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Después de la consulta

Escrito por Fernando Estrada
Fernando Estrada

fernando estradaLa única carta capaz de competir con Uribe en las próximas elecciones sería una propuesta de redistribución del ingreso.

Fernando Estrada Gallego

La oposición fragmentada

Los resultados de la consulta del pasado 27 de septiembre confirman una hipótesis ingrata sobre la sociedad colombiana: somos una nación sin principios y un país sensacionalista. Sin principios porque predominan comportamientos oportunistas, y sensacionalista porque el poder no depende de la realidad sino de las impresiones sobre la misma.

Más que por las cifras o la repartición de los votos, estos resultados fueron importantes porque revelan microscópicamente los graves vacíos de política institucional y las desviaciones sociales que les acompañan.

Nuestra historia política contemporánea es hobbesiana. Antes que lograr acuerdos prevalecen los egoísmos. Petro egoísta lograba destronar a Carlos Gaviria egoísta. Y Pardo egoísta destronó a cinco candidatos liberales egoístas. Ninguno responde a un programa de política con mayúscula. Se representan a ellos mismos o pequeños intereses locales. Sumados dentro de una misma causa, los votos de la consulta revelan mejor los intereses de quienes no votaron, aquella otra población electoral que confirma el poder del gobernante. Una base lo suficientemente convencida para mantenerlo arriba en las encuestas.

Contra las probabilidades

La especulación de los analistas se ha concentrado en dos temas: La suerte del referendo y las posibilidades de una segunda reelección. También de ellas dependen la salvación o la desgracia  de los candidatos. Nadie se atreve a observar en público sus miedos. Temor a que los tropiezos normativos sean superados y miedo a confrontar al animal que los devora a todos. Porque juntos: Pardo y Petro, PP y sumadas las fuerzas de la oposición,  el Leviathan, durante el gobierno de Uribe, ha demostrado más que autoridad.

En política, cuando los contrarios se juntan no garantizan un mayor poder. Las coaliciones en ciernes entre partidos de la oposición parecen en principio bastante limitadas. Primero, porque realmente ninguno cuenta con un programa ideológico que pueda oponerse al del gobernante; segundo, porque cada unidad política padece divisiones propias; y tercero, porque los contrastes con períodos de gobierno anteriores dejan al actual presidente como uno de los mejores.

Uribe ha demostrado que el poder político ofrece variantes irracionales. Una imagen de gobierno personalizada a lo largo de siete años, con una proyección de trabajo y voluntad calvinista, en medios de opinión que también han ganado. Los fenómenos de psicología colectiva al servicio de una causa común: la seguridad democrática. La forma del Leviathan es expresiva y omnipresente y cuenta para asegurar su reelección con el respaldo de los gobernados.

¿Qué probabilidades de ganar la presidencia tienen PP? Las encuestas les dan poca esperanza, aún asumiendo que Uribe no se presente como candidato. Quienes pueden conservar parte de lo conquistado y sumar son los hermanos conservadores. En realidad ganan con cara o sello. A diferencia de liberales y polistas, los godos tienen disciplina de partido y sus apuestas dependen del interés, no de la razón.

Ni Pardo ni Petro pueden ingeniarse una campaña que convenza a los electores que podemos vivir en un país distinto. Ésta es la condena de cualquier campaña. Sencillamente, el gobierno no tuvo oposición durante siete años. O si mostraron oponerse a Uribe lo hicieron con el sensacionalismo del perdedor. Mientras el gobierno del Estado comunitario establecía valores perdurables como el Leviathan.

El Leviathan y la Virgen María

El gobierno de Uribe manifiesta debilidades que van más allá de los escándalos y que pueden convertirse en plataforma para sus adversarios. Una economía de la desigualdad persistente, por ejemplo, que se manifiesta consecuentemente como una política de la desigualdad. La distancia que separa a los más ricos de los más pobres, no solamente ha aumentado, sino que es denigrante. Este gobierno ha permitido una concentración excesiva de riqueza en el sector financiero y una concentración de las mejores tierras en manos mafiosas.   

Una personalización del poder político ha terminado debilitando las instituciones. De modo que no existen equilibrios en materia de gasto, ni regulaciones constitucionales que puedan limitar la plutocracia. Una ilustración de caso son las ventajas económicas de la familia presidencial. La fractura institucional no es responsabilidad exclusiva de Uribe, cierto, pero ha colaborado con sus manifestaciones. Una versión parasitaria de populismo uribista ha desvirtuado los mandatos de la Constitución de 1991.

Las consecuencias de lo anterior son evidentes. Uribe ha explorado con ventaja una mentalidad conservadora del colombiano medio: tierra, tradición y religión se mezclan como ingredientes de la economía política. Se explica el espíritu reaccionario contra la filosofía de la Constitución de 1991. Son desviaciones de psicología personal trasferidas al dominio del gobierno. O mejor, énfasis del presidente que manifiesta un paradigma de acción colectiva en políticas de gobierno. Estamos ante la figura heroica de mitos fundacionales pre-modernos.  La autoridad y el poder en Uribe combinan al Leviathan con la Virgen María.

Enfrentarse a  la desigualdad

Para afrontar estas debilidades de gobierno (convertidas en virtudes por las encuestas), la campaña a la presidencia puede subrayar la desigualdad como el problema fundamental de Colombia. Quien pueda exponer con suficiente claridad cuáles han sido los costes de esta desigualdad y cómo reducirla, llevará ventajas. La reducción de la desigualdad se relaciona con los ingresos: ¿Cómo mostrar que sí es posible una política pública que corrija las desviaciones del mercado? Quienes se han hecho más ricos mostrarán indiferencia, pero estos son temas centrales para describir otra forma de gobernar a Colombia.

A la doctrina de la seguridad democrática no se opone una aritmética de la redistribución justa de las riquezas. No significa quitarles a los ricos sus riquezas, sino trasferir mayores oportunidades de ingresos para los pobres. Uribe ha predicado el derecho a la propiedad, pero a los terratenientes. Y a quienes saben robarle al Estado, como en el caso de Agro Ingreso Seguro. Una política de redistribución en Colombia debe comenzar por redistribuir las tierras que el gobierno les ha titulado a los mafiosos. Y trasladar una compensación económica a quienes han sido despojados. De modo que es cuestión de reducir la desigualdad creada por el mercado y las desventajas sociales creadas por el poder político.    

 

*  Analista político e investigador del Centro de Investigaciones y Proyectos especiales CIPE de la Universidad Externado de Colombia.

 

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