
Del sueño constitucional al fenómeno electoral: el camino hacia la representación nacional del Senado colombiano y el papel del Pacto Histórico
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Los resultados del Pacto Histórico en las recientes elecciones legislativas parecen reforzar la idea de que el Senado, al menos en su dimensión electoral, estaría entrando en una fase distinta.
La Constitución de 1991 apostó por una idea ambiciosa: la construcción de un Senado que representara “al país” y no a las regiones. Para ello, se establecieron dos distritos nacionales (si contamos la circunscripción especial indígena) en los que los ciudadanos de todo el territorio nacional debían votar las mismas listas. Se esperaba que esto favoreciera a organizaciones con propuestas políticas más amplias, capaces de interpelar al electorado más allá de intereses estrictamente regionales que quedarían circunscritos a la Cámara de Representantes.
Esta aspiración no logró materializarse. Si bien “el voto de opinión” logró llevar a algunos senadores al Congreso en los años posteriores a 1991, la dinámica dominante fue otra. Los partidos —en un sistema velozmente fragmentado— terminaron funcionando como coaliciones de políticos regionales con votaciones altamente concentradas desde una perspectiva territorial y con perfiles programáticos poco definidos. Aunque la reforma electoral de 2003 introdujo cambios para ordenar el sistema, la agregación nacional de votos de dirigentes parroquiales continuó siendo la esencia de la conformación de las listas.
Sin embargo, en los últimos años han surgido algunos indicios de cambio. Inicialmente, desde la derecha, el Centro Democrático (CD) articulado en torno a la figura de Álvaro Uribe, mostró que era posible atraer a votantes con un perfil más programático a través de su agenda de seguridad. Este tipo de llamado ideológico resultó relativamente eficaz para producir un comportamiento más ‘nacionalizado’, especialmente en las elecciones presidenciales y, en menor medida, en las del Senado.
Posteriormente, el acuerdo de paz con las FARC de 2016 permitió a la izquierda comenzar a trazar un sendero similar en torno a Gustavo Petro y a lo que posteriormente se constituyó en el Pacto Histórico (PH). Con una agenda centrada en temas redistributivos y de transformación social, este espacio —junto con sus antecedentes organizativos— comenzó también a producir, paulatinamente, un efecto de mayor representación nacional de su apoyo.
Así, desde posiciones ideológicamente opuestas, y con agendas visiblemente distintas, tanto el CD como el PH han apostado por un tipo de competencia electoral que los distingue de aquella que predominó durante décadas. Sin descartarlas, en lugar de depender principalmente de alianzas circunstanciales con dirigentes regionales, han buscado construir identidades partidarias más claras y campañas centradas en propuestas programáticas. Una señal visible de ello es su frecuente decisión de presentar listas cerradas y bloqueadas al Senado en las que el elector vota por el partido en su conjunto, y no por candidatos individuales.
Los resultados del PH en las recientes elecciones legislativas parecen reforzar la idea de que el Senado, al menos en su dimensión electoral, estaría entrando en una fase distinta. A primera vista, estos no rompen por completo con los patrones observados en 2022. Sin embargo, al revisar con detenimiento la relación entre ambos comicios a nivel municipal, aparece una señal llamativa: la votación del PH en 2022 no es un buen predictor de lo ocurrido en 2026 (ver la falta de significancia de la variable en la tabla).
Ese hallazgo podría sugerir simplemente la existencia de volatilidad. Sin embargo, el panorama cambia al comparar los resultados del 8 de marzo con los de la primera vuelta presidencial de 2022, que constituyen un mejor factor explicativo. Es decir, donde Petro fue fuerte en esa elección, el PH obtuvo los mejores resultados en la de 2026.
El resultado es sugestivo, especialmente por tratarse de elecciones con características institucionales distintas. De hecho, en la legislativa hay un mayor número de puestos (curules) para repartir, lo que también implica más jugadores y una mayor fragmentación del voto. Sin embargo, a pesar de que esto efectivamente ocurre, paralelamente, se aprecia una dinámica ya observada en las elecciones presidenciales (votantes que gravitan más hacia opciones electorales con perfiles nacionales y más coherentemente programáticas) que empieza a trasplantarse a las legislativas con mayor representación nacional.
La variación de los mapas muestra cómo se manifiesta este fenómeno. Al revisar el de 2026, puede apreciarse una mayor cobertura espacial de tonalidades más oscuras del gradiente del rojo. En algunos casos, como el Valle, Cauca, el este de Nariño, Putumayo y Bogotá, se caracteriza por un predominio visible. Pero ese avance no se limita a los territorios donde el apoyo ya era fuerte. También se percibe en regiones donde los resultados fueron más ajustados, aunque con un buen rendimiento, como en el Caribe —especialmente en las capitales—, y en otras donde el Pacto sigue siendo minoritario, pero muestra un progreso notable en términos de apoyo, como el Eje Cafetero, el norte de Antioquia, Huila y Tolima.

Shocks nacionales como fuentes del cambio
Otro rasgo interesante es que el cambio no parece explicarse por un proceso de difusión territorial del voto. Es decir, el crecimiento del apoyo al PH no responde a un “contagio” entre municipios vecinos. Por el contrario, los datos apuntan a una dinámica distinta, caracterizada por momentos políticos de alcance nacional que reconfiguran las preferencias electorales en varias regiones simultáneamente.
Si bien puede apreciarse que estos shocks no generan un aumento homogéneo del apoyo en todo el país —de hecho, como se señaló, sus efectos se manifiestan de forma territorializada—, lo hacen impactando regiones completas en lugar de municipios aislados y generan crecimientos relativamente coordinados (esto puede ser estadísticamente observado en el valor de λ en la tabla de regresión).
En este sentido, a pesar de que es indiscutible que la irrupción electoral de la izquierda, en la magnitud en que hoy observamos, fue posible gracias al nuevo contexto político del país pos-2016 —que facilitó que los temas redistributivos cobraran relevancia electoral—, la variación en el comportamiento en los dos últimos comicios muestra que las acciones del gobierno de Petro han consolidado la creciente representación nacional.
Más que un único evento singular, el efecto parece estar asociado a una secuencia de shocks políticos —decisiones, debates públicos, provocaciones retóricas, reformas impulsadas y/o resistidas— que reordenaron las preferencias sociales entre dos elecciones temporalmente cercanas.
Todo esto parecería haber contribuido a acentuar una representación nacional incipiente —que, como se señaló, había comenzado con el CD— de la competencia electoral legislativa, alejándola de sus dinámicas más tradicionales que van perdiendo intensidad.
De hecho, no es extraño que este efecto de aumento de la representación nacional se potencie en centros urbanos y capitales departamentales —donde se aprecian los gradientes más intensos del rojo—. Históricamente, es en estos lugares donde se producen los primeros cambios en las preferencias políticas que luego tienden a extenderse. En este caso, mediante un proceso de absorción y no de difusión.
Finalmente, cabe aclarar que, a pesar de que la dinámica parece tener una tendencia creciente —tanto en la izquierda como en parte de la derecha—, ello no implica la desaparición de otras formas de organización electoral. De hecho, los partidos y coaliciones con bases con menos representación nacional, cuyo desempeño territorial les permite sostener un número importante de congresistas, continúan existiendo y no dejarán de hacerlo a corto plazo. No solo eso, a partir del 20 de julio de 2026, continuarán siendo piezas clave para la gobernabilidad, no importa quién ocupe la Presidencia en el próximo período.
*Los autores agradecen a Nicolás Cardona por los datos que permitieron la realización e los cálculos
Resultados de modelos de regresión de mínimos cuadrados ordinarios y de Error Espacial
| Variable | MCO | Error espacial (SEM) |
| Constante | 0.043*** | 0.043*** |
| Población urbana | 0.101*** | 0.110*** |
| Petro 2022 (1° V.) | 0.284*** | 0.258*** |
| PH Senado 2022 | -0.00000007 | -0.00000024 |
| λ (dependencia espacial) | 0.81*** | |
| R² | 0.304 | 0.731 |
| Akaike info criterion | -2318,63 | -3199,62 |
| Log likelihood | 1163 | 1603 |
*** p<0.01
Ajuste espacial de modelo mínimos cuadrados ordinarios
| Test | Valor | p |
| Moran’s I (residuos) | 0.64 | 0.000 |
| LM lag | 1017 | 0.000 |
| Robust LM lag | 0.15 | 0.70 |
| LM error | 1276 | 0.000 |
| Robust LM error | 258 | 0.000 |
Elaboración propia Con datos de la Registraduría y del DANE
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