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Democracia en la Universidad, ¿Qué democracia?

Escrito por Francisco Cortés
Francisco Cortés Rodas

Francisco Cortes RodasEn un país que viene de sufrir la tentación autoritaria, la Universidad debe jugar un papel más decidido en la política y en la defensa de la democracia.

Francisco Cortés Rodas*

Democracia y libertades políticas

En la afirmación que hace el profesor Iván Darío Arango en su artículo "Luces y sombras de la ideología universitaria",[1] hay dos elementos que interesa destacar.

El primero con el que estoy de acuerdo es que "en nuestras universidades todavía se perciben la democracia y las libertades políticas como si fueran propias de una ideología burguesa". El segundo, con el no estoy de acuerdo, es que "se cree que la esfera pública está controlada por la clase dominante y por esa razón se menosprecian el debate, la denuncia y la crítica basados en argumentos".

Comparto su primera afirmación. Efectivamente, reducir la democracia y las libertades políticas a valores de la ideología burguesa es desconocer su carácter revolucionario y emancipador. Este carácter se manifestó en las luchas que liberales y socialistas emprendieron contra gobiernos tiránicos durante el Siglo XIX, y contra el Estado totalitario en la Alemania nazi, en la Italia fascista y en la Unión Soviética, en el Siglo XX.

Un elemento común a los gobiernos despóticos del XIX y totalitarios del XX consistió en la absorción del espacio público por el Estado para convertirlo en el espacio privado de quienes ejercían el poder. Esto se concretó en la negación absoluta de las libertades civiles, el sometimiento de la crítica mediante el control de la libertad de prensa; la expansión de la corrupción por toda la sociedad; la supresión del espacio democrático para deliberar juntos y del actuar en común; y la alteración de la balanza del sistema de pesos y contrapesos entre los tres poderes constitucionales del Estado.

El problema que se plantearon los liberales y socialistas del Siglo XIX, que lucharon contra gobiernos despóticos era ¿si era viable, después del dominio del poder absoluto, realizar la revolución democrática? ¿Si era posible reversar el proceso por el cual el espacio público fue absorbido por el Estado?

Benjamin Constant y Alexis de Tocqueville se preguntaron y respondieron estas cuestiones, con claridad ejemplar hace ya casi más de dos siglos. Creo que vale la pena mirar cómo lo hicieron, para enfrentar algunos de los problemas de nuestro presente.

Libertad negativa y positiva

Constant expuso en su famoso discurso pronunciado en el Ateneo de París "De la libertad de los antiguos comparada con la libertad de los modernos", una alternativa a las amenazas a la democracia, representada en la reducción radical de la autonomía política que resulta del desinterés de los ciudadanos por los asuntos públicos.

Al desaparecer el interés por lo público, como resultado de que los ciudadanos se dedican a sus negocios, a su vida privada, el gobernante puede expandir la jurisdicción de su dominio más allá de lo permitido, destruyendo así la libertad moderna.

Contra esta amenaza a la libertad, Constant propone un modelo político en el que articula dos conceptos de libertad: la libertad moderna o negativa y la libertad republicana o positiva.

La libertad negativa corresponde a la idea del debido proceso. Nadie puede ser juzgado, detenido, ni preso, sino de acuerdo a leyes preexistentes, en consonancia con procedimientos establecidos por la ley y por las autoridades instituidas. Constant identifica la libertad moderna con la experiencia personal de la seguridad, con aquello que Montesquieu denominó la tranquilidad de espíritu resultante de que ningún ciudadano pueda temer nada de otro.

Pero Constant introduce una segunda dimensión de la libertad cuando habla del derecho de tomar parte en el gobierno. La libertad moderna sería incompleta si se redujera a su dimensión negativa: "El peligro de la libertad moderna puede consistir en que, absorbiéndonos demasiado en el goce de nuestra independencia privada y en procurar nuestros intereses particulares, podamos renunciar muy fácilmente al derecho de tomar parte en el gobierno político"[2].

Contra este peligro Constant reclama un fortalecimiento de la democracia, el cual se debe concretar en el ejercicio de las libertades políticas. Es  decir en la práctica de la libertad de prensa, el control por la sociedad civil de las actividades de los funcionarios públicos mediante una opinión pública crítica y deliberante, el desempeño de una vigilancia activa y constante sobre los representantes elegidos para ver si cumplen exactamente con su encargo.

Si estos derechos políticos no se ejercen y se confía en la buena voluntad de los gobernantes y en sus promesas de respeto a las leyes y a la constitución se crea un vacío en el ejercicio del poder.

Libertades privadas y garantías políticas

¿Es posible disfrutar de los goces de la libertad privada sin las garantías para el ejercicio de las libertades políticas? ¿Y dónde encontraríamos esas garantías si renunciásemos a la libertad política?, se pregunta Constant.

Pretender disfrutar de los derechos privados sin hacer uso de los derechos políticos, "sería una locura, semejante a la de un hombre que bajo el pretexto de no habitar sino un primer piso, pretendiese edificar sobre la arena un edificio sin cimientos".[3]

Es decir, todos los derechos civiles pueden ser abrogados en la ausencia del derecho a la libertad política. Así, podemos ver, que la libertad moderna es un sistema complicado y entrelazado en el cual dos formas de libertad se combinan la una con la otra y se dan soporte mutuo. 

Imprescindible la participación política

Para Tocqueville, al igual que para Constant el despotismo es una de las mayores amenazas para la democracia.

Según Tocqueville, la libertad política en una sociedad democrática presupone no solamente el reconocimiento de los derechos individuales de todos los ciudadanos, sino también la promoción de la participación pública en la política.

Los gobernantes que favorezcan la libertad democrática alientan a los ciudadanos a participar en la deliberación y en la decisión de las políticas públicas. Aquellos, que como Napoleón intentan establecer un gobierno despótico, excluyen a los ciudadanos de este proceso, y centralizan todas las decisiones y órdenes en el gobernante y sus agentes.

Según Tocqueville, el surgimiento de Napoleón tras los años de anarquía posteriores a la dictadura jacobina del Comité de Salvación Pública, constituyó para Francia la clausura de la posibilidad de realizar la revolución democrática.

Los límites al gobernante

Tengo que simplificar mucho el argumento, que es muy complejo, pero Tocqueville parte de diagnosticar, como ya lo había hecho Constant, que una de las más peligrosas patologías de la democracia es el que los individuos se entreguen exclusivamente al goce de la independencia privada y a buscar solamente sus intereses particulares, renunciando al derecho de tomar parte en el gobierno.

A partir de este diagnóstico formula su alternativa para reversar el proceso por el cual el espacio público fue absorbido por el Estado.

El punto de partida para construir una sociedad democrática es asegurar la igualdad y la libertad. Para poder asegurarlas es necesario darles potestades o poderes a los individuos, de tal manera que puedan limitar al poder soberano.

Para darles estos poderes propone fomentar asociaciones y desarrollar los mecanismos institucionales de la libertad de prensa, el poder judicial y los derechos individuales.

Otorgarle estos poderes a los individuos tiene como objetivo poder marcar una separación entre derecho y poder. Si los individuos ejercen sus derechos políticos, el derecho y el poder ya no estarán concentrados en la misma persona.

En el modelo constitucional de Tocqueville, la conexión fundamental entre soberanía popular, democracia política y derechos fundamentales consiste en que la voluntad popular se expresa auténticamente sólo si puede expresarse libremente. Y puede expresarse libremente sólo a través del ejercicio, además de las libertades políticas, de las libertades fundamentales por parte de todos los miembros de la comunidad política.

Derechos fundamentales y democracia

El primer objeto del legislador es dar ciertos derechos a los particulares y garantizarles el goce indiscutido de esos derechos. Por eso no puede existir soberanía popular sin derechos a la libertad individual.

Para Tocqueville esto significa que los derechos individuales, que están consagrados en la Constitución, no pueden ser desconocidos por el legislador democrático. El sentido de esta prohibición es, precisamente, establecer los límites que los derechos inalienables de los individuos fijan al poder soberano. En este sentido las garantías constitucionales de los derechos fundamentales son también garantías de la democracia. El ejercicio democrático de la voluntad soberana del pueblo requiere de garantías y estas son los derechos individuales y los derechos políticos.

De este modo, la conexión entre soberanía popular, democracia política y derechos fundamentales, se constituye en límite a la voluntad de la "tiranía de la mayoría" o del poder absoluto de un gobernante autoritario.

Así pues, creo que una de las enseñanzas que proponen estos autores es que la democracia y las libertades políticas no son propias de una ideología burguesa y que tiene todo el sentido luchar por su defensa; y esto mucho más en una sociedad como la nuestra, donde como consecuencia del dominio de un gobierno despótico la esfera pública fue, en gran medida, desaparecida.

Colombia y la tentación despótica

Y disiento de Iván Darío Arango al afirmar que "se cree que la esfera pública está controlada por la clase dominante". Pienso que esto es precisamente lo que ha pasado en Colombia. Aquí hemos vivido en los últimos años un proceso similar al que vivieron algunas sociedades bajo gobiernos despóticos o totalitarios en los dos últimos siglos.

El espacio público fue engullido por el Estado y convertido en el espacio privado del gobernante y del grupo dominante en el poder.

Un gobierno que desarticula el sistema de pesos y contrapesos establecidos en el texto constitucional de un Estado social de derecho, en función de los intereses del poder Ejecutivo, que se convierte en el agente de un proceso de "reconfiguración cooptada del Estado", en asocio con actores e intereses ilegales en su trámite legislativo; que utiliza los organismos de inteligencia del Estado para amedrentar a los jueces que investigan a sus aliados políticos; que convierte al Estado en un instrumento para el enriquecimiento de funcionarios y allegados del grupo dominante en el poder mediante la generalización de la corrupción, es un gobierno que,[4] según Constant y Tocqueville, representa una de las peores formas de despotismo.

Aquella, precisamente, en la que la esfera pública está controlada por la clase que gobierna. Así que es necesario recuperar el carácter revolucionario y emancipador de la democracia y las libertades políticas, tanto en el contexto nacional, como en las universidades públicas.

Universidad crítica y deliberante

En esto tendría que consistir el papel político que tiene que desempeñar una universidad crítica y deliberante.

En las universidades públicas no se trata simplemente de reclamar un espacio para hablar, para que la palabra y la razón imperen; no se trata de entrelazar las manos de los estudiantes con el equipo rectoral para enfrentar la violencia; se trata es de demandar los derechos de participación política como, por ejemplo, el derecho a examinar el presupuesto, el derecho a elegir representantes, el derecho a exigirles a los funcionarios elegidos responsabilidad por sus acciones públicas.

La democracia se simboliza en que debe haber el espacio para el deliberar juntos y actuar en común, pero la democracia se basa en la desconfianza.

Pero por sobre todo, los ciudadanos no deben creer en la palabra del gobernante (o del rector de turno) que proclama que él está actuando en su nombre.

La democracia exige una constante vigilancia. Y para poder ejercerla se requiere que los ciudadanos defiendan democráticamente la Constitución ejerciendo sus derechos políticos, resistiendo mediante la crítica, la protesta y la huelga todos los abusos del poder, utilizando la libertad de prensa para defenderse de la opresión y apelando a la fuerza de los tribunales para hacer valer los derechos individuales.

* Profesor titular del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia; Doctor en Filosofía, Universidad de Konstanz (Alemania). Becario de la Fundación Alexander von Humboldt. E-mail: franciscocortes2007@gmail.com.

Notas de pie de página


[1] Arango, Iván Darío: Alma Mater. No. 593. En: http://almamater.udea.edu.co/periodico/

[2] Constant, Benjamin: De la libertad de los antiguos comparada con la libertad de los modernos. Tecnos. Madrid, 1998. Pág. 90.

[3] Constant, Benjamin. Op.cit., p.91.

[4] A estos problemas hice referencia de forma más descriptiva en: ¿Democracia? ¿Cuál democracia? En: Razón Pública, sección Política y gobierno. Domingo 19 de septiembre de 2010. En:
https://www.razonpublica.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1393:idemocracia-icual-democracia&catid=19:politica-y-gobierno-&Itemid=27

 

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