una idea simple. Si hay una inyección que baja de peso y controla la diabetes, parece menos urgente mirar con qué nos alimentamos.
En algún laboratorio hay ahora mismo una molécula con código y sin nombre comercial, como lo tuvo el NN9535 hace doce años. Sobre ella se publicarán estudios con sus límites, sus poblaciones definidas y sus advertencias metodológicas. Y llegará también, mucho antes que los resultados, alguien que resuma todo eso en cuatro líneas y prometa lo que la investigación todavía no dice. Reconocer esa distancia, la que separa un hallazgo acotado de una promesa atractiva pero falsa, es hoy una forma básica de leer.
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Acerca del autor

Álvaro Duque Soto
*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. | @alduque
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